Una muerte anunciada

"Solo se debe temer al miedo", dijo Julio César esa mañana.
Calpurnia lo vió partir. Los fríos dedos de la pesadilla aún se aferraban a su cabello. El techo de la casa había caído sobre ellos. Su marido había muerto en sus brazos. Pero era un sueño. Solo eso.
¿En qué pensaría César, esos idus de Marzo, mientras se trasladaba al senado?
¿La arrogancia lo hacía olvidar los presagios?
Le habían avisado que los caballos consagrados a los dioses antes de cruzar el Rubicón y dejados libres, se negaban a comer y lloraban.
Spurinna, el arúspice, le advirtió que se cuidara de los idus de Marzo.
Julio César sale a la calle ese día. Estoy segura que un instante debe haber dudado. Pero Roma, su Roma, brillaba bajo el sol. Era el hombre más poderoso. Su mundo está allí: la esposa, la plebe que lo adora, la egipcia, el hijo. Los soldados, las águilas. Había coronado con laurel una estatua. Julio César sonríe, pensando en la furia de sus enemigos. Había rechazado la diadema ofrecida, calculando ventajas y desventajas, con la dignidad de quien se sabe tan poderoso que no necesita una corona para reinar. Perdonó vidas, porque quien se sabe tan poderoso puede ser magnánimo.

Un desconocido pone en su mano un papel anunciándole la conjura. ¿No llegó a leerlo? ¿No creyó en las palabras frente a sus ojos? Lo mantuvo apretado en su mano izquierda.
Los ritos fueron desfavorables. Entró igual, sin embargo, al senado, dominando quizás el miedo al que no quería temer.
Como si fueran a saludarlo, los conspiradores lo rodearon. Se alzaron los puñales. César se defendió, pero cayó luego, cubriéndose la cabeza con la toga. Gimió solo con el primer puñal. Se dice que al ver a Bruto entre los conspiradores dijo: "Tu quoque, Brute, filii mei" o, como prefirió Shakespeare (¿Y por qué discutirle a Shakespeare?) "¿Et tu, Brute?"
¿Qué habrá pensado Julio César, cuando su arrogancia no le alcanzó para salvarlo?

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