viernes 18 de diciembre de 2009

Noche estrellada


Toca con tus dedos de escultor la noche,
y dale forma.
Libera de estrellas rotas el cielo,
que amanece demasiado tarde.

Porque ya no hay tiempo
para recuperar el tiempo perdido.
Pero podemos esculpir hoy,
las figuras de noches pasadas.

Podemos creer que las estrellas
realmente son eternas.
¿A quién podría molestarle
un sueño tan inocente?

¿Quién podría adueñarse
del tiempo que brillan las estrellas?
Dibujemos lo que queramos
en las ruinas de la noche.


domingo 13 de diciembre de 2009

La actriz vieja


Era vieja. Y ya no podía hacer nada para ocultarlo, porque no se trataba de arrugas o tetas caídas, sino de algo más profundo, algo irreparable.

No estaba vieja. No se sentía vieja. Era vieja. Hay una gran diferencia entre estar algo y ser algo. Uno puede pasar rápidamente de un estado a otro. Los estados son siempre momentáneos. Uno puede sentirse diferente, por ejemplo, después de una noche de sueño reparador, pero uno no puede dejar de ser lo que es. Podemos, por supuesto, transformarnos en algo nuevo, gracias a la infinita maleabilidad con la que se nos ha conformado, pero todo lo que llegamos a ser lo mantendremos con nosotros, como una base para construir encima nuestro nuevo ser. Al llegar a ser vieja, eso se mantendría para siempre. Sería una vieja agradable, una vieja simpática, una vieja de mierda. Una vieja bien conservada, una vieja hermosa, una vieja que no muestra la edad: pero sería vieja.

Desde hacía un tiempo, al subir al escenario, notaba que todo la reflejaba, como si el mundo entero estuviera formado de espejos. Y la imagen devuelta en esos reflejos, era la de una anciana. No, anciana no, se corregía a sí misma. La palabra anciano tiene algo que nos hace pensar en sabiduría, conocimiento, como de ruinas escondidas y olvidadas en una frondosa jungla. Ella no se sentía sabia, solo vieja. Repararía los daños físicos con bisturí y costosas cremas. Iría más horas al gimnasio. Iniciaría dietas reparadoras... Pero allí estaría la vieja asomándose por cualquier grieta.

Arrastrando el peso de la decrepitud por las escaleras que la llevarían al escenario, llamó por teléfono celular a su cirujano plástico. Después al psicólogo. Por último a su madre. Debía recordarle que no pensaba festejar su cumpleaños número treinta.

miércoles 9 de diciembre de 2009

La muerte prohibida


Todos le tememos, en mayor o menor medida a la muerte. ¿Qué clase de seres no temerían el perder lo conocido, lo cercano, las luces habituales, las sombras amigas y hasta los imprevistos pero lógicos encuentros en las esquinas?

Fue esa la razón por la cual Edgardo se alegró al principio, al comprender que no podía morir.

En realidad, él suponía que no era inmortal, porque cuando se lastimaba sangraba y tardaba en cicatrizar como todo el mundo: indudablemente era mortal, pero después de varios intentos de suicidios fallidos, comprendió que la muerte, para él, al menos en esos momentos, le estaba prohibida.

Se arrojó desde el balcón del departamento de su abuela, en un quinto piso, y las ramas de un árbol detuvieron la caída transformándola en un ridículo gag, como de comedia física. Solo se quebró una pierna. El caso tuvo cierta cobertura periodística. Algunos quizás aún lo recuerdan. El dijo que se había caído y le creyeron.

Unos días más tarde decidió arrojarse bajo un tren. Un accidente varias estaciones antes, detuvo el servicio tantas horas que Edgardo se aburrió de esperar y regresó a su casa, resignándose a continuar viviendo un tiempo más. El arma con la que decidió acabar con su existencia se negó a funcionar y después de un largo rato intentando repararla la arrojó a la basura furioso.

Analizando el tema del sangrado, pensó que cortarse las venas era una forma factible de conseguir su objetivo, pero un familiar lo encontró en medio del asunto y fue internado en un hospital, para ser atendido por un reconocido psiquiatra. Fue en ese tiempo de reclusión que él comprendió que no era lógico que todo intento de suicidio por una razón u otra fallara, había algo interesante de analizar en eso, pero no con el psiquiatra, sino solo, en las largas noches aburridas del hospital, rodeado de los locos que comprendían lentamente, como él mismo (un normal loco más), que la vida no era tan simple como los no locos la creían. Honestamente, de tanto intentar morir, Edgardo hasta había olvidado las razones para desear matarse. Quizá no fueran tan importantes, después de todo.

Esa idea de inmortalidad falsa le dio ánimos un tiempo. El psiquiatra atribuyó a su tratamiento el optimismo que súbitamente inundó a su paciente, pero Edgardo sabía que no había tenido nada que ver, era solo el entusiasmo de buscar una explicación a lo que le sucedía.

Como un experimento, al salir del hospital, Edgardo cruzaba mal las calles y los autos se detenían chocando inclusive entre ellos pero sin rozarlo. Las macetas que caían de los balcones rompían las leyes físicas para desviarse de su curso y no impactarle en la cabeza. Era fascinante vivir de ese modo.

Pero con el paso del tiempo, el optimismo se desvaneció y la muerte pasó a ser un trofeo inalcanzable. Aunque no la deseemos, la posibilidad de la muerte, debe existir. Debe ser posible morir.

Edgardo se preguntaba: ¿por qué el destino conspiraba para impedir que cruzara esa barrera? ¿Qué maleficio lo ataba al mundo? Los demás morían con tanta facilidad: ancianos, niños, hombres, mujeres, muchos lamentando ese suceso, llorando, gimiendo, todos mostrando lo frágil que era la existencia humana, lo fácil que se cerraba la puerta de la vida pero no para él.

Estaba atado al mundo. Estaba empantanado en el mundo.

¿Y si había un Dios mirándolo, y lo estaba castigando por los intentos de suicidio, por el desprecio velado al regalo de la vida? Era ridículo ir a rezar para que le devolvieran la posibilidad de morir y al mismo tiempo jurarle a Dios o a quien fuera que no se la quitaría, que esperaría pacientemente el momento señalado por el destino.

Y así, entonces, siguió Edgardo viviendo (¿era eso lo que deseaba al final, era su falsa inmortalidad la excusa para no morir, para atarse a la vida?), preguntándose si alguna vez, de casualidad, aunque fuera, moriría al fin.

lunes 7 de diciembre de 2009

Momentos: el teléfono celular



Ella vestía una pollera azul y una camisa blanca, típico uniforme de alguna oficina. Llevaba el cabello atado en una prolija colita y estaba maquillada con esmero.

Caminaba por el andén con lánguida elegancia, mirando a su alrededor con ansiedad y preocupación.

De repente, encontró lo que buscaba: alzó la mano, se quitó los anteojos oscuros, y sin esperar a que el hombre se acercara lo suficiente, gritó, demasiado enojada como para notar que no estaban solos, o demasiado enojada como para que le importara:

- ¿Se puede saber por qué no atendés el teléfono? ¿En dónde estabas, hijo de puta?

El joven se detuvo, probablemente él sí consciente de que todo el andén usaba la escena montada para amenizar la espera matutina del tren, e intentó defenderse del ataque alzando el celular, como un pequeño escudo, o como el símbolo del problema entre ambos y tartamudeó:

- Lo que pasa es que estaba desayunando... Y el teléfono estaba en la mochila... Y se trabó el cierre... Y yo quería abrirla pero no podía, no podía...

Mientras tomaba el tren, yo pensaba: ¿Cómo hubiera sido escrita la primera línea de Rayuela en estas épocas del celular? "¿Atendería su teléfono la Maga?"

martes 1 de diciembre de 2009

Amor lejano


Su amor parecía soportarlo todo.
La guerra los había separado, y sin embargo, el amor se hacía cada vez más fuerte.
Las mareas, el viento, la lluvia, los enemigos monstruosos que se interponían le daban más valor. Lo intensificaban.

Huyendo de la muerte, él pensaba en ella, y soñaba con estar a su lado. Ella brillaba en su memoria, perfecta y suave. No había otro paraíso.

Esperándolo, ella pensaba en él, y soñaba con su regreso. El era perfecto en su valor, en su amor detallado en las cartas aladas, que cruzaban distancias inabarcables solo para unir a los amantes.

Hasta el infierno tiene un final y ese lo tuvo. Llegó la paz y ellos finalmente se reencontraron.
Durante días festejaron la victoria de amarse.

Pero la verdad es que también los festejos tienen un final. Y un día, tan parecido a los otros (pero infinitamente distinto), ellos comprendieron, asustados, que por primera vez debían mirarse a la cara.

viernes 27 de noviembre de 2009

Cosas perdidas


La billetera, dos veces. Una vez creo que se cayó en el tren (o alguien con mucha habilidad decidió llevársela), la otra vez la dejé apoyada sobre un teléfono público. Esa segunda vez dentro de la billetera estaba mi documento de identidad y fotos y una pequeña misiva romántica, cuya pérdida me hizo sentir muy triste. Aunque más triste me hicieron sentir luego los trámites que tuve que hacer para conseguir el duplicado del documento (no hay nada más molesto que perder cosas que te obligan a realizar trámites para subsanar la pérdida, por ejemplo, y también me ha pasado, perder papeles, facturas, etc)

Tantos paraguas que ya no podría decir el número. Siempre creen que exagero, pero es cierta la anécdota que relato cuando alguien me recomienda llevar paraguas: cuando estaba en la secundaria, una monja se acercó a devolverme uno que acababa de encontrar (que no era mío en esa oportunidad), suponiendo que me pertenecía, por la cantidad de veces que había ido a retirar a secretaría los paraguas que olvidaba en distintos lugares del colegio. Es inútil que use paraguas, voy a perderlos, o el viento va a volarlos, o quien sabe que va a ocurrirles. Soy incompatible con los paraguas.

Un par de libros (ay, que dolor), un perfume (creo que lo dejé en un baño público). Olvidé los cosméticos en el baño del gimnasio (regresé casi de inmediato pero ya no estaba, sé quien se los llevó, pero preferí no acusarla).

Perdí las llaves de mi casa, al menos una vez. Esa vez lamenté la pérdida del llavero (me caía muy bien mi llavero).

Un sweter que me encantaba. Un par de bufandas. Guantes, siempre de a uno. Aros, la misma modalidad.

Perdí dos anillos la misma semana. Consideré eso un augurio, o algo así, porque los perdí en un lugar del que sabía que tenía que irme y no me decidía. No sé que tiene que ver, pero recuerdo haber pensado eso.

Y hasta ahora es solo un recuento de "cosas". Tangibles, tocables, palpables. He perdido poemas, cuentos, una novela completa cuando se me rompió una computadora (¿ustedes sabían que hay que hacer copias de los archivos de las computadoras? yo también, pero no lo hice). Igual no era buena.

He perdido la paciencia, el buen humor, la tranquilidad... Pero todo eso lo pierdo y me las arreglo para recuperarlo lo antes posible, así que... ¿lo pierdo realmente?

Se pierde el tiempo. Se pierden los ideales (¿se los cambia por algunos nuevos y relucientes?). Se pierde la memoria.

Amistades, amores... Hasta los enemigos se pierden: en la distancia, en el tiempo.

Se pierde el horizonte, la brújula. La fe.

Todo el tiempo estamos perdiendo cosas. Tendríamos que acostumbrarnos.

lunes 23 de noviembre de 2009

Más sobre el tiempo...



Por más que suene a frase de ancianos, debo decirla igual: tiempo, era el de antes. Antes duraba más, no se magullaba tanto, no se arruinaba por cualquier cosa, como todas las cosas nuevas fabricadas para romperse enseguida.
El tiempo, ahora, sencillamente, desaparece.
Sin ir más lejos, descubrí que "algo", probablemente uno de los monstruos de los que alguna vez he hablado, se come las horas del reloj de mi cocina, que es el único que funciona correctamente en mi casa.
Son las tres de la tarde, decido hacer algo, hago otra cosa que tenía pendiente, no tardo más de cinco minutos, vuelvo a mirar la hora, y son las cinco de la tarde... Me distraigo, siguiendo extrañas pisadas hacia el reloj, y alcanzo a ver la sombra brillante del monstruo que mastica las (para él) sabrosas horas. Justo las que yo necesitaba.
Ahora ya llego tarde a donde debía ir.
Mejor no hago nada.