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miércoles

Sobre cruces infinitos...



Dicen que hay un punto atractor que nos empuja desde adelante. ¿Deberemos creer eso, y dejarnos llevar? Alguna vez nos cruzamos, y temo no haberte visto. ¿Cómo pudo ser posible? El universo es tan grande en su infinita pequeñez. Sospecho, entonces, que nos cruzamos y no te vi. Yo miraría, cómo siempre, algún punto que nadie más mira: el elegante hierro retorcido de alguna reja en una ventana, un reflejo en el vidrio de esa ventana o en un charco (me gusta más ver el reflejo que lo que lo produce), una mariposa escondiéndose en una flor, un pájaro... Se cuán difícil es, además, reconocer lo que ha sido visto antes, pero sin estos ojos. Hay al menos dos clases de antes: antes, ese tiempo pequeño que podemos recordar y un antes infinito, que nos asusta y escondemos en universos paralelos.
En algo infinito en tiempo y espacio, todas las posibilidades deberían hacerse realidad. Vamos a cruzarnos muchas veces... Y alguna vez las miradas se encontraran y repentinamente, recordaremos.

jueves

Flores de lavanda




Alguna vez, para mí, la lavanda no tuvo nombre. Las cosas van adquiriendo su nombre mientras los niños van creciendo. Me gusta pensar en ese momento en el que las cosas pasan de ser sólo lo que vemos a ser además una palabra que las define. Es curioso, me gustan las cosas sin nombre que deben describirse para ser reconocidas, y me gusta el nombre de las cosas.
En mi caso la lavanda adquirió su nombre cuando alguien robó una flor de un jardín para obsequiármela. La única razón por la que fue escogida para ser robada para mí, por sobre rosas o jazmines, fue que sobresalía de la reja de la entrada de la casa hacia la calle. Pero cuando la tuve en mis manos supe que las lavandas y yo seríamos amigas para siempre y de haber escogido, la habría escogido a ella.
Las flores tienen un espacio interesante en mi vida. Las miro, las admiro, si puedo, las fotografío. Las lavandas son elegantes, altas, perfumadas. Se llevan bien con las margaritas (mis otras flores predilectas), y comparten alegremente los canteros. Y alguien, alguna vez, robó una flor de lavanda, sólo para regalármela.

  

Sorpresas



Recuerdo que no estaba anunciado granizo, ni tormenta, ni lluvia. Sin embargo, el cielo se puso gris, y repentinamente, el jardín se llenó de hielo. He tenido sorpresas más incómodas, más crueles, más bellas. La sorpresa por definición es inesperada, pero si se piensa bien, ¿puede una fiesta de cumpleaños ser realmente sorpresiva? ¿Una fiesta de aniversario? ¿Un embarazo? ¿Una muerte? Todo lo que sucede envía señales previas. Todo es provocado por un evento previo.  Todo responde a una pregunta. Nada es un hecho solitario. 
Nos gusta la idea de sorpresa porque disfraza la rutina. Una tarde aburrida, sin anuncios sobresalientes, se transformó en una granizada que nos hizo fotografiar el jardín y nos mostró un paisaje nuevo. 
Es lindo jugar a ser sorprendidos.

lunes

Anónimos



Ha quedado en nuestras manos el poder de marcar el mundo. ¿Qué dejamos en el camino? ¿Importa nuestro nombre o importa el corazón grabado en la piel del árbol?
Dejo de ser, y me transformo en la marca. Un anónimo talló la madera hasta conseguir el dibujo que imaginó alguna vez. Un anónimo encontró la paz y se escondió en el tiempo. Un anónimo vivió y desapareció como tantos otros. El nombre no es nada. Nadie es su nombre. Prefiero ser, toda la vida y aún después, el corazón en la madera.

viernes

Irse




Desaparecer en silencio es la mayor de las crueldades. El irse es dejar al otro con el peso de todas las dudas. No hay que explicar las razones por las que se desaparece, pero siempre hay que explicar por qué uno no se queda. Hay en ese irse súbito y callado un castigo insoportable, una negación absoluta de todo lo que el amor representa. La ausencia sin explicaciones es un peso que sólo debería tener que soportarse cuando es inevitable.

miércoles

Azar




Mientras todos buscan el rutinario encuentro, nosotros seguimos confundiendo esquinas, sintiéndonos especiales por desencontrarnos.

En un horizonte de gente buscándose, y por lo tanto chocando e hiriéndose y hasta lamentando encuentros planeados, algunos dejamos la posibilidad de todo encuentro al único dios justo: el azar.

Rezarle al azar es inútil y bello. Todo milagro que otorga es arbitrario y por lo tanto sabio. No hay prejuicios en sus dones. No es corrompido por ceremonias, ni ofrendas ni plegarias suntuosas. Nada le importa. Sólo ser él, y arrojar sus bendiciones al viento. Si alguna de ellas alguna vez nos toca, agradeceremos en silencio. Y lo sospecharemos bueno.

jueves

Penélope


No hacía falta que Penélope destejiera lo tejido para engañar a los pretendientes y esperar a Odiseo. ¿Cómo sabe el otro cuál es el final de lo que estamos tejiendo?
Podemos tejer sin fin. Podemos seguir enhebrando lanas de colores, brillantes, opacas. Podemos decidir tejer una manta que cubra el mundo. Todo es cuestión de tiempo, de deseo, de ansias...
Igual, no quiero criticar a Penélope porque, la verdad, destejer también tiene su encanto...

viernes

Divagues de un día en solitario


Como todo solitario que no sabe estar tan solo, espero el regreso de quien se va.
No me gusta esperar, pero espero.
Espero el fin de semana y la llegada de los lunes.
Espero la llegada de las frutillas y de los jazmines.
Espero el siguiente minuto, y fielmente, lo dejo pasar.
Esa es la regla, la ley que no debe romperse: debemos dejar que lo que esperamos se vaya, porque todo lo que vale la pena esperar debe ser libre de irse para volver.

miércoles

La niña frente al puente

Hay una edad en la que somos niños pero no lo sabemos con certeza. Hoy sé que era niña. ¿Se puede ser demasiado niño? ¿Se puede ser demasiado adulto?

(¿Se puede ser demasiado de cualquier cosa si eso es lo que, simplemente, somos?)

No estoy disculpándome, solo digo que en ese momento yo, al menos, era una niña, pero jugaba a ser adulta, por eso cruzaba los puentes sin pensar si era seguro o si era lo correcto. Porque solo una niña cree que para actuar como adulto debe cruzar los puentes sin temer ni dudar.

Las decisiones importantes las tomaba a oscuras (creía, también, que hay que apagar las luces para no ser cegados por ellas y de ese modo evitar equivocarnos), y estaba orgullosa de pensarme adulta y al mismo tiempo esconder en el bolsillo un chupetín de naranja.

No me arrepiento, sea como sea, el puente fue cruzado, encontré un mundo del otro lado y fue la decisión correcta. Ahora debo decidir, frente a otro puente. En la oscuridad busco a la niña, para que me ayude.

domingo

Sueños en pasado imperfecto.


El bar era oscuro y hacía calor. No sé cuanta gente habría a mi alrededor, sentados frente a diminutas mesas con vasos y tazas sobre ellas. Los veía a través de la niebla del humo de cigarros, o eso creía, porque ahora, que estoy despierta, pienso que quizás la niebla era solo parte de la puesta en escena del sueño. La lógica de los sueños y la de la realidad no es tan diferente, los diferentes son los materiales con los que trabajamos en el sueño y en la vida real. En el sueño no era extraña la niebla dentro del bar, pero tuve que estar despierta para saber que no era extraña. Yo solo estaba atenta a la música que sonaba. Duke Ellington, en el piano, vestido de blanco, con un sombrero blanco echado hacia atrás, tocaba la música más bella posible.
Pero entonces, la música comenzó a cambiar y de repente, reconocí Penny Lane. Miré a mi alrededor, esperando que alguien más notara que eso no era correcto. ¿Por qué estaba ese joven Duke Ellington tocando una canción de los Beatles? Pero nadie lo notó, obviamente. Muchas de las sombras detrás de la niebla, no parecían ni siquiera oír la música. Solo yo estaba despierta. El resto actuaba, pero parecían dormidos.
Me quedé sentada un rato más, escuchando la extraña versión de una canción sonando en un pasado en el que aún no existía, en un sueño que ocurría en el futuro, que era mi presente...


viernes

La multitud y la lluvia



Ayer había sol y pensé: mañana va a llover. La lluvia era inevitable.

En la primaria aprendimos que el 25 de Mayo de 1810 llovía. Después, ya más grande, leí que no era verdad, que solo estaba nublado. Yo sigo prefiriendo la imagen de la lluvia sobre las personas reunidas frente al Cabildo. Gente que en vez de quedarse en sus casas tomando chocolate caliente, salió a la calle a hacerse oír.

El tiempo actuando sobre la historia es muy extraño. Crea lluvias y después las borra. Lo más probable es que algún día un nuevo historiador diga que realmente llovió el 25 de Mayo.

Más adelante se van a escribir libros de historia sobre todas las lluvias que cayeron sobre gente en la calle. Más adelante intentarán explicar por que las personas se quedan bajo la lluvia gritando, llorando, rezando, cantando.

Más adelante, no importa lo que se diga. Hoy la lluvia y la multitud en la calle fueron verdad.

(foto tomada de acá)

Silencio



Y aquí estamos, los dos, en esta calle que tropezó de nuevo. En esta vereda que se cubrió de hojas. En este mundo que tembló de frío.

Estás hablando, apilando palabras como si no significaran nada, como si fueran cosas viejas esperando ser arrojadas a la basura. Yo sé que estoy cerrando los ojos para no verlas caer sobre las hojas secas, sobre la vereda que tropezó de nuevo, sobre el mundo que tembló de frío.

Te pedí un momento de silencio, para oír el perfume del café flotando en el día, como un último regalo.

Y me lo concediste.

jueves

La escoba

Posted by Picasa

¿Hay una bruja en mi barrio que no sabe estacionar?
¿Un ama de casa inició una huelga de escobas caídas?
¿El barrendero se cansó de que los árboles no respeten su trabajo y suelten las hojas justo después de su paso?

martes

Más nubes



¿Las nubes son una cosa o son muchas? ¿Son solitarias o gregarias?
Son de agua, son de viento. Se ven macizas, pero son inasibles.

Miro a través de la ventana. Hoy no hay nubes. El cielo está hermoso, brillante, límpido, pero siento que le falta algo. Una nube, una sola, cambiando, siendo primero un conejito, después un barrilete, después solo un jirón blanco, permitiéndole al viento opinar sobre su forma, y aceptando su destino de cambiante nube.


domingo

Desde abajo

Es el atardecer. Un atardecer de invierno que no parece invierno.

Yo iba, sin mirar a mi alrededor, a un lugar más de los que se va sin pensar en hacerlo, simplemente repitiendo el ir de tantas veces. Pero el atardecer tiene la astucia para convencernos de mirar hacia el oeste. Tiene colores. Es de colores. Vive en colores.

Pasa un avión que dibuja una estela blanca en el cielo. Me fascinaba ver esos aviones cuando era niña. Pensaba que quería volar en uno de ellos. Ahora sé que no, que prefiero ver el cielo desde abajo, y tomar una foto innecesaria más con la pobre cámara del teléfono, para recordar este atardecer, solo porque pasó un avión de esos que hacía mucho que no veía.

¿Por qué me parece que hace tanto tiempo ya, desde la última vez que vi uno de esos aviones?

Me preocupa pensar que yo, que colecciono fotos de nubes, esté mirando poco para arriba.

viernes

Desde arriba


Quizás sea solo una idea, impuesta por el peso de tanto tiempo escuchando teorías algo paranoicas. O, a lo mejor, es la vieja educación religiosa asomando a través de la niebla de la lógica.

(Esa confusa e inevitable sensación de que nunca estamos realmente solos...)

Lo confieso, a veces siento que alguien me mira desde arriba.


domingo

La construcción inconclusa.


Era una casa pequeña, modesta, agradable. Un día, llegaron camiones con arena, ladrillos, bolsas de cal y cemento, que hábiles obreros comenzaron a apilar, no solo a los costados de la casa pequeña, construyendo habitaciones, sino también alzando un primer piso, con grandes ventanas y llamativos aleros.

La pequeña casa iba camino a transformarse en una mansión, que alguien diseñó primero en su mente (¿pensó grandes salones, jardines de invierno, recovecos y pasillos?) y ahora dibujaba en la realidad, en su propio hogar, con demasiada hambre.

Porque de un día para otro, los obreros desaparecieron, dejando su tarea inconclusa. El primer piso quedó sin techo, hay columnas que sostienen la nada y nuevas ventanas como simples bocas abiertas por las que se puede ver el cielo. Una montañita de arena tiene al menos la satisfacción de saber que niños juegan en ella, remedando una playa, una sierra, un mundo de juguete.

Hace años que la casa permanece así, inconclusa. Algo salió mal. Me pregunto que será. ¿Solo la economía traicionó a quien ansió esa casa enorme? La idea de la amplitud, del tamaño como sinónimo de éxito siempre me molestó, y ese lugar me hace pensar en ello, prejuzgando, obviamente, porque no conozco las intenciones de quien deseó que su casa fuera tan grande que ni siquiera pudo terminarla. A mí, que me gustan los rincones pequeños, me sorprende quien ansía una casa tan enorme.

Estos días dieron en televisión la tetralogía "El oro del Rin" de Richard Wagner. Siempre me resultó curioso pensar (a mi modo, poco serio) que Wotan, el rey de los dioses, se meta en tantos problemas para construir el inmenso Valhalla, que contrate a los gigantes, que se niegue a pagarles lo prometido, que tenga que robar el oro, solo por poseer un castillo inmenso. Definitivamente, eran Dioses que merecían el ocaso (cuando Wotan le pregunta a Loge, el dios del fuego, como conseguir el oro, Loge responde: "¡Robándolo! Se le roba al ladrón lo que el ladrón robó. ¿Acaso hay otra manera más simple de conseguir propiedades?")

En este caso, este "dios" barrial, no pudo terminar su castillo y quedó allí, triste estructura sin alma, mientras que antes era pequeña y hermosa. Algún día, seguramente alguien terminará la construcción. O derrumbará las paredes inconclusas y alzará otras. No hay Valhalla que evite eso.

viernes

Los libros usados.




Una vez compré un libro usado que en las páginas del medio tenía arena. Como estábamos en marzo, imaginé que ese libro había viajado acompañando a alguien en sus vacaciones y el viento del mar había escondido parte de la playa, para que yo la encontrara en esas páginas. Pero quizás había estado en un arenero, mucho más cerca, en una plaza... O en una obra en construcción, quien sabe.

Otra vez encontré un pétalo. Y otra una receta de un médico (un antihistamínico, este no fue un hallazgo muy romántico).

Me gusta leer los nombres de los desconocidos dueños previos en las primeras páginas y las confusas anotaciones que se hacen al margen. Recuerdo signos de pregunta, admiración y aclaraciones. He visto hasta números de teléfono que alguien anotó apurado en un rincón en blanco y que espero haya pasado a una agenda adecuada antes de desprenderse del libro.

Recuerdo un libro al que su dueño anterior (casi, casi seguro que fue una mujer) se había tomado el trabajo de dibujar corazones rodeando todos los números de las páginas. Pequeños corazones de tinta azul en cada hoja (era un libro de Julia Prilutzky Farny).

Porque me gustan todos los libros, pero los usados tienen algo más, una historia extra, no solo la que cuentan, sino la que vivieron, las hojas algo ajadas, con los bordes doblados marcando momentos. Hasta es lindo encontrarlos, amontonados en rincones olvidados de las librerías, dejados de lado por las brillantes tapas de los nuevos y es un placer revolver en esos rincones oscuros y encontrar tesoros que quien sabe por qué, otra persona prefirió descartar.

Y en mis manos agradecidas, renacen.

miércoles

Juegos (6)




Si subimos a la calesita, si nos hamacamos un rato, si en el arenero construimos un castillo algo endeble que desaparecerá bajo las pisadas de los otros, es evidente que estamos jugando, aunque nunca lo hayamos puesto en palabras... Ya se, ya se, las palabras hacen falta. Pero se enredaron en las ramas del árbol que resiste el frío.

¿Era más fácil antes, cuando la pregunta estaba allí, tan clara? ("¿jugás?" sin dudas ni temores, todos iguales trepándonos al tobogán).

Quizás era así porque todos los riesgos se reducían a una rodilla raspada en una mala caída...

Ahora las heridas pueden ser más profundas... O creemos eso y en realidad, nada es peor que una rodilla raspada.

Hay nubes invernales en la plaza. Recuerdo un día de sol, recuerdo un verano.

"¿Jugás?" y cinco minutos después, compartíamos la plaza y caramelos. Todo debería ser así de simple, siempre...

domingo

Diario de una mujer a la que nunca le pasa nada: Romance (5)



Hay días (muy pocos) en los que quiero mudarme a las páginas de un libro de Jane Austin o Charlotte Brontë.

Si alguien que me conoce escuchara esto, probablemente se sorprendería. Tengo fama de no ser una persona muy romántica y me he burlado de algunas descripciones de los romances anhelados por muchos, del mismo modo que he hecho conocer mi opinión negativa sobre la mayoría de las comedias románticas o telenovelas, en las que a mi gusto se destroza la visión del amor en una sucesión de escenas tontas. Y el amor puede ser muchas cosas, pero nunca puede ser tonto.

Todo este pensar y repensar el amor, comenzó cuando me di cuenta de que no podía calcular cuantas veces leí Orgullo y Prejuicio (ni cuantas veces vi la película Orgullo y Prejuicio) o Jane Eyre (libro, películas, miniseries...) y me pregunté si eso me transformaba, aunque yo no quisiera, en alguien romántico. ¿La cantidad de libros leídos de Jane Austin o Charlote Brontë impacta en el índice de romanticismo de quien los lee? ¿Alguien que no es romántico puede disfrutar de Cumbres Borrascosas? Es más, ¿puede alguien autodenominarse romántico si no leyó al menos un libro de las dos autoras nombradas?

Lo más increíble de todo este desvarío es que no creo que me sintiera demasiado impresionada en la vida real por uno de esos caballeros que habitan la literatura (excepto Mr Rochester, él está fuera de toda discusión) y gestos exageradamente románticos nunca han sido esperados por mí de parte de mi hombre ideal. Me gustaría ir a París para conocer el Louvre, por ejemplo, pero la idea de la propuesta de matrimonio en la Torre Eiffel o cualquier otro sitio de esa ciudad símbolo del amor, me resulta absurda. Y en realidad, no tengo que ir tan lejos como París para descartar de mi vida imágenes que nos enseñaron desde siempre a reconocer como románticas: nunca escribí mi nombre y el de mi amor en medio de un corazón en el tronco de un árbol, por ejemplo, ni hice el amor rodeada de flores y velas, ni en la playa a la luz de la luna, y no es algo que me moleste, al contrario, porque toda esa iconografía es, a mi gusto, falsa.

Porque el gesto romántico, debe ser eso, un gesto, algo personal, no prefabricado, ni heredado o impuesto. ¿Hay algo menos romántico que San Valentín? ¿Recibir un regalo ese día específico es lo que las mujeres esperan? ¿Qué hay de romántico en festejar un aniversario? La rosa única e inesperada es romántica, no el ramo en un cumpleaños. Todo lo otro es agradable, en el mejor de los casos, pero se hace porque se debe hacer, porque sino el romance parece inexistente, cuando en realidad, el romance comienza a existir en el impulso inevitable, no en la copia.

Afortunadamente, estos breves diálogos prueban el nivel de romanticismo de mi vida cotidiana cuando cierro las tapas de los libros:

yo: Creo que somos almas gemelas.
él: No son ni primas lejanas nuestras almas.

yo: Tengo suerte de tenerte.
él: Pero la suerte de todos siempre cambia.

Algunos días, sin embargo, me gustaría mudarme a las páginas de un libro de Jane Austin o Charlotte Brontë.