Jugar con un fantasma


La presencia del fantasma le daba un color nuevo a la casa.

Los apagados rincones parecían más luminosos. Cualquier detalle que antes pasaba desapercibido ahora tenía otro significado.

Las cortinas moviéndose con una inesperada brisa, un susurro a su espalda, el cambio de lugar de un objeto, hasta la desaparición de algo que luego aparecía misteriosamente en el primer lugar en el que había buscado, le parecían señales inequívocas de esa compañía que parecía jugar con ella.

Claro que algunas noches se desvelaba, preguntándose si no estaba enloqueciendo. Se levantaba entonces y salía al jardín, quedándose un largo rato observando el cielo estrellado y escuchando los sonidos apagados por el sueño de la ciudad. La lógica no es buena compañera de ciertas relaciones fantasmales, sin embargo, sentía al fantasma junto a ella, observando también ese mundo que se negaba a abandonar.

Jugar con un fantasma le parecía peligroso, pero inevitable.

4 comentarios:

  1. Es el fantasma que llevamos adentro, ese que no queremos sacar. Siempre hay uno que nos da lata. Pero que de alguna manera nos pone el color.

    Besos.

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  2. "Pero inevitable". Como algunas de las mejores cosas de la vida, a las que no accedemos porque el miedo nos vence y nos ata. Muy interesante. Un saludo.

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  3. Clarice: ¡Qué sería de nosotros sin nuestros fantasmas! Yo sé que extrañaría a los míos! Besos.

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  4. Francisco: inevitable, por eso mismo. Besos.

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