El pasillo



Desde pequeña le temía al largo pasillo de su casa. Alguna vez se había roto la lamparita que lo iluminaba, pero como el techo era muy alto, y la abuela le temía a las escaleras y a que entraran desconocidos a reparar los desperfectos cotidianos, el pasillo había quedado a oscuras y no importaba la hora, ni si había sol o estaba nublado: ese lugar siempre estaba en penumbras.
Entonces ella corría desde la cocina hasta los dormitorios, temiéndole a algo  indefinido, a un peligro irreal o real que siempre acechaba. Estaba allí, en esa soledad absoluta de pisos de madera crujientes y paredes con cuadros antiguos que nadie jamás apreciaría porque no había luz para iluminarlos.
¿Cómo hacer desaparecer la soledad?, se preguntaba ella. La voz de la abuela cantando tangos en el jardín o en la cocina no era suficiente. ¿Cómo hacer para que ese simple corredor que unía las habitaciones de la casa no fuera tan sobrecogedor?
Y ahí fue que nació el fantasma. Esa entidad, con su sola existencia, alejaba la soledad. Un fantasma habitando el pasillo solucionaba todos sus problemas. Ya no debía correr por él para escapar del peligro que la soledad escondía, porque ésta ya no existía.
Quizá la abuela se sorprendió del cambio de actitud de la niña. Creyó que estaba creciendo. La nieta no quiso hablar del fantasma, y prefirió que la razón de su nuevo coraje quedara en el misterio. A ver si la abuela le temía a los fantasmas.

4 comentarios:

  1. Bien escrito.

    Un clavo saca otro clavo, dicen.

    Buen fin de semana. Un abrazo.

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  2. El fantasma llegó para ponerle nombre y apellido a la incertidumbre, no hay instrumentos para luchar contra lo desconocido… confiar en un fantasma, o incluso temerle, es tan inteligente que solo una imaginación de niña lo consigue.

    Un beso,
    D.

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  3. Que buena idea tuvo.
    Voy a copiarla.

    Besos.

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