Fantasmas.

No les importa asustarnos, no es ese su rol. Nos asustan porque nosotros sabemos lo que representan. Nos conocen tanto que extienden la mano y nos sostienen antes de que tropecemos. Nos necesitan enteros, para que purguemos los pecados que cada día ellos nos recuerdan.

Los tropezamos en cualquier momento. Quizás nos siguen, disfrazándose, o escondiéndose. Es muy probable que siempre estén cerca. Es probable que sepan a donde vamos antes de que decidamos hacerlo. Nosotros los creamos, diseñándolos con una precisión milimétrica. Dibujamos sus labios, sus frentes, sus escuálidas manos con dedos que usarán para enredar en nuestro cabello.

Nuestros fantasmas no nos odian. Como todos, a veces se aburren y juegan a reflejarse en los espejos, a despertarnos en las noches, a confundirnos y hacernos doblar en esquinas equivocadas.

Nos asustan porque ellos son nosotros, los nosotros que abandonamos, los que perdimos, los que matamos.

2 comentarios:

  1. Muy bueno. En el momento que reconozcamos todos esos fantasmas, sin miedo a mirarlos a los ojos, quizás tanto ellos como nosotros dejemos de ser fantasmas para pasar a una mejor vida...

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  2. Gracias Jorge por tu visita. Creo que siempre somos y seremos un poquito fantasmas. Y no es malo. Saludos.

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