Una vez más...


Ella estaba cansada. Pensó si se notaría y si se notaba, si quedaría muy mal, que se sacara los zapatos debajo de la mesa del bar. Se había puesto los de taco aguja, porque él había dicho que eran los que le gustaban. " Te mejoran la figura"...

Volvió a mirar, ansiosa, hacia la calle, como si su mirada pudiera acercarlo. La gente pasaba, ensimismada en su huraño correr. Cabizbajos, apurados, hostiles. Así los percibía a esa hora del atardecer. La segunda taza de café, y él no llegaba.

No podía creer que estaba esperándolo, una vez más, después de haber jurado que no lo haría más. "Te espero quince minutos. Si no llegás, me voy a casa. Y ni se te ocurra venir. No te abro la puerta, lo juro". Hacía más de una hora que esperaba. Marcó el número de teléfono en el celular, y una vez más, escuchó que teléfono solicitado estaba apagado o fuera del área de servicio.

De la bronca, pateó sin querer uno de los zapatos. Tuvo que mirar bajo la mesa para ubicarlo. Estaba caído hacia un costado. Con los pies lo acomodó y volvió a calzarlo. Maldito sea, el zapato y el admirador de los zapatos con taco aguja.

Es el amor, pensó vagamente, suspirando y comenzando a buscar el dinero en su billetera para pagar los cafés. Uno sabe que el ser amado tiene características que se detestan, sin embargo, el amor solo, alcanza para disfrazar esos errores con el color de las virtudes: los celosos saben apreciar lo valiosas que son sus parejas. Los infantiles tienen la alegría de los niños. Los despilfarradores son generosos. Los tacaños, son previsores.

Y en ese momento de gris lucidez, ella se dijo, que los celosos simplemente no quieren que otro juegue con sus juguetes, que los infantiles son unos idiotas, los despilfarradores nos van a dejar en la calle y los tacaños nos van a hacer vestir con bolsas de supermercado.

Ella estaba enamorada. Por eso se había puesto esos detestables zapatos para esperar a un hombre que una vez más, la dejaría plantada.

Pero esta vez, ella no creería sus excusas. Ya había aprendido la lección...

Estaba por ponerse de pie, cuando lo vio entrar al bar. El sonrió y ella devolvió la sonrisa. El no era impuntual. Simplemente era un hombre tranquilo, que se tomaba las cosas con mucha calma. Y lo amaba por eso.

7 comentarios:

  1. Sí, ya sé Oscar... Pero te juro que he hecho cosas muy parecidas...

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  2. Hay que ser un poco más firme cuando se toma una decisión, hacérselo saber y cumplirla sin miedo a perder a esa persona, porque si realmente te quiere ya no te hará sufrir ni esperar más.

    Besos y que tengas un fantástico finde

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  3. Sí, Carmen, estoy de acuerdo.
    Pero de todos modos, ese cambio de parecer, el de la protagonista del cuento, por ejemplo, es inconsciente. No hay un plan en el que se decida no ver a la persona amada con buenos ojos. El tiempo suele cambiar eso.
    Besos y buen fin de semana.

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  4. Si uno podría saber cuales son los impulsos correctos a seguir, cuales dominar; siempre lo pienso.
    Pero el amor es así, un vai ven. Quedan las experiencias, de todo siempre algo bonito recordamos.:-)

    Beso grande Marcela.

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  5. ¡Si pudiera saberse eso, Adrianina! Los altibajos del amor, son inevitables. Como es inevitable ciertas reacciones ilógicas. Probablemente la protagonista del cuento a nadie más le perdonara que la dejaran esperando, pero a él sí, porque lo ama y lo disculpa sin darse cuenta.
    Y coincido: no hay ningún amor del que no se recuerde algo bueno. Besos.

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  6. Es que a veces somos muy desesperadas. El amor calma.


    Abrazos preciosa.

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