Murmullos



Han crecido los murmullos.
Se sueltan de mis manos,
quieren cruzar solos
las calles y avenidas.
No debo temer por ellos.
Son murmullos grandes,
y parecen sabios y pensativos.
Saben esconderse de la lluvia,
o elegir la mejor sombra,
del mejor árbol, y escapar
si algo los amenaza.
Los murmullos aprendieron a gritar.
Ya no son míos.

Lienzos



El asfalto es, a veces, un lienzo, 
y el azar sobre él pincela flores,
arte que dibuja el viento.



Foto

Rojo

Bajo soles que atardecen,
todo tiempo transcurrido es rojo,
y frío, y se borra,
como fotos viejas que viven
en cajones oscuros,
que nunca verán atardecer,
porque no es el destino de lo oculto
ver como llega la noche,
pero si puede ver sombras rojas,
creciendo, adentro y afuera,
hasta descansar en un rojo abrazo.

Destinos



Hay sólo tres destinos a los que es posible huir: la cima de la montaña, el desierto o el pantano. Por qué se elije uno u otro es motivo de muchas discusiones entre académicos y gente común. ¿Será algún recuerdo escondido, un resquicio de infancia que nos hace correr a la cima? ¿Un deseo oculto de sombra y frío el que nos hace ansiar el pantano? ¿El perfume del desierto nos llama porque somos arena más que otra cosa?
Entre el ser y el deseo se esconde el abismo de no saber que elegiremos, porque hasta que no huyamos no podemos saberlo. Podemos amar los tres destinos, pero sólo uno será nuestro refugio. No es extraño planear escapar con la mirada en un horizonte específico y a mitad de camino dar media vuelta y dirigirnos hacia otro, porque es ese el que nos llama.
Hay belleza en el frío y húmedo pantano, en el seco y dorado desierto, en la pedregosa y alta montaña. Percibimos toda la belleza, pero sólo le pertenecemos y nos pertenece una de ellas. ¿Por qué? Nadie lo sabe.

Opuestos



Hemos abierto puertas, sólo para no verlas cerradas.
Debería cruzar los límites de los mundos,
desde el mundo seguro hacia la página en blanco.
Un cielo tranquilo anuncia que toda tormenta es cercana.
Ese es el misterio de las puertas abiertas,
de los cielos despejados,
de los límites no cruzados y las páginas en blanco.
Lo opuesto está escondido en uno mismo,
en la puerta abierta opuesta a la cerrada,
el cielo limpio y el nublado,
la página escrita, la página en blanco,
el límite cruzado y el temido.
Permíteme ser mi yo opuesto,
todos honestos, todos sinceros y únicos,
(¿cuál seré yo? ¿cuál mi opuesto?)
sólo en los ratos necesarios
para que ser yo no me agobie.

Inconcluso


He sido fantasma durante tanto tiempo pero aún me preocupa caer, como si pudiera ser herido. ¿Hay sangre en mis venas no existentes? No puedo verla, pero creo que está allí, latiendo, esperando aún a ser derramada.
Necesito un aliento específico en mis labios que no respiran.
Imagino volver a sentir el peso de ser. Estar vivo pesa y no saber si se lo está, aún más. Para superar la incertidumbre me siento en el banco de una plaza, junto a alguien que no me ve, que no me escucha, y le cuento mis secretos. Ese no oírme no es tan distinto a lo que sucedía antes, cuando sí tenía una voz audible.
Me aferro a los recuerdos de ese tiempo, como el último recurso antes de ahogarme. Ser un fantasma y temerle al océano desconocido de existir sin recuerdos podría parecer extraño, pero no lo es. No quiero dejar de ser quien era cuando estaba vivo. No quiero dejar de ser. Imagino mi propia existencia como un ser que no quiere contar sus secretos a los oídos sordos y temo serlo algún día.
 Detesto el no sentir calor o frío. Recuerdo unos labios y veo el viento. Y relato una historia que ya no se si es la mía, o la de otro. No sé si me importa. La pertenencia o no de lo vivido es la gran duda de la existencia. Me gustaría habitar, durante un tiempo más, esas horas ajenas que es la historia propia. Tuve que abandonarla para saber que todos los días, con sus soles y suspiros, con sus problemas y jardines, son prestados y exigidos de vuelta.
Hay, sin embargo, una historia de amor que extraño y que sentí mía durante mucho tiempo. Sé que es a ese sentimiento al que me aferro. Sé que es una piel la que busco en las calles que no me ven. Es esa única historia la que relato a los oídos sordos de mis compañeros desconocidos en los bancos de las plazas. Me he transformado en esas frases que se repiten, en un intento por, ya no revivirme a mí mismo, sino a esa única historia de amor. No recuerdo el final. Quizá no lo tuvo. Todo amor inconcluso nos transforma en fantasmas. Habito una ciudad de amores que se lloran. Es mi lugar. Es mi nueva historia.

Sobre cruces infinitos...



Dicen que hay un punto atractor que nos empuja desde adelante. ¿Deberemos creer eso, y dejarnos llevar? Alguna vez nos cruzamos, y temo no haberte visto. ¿Cómo pudo ser posible? El universo es tan grande en su infinita pequeñez. Sospecho, entonces, que nos cruzamos y no te vi. Yo miraría, cómo siempre, algún punto que nadie más mira: el elegante hierro retorcido de alguna reja en una ventana, un reflejo en el vidrio de esa ventana o en un charco (me gusta más ver el reflejo que lo que lo produce), una mariposa escondiéndose en una flor, un pájaro... Se cuán difícil es, además, reconocer lo que ha sido visto antes, pero sin estos ojos. Hay al menos dos clases de antes: antes, ese tiempo pequeño que podemos recordar y un antes infinito, que nos asusta y escondemos en universos paralelos.
En algo infinito en tiempo y espacio, todas las posibilidades deberían hacerse realidad. Vamos a cruzarnos muchas veces... Y alguna vez las miradas se encontraran y repentinamente, recordaremos.

Camino sin ojos



El camino existe y no tiene ojos.
Sabe, el camino, que no ve y entonces, nos mira.
y adivina nuestros pies, nuestra prisa.
Percibe todo lo que ve sin ojos.
Todo lo que no necesita luz para saberse iluminado.
Sabe, el camino, que está luchando en silencio
como luchan las lunas oscuras,
como luchan los rincones en penumbras.
Sabe el camino que necesita estar consciente
del lugar en el que descansa
para sin ojos, no perderse.

Azul


A veces recuerdo en azul.
Todo es cielo, 
todo es mar azul,
todo estrellas azules.
Los otros colores no se rinden,
sólo son seducidos,
alzan sus manos coloridas 
y ríen al verlas azules.
Y sueño en azul también,
bosques enteros,
ciudades enteras...
Y se me quiebra el corazón
al oír voces tan azules,
notas tan azules... 

Flores de lavanda




Alguna vez, para mí, la lavanda no tuvo nombre. Las cosas van adquiriendo su nombre mientras los niños van creciendo. Me gusta pensar en ese momento en el que las cosas pasan de ser sólo lo que vemos a ser además una palabra que las define. Es curioso, me gustan las cosas sin nombre que deben describirse para ser reconocidas, y me gusta el nombre de las cosas.
En mi caso la lavanda adquirió su nombre cuando alguien robó una flor de un jardín para obsequiármela. La única razón por la que fue escogida para ser robada para mí, por sobre rosas o jazmines, fue que sobresalía de la reja de la entrada de la casa hacia la calle. Pero cuando la tuve en mis manos supe que las lavandas y yo seríamos amigas para siempre y de haber escogido, la habría escogido a ella.
Las flores tienen un espacio interesante en mi vida. Las miro, las admiro, si puedo, las fotografío. Las lavandas son elegantes, altas, perfumadas. Se llevan bien con las margaritas (mis otras flores predilectas), y comparten alegremente los canteros. Y alguien, alguna vez, robó una flor de lavanda, sólo para regalármela.

  

Sorpresas



Recuerdo que no estaba anunciado granizo, ni tormenta, ni lluvia. Sin embargo, el cielo se puso gris, y repentinamente, el jardín se llenó de hielo. He tenido sorpresas más incómodas, más crueles, más bellas. La sorpresa por definición es inesperada, pero si se piensa bien, ¿puede una fiesta de cumpleaños ser realmente sorpresiva? ¿Una fiesta de aniversario? ¿Un embarazo? ¿Una muerte? Todo lo que sucede envía señales previas. Todo es provocado por un evento previo.  Todo responde a una pregunta. Nada es un hecho solitario. 
Nos gusta la idea de sorpresa porque disfraza la rutina. Una tarde aburrida, sin anuncios sobresalientes, se transformó en una granizada que nos hizo fotografiar el jardín y nos mostró un paisaje nuevo. 
Es lindo jugar a ser sorprendidos.

Miradas



¿A dónde van las miradas que no son percibidas?
Recuerdo haber buscado tus ojos,
y estaban escondidos.
¿Qué buscaban que no me buscaban?
Yo era sólo el reflejo de nuestra distancia.
No tenía voz, ni manos, ni dedos,
ni más alma que mis ojos buscándote.
Hay bosques de miradas perdidas,
miradas que arrastran raíces
miradas que arrastran alas.
Todas perdidas y sin rumbo.
Todas esperando ser miradas.



Anónimos



Ha quedado en nuestras manos el poder de marcar el mundo. ¿Qué dejamos en el camino? ¿Importa nuestro nombre o importa el corazón grabado en la piel del árbol?
Dejo de ser, y me transformo en la marca. Un anónimo talló la madera hasta conseguir el dibujo que imaginó alguna vez. Un anónimo encontró la paz y se escondió en el tiempo. Un anónimo vivió y desapareció como tantos otros. El nombre no es nada. Nadie es su nombre. Prefiero ser, toda la vida y aún después, el corazón en la madera.

Universos



Se ha dormido el universo en mis manos.
Acaricio sus plumas, sus pestañas, sus estrellas.
Al despertar ya no tirita.
Deja caer con confianza sus frutos,
creando una vez más brillantes dibujos
en un espacio que alguna vez fue inabarcable.
El universo habla el idioma de las ramas secas.
Dice: toda la belleza del mundo
entra en la palma pequeña
del ser vivo más diminuto
porque ese espacio es infinito.
Debo creerle.
Es viejo, inmortal y sus ojos ya están cerrados.

El puente



Hay un puente que lleva a un camino que no va a ningún lado, sobre un río que cae en una cascada infinita.
Y yo lo amo. Amo el puente sin sentido que es sólo por ser, sin metas, sin intenciones, sin objetivos.
Se lo recorre sabiendo que no tiene un fin glorioso. Se lo recorre por amor a su belleza, porque es hermoso y cruza un río hermoso, e inclusive la cascada infinita es hermosa.
Hay quienes dijeron que el puente sí tenía un destino y hablaron de una estrella, de una nube. El puente es indiferente a esos mitos. Pero quienes lo recorren pueden inventar historias sobre él. Y quizá ese es el horizonte del puente.

El pasillo



Desde pequeña le temía al largo pasillo de su casa. Alguna vez se había roto la lamparita que lo iluminaba, pero como el techo era muy alto, y la abuela le temía a las escaleras y a que entraran desconocidos a reparar los desperfectos cotidianos, el pasillo había quedado a oscuras y no importaba la hora, ni si había sol o estaba nublado: ese lugar siempre estaba en penumbras.
Entonces ella corría desde la cocina hasta los dormitorios, temiéndole a algo  indefinido, a un peligro irreal o real que siempre acechaba. Estaba allí, en esa soledad absoluta de pisos de madera crujientes y paredes con cuadros antiguos que nadie jamás apreciaría porque no había luz para iluminarlos.
¿Cómo hacer desaparecer la soledad?, se preguntaba ella. La voz de la abuela cantando tangos en el jardín o en la cocina no era suficiente. ¿Cómo hacer para que ese simple corredor que unía las habitaciones de la casa no fuera tan sobrecogedor?
Y ahí fue que nació el fantasma. Esa entidad, con su sola existencia, alejaba la soledad. Un fantasma habitando el pasillo solucionaba todos sus problemas. Ya no debía correr por él para escapar del peligro que la soledad escondía, porque ésta ya no existía.
Quizá la abuela se sorprendió del cambio de actitud de la niña. Creyó que estaba creciendo. La nieta no quiso hablar del fantasma, y prefirió que la razón de su nuevo coraje quedara en el misterio. A ver si la abuela le temía a los fantasmas.

Irse




Desaparecer en silencio es la mayor de las crueldades. El irse es dejar al otro con el peso de todas las dudas. No hay que explicar las razones por las que se desaparece, pero siempre hay que explicar por qué uno no se queda. Hay en ese irse súbito y callado un castigo insoportable, una negación absoluta de todo lo que el amor representa. La ausencia sin explicaciones es un peso que sólo debería tener que soportarse cuando es inevitable.

Azar




Mientras todos buscan el rutinario encuentro, nosotros seguimos confundiendo esquinas, sintiéndonos especiales por desencontrarnos.

En un horizonte de gente buscándose, y por lo tanto chocando e hiriéndose y hasta lamentando encuentros planeados, algunos dejamos la posibilidad de todo encuentro al único dios justo: el azar.

Rezarle al azar es inútil y bello. Todo milagro que otorga es arbitrario y por lo tanto sabio. No hay prejuicios en sus dones. No es corrompido por ceremonias, ni ofrendas ni plegarias suntuosas. Nada le importa. Sólo ser él, y arrojar sus bendiciones al viento. Si alguna de ellas alguna vez nos toca, agradeceremos en silencio. Y lo sospecharemos bueno.

Escondidos



Esconderse, en la cima del mundo:
mi mundo, el tuyo, uno cualquiera.
Esconderse allí, a la vista de todos,
a la vista del viento, escapando
inmóvil, en la huída más increíble,
con los bolsillos llenos de piedras,
con las manos en llagas.
Livianos de tan pesados,
invisibles de tan absolutos,
en colores, en blanco y negro,
escondidos en la cruz más alta,
en la cima de todos los vientos.

Monstruo desnudo


Alguna vez amó a un fantasma. El fantasma habitaba a un hombre y debía aceptar eso.
Ella amaba al fantasma. Era extraño, pero no siempre podía encontrarlo. Suponía que a veces se escondía muy profundo, en una ciudad que no tenía calles con nombre.
En un momento de lucidez ella tropezó con la idea de que el fantasma no existía. Existía el hombre, pero no era habitado por ningún ser más que él mismo.
¿Y si ella lo había creado? Se vio a sí misma como a un doctor Frankenstein dando vida a un monstruo con las partes de otros fantasmas que le agradaban. Grave error que la hacía feliz de a ratos y muy infeliz cada vez más seguido.
Podemos vestir a alguien con los detalles que nos gustan y podemos abrazar al monstruo falso. Podemos convencernos de que es el fantasma quien reina, pero la verdad siempre arroja a un costado todos los detalles falsos con los que nos vestimos y vestimos a los otros, porque el amor se da exclusivamente entre monstruos verdaderos y desnudos.

Finales



¿Cuando hablamos de finales hablamos de calles sin salida?
¿O de la caída de la última hoja?
Deseo que la palabra final no sea definitiva.
Que el final de la tormenta no sea el final de todas las tormentas.
Que no haya nunca una última estrella brillando.
Que final sea un punto y aparte.
Una forma de decir, un paréntesis abierto.
Una rosa deshojándose, dándole el espacio a otra rosa.
Un fantasma amable y suave,
que se desvanezca con perfume en un pasillo.
Un pasillo sin final, que se pierda
en el horizonte infinito.

Letras



No quiero ahogarme en las letras,
en sus formas, en sus sinuosas manos
saliendo de círculos perfectos.
Danzan consonantes rebeldes
en papeles demasiado blancos.
Una vocal, alta y elegante
finge abarcar el mundo entero en su boca.
No debo creerle, me visto de indiferencia.
Pero entonces recuerdo el poder de las letras
y toda indiferencia se desmorona:
Las letras arrastran la historia grabadas en piedra y
devoran amores borrándose dibujadas en arena.

Hielo


No me pidas que te salve del frío,
si yo lo llevo conmigo.
Cada tanto encenderé un fuego,
pero no lo haré para complacer a un niño
que teme al hielo como a un extraño.
Lo hago solo para armar
el sutil rompecabezas de contrarios
que obliga a uno a existir solo si existe el otro.
Para ver el azul transformarse en rojo.
Para ver derramarse las gotas congeladas.
Porque el fuego se apaga,
pero el frío nos abraza a todos.

Jaulas


Hay una jaula en mis manos.
Ábrela. Ábreme.
Hay arena en mis brazos.
Se han transformado en desiertos.
Y ahora mi voz solo habla de cascadas,
de ríos que se van y se quedan.
¿Por qué de repente veo jaulas,
y veo aves luchando entre barrotes?
No se si abrirme, o cerrarme del todo.
No se si apagar las voces,
o por primera vez escucharlas.
Este desierto gigante
es una jaula pequeña.
El paraíso pálido y perfecto,
es una jaula pequeña.


foto 

Pasos y límites





Atreverse a abandonar el universo del hormiguero. Descubrir la vereda inabarcable, la plaza de infinito tamaño que la mente apenas llega a entender. Dar los pocos pasos que la vida nos permite, pero darlos fuera de los límites, solo para ver que hay más allá. Y disfrutarlos. 

(Publico nuevamente esta entrada que desapareció el día de ayer. Pido disculpas por los comentarios perdidos. Los tengo en el mail, pero no se como subirlos al blog. Muchas gracias a todos)

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Publicado por Marcela en Anábasis el 5/12/2011 11:55:00 AM

Isla de otoño

Llueve después de una noche
de sueños no dormidos.

Llueven gotas de colores no inventados.

Lluvia fría y sola,
húmedas manos.

¿Quién irá ahora a visitar
 una solitaria isla de otoño?

¿Quién aceptará ser amigo del viento
cuándo es tan frío?

Trae voces viejas el viento,
palabras viejas
en sus ráfagas,
palabras
en las gotas arrastradas,
palabras perdidas,
dichas en un pasado tan remoto.

Todo en una lluvia.
Todo en una isla de otoño.



Naufragio


Hemos naufragado con elegancia: no hubo demasiadas sacudidas que anunciaran este fin: fue algo lento, suave. Que ironía naufragar en un mar en calma.
Y ahora flotamos aferrados a los restos del barco. ¿Cómo de algo tan grande, se pasó a pedazos tan pequeños?
Es un diminuto mundo flotante en el que ahora reinamos: un mundo habitado con despojos. No es cálido, no es confortable, pero es nuestro y tiene lo más importante en él, nuestro pasado.
Quizás nunca fuimos tan nosotros como ahora, que simplemente flotamos. Nunca nada fue tan nuestro, como ahora que lo sujetamos para no perdernos. Somos estas pequeñas olas del mar en calma que nos hizo naufragar. Somos el mar, y los restos y aún somos nosotros.

Otoño


Se encienden una a una,
las hojas doradas del otoño.
El oro se gasta en las veredas
en lánguidas carreras con el viento.

Habíamos perdido la belleza
de este encender y apagar colores.

Lugares que antes no mirábamos
de repente brillan.
Como todo lo olvidado,
al resurgir renace y es nuevo
y olvidó su olvido.

Apagamos ahora el verde,
sin falsas melancolías.



Memoria en sepia

El misterio de eso que no olvidamos, pero que la memoria decora con nostalgia. Uno recuerda la belleza de la casa, más grande, más bella de lo que era. Y los pobres ladrillos toscos se pintan con un elegante sinónimo de calidez y la vieja puerta deja de rechinar para nunca cerrarse ante un amigo, esas enredaderas que tanto costaba podar se ven siempre verdes...

Dos bellezas luchando entre sí: la de lo lejano, irrecuperable o simplemente intocable, o la realidad aún más bella pero coloreada en sepia.

El triciclo



Solo los niños saben que se puede recorrer el mundo entero en un pequeño triciclo, que no le tema a las baldosas sueltas de una vereda desconocida.


Entre sábanas


Nuevas promesas no pedidas
serán dichas y olvidadas,
sobre pieles blancas,
sobre pieles morenas...

Entre sábanas,
en horas robadas.

Pero las manos (que acariciaron los labios)
como un espejo que recuerda sus reflejos,
recuerdan las palabras perdidas.


Desconocidos


-No te asustes, no es común para mí detener mujeres en la calle y decirles que no es casualidad que nos encontremos en esta esquina, por la que hace años que paso todos los días, y es siempre un punto más en esta red en la que los desconocidos nos cruzamos, solos, rodeados de gente pero solos. La soledad es saber que los que están a nuestro alrededor no son importantes; por eso podemos estar solos en nuestro propio hogar, y mucho más lo estamos en una esquina anónima, rodeados de anónimos, anónimos también nosotros, hasta que sucede el milagro de ver a otro, verlo realmente, reconocerlo como yo te reconocí. ¿Debería quedarme callado en favor de las costumbres, dejarte ir, perderte en este océano? Somos seres pequeños, y no tememos decir palabras trágicas y horribles como guerra y muerte, pero podemos pasar toda una vida sin decir la palabra amor. Decir te amo por primera vez nos paraliza, nos hace temblar más que cualquier otra frase. No te acordás, porque aún no estabas ahí, pero nos amamos muchas veces.


foto: "El beso del hotel de Ville" Robert Doisneau

Un sol y una luna


Un sol y una luna habitan dos mundos, separados por un abismo, por un muro, por calles sin señales, por arroyos, mares y océanos con islas volcánicas, por galaxias ardientes y por tormentas de nieve sobre colinas y montañas... Igual que todos los seres de este y cualquier otro barrio...


Ventana con nubes


El misterio del cielo abarcado en una ventana,
una ventana pequeña como los ojos del hielo.
Hay una oscura soledad del otro lado,
en ese mundo que extraña no tener ventanas.

Yo no sé si podré ser la misma,
después del diluvio inevitable,
que quedará encerrado
en el mismo marco que nos encierra.


Foto: Doralisa

Ruinas



He decidido lo que quiero hacer
desde hoy en adelante.
Haré ruinas en las veredas,
altas ruinas de ladrillos con moho,
y haré ruinas con flores secas
y con libros ajados.
Todo serán ruinas
de esas que se visitan
con respeto y admiración,
no por la obra de los hombres,
sino por el trabajo del tiempo.
Y verán las ruinas de palabras oxidadas,
y sabrán que el tiempo y yo nos aliamos,
para desaparecer al fin,
detrás de unas simples ruinas,
perdidas en el mundo.

Aves


Quiero darle alas a las lágrimas.
Serían hermosas aves de cristal,
o de hielo.
Volarían en el frío de la noche,
bajo la luz de la luna.
Como debe ser:
las lágrimas evitan el sol.
Aves solitarias, a oscuras
deshaciéndose cuando amanece.

La mujer sola (II)


Desde niña quería ser una mariposa. Lloró cuando su madre le dijo que las mariposas vivían solo días. "¿Todas morirán pronto?"

Aleteaba con las manos, corría por el patio sacudiéndolas, buscando que al menos ellas recordaran las alas brillantes y naranjas, que conservaran los sueños de volar intactos. Ella no lo sabía, pero mientras fuera niña, la muerte sería algo fatal e irremediable, pero lejano. Todos los días asomarían mariposas a su jardín: otras, pero no lo sabría, entonces todas las mariposas podían ser la misma ante sus ojos y su afecto.

 Al crecer, las mariposas morirían o se irían una a una y cada partida sería irremediable, y las mariposas que llegaran no podrían suplir a las anteriores, y cada desaparición sería peor, más dolorosa, más cruel e increíblemente, a pesar de ya no ser niños, más incomprensible. 

La mujer sola (I)


Ella llegó sola, y se instaló en la vieja casa, que repentinamente, después de tantos años abandonada, tuvo sus ventanas abiertas y música suave sonando.

Ella era extraña: al menos para el estilo de vida del pueblo. Todos suponían que en las grandes ciudades grises habría mujeres viviendo solas, tocando el piano dulcemente a solas y saliendo a pasear solas al atardecer. No allí. No de ese modo. Doña Inés, la panadera, que había quedado viuda, vivía sola, pero en la misma cuadra vivía su hija, yerno y nietos. Doña Carmen también vivía sola, en las afueras del pueblo, recordó alguien cuando discutían el tema en la esquina de la plaza, pero... mejor no hablar de ella dijeron las otras mujeres, algo ofuscadas y evitando mirar a los pocos hombres ahí presentes que fingieron indiferencia.

La recién llegada no buscaba charla en el almacén, ni aminoraba el paso cuando alguna de las vecinas intentaba alcanzarla en la calle durante los paseos que daba. Ni las tácticas disimuladas de los más discretos, ni los saludos a los gritos de los más osados, conseguían romper la barrera que ella ponía frente a la curiosidad de los demás. Respondía los saludos, con un gesto mínimo, un leve cabeceo, una sonrisa transparente, un apurar de sus pasos. Hacía falta tener ganas de ser saludado para sentir que eso había sucedido. Eran saludos que venían desde muy lejos, como si ella, ahí nomás, a unos pasos, realmente estuviera a kilómetros de distancia.



Penélope


No hacía falta que Penélope destejiera lo tejido para engañar a los pretendientes y esperar a Odiseo. ¿Cómo sabe el otro cuál es el final de lo que estamos tejiendo?
Podemos tejer sin fin. Podemos seguir enhebrando lanas de colores, brillantes, opacas. Podemos decidir tejer una manta que cubra el mundo. Todo es cuestión de tiempo, de deseo, de ansias...
Igual, no quiero criticar a Penélope porque, la verdad, destejer también tiene su encanto...

Despertar


Me vestí como alzando pétalos caídos.
Emergí de las ruinas, pensando
que al despertar me arrojaría al río,
como si no importara el saber nadar.
Tanta piel, tan poca brisa,
tanta agua sin sed,
tanto jardín sin luciérnagas,
tantas palabras, tanto calor,
tanta seguridad de haber despertado
siendo demasiado yo esta mañana...

(pintura: El despertar de la criada. Eduardo Sívori)

El ángel

No creí que tuviera que usar palabras para explicar lo que solo para mí es entendible, no porque sea demasiado complicado, sino porque solo yo veo mi mundo a través de mis ojos, y los otros ven nada más que el resultado de mis decisiones, no cada piedra del camino, no cada lluvia que me ha mojado. No ven nada de lo que ha delineado sobre mí los rasgos que hoy tengo.

No desprecio tu regalo, padre, al contrario. Lo rechazo porque amo demasiado mi propia mirada, y mi propia forma de ser.

No hay más explicación, padre, que la obvia: corté mis alas porque pesaban mucho, y no me permitían volar como a mí me gusta.

La noche y los monstruos


Todos hemos vagado a través de la noche, a través de las cuadras más oscuras, buscando solo un rincón en donde descansar y la noche nos acepta a todos, con brazos comprensivos, pensaba él, mientras se hundía en esa misma noche, aún oyendo los gritos y lamentos que la puerta cerrada de un golpe no podía alejar.

Todo puede transformarse en recuerdos, del mismo modo que todo podría ser olvidado. Sin embargo, él sabía que ese llanto nunca se borraría de su mente, porque todas las lágrimas seguían allí, en su cabeza, y aparecían ni bien despertaba, y poblaban sus sueños de las formas más dolorosas posibles.

Y el dolor en la mano con la que la había golpeado era mayor ahora que la ira desaparecía y solo quedaba la culpa. Y se preguntaba por qué continuaba haciéndolo, y se preguntaba por qué ella lo perdonaba.

La noche todo lo entiende, pensaba él, mirando la oscuridad sin estrellas.

Y, mientras regresaba en busca de ese perdón tantas veces otorgado (pero solo durante un instante de lucidez que se borraría demasiado rápido), él comprendió que la noche no lo entendía ni lo aceptaba, solo estaba acostumbrada y resignada a ver a los monstruos caminar por sus calles oscuras.

El pavo real

Otros pavos, alardeaban con más habilidad de sus bellas plumas, seduciendo al mundo entero, pero él no podía. Las sacudía torpemente, extrañando el tiempo en el que no estaban allí, cuando podía disimularse en la inmensidad del bosque.

Pero ahora llega ese tiempo en el que solo queda esperar el otoño, cuando las plumas caen, y se riegan en la tierra húmeda, para que los hombres las recojan deslumbrados por el brillo y la belleza y él fuera libre de ser solo un ave humilde y hermosa, una más, en el bosque.