domingo 28 de junio de 2009

El ídolo


Ya hacía demasiado tiempo que él adoraba a ese ídolo y no era tarea fácil. Los preceptos y normas a cumplir eran muchos; la mayoría, verdaderas estupideces sin sentido, que solo servían para complacer los caprichos del dios.

Pero no se podía discutir con él. No se podía mostrar dudas en la adoración. Esta debía ser constante, absoluta. Ni siquiera bastaba con sentir la adoración, también debía ser mostrada claramente.

El sabía, por ejemplo, que el ídolo no siempre tenía la razón. Una vez intentó decírselo, esperando que de ese modo, la relación adorado-adorador, fuera más justa. Tartamudeó frente al altar que había alzado para complacerlo, pero antes de que terminara de explicarse, fue obligado, a modo de castigo (castigo que no debía ser visto así, sino como una justa muestra de devoción) a sacrificar algunos pequeños placeres, que en realidad al ídolo no le gustaban, porque no lo tenían como centro a él mismo.

Muchas veces, planeó escapar. Muchas veces, llegó a romper adrede los complejo rituales, las normas más estúpidas, buscando demostrarse que podía sobrevivir sin su dios. Atacaba entonces el orgullo del adorado, desviaba el camino intentando ver un mundo sin él, andaba calles y calles, convenciéndose de que estaba mejor sin él.

Pero regresaba siempre, vencido por el espanto de las calles oscuras y solitarias y por la certeza de que era él quien había elegido al ídolo y no al revés, y siempre, de rodillas, asustado por la posibilidad de perderlo, suplicaba perdón, avergonzado de pecados que no lo eran, y sintiendo culpa por acciones que no lo hacían realmente culpable.

Y el Amor, fingiendo una piedad que no sentía, orgulloso una vez más de su poder, daba un perdón absoluto, y se dejaba adorar, una vez más.

miércoles 24 de junio de 2009

El punto atractor

foto: alex


Allá, ¿ves?
Ahí queremos llegar. A ese preciso lugar. Tenemos calculado el tiempo que tardaremos, las fuerzas necesarias para alcanzarlo, los obligatorios rodeos. Porque desde acá el camino se ve recto, derechito, fácil, pero los rodeos son necesarios, por razones tan vanas como las anécdotas posteriores sobre como se superaron los inesperados escollos, hasta para cosas vitales como levantar la autoestima y sentir orgullo de nuestro coraje.
¿Qué sería de nosotros y del camino si lo recorriéramos tan derecho como es? No, no; las irregularidades deben existir. Me niego a andar un camino sin recovecos.
Hacia allí vamos. A ese punto lejano. A ese paisaje que aún no vemos, y sin embargo, nos atrae. No sabemos por qué. No importa por que. Es un punto atractor. Es imposible evitar correr hacia allí. Es nuestro, y punto.

sábado 20 de junio de 2009

Islas

fotografo: johannrela


Mientras me estancaba en el molinete del subte, por querer pasar muy rápido con una valija demasiado grande, y un atento caballero intentaba ayudarme, y una mujer se tropezaba con el maletín que el atento caballero dejó en el piso para auxiliar a la rubia tonta con problemas para calcular mentalmente tamaños y espacios, y uno de los chicos de seguridad de la estación ayudaba a la mujer caída a ponerse de pie y me decía que la próxima vez que se me ocurriera pasar con una valijota por el molinete le avisara, que tenía que ir por otro lado, y la gente se agolpaba en los molinetes mirando apenas la escena, como si fuera una obra montada para su diversión, y yo pedía disculpas al guarda, al atento caballero, a la señora que se frotaba la rodilla, al público usuario, y sujetaba firme a la causante de todo el caos, que rodó, algo maltratada, del otro lado del molinete, pensaba, para superar el mal rato, en una de mis islas, en alguna plaza de viento susurrante, niños jugando, y corazones dibujados en la madera, con sabor a chocolate y dulce de leche.

miércoles 17 de junio de 2009

Llanto

(Pablo Picasso. "Mujer llorando" 1937)


Ella era de lágrima fácil.
Lloraba de tristeza y de alegría.
Lloraba emocionada, y lloraba enojada.
Lo increíble es que no había sido una niña llorona.
Tampoco había sido una niña risueña.
Desarrolló la risa y la lágrima.
Aprendió la risa y la lágrima.
Creció risas y lágrimas.
Se transformó en risa y lágrima.
Fue risa y lágrima.
Que no son opuestos.
Y pueden mezclarse. Reír mientras se llora de pena.
Llorar mientras se ríe de alegría.
Llorar risas.
Reír lágrimas.

jueves 11 de junio de 2009

El palacio


El sabía que no se podía ser un gran rey sin un palacio más grande que el que su padre había habitado. Porque su padre había agrandado y embellecido el palacio que había heredado junto con el poder (símbolo del poder, en realidad) de su abuelo. Al rey le gustaba notar las refacciones, los agregados que ensanchaban salones, los distintos estilos de las habitaciones, que le permitían remontarse, usando la lógica que desmantelaba en sueños cada agregado al palacio, hasta ese primer rey que su descendiente, cientos de años después, imaginaba en una diminuta habitación de tierra, que el hijo habría agrandado a dos habitaciones, un jardín y un aljibe, su nieto a cuatro habitaciones, un jardín, un aljibe, un huerto y una sala de armas, hasta, después de muchos reyes con deseos de superar a sus antepasados, llegar al colosal edificio que ahora él habitaba. Así y todo, debía agrandarlo, para demostrar su poder. Y como él sería el rey más grande del mundo, su palacio debía serlo también.
Entonces el rey ordenó fabricar ladrillos, y traer piedras de las lejanas montañas. No era tan iluso como para creer que podría hacer una torre que llegara al cielo, como había leído en la Biblia. Dejaría a Dios sus habitaciones celestiales. El no era tan ambicioso. El simplemente deseaba un palacio que abarcara todo el mundo.
Un palacio que encerrara las ciudades, los ríos, la cadena de montañas y el océano que un viajero le había descripto. Un palacio que le diera envidia a los habitantes de otros reinos, que irónicamente (y esto le daba algo de risa) quedarían abarcados también por un palacio del tamaño del mundo. Pero por sobre todo, y esta idea era la que más le gustaba, un edificio de ese tamaño, impediría definitivamente, que otro rey pudiera construir un palacio más grande.
Los arquitectos del reino dijeron que la obra era posible de realizar. Fingieron tomar medidas, hicieron gigantescos planos, maquetas, discursos, contrataron trabajadores especializados, trajeron esclavos de las prisiones, pidieron aumentos de los impuestos, que sabían enfurecerían al pueblo y todo esto lo hicieron mientras apoyaban las conjuras para asesinar al rey que acariciaba sus colosales y absurdos sueños.
Cuando el rey murió en un accidente, el pueblo festejó y su serio hermano menor heredó la corona. El apenas estaba interesado en el palacio. El se puso a la cabeza de su ejército. A él solo le interesaba el mundo.

miércoles 10 de junio de 2009

Vías muertas (cuento que empecé a escribir y no me sale el final, así que le di uno medio abrupto, porque los cuentos deben tener un final, no?)

foto de Maddie leigh


Durante días, la gente del pueblo esperó el tren. Nunca se había atrasado tanto. Parados en la humilde estación, miraron a la derecha, luego a la izquierda, las solitarias vías, conjeturaron accidentes, hablaron de reorganización de la línea (que hacía bastante falta, opinaba la mayoría). Los de humor más negro hicieron chistes diciendo que eran el último pueblo habitado del mundo después de una epidemia (las mujeres mayores se enojaron, porque no hay que andar tentando al diablo con esas bromas). Los de peor carácter le gritaron al encargado de la estación (cuyas tareas consistían en vender los boletos y barrer el andén, pero que hacía meses reclamaba la reparación del único teléfono que lo comunicaba con otras estaciones). Otros se quejaron al cielo mismo, con grandes ademanes y luego comenzaron a escribir una carta a las autoridades del municipio, la provincia y el país, que sería archivada junto al centenar de cartas con diferentes quejas que jamás se enviarían. Por último, todos decidieron enviar a alguien al pueblo vecino, que sí tenía un teléfono que funcionaba, para ver si ellos sabían que había pasado con el tren.
Carlos y Pablo, se ofrecieron para emprender el corto viaje, caminando por las vías muertas (después de un par de días sin que pasara ningún tren, el pueblo ya comenzó a llamarlas de ese modo). Llevaban galletas que doña Franca les horneó, agua y muchas recomendaciones. Don Tito caminó un kilómetro con ellos rogándoles que averiguaran sobre las mercaderías que debían llegar para su almacén en el maldito tren desaparecido.
No era un viaje largo y ese día primaveral era un placer hacerlo. No querían retrasarse, pero era imposible ignorar los frutales de los costados de las vías, la sombra de los árboles para tomar una siesta después de almorzar, la belleza del paisaje, que era el de siempre, pero que parecía más notable, solo porque no podían detenerse más que unos minutos robados a la importante misión de descubrir que había pasado con el tren.
Pero antes de llegar al pueblo vecino, vieron un tren en la distancia. Había sido solo un retraso, un poco más largo que lo habitual. Ya no había tarea que cumplir. Debían regresar. Pero no deseaban hacerlo.
Entonces, siguieron caminando, al costado de las vías, que no eran vías muertas, tuvieron divertidas aventuras, conocieron a dos hermosas muchachas, se casaron, tuvieron muchos hijitos y fueron muy felices.