La mujer sola (II)


Desde niña quería ser una mariposa. Lloró cuando su madre le dijo que las mariposas vivían solo días. "¿Todas morirán pronto?"

Aleteaba con las manos, corría por el patio sacudiéndolas, buscando que al menos ellas recordaran las alas brillantes y naranjas, que conservaran los sueños de volar intactos. Ella no lo sabía, pero mientras fuera niña, la muerte sería algo fatal e irremediable, pero lejano. Todos los días asomarían mariposas a su jardín: otras, pero no lo sabría, entonces todas las mariposas podían ser la misma ante sus ojos y su afecto.

 Al crecer, las mariposas morirían o se irían una a una y cada partida sería irremediable, y las mariposas que llegaran no podrían suplir a las anteriores, y cada desaparición sería peor, más dolorosa, más cruel e increíblemente, a pesar de ya no ser niños, más incomprensible. 

5 comentarios:

  1. A veces no comprendo porque lo bello debe durar tan poco.
    Antes coleccionaba imágenes con mariposas. Ya no. Ahora trato de disfrutarlas más cuando las veo.
    Hay tantas mariposas sobre tus palabras y no mueren.
    Abrazos preciosa.
    G

    ResponderEliminar
  2. Después dejan de doler las desapariciones.
    Se aceptan como el aire que respiramos.
    Y uno se prepara para la propia.

    Besos.

    ResponderEliminar
  3. Tanta vida en tan poco tiempo… las mariposas no viven para desencantarse, por eso guardan tanto color a través de las generaciones.

    Un beso grande,
    D.

    ResponderEliminar
  4. El tiempo vuela. Quizá los dos días de una mariposa sean tan intensos como cincuenta años nuestros. ¡A saber...!
    No puedes ser un gatito, porque en esa época no habían gatos allá y ya he tenido que hacer dos concesiones al respecto. Piensa en otro animal, lugar o cosa. Besos.

    ResponderEliminar
  5. La belleza de lo efímero se amalgama en tu relato, me encantó. El final: un lujo.

    Jeve y Ruma

    ResponderEliminar