La sequía



Cuando las nubes cubrieron el cielo, toda la tierra pareció suspirar, con ansiedad.

Los niños jugaban a la danza de la lluvia, como el maestro había dicho que los indios hacían para conseguir el favor de los dioses y hacer llover. Claro que solo había hablado del baile, en general, como un vago concepto, una excentricidad salvaje y nada más, así que ellos imitaron los dibujos de una revista que el tío de Carlitos le había traído de la ciudad. En ella, unos vaqueros (que eran como gauchos, dijo el maestro cuando la había hojeado una mañana en la escuelita) peleaban con indios con plumas en la cabeza.

Los niños hicieron entonces, una ronda en el campo, que empezaba a resquebrajarse en la sequía, y bailaron, alzando las rodillas y los brazos hasta, tentados de la risa, caer al suelo transpirados, olvidando el calor y que el río era un hilo de agua, en el que se bañarían agradeciendo la pasajera frescura como un regalo del cielo.

Las mujeres, negras de polvo y sudor, conversaron agotadas, secando con el dorso de la mano las frentes transpiradas. Hablaron de los planes de abandonar el pueblo, asustadas por la delgadez de los niños y la sordera de los poderosos.

Todos vieron a los niños bailando. Algunos los retaron, porque perdían el tiempo, en vez de ayudar a fingir que se trabajaba en las cosechas. Muchos adultos insistían en continuar con su trabajo, aún sabiendo que nada crecería en esa tierra.

Pero ellos continuaron con su baile. A medida que los días pasaban, y la tierra se resquebrajaba más y más, y el hilo de agua inevitablemente se secaba, el baile comenzó a transformarse. En algún momento, los niños ya no danzaron, usaron los movimientos para olvidar la sequía. Pedían agua, pero también pedían llenar las horas, y olvidar el hambre, y luego correr a beber sedientos el agua sucia del riacho.

Cuando las nubes ocultaron el cielo, los niños no lo vieron, dando vueltas con los brazos como aspas, y los adultos tampoco, viendolos bailar. Pero cuando las primeras gotas tocaron las grietas sedientas, niños y adultos miraron al cielo y agradecieron que los dioses de los indios, aún recordaran el viejo pacto de hacer llover, cuando los hombres bailaban en su honor.

Milagro de Navidad



Por alguna razón que no llego a comprender, me cuesta mucho escribir en primera persona. Abrí otro blog (Palabras y lunas, ni lo busquen, no escribí nada más ahí) en el que narraba historias sobre anécdotas, más o menos reales... pero no me convenció y ahí quedó, llenándose de polvo virtual, supongo...

Sin embargo, empujada por el espíritu navideño, surgió en mí el deseo de contarles una historia real, un real milagro navideño.

Como podrán imaginar, esto le sucedió a una preciosa niñita rubia (yo).

Ese año, hace ya mucho tiempo (dejenme calcular... hace unos treinta años, increíble, no puede ser que hace treinta años ya me pasaban cosas que puedo recordar...) mi madre compró un pesebre nuevo. Un costoso pesebre de cerámica, con hermosas figuras delicadamente pintadas.

Tan emocionada estaba mi madre con su adquisición, que ella misma armó la escena, sin permitir que nadie más metiera sus dedos en él. Sin embargo, merodeando alrededor de Belén, estaba la preciosa niña rubia (yo) que no tardó nada en toquetear a la virgen María , José, el niñito Jesús, los pastores, etc... viéndolos como muñequitos para jugar.

Mi madre, entonces, me explicó lo que representaban las estatuillas, que debía mostrar respeto y, lo más importante, por supuesto, que eran muy caras y no eran juguetes.

Mientras mi mamá trabajaba, me cuidaba mi abuela. Como a ella le importaba poco y nada lo que su hija opinaba, me permitió usar el pesebre para lo que se me antojara, mientras lo cuidara y antes de que mi madre retornara al hogar, estuviera cada pieza en su sitio.

En mi imaginación la sagrada familia debe haber tenido aventuras impresionantes, luchando contra piratas y cosas así ( me gustaban las historias de piratas y las de "capa y espada", a los cinco años, por ejemplo, estaba enamorada del Zorro).

Todo fue bien, hasta el 24 de Diciembre. Ese día, en una de sus interesantes aventuras, la Virgen María, sufrió un terrible accidente, al chocar contra la pared y perder, como su tocaya, María Antonieta, la cabeza.

Grité, recé y lloré. No sirvió de nada. La cabeza no se pegó sola al cuerpo. Mi abuela, probablemente preocupada por su propia participación en el accidente (ella me había permitido jugar con el pesebre, recuerden) pegó la cabeza con pegamento.

Y, acá viene el milagro de navidad... ¡Qué Dickens ni Dickens! Mi madre, jamás se enteró. Jamás. Solo mis ojos, y los de mi abuela, sabían como mirar y ver la finísima línea de la reparación.

Y así termina un milagro navideño más, en el que también hay engaños, maldades y un poco de herejía inconsciente (yo tenía cinco años, no quería descabezar a la Virgen), y una gran enseñanza navideña:

"Si tenés hijos, no comprés adornos navideños costosos".

Los cuentos


Podríamos viajar muy lejos, solo usando las palabras, como alas.

Navegar por mares tan peligrosos, que no perder la vida fuera un milagro.

Saltar abismos y flotar como plumas.

Luchar contra monstruos y vencer.

Y todo, sin un rasguño.

Hay peligro, sin embargo.

Quedar encerrados en el cuento. Entrar y perder la puerta de salida. O peor aún: fingir perderla.

Porque el mundo que ideamos con nuestras palabras e ideas, es perfecto, con sus medidas imperfecciones, calculadas por nosotros mismos y podemos caer en la tentación de quedarnos allí. ¿Por qué salir de sus seguros límites? ¿Por qué escapar de ese abrazo tan perturbador y cálido?

Amar en cuentos. Escapar en cuentos. Volver a encontrarte en cuentos. Saciar toda el hambre, herirme y cicatrizar.

Quemar la lengua con palabras que de otro modo, no diría.

Que la realidad más cruda, sea mostrada, en un cuento.

La reina


Había una vez una reina, que vivía en su bello palacio.

No era un palacio muy lujoso.

Los techos tenían goteras, por ejemplo y en el jardín las plantas invadían la vereda de lajas gastadas.

Pero ella era reina.

La corona no pesaba en su cabeza pero igual le molestaba. Y los amplios vestidos decorados en oro, no combinaban con sus jeans gastados a la hora de salir a la calle.

Era una reina extraña... porque, ahora que lo analizo, a ella ni siquiera le gustaban las reinas.

Cuando era chica, por ejemplo, jugaba a ser cualquier cosa, menos una reina.

Y el palacio que se descascaraba frente a sus ojos...

Entonces, se quitó la invisible corona y fue a podar las plantas.

Las historias de amor


Toda historia de amor comienza en el principio de los tiempos.

Que raro escribir algo así... Me gusta hablar del amor (a lo mejor siempre estoy hablando del amor), pero lo hago con metáforas... Es más lindo bucear en las palabras...

Decía entonces, que todas las historias de amor, nacieron al principio de los tiempos, soportando hasta las oscuras eras en las que se lo confunde con el romanticismo.

Sigue caminos temblorosos. Duda, se equivoca, y así llega al lugar correcto.

(No hay mejor forma de llegar al sitio al que debemos llegar que equivocando la esquina en la que doblamos)

Me gusta pensar que el amor se disfraza, como todos, y se viste de gota de sudor, y se envuelve en sábanas revueltas.

Yo pedí un amor tranquilo, que no me ardiera en las manos. Y eso no existía.

Pedí que me dejaran en paz, y desee que me acosaran. Huí, para que me siguieran.

Siguiendo su juego, disfracé el amor a mi gusto. Lo pinté con aguas calmas, lo peiné y perfumé para que todos creyeran que era mi amor tranquilo.

Con voz baja le canté nanas, para que se durmiera en mi falda.

Toda historia de amor, es eterna, aunque dure las horas que la esperamos. O el tiempo en el que confiamos en ella.

Quiero un amor que dure el tiempo en el que se apaga la llama.

Cada lágrima, cada orgasmo, cada pensamiento, sucede en ese largo sendero que todos los amores dibujan.

Y sé que su mano en mi mano representa a todas las manos aferrándose para no perderse.

Una buena charla.


Hace varios años, una mañana, tuve una charla muy interesante con uno de los barrenderos de mi cuadra. No tengo idea de como comenzó esa charla, porque suelo ser bastante reacia a hablar con desconocidos...

Recuerdo que me contó que era de Catamarca... O Formosa, mi memoria para algunos detalles puntuales es una vergüenza.

¡Ah!, ya sé como fue que empezó la charla.

Yo me quejé de que hacía calor, y él rió, y me dijo que calor era el de su provincia (con eso solo, debería haber terminado el diálogo, porque mi comentario del calor era de esos que no me gustan hacer, y la respuesta de él era de las que a mí no me gustan, pero entonces debe haber dicho algo que me llamó la atención, porque no entré inmediatamente a casa después de saludarlo, que sería mi actitud normal).

En resumen, porque la charla fue bastante larga, me contó que cuando joven, era trabajador golondrina y viajaba por las provincias del norte de cosecha en cosecha. Me contó que sabía domar caballos. Habló de los hijos, y nietos. Era pintor, además y me invitó a ver una muestra de cuadros que haría un tiempo más adelante (no, no fui, no pude, era lejos, creo) y me dijo que me iba a traer la receta para empanadas de su esposa (esa sí, la trajo unos días más tarde, escrita con redondeada letra de molde de la señora, llena de recomendaciones culinarias y que finalizaba con un "cariños") que nunca preparé porque eran empanadas de carne, pero dulces, que a mi familia y a mi no nos gustan, pero algunas de las recomendaciones mejoraron y mucho mi propia receta de empanadas. Era un cálido, inteligente y exitoso caballero.

Un tiempo después, deben haberlo cambiado de zona, o se jubiló (estaba haciendo los trámites para la jubilación) y lamentablemente, dejé de verlo.

Una buena charla, un diálogo de esos que te alegran un día, no es algo que se pueda andar despreciando, especialmente para alguien como yo, que por timidez, o lo que sea, no fomenta conversaciones con cualquiera.

Como si algunas palabras, algunas frases, no todas, pudieran saltar el abismo que hay entre la gente.

Alguien dice algo y esas palabras, ordenadas de tal manera, detienen lo que estamos haciendo y hacen que prestemos atención. A otros que nos hablaron antes, apenas los oímos y respondimos sin ganas o por compromiso.

Ese es el poder de las palabras. Como si fueran puentes, que generalmente no cruzamos, o hasta derrumbamos a propósito, pero otras milagrosas veces, nos llevan a una nueva orilla.

El vestido rojo


Se vistió de rojo, porque el rojo la representaba y porque era hermoso. Rojo fuego, rojo sangre, y el rojo de esa rosa que le habían regalado una vez.

Salió a la calle, y todos estaban vestidos de azul.

Nadie la miró de mal modo, sin embargo. Cualquiera de las dos posibilidades para esa actitud, era espantosa: la ignoraban, porque se veía diferente, o ni siquiera la veían, debajo de su rojo disfraz.

Caminó en silencio, cabizbaja, avergonzada por su vestido. ¿Qué pensarían de ella, con ese color horrible, todos los demás, vestidos con el bello azul?

Seguro la consideraban un monstruo. Un ser malvado, o idiota, que nadie podría amar.

Regresó a su casa y lloró, sobre el rojo vestido.

Y se vistió de azul.

Puertas

Olvidamos todo lo que puede pasar al cruzar a través de una puerta.

Si lo supiéramos, ¿las abriríamos con tanta confianza?

Una mano en el picaporte, es solo un gesto más, insignificante, rutinario, que hacemos todos los días, muchas, muchas veces por día.

Pero las puertas unen mundos y separan el calor del hogar, del hielo de la calle.

Hay puertas invisibles, palabras que las describen, números que las ordenan.

Los secretos se susurran detrás de puertas cerradas. Los amores ocultos, los engaños, las sorpresas las necesitan.

Me gusta ver los perros, tendidos frente a ellas. Es la imagen del perro fiel, protector y amigo.

Dejar una puerta abierta, muestra confianza. Me encanta llegar a un lugar en donde me esperan y escuchar que gritan: ¡La puerta está abierta!

Separan el mundo real, del de la fantasía. Hay monstruos detrás de las puertas de los roperos en los dormitorios de los niños. Y no es mentira. Los monstruos están allí, pero cuando abrimos la puerta, se van. Porque todo es posible detrás de una puerta cerrada. Cuando la abrimos, con ese solo gesto, la realidad cambia.

Imagino, allá por quien sabe que pasado inmemorial, al primer hombre que tapó la entrada de su casa. Si yo hubiera sido su vecino, le hubiera quitado el saludo. "¿Pero qué pensás, que te voy a robar? ¿O espiar?" le hubiera dicho. Y después sí, le quitaba el saludo. Más adelante, hubiera analizado, que las corrientes de aire y la intimidad y seguro hubiera ido a conseguir mi propia puerta. Quizá, hasta le pedía disculpas a mi vecino inventor...

Mi hermana terminó una relación... un noviazgo relativamente largo, porque el novio no quiso darle las llaves de la puerta de su departamento.

Las puertas son una y dos cosas. Una puerta abierta, es de alguna forma, lo opuesto a esa misma puerta, cerrada.

¿Cuántas puertas no debieron abrirse y se abrieron? ¿Cuántas, lamentamos abrir?

Una vez más...


Ella estaba cansada. Pensó si se notaría y si se notaba, si quedaría muy mal, que se sacara los zapatos debajo de la mesa del bar. Se había puesto los de taco aguja, porque él había dicho que eran los que le gustaban. " Te mejoran la figura"...

Volvió a mirar, ansiosa, hacia la calle, como si su mirada pudiera acercarlo. La gente pasaba, ensimismada en su huraño correr. Cabizbajos, apurados, hostiles. Así los percibía a esa hora del atardecer. La segunda taza de café, y él no llegaba.

No podía creer que estaba esperándolo, una vez más, después de haber jurado que no lo haría más. "Te espero quince minutos. Si no llegás, me voy a casa. Y ni se te ocurra venir. No te abro la puerta, lo juro". Hacía más de una hora que esperaba. Marcó el número de teléfono en el celular, y una vez más, escuchó que teléfono solicitado estaba apagado o fuera del área de servicio.

De la bronca, pateó sin querer uno de los zapatos. Tuvo que mirar bajo la mesa para ubicarlo. Estaba caído hacia un costado. Con los pies lo acomodó y volvió a calzarlo. Maldito sea, el zapato y el admirador de los zapatos con taco aguja.

Es el amor, pensó vagamente, suspirando y comenzando a buscar el dinero en su billetera para pagar los cafés. Uno sabe que el ser amado tiene características que se detestan, sin embargo, el amor solo, alcanza para disfrazar esos errores con el color de las virtudes: los celosos saben apreciar lo valiosas que son sus parejas. Los infantiles tienen la alegría de los niños. Los despilfarradores son generosos. Los tacaños, son previsores.

Y en ese momento de gris lucidez, ella se dijo, que los celosos simplemente no quieren que otro juegue con sus juguetes, que los infantiles son unos idiotas, los despilfarradores nos van a dejar en la calle y los tacaños nos van a hacer vestir con bolsas de supermercado.

Ella estaba enamorada. Por eso se había puesto esos detestables zapatos para esperar a un hombre que una vez más, la dejaría plantada.

Pero esta vez, ella no creería sus excusas. Ya había aprendido la lección...

Estaba por ponerse de pie, cuando lo vio entrar al bar. El sonrió y ella devolvió la sonrisa. El no era impuntual. Simplemente era un hombre tranquilo, que se tomaba las cosas con mucha calma. Y lo amaba por eso.

El caos de mi cartera


A ver...

El abono del tren, caramelos "gotitas de amor" que se cayeron de la bolsita (los voy a comer igual, el bolsillo de la cartera no está taaaan sucio), el ventolín aerosol (para el asma), medio paquete de chiclets y pañuelitos de papel. Todo esto en el bolsillo de adelante.

En el compartimento principal: Mi cuaderno para anotar ideas, la billetera (no la pongo en el bolsillo de adelante, en donde sería más fácil encontrarla, porque una vez me la robaron tan fácil que ni me di cuenta... ¡qué les cueste un poco, al menos!), las tarjetas de crédito (no puedo ni pensar en usarlas), un libro (en esta ocasión "Cuentos de Ise" de Ariwara No Narihira), el bolsito de cosméticos (mis apreciados cosméticos, con sus tapitas sujetas con banditas elásticas, no sé por qué se me rompen tanto), una cajita de tic-tac (¡esto era lo que hacía ruido cuando corrí para alcanzar el tren! ¿desde cuándo están acá?), los lentes para descansar la vista...

Un papelito con un número de teléfono, sin nombre, no tengo ni idea de quien es, la factura de la luz (todavía no está vencida, ¡bien!), el perfume...

Sí. Ya revisé en todos lados. Va a ser un día difícil. Me olvidé en casa los anteojos de sol.

Chupetines de naranja


Por lo general, ella sabe y acepta que la mejor forma de encontrar una cosa, es buscando otra.

O sea: si pierde su colgante favorito, y lo busca, encuentra en el bolsillo del saco, (el que tiró en el canasto de la ropa sucia) el monedero desaparecido hace días.

Como si fuera una de esas reglas escritas en el destino de todos: Para encontrar algo no hay que buscarlo.

Pero ¿cómo actuar de acuerdo a esa ley con respecto a cosas más importantes que un colgante, un monedero, o el esmalte de uñas perlado que hace una semana no encuentro (encuentra... ella...)?

¿Podemos dejar de buscar la felicidad, el amor, la paz, la justicia?

¿Deberíamos dejar de hacerlo para encontrarlos?

Por el momento, ella se dedica a encontrar felicidad en los pequeños detalles. Quizá porque no cree demasiado en la felicidad. O porque no es buena para sentirse feliz. O porque extraña la felicidad de la niñez, cuando dejaba de llorar si su abuela le compraba un chupetín sabor naranja.

La felicidad costaba apenas unos centavos.

Que, en definitiva, es todo lo que deberíamos pagar por encontrar algo invaluable.

Cuentos en tercera persona


Una de las costumbres que ella tiene y le parece peculiar, es la de pensar en sí misma en tercera persona.

Por ejemplo: si camina por una vereda cualquiera, buscando sombra o sol, según la temperatura, saltando charcos, apurando el paso para alcanzar el colectivo a una hora específica, piensa: "ella camina por una vereda cualquiera, la más soleada (o con sombra, según, como ya les dije) salta un charco, va hacia la parada de colectivos, etc, etc".

Repito: piensa en sí misma en tercera persona, no habla de ella en tercera persona, como esos egocéntricos que se nombran a sí mismos. Al contrario, intenta no hablar de sí misma en lo absoluto.

Ahora mismo, otro ejemplo: ella, mira una hoja seca. No es otoño, está seca porque hace demasiado calor para Noviembre, y algunas plantas se secaron, soltando hojas disfrazadas de otoño...

Es como una práctica literaria. Como un juego más, que le gusta jugar. Como esconderse en un rincón, sentirse invisible, pasar desapercibida mientras los otros parecen tan entretenidos actuando una obra que ella solo disfruta, pero en la que no participa. Le gusta ese lugar que encontró, ni en el centro del escenario, ni entre el público: está en un rincón y la realidad no sabe que la está observando.

Porque ella a veces piensa en sí misma en tercera persona... (pero que estoy haciendo, esto ya se los dije, pero es que tiene mala memoria, olvida las listas de las compras sobre la mesa, tiene que hacer grandes carteles con las fechas de cumpleaños, no recuerda los números de teléfono y a veces, hasta abre un paréntesis y sigue escribiendo dentro de él sin recordar cerrarlo jamás.

La obsesión



Cruzar puentes peligrosos,
quemar las manos en el fuego de la esperanza.

Mi pequeña pesadilla cotidiana,
mi paraíso confuso y sin reglas,

En orillas con engañosas aguas tranquilas,
se juegan crueles juegos inocentes.

Escapé y caí.

No pido piedad, ni perdón.

El amor es un monstruo hermoso,
un fantasma, un demonio,
el ángel más bondadoso,
la más bella de las obsesiones.

La dibujante de vestidos de novia


Dibujar vestidos de novia era su hobby, su pasión, su arte.

Los dibujaba con los detalles que le gustaban en cada momento de su vida. A esa edad, la vida tiene otro ritmo y cambia rápido.

Según el ánimo, por ejemplo, los vestidos dibujados se vestían con diferentes colores: a veces eran negros, como si el vestido de novia se hubiera disfrazado de luto; a veces rosados, como caramelos de frutilla; a veces verdes, con la esperanza desparramándose en la tela..

Me pregunto que habrá pasado con ella... Solo recuerdo su nombre, Cinthia. Fuimos amigas entre los seis y los doce años, mas o menos.

Recuerdo que tenía una carpeta con los bosquejos de vestidos de novia, que llevaba al colegio y que nos permitía hojear solo si jurábamos cuidar cada preciada hoja, besando una cruz que hacíamos con los dedos (era en un colegio de monjas, pero ni idea de dónde había salido esa costumbre: decíamos lo juro, y haciendo una cruz con los dedos, la besábamos y jamás se nos hubiera ocurrido romper esa promesa).

Como no me gustan las fiestas, nunca soñé con mi fiesta de casamiento, ni a esa edad. Cinthia se espantaba cuando me preguntaba como imaginaba mi casamiento, y yo respondía que soñaba huir con mi príncipe azul, saltando por la ventana (de hecho, no fue exactamente así, pero más o menos).

Cinthia había planeado su casamiento y fiesta en medio de sus juegos infantiles. El futuro marido quizá cambiara casi todas las semanas: a veces era un compañero del colegio, otras, un vecino, otras, el "chico más lindo del mundo", que había subido al colectivo, pero su plan de casamiento no se modificaba. Ella sabía cada detalle. Era romántica con todas las letras...

Me pregunto que le habrá pasado... ¿Será diseñadora de ropa? ¿Se habrá casado?


La mujer dibujada


A medida que los dibujos tomaban forma, y los pájaros de lápiz negro volaban por la habitación, y las flores de crayón perfumaban el lugar, el dibujante decidió que había llegado el momento para su gran obra.

Se tomó mucho tiempo para dibujarla.

Cada trazo fue una caricia. Delineó curvas y virtudes. Sin embargo, como deseaba que su obra fuera perfecta, no borró ningún error, sabiendo que ellos, suelen dar ese toque ideal de belleza.

Permitió entonces los mínimos titubeos del lápiz, se permitió remarcar, con cierta elegancia, las líneas que no lo conformaban, pero dejó el dibujo así, casi despojado, decorado exclusivamente por los colores que sabía que había visto en sueños... y lo observó sintiendo que su propio corazón latía solo para darle vida.

Ella se observó al espejo. Acarició su cabello sedoso, sus pechos firmes. Recién creada, observó las otras creaciones y amó la libertad de los pájaros y el perfume de las flores que escapaba por la ventana.

El creador intentó abrazarla, porque la había dibujado para él. Pero no se sorprendió cuando ella abrió la puerta para irse, porque sabía que para que fuera tan perfecta, debía ser libre.

La norma del silencio


Las normas eran tantas, las posibilidades de quebrar las incontables leyes, estatutos, imposiciones y mandamientos tan altas, y los castigos para lo que el gobierno consideraba un error, o un insulto a su soberanía, tan violentos y crueles, que la gente del pueblo decidió hacer lo único posible en esas circunstancias: hacer lo que quisiera, a escondidas.

Pero esa actitud, nunca dura demasiado. Porque la lógica nos indica, que entre iguales, no debería haber órdenes. Y en los pueblos, todos deben ser iguales.

Un hombre fue hasta la casa de gobierno y se paró frente al secretario del secretario del gobernador.

- El gobernador me insultó - dijo.

El secretario del secretario, respondió:

- Eso es imposible. El gobernador no lo conoce.

- Sin embargo, me insultó. - Y sacó de su bolsillo una lista de leyes. - Todas me insultan, pero esta especialmente, no me deja dormir. Dice que no puedo hablar mal del gobierno, con nadie.

- ¿Acaso quiere hablar mal del gobierno? ¿Está usted loco?

- No. Pero quiero poder hablar si lo deseo. ¿Cómo el gobierno va a prohibirme que hable mal de él si creo que está actuando mal? Anote, anote mi queja. No estoy pidiendo mentir. Estoy pidiendo poder hablar de lo que veo mal, de lo que creo mal, de lo que siento... Con quien quiera, en donde quiera, sin perjuicio de nadie... En la plaza, en la esquina, en un bar... Con conocidos o desconocidos... Mis ideas me pertenecen, mi nombre me pertenece, mis palabras me pertenecen... Ni mi esposa me pide explicaciones por lo que digo, porque en mi casa somos todos iguales, y nadie da órdenes a los otros... ¡cómo debe ser! ¿Por qué el gobierno me prohibiría expresarme?

El secretario se rascó la cabeza. Debía llamar a los guardias y mandar al hombre a pudrirse en la cárcel por lo menos.

- Por su bien... Vuelva a su casa. Sea libre en silencio... - susurró. - Yo lo hago así, todos vivimos libres, en silencio... Quizá esa sea la única forma de ser libres realmente.

El hombre negó con la cabeza.

- Yo no. No puedo.

Y dando media vuelta, regresó a las calles del pueblo.

Atados

Ajustar el lazo, justo hasta ese punto en el que la razón no existe.

En el amor, nadie debería soltarse. Ese nudo no molesta. No duele. No te asustes.

Si todo en la vida son metáforas (¿qué más son los presagios? Metáforas del mundo, que muy pocas veces entendemos), estos lazos tan reales, tienen un significado etéreo, que nos atan al momento en donde ser libre significa no desatarse.

¿Y si en cuestiones del corazón, la exageración es un error obligatorio?

Atame, para demostrar que confío.

Para mostrarte que esa soga, solo es un disfraz, con sus nudos y su infinito poder de atarnos.

Atame, que si hace falta, escaparé sola.




Tom McRae. "You only disappear"

Respuestas


¿Hay algo más ruidoso que las calles y con menos respuestas?

Para saberlo, solo hay que hacerle una pregunta al caos de una avenida.

Nunca llegará la respuesta.

Adivinaremos gemidos y palabras,

susurradas a los gritos,

pero ninguna será la que esperamos.

Porque a la calle le importan las huellas,

pero no nuestras dudas...

Desnudo


Hay algo de magia en ver a alguien desnudarse...

Analizar las elecciones que se tomaron hace tiempo, quizá en la infancia y que se hicieron costumbre: primero el zapato derecho, o quizá el izquierdo, desabotonar de tal modo la camisa, la remera quitarla hacia adelante, o hacia atrás, primero un brazo (¿por qué ese, y no el otro? ¿por qué ese titubeo antes de doblar la prenda quitada...?).

Y esa calma al sentarse en el borde de la cama para quitarse el pantalón, con una mirada cómplice o un bostezo, quien sabe...

En calma, o con urgencia: me gusta ver como alguien se quita la ropa. Esa magia al despojarse de los disfraces que se usan todo el día... Sin pensar en lo que vendrá, solo disfrutando de otro gesto cotidiano que nos permite tocar la piel amada, que desnuda un cuerpo, como me gustaría poder desnudar, solo una vez, aunque sea, un alma...

Secretos.



Lleva su secreto de la mano,
por calles en las que llovió el sol y la luna.

Porque sabe que para eso son los secretos.

Para jugar con ellos,
ponerle nombres,
mimarlos un poco
y por fin, olvidarlos.

El monstruo escondido. (2)


No pudo matarlo.

En cambio, escondió a la criatura en una habitación cerrada de su casa.

A nadie le habló de él.

Se negó a responder preguntas.

No se atrevía a reconocer que amaba a ese monstruo y que ese amor lo avergonzaba.

Claro que tampoco le habló a la criatura de su amor. Lo alimentaba sin mostrar ternura, dejando la comida frente a él como si fuera un perro, y veía como la devoraba y veía el agua chorrear por la mandíbula deforme.

Sabía que excepto dejarlo vivir y alimentarlo, no podía cometer errores. ¿Qué haría el monstruo si supiera del amor de su creador hacia él? ¿Cómo reaccionaría? Podía pedirle privilegios a cambio de no abandonarlo, podía exigirle un puesto en su vida, podía inclusive salir del escondite y contarle a todos de su amor, y contar como él, que decía amarlo, lo había alimentado con migajas durante años, lo había encerrado fingiendo indiferencia, y frente a todos, vecinos, amigos, enemigos, mostrar su fealdad y decir: así y todo, él, me ama.

El caballero y el dragón


¡Que perfecta que era su princesa!

Ninguna sonreía como ella.

Ninguna era tan hermosa.

Es verdad que apenas la había visto unos minutos, antes de partir a cumplir con la promesa que le había hecho: convertirse en el perfecto caballero que debía ser para ser digno de su amor, pero él supo que no podía vivir sin ella. Aunque ella no le había hablado. Con timidez había desviado su mirada mientras él le juraba matar al dragón.

El caballero llegó hasta la cueva en donde la bestia se encontraba y sacó su poderosa espada. La visión del dragón le paralizó la respiración: era gigante y su piel parecía brillar en las tinieblas de la cueva.

Pero entonces, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, vio que el dragón sonreía. Como si supiera lo que pasaría. Como si sintiera pena por él.

La voz del dragón lo sorprendió. Era grave y pausada. Como la voz de alguien muy sabio.

- Antes de entrar a enfrentarme... - dijo el dragón con calma - Quiero que pienses que nadie envía a quien ama a enfrentar su muerte... Y que si tenés que matarme para creerte digno, no lo sos y aunque me mataras, no lo serías, porque quien es digno no necesita gestos para demostrarlo.
Voy a contarte un secreto: la princesa ama al hijo de un campesino. El le escribe cartas en hojas arrancadas de un cuaderno y ella dibuja corazones con sus nombres entrelazados en su diario. El no necesita pararse frente a mi con su ridícula espadita, porque sabe que es digno del amor de su princesa y es por eso que ella lo ama. - Los enormes ojos amarillos miraron fijo al pálido hombre.

El caballero salió cabizbajo de la caverna. Arrojó al suelo su espada y volvió con su antigua novia.

(pintura: "White guardian", Ciruelo)

Fantasma de martes por la mañana.


El fantasma extendió la mano, con un gesto de conciliadora confianza.
Desde el espejo, pareció sonreír. No debíamos sentir temor. ¡Eramos tan parecidos!

Cuando yo lloro, el fantasma también.
Cuando hago muecas, buscando sorprenderlo, el otro se adelanta a mi mueca y la hace también.

No hay reproches. No hay venganzas ni rencores.

¿Por qué escapar a los fantasmas cuando no están persiguiéndonos?

¿Por qué huir cuándo sabremos que los extrañaremos si se van?

Al fin y al cabo, no hay mejor amigo que los propios fantasmas.

(pintura: Marso, "La couture")

Manos



¿Quién diseñó las manos,
bellas, defectuosas, perfectas,
pálidas, oscuras, tersas,
rugosas manos del hombre?

Me gustan las manos extendidas, abiertas bajo el cielo
sin esperar nada que no puedan conseguir solas...

Contradictorias manos...

Bailando en las teclas del piano,
arando en los campos.

Como deseo olvidar que las manos matan,
las manos señalan,
las manos engañan...

¿Habrán tus manos mentido caricias?

El tiempo


En cada rincón una historia que encierra un mundo.

En cada espejo un espíritu.

En ese charco el océano, reflejando todo el cielo y el universo.

En cada paso todos los caminos. En cada salto, todo un vuelo.

En una hora toda la vida. En una memoria todos los recuerdos.

En un beso todo un romance, en una lágrima toda la pena.

En una frase todas las palabras. En un secreto todos los secretos.

En esa gota de sangre, todas las matanzas. En esa injusticia todo el odio. En una búsqueda todos los titubeos.

Hasta que aprendamos que en cada segundo, se esconde todo el tiempo.

(pintura de Rob Gonsalves)

El barco


El barco se bamboleaba como una cáscara vacía en el inmenso océano que fingía no tener límites.

Esperaban el viento, que no llegaba.

Los días y las noches se sucedían igualmente calmas.

Los hombres recordaban las tormentas y el viento con la ansiedad con que se anhela la vida.

Pelearon, lloraron y rogaron.

Supersticiosos acusaron a dios y al demonio.

Ninguno de los dos respondió a las acusaciones, como si se hubieran puesto de acuerdo en abandonarlos.

Luego llegó el viento.

El barco navegó y los hombres olvidaron la pena, con la certeza de que pronto verían la tierra, y sabiendo en su interior que a los pocos días de caminarla, extrañarían el mar.

Escultor



Que tus dedos me desnuden al sol, para que arda.
Tu mano de escultor conoce,
los secretos de la piedra,
para transformarla en la piel
que esconde mi fuego.

Momentos



En la calle alguien grita "me robaron, me robaron". Vendedores y compradores se asoman a la puerta de los negocios y observan a la mujer que sacude los brazos (sin cartera, claro) señalando norte y sur, este y oeste. El ladrón ya ha dasaparecido.

Un vecino, el dueño de otro comercio, se me acerca. Yo ya observo el día, a la gente que después de la conmoción, continua con su vida, apurándose hacia quien sabe que destino.

- Que hijos de puta, habría que matarlos a todos - opina sin saludar.

Distraída como soy, tardo un instante en adivinar quienes él condena a muerte. Al ladrón, por supuesto y a los de su misma profesión, en este caso.

Se habla de la muerte con demasiada liviandad. Se la desea para otros con demasiada rapidez y sin pensar. No conozco lo suficiente a mi vecino como para saber si él cree lo que dice, o es solo una forma de expresarse. No tengo ganas de exponer todas mis dudas (y rechazo) sobre ese sistema para conseguir más seguridad y prefiero no discutir esos temas con clientes del negocio.

Todo el tiempo se habla de inseguridad. La televisión se regocija con las declaraciones de una familia que fue asaltada ayer a la noche. Imaginen las declaraciones de esta gente (comprensibles considerando la situación vivida) si mi vecino que escuchó que a alguien le robaron la cartera aseguró que el ladrón merecía morir.

Ojalá yo pudiera creer que a las palabras se las lleva el viento, pero no lo creo.

Mediodía


La costumbre de la cabeza gacha,
la humildad y la mesura.

El mundo no puede odiarme,
por probar el caos
como quien prueba
un caramelo de sabor desconocido.

El mediodía se me escapa
como agua entre los dedos.

El monstruo

Su creación se tambaleó, chocando los muebles del laboratorio, los tubos de ensayo, las sustancias que cuidadosamente él ordenaba cada mañana antes de comenzar su trabajo.

El creador la siguió, algo espantado. Las cicatrices de las operaciones, se veían rojas y brillantes, surcando los miembros que aún no coordinaban bien los movimientos. La boca mostraba una especie de sonrisa que el científico no sabía si era o no intencional.

¿Estaba la criatura intentando mostrarse amigable? ¿Era ese confuso movimiento una especie de baile o solo se tambaleaba sin sentido? ¿Eran esos sonidos un intento de lenguaje?

Había algo de fascinación en el creador cuando alcanzó a la criatura y la miró a los ojos.

Fue entonces que la criatura extendió los brazos y se aferró a él. Había afecto en ese gesto. Y confianza. El creador lo sintió, y sintió la calidez del abrazo. Entonces supo que definitivamente, debía matarla.

(Gracias, Mary)

La casa junto al volcán



Construyó su casa al pie del volcán, aunque todos dijeron que era una locura.

No sabía el porque de esa elección. Quizá fuera algo de arrogancia o indiferencia ante el peligro.

Lentamente alzó las paredes con rojos ladrillos, pese a las críticas de los habitantes cercanos. Con imbatible lógica, les digo que ellos, a la distancia a la que habían construído el pueblo, tampoco se salvarían a la eventual erupción. Respondieron que tendrían más tiempo para huir, mientras que él no tendría nada más que una muerte segura.

Alzó un hogar austero, como él mismo. Las tejas, las paredes, los muebles eran humildes y limpios.

La primera noche en su nueva casa, cenó sintiendo el orgullo de la tarea cumplida. Se acostó esperando un sueño tranquilo, pero un ruido lo sobresaltó. Casi que esperó la explosión que anunciaría su muerte. Pero nada pasó. No se lo diría a nadie, pero con algo de espanto supo que el volcán, para él, explotaría todas las noches.

La caída de la bolsa



Ayer, volviendo de la verdulería, sufrí un episodio que me hizo comprender parte de la compleja actualidad mundial.

Había comprado tomates, lechuga, zanahoria y morrones (no organicen un grupo comando para asaltar mi hogar, los verdes estaban en oferta a $6 el kilo, los rojos son incomprables), bananas y frutillas.

Las primeras señales de alarma se dieron cuando una vecina le reclamó al verdulero por la caída de la bolsa de la semana pasada.

Me sorprendió ese reclamo, porque no suponía que el verdulero pudiera estar involucrado en algo de tal magnitud. Desde la periferia, uno no nota su influencia en los centros de poder, pero en la actitud del buen hombre, se notaba que se hacía cargo de su responsabilidad en la profunda crisis, pidiendo perdón y explicando algunos detalles técnicos a los que no les presté atención.

Después de la compra, regresaba con mi inversión a casa cuando la manija de una de las bolsas se rompió y sí: se cayó la bolsa.

Tras el desplome, observé con pesimismo los tomates, pero recorté pérdidas pensando en cocinar una salsa.

Todos los indicadores de las frutillas con datos negativos.

La caída fue agravada por el contexto: de haber caído en el pastito no hubiera pasado nada, pero cayó en la vereda.

Que se le va a hacer...

Poema excusa para una linda canción y un cuadro de Van Gogh





Una calle con árboles goteando,
como si extrañaran la lluvia pasada.

Las estrellas en un charco,
simplemente flotando.

La pared de ladrillos,
un perro que ladra.

El viento en la cortina,
que imagina tener alas.

La melancolía se teje
con estas gotas perdidas,
con sonidos comunes,
y aromas dormidos.

La lluvia deja un perfume
parecido a la tristeza,
como una perla engarzada
en la primavera.

Parece tan lejos el cielo,
tan de tontos buscarlo
en las olvidadas gotas,
que forman un charco
en el que brillan cercanas
estrellas lejanas...



Nat King Cole "Nature boy"




"Nature boy" versión para la película "Moulin Rouge"

Las palabras elegidas

Despertó pensando en cómo decirlo.

Debía seleccionar las palabras con cuidado.

Mimarlas primero, quizá. Decorarlas, perfumarlas, para que ya desde su creación fueran realmente apreciadas.

En la calle, en la oficina, solo podía pensar en las palabras.

Lo asustaba un poco el poder de esas simples letras, transformadas por una poderosa magia lógica en un sonido específico que debía, ni más ni menos, que transmitir sus pensamientos y sentimientos a otro.

¿Hay algo más poderoso que las palabras?

¿Algo más peligroso?

Mientras las horas pasaban, las palabras escogidas iban siendo cada vez menos.

Todo su pensamiento debía reducirse a unas pocas letras.

Sería lacónico, pensó, pero claro.

La luz del atardecer menguaba, como adecuándose al escenario en el que la frase decidida sería dicha.

El llegó al lugar escogido y frente a su expectante interlocutor, se quedó en silencio.
.
.

Depeche Mode "Enjoy the silence"

El sabio

El sabio observaba el mundo desde su torre. Rodeado de libros, consideraba a los hombres unos salvajes (como si esos libros que amaba hubieran aparecido mágicamente y no hubieran sido escritos por los hombres, y los conocimientos que tanto apreciaba no hubieran sido acumulados por generaciones de hombres).

A través de una ventana, casi escondido por miedo a que los salvajes lo vieran, observaba las aberraciones y cada tanto gritaba sentencias grandiosas, que, obviamente, los salvajes no entendían, pero que buscaban demostrar que él sí sabía, y que él conocía el destino del mundo condenado por los errores de los hombres.

Muy pocas veces salía de su refugio. La última vez que salió (temblaba al recordarlo) se cruzó con un hombre extrañamente pequeño, que al verlo, intentó seguirlo, le habló con un idioma rudimentario, y, de repente, hizo una extraña pirueta, y comenzó a gritar desaforadamente, actuando, una vez más, sin sentido.

Lo que el sabio no supo, porque desde la falsa altura con la que creía analizar los actos de los hombres había perdido toda perspectiva y toda sabiduría, es que mientras él huía, una mujer corrió a levantar al hijo, que se había caído y lloraba porque se había lastimado la rodilla.

Palabras perdidas

¿En dónde las habré dejado...?

Sé que olvidé palabras en rincones, en esquinas, en plazas...

Esta forma compulsiva de escribir me ha hecho abandonar poemas escritos en servilletas de papel, en hojas arrancadas de cuadernos rivadavia, en blocks comprados a las apuradas en cualquier librería.

Imagino a esas pobres letras, mirando hacia los costados, bostezando, confundidas preguntándose si volvería a buscarlas, si debían mantener ese orden o podían separarse e irse cada una por su lado, caminando con sus piecitos de tinta azul de lapicera bic.

Y sí, cuando se aburran de que hable de cosas perdidas, me avisan...






Ben Harper "Morning Yearning"
Una pálida mañana, con un pálido reflejo
de alas de color cambiante.

Yo podría aprender hoy a volar.
Lo sé como quien sabe
que escuchó esa canción antes,
lo sé como quien recuerda
una calle recorrida anteriormente.

Hoy podría aprender a desaparecer,
hoy podría aprender a esconderme.

Hoy podría aprender a estar en silencio
con cualquier excusa,
aunque no suene creíble.

El viento

Cuando vieron las nubes cubriendo el cielo del valle, todos corrieron a esconderse.

Los que sabían reír y los que no, los que bailaban de la mañana a la noche, los que cantaban, los hoscos y los divertidos, los que dibujaban y los que tejían, escaparon como niños hacia lugares más seguros, mientras el viento sacudía ventanas y arrancaba árboles y creaba remolinos que modificaban ese mundo escondido.

Durante las largas horas en las que se luchó para sobrevivir a la tormenta, nadie lo creyó posible.

Pero como todo, el viento, pasó.

Lentamente, los que se escondían, se asomaron. Durante unos minutos fueron felices por haber sobrevivido.

Pero luego comprendieron, que más allá de sus vidas, una sola cosa les importaba y en su miedo nadie la había protegido.

El fuego se había apagado. Y no sabían encenderlo de nuevo.

Mañana de septiembre

Antes de salir, vi sobre la mesa del comedor el par de aros que había dejado allí la noche anterior. Suelo hacerlo. Dejar los aros, colgantes, pulseras, olvidados por allí, dentro de los ceniceros de cristal que nadie usa porque nadie en la casa fuma, y que quedaron como adornos en la biblioteca junto a las lámparas de estilo heredadas después de la muerte de la abuela.

Al llegar a la estación, descubrí los aros aún en mi mano mientras revolvía en mi bolso en busca del abono que debía mostrarle al guarda. Me puse los aros, tanteando en los lóbulos de mis orejas, bajando las escaleras hacia el túnel que lleva a los andenes, y al mismo tiempo, intentaba guardar el abono en el bolsillito interno del bolso para no tener que bucear en él en su búsqueda la próxima vez.

En el tren, junto a mí, un hombre practicaba la dicción del inglés (supongo) leyendo en voz alta. Leía una frase, y la repetía, leía otra, y la repetía. Cerraba los ojos y se apoyaba el libro (cry freedom, creo que se llamaba, o algo así) en la frente, cubriéndose los ojos, y repitiendo, repitiendo, repitiendo una frase tras otra, tan concentrado o indiferente...

Jugar con un fantasma


La presencia del fantasma le daba un color nuevo a la casa.

Los apagados rincones parecían más luminosos. Cualquier detalle que antes pasaba desapercibido ahora tenía otro significado.

Las cortinas moviéndose con una inesperada brisa, un susurro a su espalda, el cambio de lugar de un objeto, hasta la desaparición de algo que luego aparecía misteriosamente en el primer lugar en el que había buscado, le parecían señales inequívocas de esa compañía que parecía jugar con ella.

Claro que algunas noches se desvelaba, preguntándose si no estaba enloqueciendo. Se levantaba entonces y salía al jardín, quedándose un largo rato observando el cielo estrellado y escuchando los sonidos apagados por el sueño de la ciudad. La lógica no es buena compañera de ciertas relaciones fantasmales, sin embargo, sentía al fantasma junto a ella, observando también ese mundo que se negaba a abandonar.

Jugar con un fantasma le parecía peligroso, pero inevitable.

Consejito para el fin de semana

Hace un tiempo, publiqué en otro viejo blog de blogger un artículo que fue un verdadero éxito, tuvo tres comentarios: uno de mi hija, el comentario más extraño aún hasta hoy, en el que decía que me quería y le dolía el talón, otro de mi hermana, pidiéndome disculpas por no tener tiempo para leer mi blog, y otro en portugués que no entendí pero que no sonaba muy bien que digamos.

En ese exitoso post, yo daba un solo consejo: si tu gato muerde el cable del teléfono, un cuchillo de cocina y una tijerita escolar no son para nada, pero para nada, herramientas adecuadas para repararlo. Sobre todo porque cuando el hombre de la casa llega y le pedimos que solucione el desastre, es muy difícil responder a su pregunta de en que diablos estaba uno pensando cuando hizo ese experimento que no solo empardó, sino que empeoró el accionar del travieso minino.

Así que hoy, rememorando mi primer post de lectura multitudinaria, vengo con un nuevo consejo nacido de la experiencia:

Por nada del mundo, se compren guantes de lana amarillos. No combinan con casi nada y por alguna razón que no entiendo, se ensucian aún más que los guantes color hueso que supe tener hace un par de años.

Y para sentir un poco menos de verguenza por este lamentable post, les dejo una de mis canciones favoritas.


"show must go on" Queen

El fantasma





Ella sintió la presencia del fantasma un atardecer. Supo que estaba allí sin dudas y extrañamente, no sintió temor.

Lo buscó con la mirada. Lo persiguió por las habitaciones de la vieja casa, intentando verlo aunque fuera un instante a contraluz en las ventanas.

Mientras preparaba la cena, esperando a su marido y escuchando las risas de sus hijos jugando en el dormitorio, miraba de reojo para adivinarlo cerca de ella. Estaba tan divertida con ese juego que en un descuido se cortó apenas el dedo al picar cebolla.

Lavándose la mínima herida, llorando por la cebolla, escondida en el baño y mirándose al espejo, le preguntó al fantasma quien era y que buscaba en su casa.

El no le respondió. No sabía como hacerlo. Deseaba besar la herida que apenas sangraba y secar las lágrimas que no eran de pena. La había seguido sin dudarlo, sabiendo que su hogar estaría en donde esa desconocida estuviera. Y ahora observando a su alrededor, adivinaba que esa casa podía fácilmente haber sido suya. Esa o una parecida.

Aún no entendía su vida como fantasma. Aún extrañaba contar las horas y correr el colectivo. Intentaba rozar con sus dedos las texturas y solo sentía el aliento de las cosas.

La miró en el espejo y por un segundo le pareció que podían verse a los ojos. Pero ella observaba su propia imagen y el fantasma, la de ella.

(foto: pintura "UNE BELLE JOURNEE" de Marso)

Ejercicio literario

Te espero. Camino por la habitación, nerviosa, como un león enjaulado (no, no me gusta, frase hecha)
Va de nuevo. Esperándote, ansiosa, camino por la habitación, dibujo un camino entre las cuatro paredes, entre la mesa y la biblioteca y el sillón de hierro azul... (no, repito la palabra camino, odio cuando eso pasa...)
Otra vez: Te espero caminando por la habitación, dibujando senderos imaginarios entre los muebles que juntos escogimos, te espero entre las paredes de nuestro hogar (esa palabra que nada tiene que ver con las paredes y los muebles, esa palabra que llevamos con nosotros, que escondemos en los bolsillos para que nadie ni nada la ensucie)... No, muy complicado...
A ver...
Te espero en el espeso silencio, caminando ansiosa por oír la llave en la cerradura...
No, no me gusta...
Mejor así:
Me siento, y te espero.
No me gusta la palabra fin.
Es cortita y malintencionada.

En la vida el final es inevitable.
Todos los finales en la vida
son inevitables.

El amor, sin embargo,
no debería terminar.
Dicen que el amor todo lo puede.

El amor es extraño
agridulce, cambiante.

Me amabas en un silencio sofocante.

No existen los amores felices.
No para gente como nosotros.

Esta exquisita tortura,
esta penosa alegría...

Decis que no podes perdonarme...
Me asusta el día en que yo no pueda perdonarte...
Es algo así.
Un ojo nos mira.
No piensen en el Gran hermano, ni nada por el estilo.
Simplemente un ojo nos mira.
Algunas mañanas, al menos,
mañanas como esta,
posteriores a noches sin dormir,
posteriores a almohadas mojadas.

(Creanme,
una mujer pasa por la vereda,
arrastrando una mesita pequeña.
Yo como otro bombón,
endulzando la mañana.)

Y él ojo nos mira a todos
Y mira a las gotas que luchan para no ser evaporadas por el sol
y mira las hormigas arrastrando hojitas como cruces.

Me pregunto si conoce la verdad
si él me cree sin explicaciones
si no tengo que gastar tantas palabras,
inútiles como los esfuerzos
de las gotas por no ser evaporadas.

La espera.

Permaneció inmóvil, durante horas. Sintió en su piel el frío y el hambre. Las disfrutó, como signos inequívocos de que estaba vivo. Intentaba no pensar, porque pensar significaba analizar la realidad, más allá del sujeto obedeciendo normas. Pensar equivalía a saber que estaba bien y que estaba mal, sin necesidad de leyes que se lo dijeran.

Se concentró en su odio. Lo pintó de distintos colores. Lo acunó como a un niño. El odio le había dado una razón de ser y debía amarlo, como se ama a un hijo.

Permaneció inmóvil, durante horas. Estudió cada rincón de su escondite. Le puso nombre a las hormigas. Acarició el musgo que crecía entre los húmedos ladrillos. La suavidad lo hizo temblar de emoción. Sonrió al ver a un ave aletear en el pequeño resquicio de cielo que quedaba a su vista.

Cerca de las seis, escuchó el auto llegar. El portazo indicó que El ya estaba en el lugar indicado. Esperó y contó los pasos, como los había contado varios días. Sabía que tendría una sola oportunidad. Sabía que no podía cometer errores. Empuñó el arma y salió del escondite.

Poema

Sé que te enredaste en mi vida.

Nuestros días se tejieron, se trenzaron, se anudaron, de forma tal que es imposible desatarlos.

Y eso no quiere decir que no te vayas o que yo no me vaya.

Simplemente, ambos sabemos, que estamos enredados y que volver no depende de nosotros. Es nuestro destino.

Vimos amanecer y atardecer.
De la mano o sin mirarnos,
caminamos fingiendo indiferencia.

Tantas veces decidí que el final era inevitable.
Y siempre recordé que odio esa palabra.

Nuestro amor está más allá de la lógica,
como todos los amores, en realidad.
El amor no entiende de límites u horizontes.
El amor le pertenece al viento,
siempre parece estar huyendo
pero se queda...




Lisandro Aristimuño. "Tu nombre y el mío"

Momentos: En el café

Lo esperó en el café. Lo esperó aunque él no sabía que ella lo esperaba. Esperó, con la paciencia agobiada del que tiene demasiado tiempo libre y lo sabe.
La oficina de Jorge estaba en el cuarto piso de un elegante edificio. Un portero barría con gesto cansino la vereda. El otoño se empeñaba en arrastrar hojas secas. Desde enfrente, sentada cerca de la puerta, para poder salir corriendo si era necesario (¿para qué? ¿para qué? se preguntaba su sentido común sin lograr despertarla), Marisa observaba.
Durante un momento, ella sintió vergüenza. Instintivamente sabía que a los quince años, hubiera sentido vergüenza de lo que estaba haciendo.
Como un decadente detective, vigilaba a su marido. Tomó dos sorbos del café, demasiado frío. Era ridículo que ahora que ya lo estaba terminando, notara que de tan abstraída, había olvidado ponerle azúcar. Lo había bebido amargo, sin sentir el sabor. Amargo, como sus dudas. Amargo, como sus decisiones.
Las cinco de la tarde. Unas mujeres pasaron con sus hijos recién salidos del colegio, obstruyendo su visión del edificio de enfrente. Marisa cabeceó intentando no perder ni un detalle de esa puerta vidriada.
Un grupo de personas salió y caminó hacia la esquina, al estacionamiento. Ninguno era Jorge. Inclusive reconoció a dos de los compañeros de su marido. Se tapó apenas el rostro, pero no la vieron. Había ensayado un par de excusas: un trámite que la había traído cerca, su celular sin señal, podía esconder detrás de alguna máscara digna sus celos y su infantil acción.
Jorge salió al fin. Jugueteaba con las llaves del auto. Una mujer iba a su lado. Llevaba el uniforme de la empresa. Era alta y delgada. Caminaron unos pasos juntos, sin rozarse. Marisa cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos vio que Jorge alzaba el brazo, llamando a un taxi. El taxi se detuvo. Se dieron un breve beso en la mejilla. Ella subió al taxi y él sin mirar atrás, desapareció en el estacionamiento.
Marisa llamó al mozo y pidió otro café.


Poema

Anthony and the johnsons "The cripple and the starfish"

La lágrima reflejada en el rostro que mira

se ve mas limpia en el espejo.

Se ve mas pura, como agua reflejada en agua,

¿Se secan las lágrimas?

¿Se borran las pisadas?

¿Cada suspiro se graba a fuego en el universo?

¿Las piedras arrojadas al río modifican el mundo?

¿La decisión del mendigo tiene tanto peso como la del rey?

¿Se encontrará las verdad en algún lado...?

¿No sé... en el espejo?

El desierto

¿Por qué se repiten los sueños? Tengo sueños contradictorios. Sueño con estaciones de tren, eso lo entiendo, pero también sueño con el mar y con desiertos.

El desierto en mis sueños brilla. Como si la arena quisiera competir con los glaciares y las nieves eternas brillando en la noche, o con el charquito de mi vereda. Creo haber leído (¿en el principito?) que el desierto en la noche brilla. En mis sueños me siento y miro la inmensidad sin hacer nada, dejando pasar las horas. Es raro, porque en otros sueños, suelo estar muy apurada. Y en esos simplemente me quedo allí, sin miedo pero sin paz tampoco.

En el mar, en cambio, siempre estoy, en mis sueños, al borde de tsunamis, sobreviviendo a grandes olas, intentando sin éxito nadar hacia la orilla.

Aparentemente, en el desierto, estoy como resignada. Como si supiera que caminar hacia cualquiera de los puntos de cardinales, será inútil.

Reconozco que si me encontrara en medio del desierto, lo único lógico que se me ocurriría, sería buscar a la serpiente para volver a mi estrella.

Escapar volando

¡Que bueno que es no poder volar!
Si pudiera volar, tantas veces hubiera cometido el error de irme volando.

Si pudiera extender los brazos y simplemente elevarme,
no mirar hacia abajo, flotar cerca del cielo, dejarme estar, simplemente,
lejos del mundo, lejos...

Y que sensación hermosa,
que pálida alegría,
¿Hará cosquillas cruzar a través de una nube?

Dejar en tierra el celular...
No, no me animo, a lo mejor lo extraño demasiado...
o quien sabe si allá arriba, tan lejos, no lo necesite.

Mejor llevo el celular y un libro,
Por las dudas, por si me aburro...
Podría llevar las cartas de Vincent Van Gogh a Theo,
o "Memorias de Adriano",
que nunca me canso de releerlos...

Por eso, que suerte no poder escapar volando...
Debe ser de aburrido...

La rebelión de los personajes 2

Me despertaron fuertes sacudones. Casi me caigo de la cama, cuando el asesino me sujetó del brazo obligándome a levantarme.

- ¿Pero qué pasa...? - alcancé a preguntar.

El héroe ya había puesto la pava con agua al fuego y contaba las cucharaditas de café instantáneo en tres tacitas.

- Ya te dije que quiero un té - dijo el asesino.

- Solo hay sabor canela, manzana, o... buaj, té verde - informó el héroe. Me miró: - ¿Por qué no tenés té común, como en las casas normales?

- ¿Y qué sabés vos de casas normales?

- Sé que no tienen diez clases distintas de té, todos intomables.

- Son los que me gustan. ¡Son las dos de la mañana! ¿Qué quieren? - pregunté, mientras con la mirada verificaba que Lolo estuviera a salvo.

- Queríamos saber si estabas bien - dijo el asesino.

- El estaba preocupado. Yo solo quería vengarme. Con los gritos de la pelea nos despertamos todos - dijo el asesino - No es justo que después duermas como un angelito...

- Siempre me cuesta dormir... Y con ustedes rondando más difícil todavía... Gracias, pero estoy bien. Fue una tontería... ni siquiera debería haber discutido... - reconocí. Disimuladamente, llegué hasta la puerta, y saqué a Lolo de las llaves, sujetándolo firmemente. Escuché que el héroe se echaba a reír.

- No te preocupes. No lo voy a intentar secuestrar más... ¡Dentro de poco va a ser la única pareja que vas a tener!

- ¡Ahora sí! ¡Te borro definitivamente! - lo amenacé.

- Tomá el café y analizá seriamente las posibilidades. Si te separás, vas a tener más tiempo para escribir nuestra historia... - dijo el héroe.

- Lo que tiene que importarle es su propia felicidad... Siendo feliz estaría más dispuesta a escribir... - agregó el asesino. Pero el otro lo interrumpió:

- Todos saben que los infelices escriben mejor y más prolificamente... Claro que... en este caso... considerando su vida sentimental debería ser Shakespeare... -

- ¿Pueden dejar de hablar de mí como si no estuviera presente? - pregunté. - Mi vida sentimental está en perfectas condiciones... Y ustedes están en problemas. ¿Saben lo que voy a hacer?

- ¿Qué? - preguntaron los dos al unísono.

- Irme a dormir. Y ustedes, laven las tazas cuando terminen.

Claro que a la mañana siguiente las tazas estaban sobre la mesa.

Vida ajena

No basta ser uno.
Debemos ser el que baila, el que mata,
el que muere y el que canta
voces de tierras extrañas.

Vi el desierto y crucé las horas.

Más allá de nuestro jardín
las aves en el cielo
se recuestan y descansan.

Se que sueño
las vidas de otros.
Como si viviera vidas ajenas.

Sé que vi el principio y el fin,
el fuego y la celda.
Vi las hojas quietas de los árboles
antes de una tormenta.

La miel, la sal, el humo y la siesta.
Está todo en nuestras vidas.
En tu piel, en mi piel, en el aire.
El gemido, el gruñido,
la lágrima, la espada,
el cielo, la arena, el miedo y el agua.

La rebelión de los personajes o la explicación de por que nunca voy a ser una escritora en serio.

Supe que habían escapado de nuevo cuando escuché sus voces detrás de mí.
El asesino: Ahí está, otra vez... con el chiste ese del blog.
El héroe: Yo no le hablo más... Hablale vos. Todos saben que sos su favorito.
Aparté la vista de la pantalla y los busqué con la mirada, hasta encontrarlos. Se escondían detrás de la puerta, asomándose disimuladamente como chicos jugando a las escondidas.
Yo : No tengo favoritos. Vuelvan a la historia. Prometo que mañana intento escribir algo.
El héroe empujó al asesino fuera del escondite. Sin embargo, somo siempre, habló él.
El héroe: No queremos molestar... ¡pero estamos aburridos! Lo último que hice fue enterarme que este es el asesino, emborracharme, peleamos, me dio un cuchillazo, me operaron, me volví a emborrachar y...
Yo, interrumpiéndolo: Ese capítulo va a ser revisado.
El asesino: Por suerte... Es ridículo que yo no pueda matar a este idiota... - suspira aliviado.
El héroe, mirándolo de frente evidentemente molesto : Hasta un chico sabe que al final de la novela yo te mato... -
El asesino: Claro que no. Esta es la típica historia realista con un final triste que busca hacer reflexionar a la sociedad... - me mira - Decile, decile, no lo mantengamos engañado... -
El héroe, señalándome con un dedo: ¿Ustedes planearon algo que yo no sé?
Yo, previendo la aburrida discusión, que ya había oído mil veces, negando con la cabeza: Claro que no... Apenas tengo una idea del final...
El asesino: Te conocemos... No crees en los finales felices. - me miró con una piedad que me sorprendió.
El héroe, molesto: Por lo que yo sé, no cree en los finales... ¡Nunca termina una historia!
Yo: Voy a terminar esta... creo... pero para hacerlo, ustedes tienen que estar listos... preparados para la acción... ¿Qué voy a escribir si ustedes se escapan dos por tres?
El héroe: Estoy tentado a no volver... a escaparme definitivamente, como hizo el protagonista de tu película favorita de Woody Allen... El de "La rosa púrpura del Cairo"
El asesino: El personaje no se escapa definitivamente... Vuelve al final, ¿te acordás? Y su película favorita de Woody Allen es Septiembre - me sonríe, como queriendo demostrar que me conoce más que el otro.
Yo: No discutan más... Vuelvan a la historia. Esperenme ahí.
Pero el héroe buscaba roña.
El héroe: - ¿Y si te ayudo a concentrarte?
Cruzó corriendo el comedor, sujetó las llaves que colgaban en la cerradura, y con rapidez les sacó el llavero.
Yo, gritando: ¡No! ¡Lolo no!
Lolo me miró desesperado. O todo lo desesperado que puede. Es estoico y valiente y no quiso mostrar temor. El asesino se cubrió los ojos sacudiendo la cabeza. El héroe mantuvo en alto a su rehén.
El héroe: Sentate a escribir. O Lolo muere.
Yo, furiosa: Si borro la historia completa, vos dejas de existir.
El héroe, con un destello de lucidez que sorprendió al asesino y a mí también: Existo dentro de tu cabeza, no en un documento de word.
El asesino, riendo: ¡Esta vez te tiene!
Yo, mirándolos a los dos con el ceño fruncido, (una expresión que nunca asustó a nadie y que por supuesto no asusta a los personajes en rebelión) : Devuelvanme a Lolo.
El héroe: ¿Que se puede esperar de una mujer de 35 años con un llavero con nombre? - lo arrojó por el aire. Lo alcancé antes de que cayera al suelo.
Yo: Todos los llaveros deberían tener nombre. Así podemos llamarlos cuando se nos pierden las llaves.
El héroe, burlándose: Jaja, que buen chiste. Esta vez la sacaste barata, porque no tengo ganas de pelear. Escribí, o la próxima va en serio.
El asesino me guiñó un ojo, mientras convencía al héroe de que volvieran a la historia.
Yo consolé a Lolo, que aún temblaba del susto, y volví a escribir en el blog.

Una muerte anunciada

"Solo se debe temer al miedo", dijo Julio César esa mañana.
Calpurnia lo vió partir. Los fríos dedos de la pesadilla aún se aferraban a su cabello. El techo de la casa había caído sobre ellos. Su marido había muerto en sus brazos. Pero era un sueño. Solo eso.
¿En qué pensaría César, esos idus de Marzo, mientras se trasladaba al senado?
¿La arrogancia lo hacía olvidar los presagios?
Le habían avisado que los caballos consagrados a los dioses antes de cruzar el Rubicón y dejados libres, se negaban a comer y lloraban.
Spurinna, el arúspice, le advirtió que se cuidara de los idus de Marzo.
Julio César sale a la calle ese día. Estoy segura que un instante debe haber dudado. Pero Roma, su Roma, brillaba bajo el sol. Era el hombre más poderoso. Su mundo está allí: la esposa, la plebe que lo adora, la egipcia, el hijo. Los soldados, las águilas. Había coronado con laurel una estatua. Julio César sonríe, pensando en la furia de sus enemigos. Había rechazado la diadema ofrecida, calculando ventajas y desventajas, con la dignidad de quien se sabe tan poderoso que no necesita una corona para reinar. Perdonó vidas, porque quien se sabe tan poderoso puede ser magnánimo.

Un desconocido pone en su mano un papel anunciándole la conjura. ¿No llegó a leerlo? ¿No creyó en las palabras frente a sus ojos? Lo mantuvo apretado en su mano izquierda.
Los ritos fueron desfavorables. Entró igual, sin embargo, al senado, dominando quizás el miedo al que no quería temer.
Como si fueran a saludarlo, los conspiradores lo rodearon. Se alzaron los puñales. César se defendió, pero cayó luego, cubriéndose la cabeza con la toga. Gimió solo con el primer puñal. Se dice que al ver a Bruto entre los conspiradores dijo: "Tu quoque, Brute, filii mei" o, como prefirió Shakespeare (¿Y por qué discutirle a Shakespeare?) "¿Et tu, Brute?"
¿Qué habrá pensado Julio César, cuando su arrogancia no le alcanzó para salvarlo?

Anécdota apenas exagerada de la realización de una maqueta sobre máquina simple para 1er año del polimodal.


Materiales


caño de pvc en distintos tamaños
1 t 3/4 de pvc
1 t 3/4 de bronce
1 tapón 3/4 (dice Gus)
1 codo macho-hembra
1 cupla (medida sin especificar)
1 sobrante de madera de un mueble reciclado
pedazos varios de madera de una banqueta vieja
1 poleíta
pintura acrílica
piedras recolectadas en la costa argentina
hilo de cocina (tipo matambrero)
pinza de parrilla para carbón
clavos, tornillos y demases

Instrucciones reales dadas tres semanas antes de la fecha de entrega del trabajo


(Mientras la profesora da las instrucciones, dejar flotar la mente hacia temas más interesantes que la física, ej: que foto voy a subir al fotolog, que estará haciendo el chico que me gusta, Pucca, las sombrías aventuras de Bill y Mandy, ¿será cierto que el cantante de The Rasmus tuvo un hijo?, ya sé que hinché para que me compraran una guitarra pero... ¿mamá me matará si le digo que ahora quiero ser cantante?, etc)


Instrucciones informadas en casa el fin de semana anterior a la fecha de entrega del trabajo, alzando el dedo acusador, con ojos y voz lastimera:

- No es mi culpa si ella no explica nada, dijo que investiguemos en internet, ¿qué es una máquina simple además? tengo que fabricar una calesita, o una carretilla, ah, no, carretilla no porque eso es una palanca de no sé que género y yo tengo que hacer una de tercer género, internet es una porquería, voy a mandarle un sms a Yéssica, ella debe saber... mirá justo me llegó un mensaje de Yeyu... Me pregunta que cómo hay que hacer la maqueta, que le preguntaron también Alexis, Juan y la otra Yéssica, ¿ves que no explicó? Ponele que yo estuviera distraída, todos no van a estar en las nubes... ¿no?


Preparado de la maqueta

1) Convencer a su marido de que no conviene que su hijo/a se saque malas notas aunque el año escolar no esté tan avanzado. Actualmente puede utilizar como argumento el aumento de las cuotas, haciéndole notar que si su hijo/a repite deberán abonar un año de más.
2)Revise habitación de trastos viejos. Todo hombre guarda cualquier cantidad de porquerías que a nosotras, las mujeres, nos parecen basura pero que pueden salvar, por ejemplo, a su hijo/a adolescente.
3)Utilice estas situaciones para manipular a su criatura. Si un sábado no tiene ganas de llevarlo a bailar o a cualquier otra actividad social, recuérdele con cara seria estos momentos. No deje que el adolescente adivine que en realidad usted simplemente no tiene ganas de moverse de su casa.
4) Internet no es solamente pornografía y blogs de altísima calidad como los de clarín, también puede ahorrarle la verguenza de mostrarle a su hijo/a que no tiene la más pálida idea de lo que es una máquina simple.
5) Que su marido una la basura que recogió en el cuarto de los trastos dándole forma de algo similar a lo que vió en internet.
6) Que su hijo/a lo pinte.
7) Incrédulo firme el 9 que la profesora le dió como nota a la maqueta de su hijo/a, mostrándola como ejemplo de la buena utilización de materiales reciclados.
8) Expliquele a su hijo que la vida no necesariamente es así de fácil.

Conclusiones

Esto no es una moda pasajera. Sea previsor. Busque una profesora particular de matemática y física.

Mi llavero Lolo, (en realidad de mi hija pero ella no lo usaba)

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Fantasmas.

No les importa asustarnos, no es ese su rol. Nos asustan porque nosotros sabemos lo que representan. Nos conocen tanto que extienden la mano y nos sostienen antes de que tropecemos. Nos necesitan enteros, para que purguemos los pecados que cada día ellos nos recuerdan.

Los tropezamos en cualquier momento. Quizás nos siguen, disfrazándose, o escondiéndose. Es muy probable que siempre estén cerca. Es probable que sepan a donde vamos antes de que decidamos hacerlo. Nosotros los creamos, diseñándolos con una precisión milimétrica. Dibujamos sus labios, sus frentes, sus escuálidas manos con dedos que usarán para enredar en nuestro cabello.

Nuestros fantasmas no nos odian. Como todos, a veces se aburren y juegan a reflejarse en los espejos, a despertarnos en las noches, a confundirnos y hacernos doblar en esquinas equivocadas.

Nos asustan porque ellos son nosotros, los nosotros que abandonamos, los que perdimos, los que matamos.

Sueños

El Guía nunca había mentido. No había necesitado hacerlo. ¿Por qué mentir cuándo no hay nada que ocultar, ni nada que fingir?

La tribu confiaba en él y nadie dudó de sus palabras. La hechicera había muerto. La muerte era natural, tanto como las hojas secas de otoño y el hambre y el frío en el invierno. El Guía había preparado solo el cuerpo, y lo había enterrado en una simple tumba al pie de la colina. El, como líder natural de la tribu estaba capacitado para hacerlo. Nadie ponía en duda la integridad del Guía, ni sus motivos.

Esa confianza, que le daba margen para actuar tranquilo, también lo avergonzaba. El sabía que ella, probablemente merecía mucho más morir que los que habían muerto bajo su daga ritual, pero saber ciertas cosas no hace que sea más fácil digerirlas. Varias noches soñó con la anciana. El arrugado rostro no tenía miedo, como no lo había tenido cuando él había regresado a asesinarla. "Entre el dios y tu hijo, elegiste a tu hijo, ¿podrá él detener las nevadas, las lluvias y los vientos? ¿Podrá derrotar a la noche?" Y el Guía despertaba, transpirado y agitado, casi llorando de miedo, por él mismo y por la gente, que dormía tranquila en sus cabañas. Pero entonces, se arrastraba unos pasos hasta donde dormía el niño, y realmente, la noche parecía desvanecerse, cuando se inclinaba y le besaba la frente.

El despertar

Parpadeó apenas, cuando un rayo de sol se deslizó en la caverna, y como un cálido dedo, rozó sus cansados ojos de anciana. Ella apenas movió la cabeza, esquivando la luz y con las manos cubiertas de ocre y aceite, siguió dibujando su sueño en las paredes frías y rugosas.
La tribu comenzaba un nuevo día. Una de las mujeres se asomó apenas y dejó un pan junto a la entrada. Como muchos, temía a ese templo natural, escogido por el dios y reconocido por la hechicera. Ella había notado la exactitud de las visitas del sol y las minuciosas sombras que dibujaba en las paredes. La anciana desvió apenas su atención de la tarea que llevaba a cabo, y gritó, llamando a la mujer que ya bajaba con cuidado la pedregosa colina.
- Que venga El - dijo. Y sin más, se levantó, sintiendo el molesto dolor de las articulaciones. Caminó con algo de dificultad hasta los carbones que quedaban cerca de la piedra lisa de los sacrificios, y los movió, soplando luego para reavivar la llama. Arrojó algunas semillas y las bayas cuyo aroma calmaba los dolores y aumentaba su percepción de los deseos de los dioses.
El Guía se detuvo en la entrada. Casi todos en la tribu, recibían un nombre cuando su rol en ella ya era evidente. El era el Guía. Los demás le preguntaban que hacer cuando tenían dudas. El había encontrado el paso en el río y había organizado las tareas de modo tal que nadie trabajaba de más ni recibía menos alimentos. Todos confiaban en él. Menos la anciana.
La hechicera giró para verlo, cubierto con la piel y con un cuchillo colgando descuidado del cinto. Le hizo un gesto, señalándolo, y él se disculpó y lo dejó a un costado antes de dar un par de pasos más hacia el centro de la caverna.
- Tuve un sueño -dijo ella.
- Espero que sea un buen presagio -susurró él poco convencido. Los sueños nunca eran benéficos.
- Lo es.
- Me alegro.
- Nuestra gente pasará bien el invierno. Los bebés nacerán sanos y fuertes. No escaseará el alimento.
El Guía sonrió. Sus dientes asomaron en medio de la abundante barba oscura. Se pasó los dedos de uñas manchadas por el cabello trenzado y enredado.
- Es un alivio saber que los dioses están de nuestro lado. El último invierno...
- Debemos ponerlos de nuestro lado. El Gran Dios me pidió un sacrificio... - lo interrumpió la hechicera.
El Guía bajó la cabeza.
- Cazaremos más animales.
- No es esa la sangre que desean.
- Le daremos la mitad de lo que recolectemos.
- Tus miedos solo enfurecen al Gran Dios. ¿Acaso él se olvida de nacer alguna mañana? ¿Acaso él se niega a morir todas las noches?
El Guía se frotó los ojos, y luego tosió un poco, evitando como siempre mirarla.
- ¿Qué quiere el Dios? - preguntó. Siempre la misma respuesta, que él detestaba, pensó. Pero esta vez, la hechicera y su dios, fueron por más.
- Me pidió a tu hijo.
- No - dijo el Guía, con voz seca.
- ¿Por qué no?- exclamó la hechicera.- Siempre te molestó que los hijos de los demás murieran, pero nunca dijiste no. Lloraste y consolaste a las madres y padres, pero nunca dijiste no. ¿Condenarías a toda tu gente por salvar al cordero que debe darse en sacrificio, solo porque tiene tu sangre? ¿Crees que tu hijo es demasiado para el Dios? El fue elegido, como antes lo fueron hijos de otros.
Era verdad. Debería haberlo detenido antes. O debería continuar ahora. El era solo un hombre, contra un dios contradictorio que le daba alimento y se alimentaba de sangre. La noche anterior su hijo se había dormido en sus brazos, y él lo había acunado con una ternura que solo ese pequeño ser despertaba en él. Pero el dios los gobernaba, los protegía, los ayudaba a escapar de las fieras, a soportar la nieve y las tormentas. Era verdad. El había visto morir a otros, y se había quejado de lo caro que costaba la protección del dios, pero no lo había detenido. Cabizbajo salió de la caverna. La hechicera sonrió, y susurró: "Esta noche".
La madre y el hijo jugaban con uno de los perros que seguían a la tribu a donde fueran. El Guía los miró con vergonzosas lágrimas en los ojos. El debía ser fuerte para soportar lo que vendría. Con calma alzó el cuchillo que había arrojado en la entrada y regresó a la caverna.

El loco

Una vez, hace ya bastante tiempo, me quedé mirando a un loco en el tren. Hablaba solo, o mejor dicho, los demás veíamos que no había nadie a su lado. El estaba particularmente feliz con su interlocutor y reía y gesticulaba.

Una mujer alejó a su hija, y le dijo que no lo mirara. Que el pobrecito estaba enfermo.

A veces creo que lo más terrible de la locura deben ser los momentos de lucidez. Mi loco del tren no tenía conciencia de los otros pasajeros mirándolo. Estaba muy contento con su charla con el pasajero imaginario. El más renombrado psiquiatra no debe poder abrir esa puerta, porque un abismo lo separa de su paciente. Están en dos mundos distintos. No hablan el mismo idioma. (Leí en algún lado que Nietzche tenía conciencia de su locura. ¿Lo habrá sufrido? ¿Lo habrá creído un crepúsculo personal?)

Bajé del tren y él siguió, sonriente y charlatán. Recé para que no despertara. Se veía tan cómodo en su traje de loco.

Mi abuelo, al que no conocí, tuvo algún tipo de locura antes de morir. Digo algún tipo porque en mi familia no se habla mucho del tema. Las referencias que me quedaron de él hablan de un hombre inteligente y bueno, al que todos quisieron. Mi madre, aún hoy, llora cuando habla de su padre.

Creo que mi parentela es afortunada de que no se use más el recurso de las antiguas familias de encerrar a los locos en el altillo. O de que no tengamos altillo. Si tuviéramos, quizás... Somos tradicionalistas.

Lo único que sí recuerdo, es una anécdota que una tía abuela me contó. El había estado inconsciente durante largos días antes de morir. El día inevitable llegó y el médico dijo que debían darle la extrema unción (sí, eran católicos apostólicos romanos, y debería haberlo escrito con mayúsculas). Llamaron al sacerdote amigo, que debe haber llegado con sus óleos y quien sabe que más, (mi catolicismo se durmió en alguna misa en el colegio de monjas y aún no despertó). El ritual debe haberse realizado según lo acostumbrado pero, cuando estaba terminando, el sacerdote escuchó que mi abuelo, mi casi muerto abuelo, mi abuelo el que estuvo loco durante los últimos años de su vida y en coma las últimas semanas, dijo "Amén".

Yo creo que es mentira. Que inventaron un amen en favor de mi abuela, para que mi mamá se sintiera reconfortada, para que las hermanas de mi abuelo (más católicas que el Papa), tuvieran una hermosa anécdota en las reuniones de la iglesia. Y sobre todo, para que de algún modo, el bueno de Luis, hubiera recuperado la cordura un instante antes de morir. Que no haya muerto como un loco.