Mañana de septiembre

Antes de salir, vi sobre la mesa del comedor el par de aros que había dejado allí la noche anterior. Suelo hacerlo. Dejar los aros, colgantes, pulseras, olvidados por allí, dentro de los ceniceros de cristal que nadie usa porque nadie en la casa fuma, y que quedaron como adornos en la biblioteca junto a las lámparas de estilo heredadas después de la muerte de la abuela.

Al llegar a la estación, descubrí los aros aún en mi mano mientras revolvía en mi bolso en busca del abono que debía mostrarle al guarda. Me puse los aros, tanteando en los lóbulos de mis orejas, bajando las escaleras hacia el túnel que lleva a los andenes, y al mismo tiempo, intentaba guardar el abono en el bolsillito interno del bolso para no tener que bucear en él en su búsqueda la próxima vez.

En el tren, junto a mí, un hombre practicaba la dicción del inglés (supongo) leyendo en voz alta. Leía una frase, y la repetía, leía otra, y la repetía. Cerraba los ojos y se apoyaba el libro (cry freedom, creo que se llamaba, o algo así) en la frente, cubriéndose los ojos, y repitiendo, repitiendo, repitiendo una frase tras otra, tan concentrado o indiferente...

4 comentarios:

  1. Sutil, muy sutil.
    Gracias por tu visita a mi humilde blog.
    Espero volver a verte por allí.

    ResponderEliminar
  2. Gracias Oscar. Será un gusto volver a visitarte. Saludo.

    ResponderEliminar
  3. Un pequeño detalle, los aros, que dan a la narración naturalidad.
    Curiosa la frase en inglés: llorar libertad?.
    Abierto a interpretaciones.
    Tienes una expresión cuidada.
    Un beso

    ResponderEliminar
  4. Gracias, Soboro. Sí, el título del libro era extraño (realmente se llamaba así, invento detalles todo el tiempo en mis relatos, pero ese no es uno de ellos)
    Un beso.

    ResponderEliminar