Piedra


De entre todos los monstruos que habitan el barrio, hay uno especial. No es un monstruo agresivo. Es feo, eso sí, como debe ser todo monstruo que se precie de serlo.

Desde hace mucho tiempo, durante todo el día, no se mueve ni un centímetro del lugar en el que se sienta a la mañana, mirando hacia el oeste, con ojos perdidos en el horizonte. No los desvía nunca. Su rostro tampoco muestra ningún sentimiento ni deseo. Parece de piedra. Quizás lo sea, nunca me animé a tocarlo.

Pero es esa petrificada actitud de observar un punto perdido en el espacio, la que me movió a confesarle cada detalle de mi vida. Muchos días me senté a su lado y le conté mis pensamientos, mis dudas, mis temores. El jamás me dio a entender que estuviera oyéndome o que le interesara nada de lo que digo. Nunca me miró.

De a poco, muchos acudieron al sitio en donde mi monstruo observaba la nada con su rostro de piedra, y también relataron sus problemas, le pidieron ayuda (que jamás fue concedida) o inclusive confesaron frente a él los más crueles errores cometidos.

Al ver eso, me alejé. Prefería la soledad que ya no teníamos, esa soledad en la que yo hablaba y él no oía.

Sin embargo, a veces, lo extraño, y desde lejos, ya sin acercarme porque los otros construyeron a su alrededor un templo para protegerlo, intento adivinar que es lo que él mira en el oeste del horizonte, y de nuevo me siento cerca.

Noche en palabras


Quise hacer perfecta una noche.
Y lo conseguí solo con palabras.

Somos las palabras con que curamos las heridas.

Soy la que mira a Buenos Aires
a través de la ventana.

Y todas las noches fueron y son
esa única noche que dibujé
en el silencio de letras atrapadas.

Seré la que sepa que ninguna noche es eterna.
Y la que siempre lo dice con palabras.

La tormenta


Creí escapar de la tormenta.
Pero hoy vi hojas secas
y cansadas del calor cobrar vida,
en un usual milagro cotidiano.

Y la dura caricia del viento,
arremolinándose en las esquinas,
bailando con papeles y bolsas vacías.

Amo esa magia, ese vivir sin vida,
ese estar tan atado al viento...

¿De dónde nace el temor a la tormenta?
¿De dónde nace el temor a lo inevitable?

Se escuchan risas disfrazadas
de suspiros y ráfagas de lluvia.
Ya no me engañan.
Entiendo el idioma de la gota y de la brisa.
La tormenta se burla sin disimulo,
de quienes creen posible
escapar al viento.

El hombre devorado


Cruzaba la calle, evitando autos y evitando peatones (como pensaba que era la única forma posible de andar tranquilo por el mundo), cuando el ser lo alcanzó y comenzó a devorarlo. Lo atacó sin decir una sola palabra, la forma más despiadada de atacar. Uno espera que quien lo devora, diga algo, que explique su acción. No fue el caso. Él fue derribado de un golpe, sorpresivamente, obligado a caer en el asfalto, junto al cordón de la vereda. Se escuchaban las bocinas de los automóviles pero no sonaban en su defensa: simplemente expresaban el rechazo a que el tránsito fuera interrumpido por algo tan nimio como un hombre siendo devorado. Unos pocos peatones detuvieron apenas el paso para observar, frunciendo el entrecejo con curiosidad y algo de asco. Comentaron entre ellos lo que veían y seguro lo comentarían en sus casas, ni bien entraran en el hogar cálido y fueran recibidos con un beso sedoso: "Vimos a un hombre ser devorado, en el medio de la calle". Que terrible, dirían, que mundo en el que vivimos, que espanto. "¿Cómo describirían su muerte?", se alcanzó a preguntar el hombre, antes de que el ser comiera su cabeza.

El final de la escalera



Hace ya mucho tiempo que subo esta escalera. Durante los primeros días no era extraño porque aún recordaba a donde quería llegar. Ahora lo olvidé, así que subo porque es lo que debo hacer. A veces estoy tan cansada que me arrastro por los escalones y los subo por inercia. Pero no puedo detenerme. No sería justo. Alguien debe esperarme en el sitio al que voy. Es obvio, sino, ¿por qué subiría? Ya olvidé quien es, pero eso no es excusa para abandonar mi tarea.
Cada tanto me empujan y caigo. No me quejo, pero me molesta cuando en la caída resbalo algunos escalones y debo volver a subirlos. Hacer dos veces lo mismo, sobre todo en una acción tan repetitiva como subir por una escalera, es muy molesto.
Me gustaría saber cuánto falta para llegar. Me gustaría en algún momento ver el final del recorrido. Pero supongo que eso es pedirle demasiado a algo tan inerte como una escalera. Dudo mucho que ella sepa cuál es el final de sí misma, ni si existe ese final que todos creen estar buscando. Yo no sé cual es mi final. Yo no sé si el final de la escalera existe.

Romance perfecto



Ella dijo que soñaba con él, mientras barría las hojas secas del patio. Sabía que iba a llegar algún día.
Me pregunto si lo habrá reconocido cuando sus caminos se cruzaron. Probablemente no: lo que soñamos y lo que vemos cuando el sueño se hace realidad, no es igual. Y las similitudes debemos ir encontrándolas, o tallándolas en la vida real.
Quizás, más adelante, ella habrá sabido que lo reconoció al verlo, porque muchas veces necesitamos tiempo para comprender que sabemos algo.
Ella dijo que no fue amor a primera vista. Y no creía en el amor a primera vista.
El sí decía que había sido amor a primera vista. Pero creía en el amor a primera vista.
Así que podríamos decir que fue un romance perfecto.

Vicio



Me pesan los años de estar con él y de no estar con él,
como me pesan los atardeceres no vistos.

Me deshojé tantos otoños,
agoté tantas riberas esperando esa única ola.

Ahora esperar lo que no sé si quiero es un vicio más,
uno más, que deberá ser satisfecho o abandonado
antes de que me alcance la niebla.

El ídolo real


Frente a los ojos atónitos y las bocas abiertas de los fieles devotos, León, usando una simple piedra como martillo, rompió con poco elegantes pero minuciosos golpes la estatua del ídolo. Las dos piedras chocaban haciendo sonar una extraña música que hacía volar por los aires astillas y pedazos de un ojo, de un ala, de un diente divino. Los presentes estaban horrorizados, observando como su Dios iba cambiando de forma con cada mazazo, pero nadie se atrevía a intervenir en el ataque porque la estatua se encontraba en el sector prohibido para los fieles, así que fueron los tres sacerdotes solos quienes consiguieron sostener al atacante, no antes de que la imagen quedara seriamente dañada. León era conocido como el más leal de los seguidores del Dios y la actitud sorprendió e indignó a todos. Mientras lo arrastraban fuera del templo, él gritaba:
- Para que algo sea real debe poder romperse...

Mariposas

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¡No te estoy siguiendo! No es mi culpa que vayas delante de mí, al mismo lugar al que deseo ir yo, y que ese lugar sea, simplemente, el lugar al que decidas ir.

Divagues de un día en solitario


Como todo solitario que no sabe estar tan solo, espero el regreso de quien se va.
No me gusta esperar, pero espero.
Espero el fin de semana y la llegada de los lunes.
Espero la llegada de las frutillas y de los jazmines.
Espero el siguiente minuto, y fielmente, lo dejo pasar.
Esa es la regla, la ley que no debe romperse: debemos dejar que lo que esperamos se vaya, porque todo lo que vale la pena esperar debe ser libre de irse para volver.

La niña frente al puente

Hay una edad en la que somos niños pero no lo sabemos con certeza. Hoy sé que era niña. ¿Se puede ser demasiado niño? ¿Se puede ser demasiado adulto?

(¿Se puede ser demasiado de cualquier cosa si eso es lo que, simplemente, somos?)

No estoy disculpándome, solo digo que en ese momento yo, al menos, era una niña, pero jugaba a ser adulta, por eso cruzaba los puentes sin pensar si era seguro o si era lo correcto. Porque solo una niña cree que para actuar como adulto debe cruzar los puentes sin temer ni dudar.

Las decisiones importantes las tomaba a oscuras (creía, también, que hay que apagar las luces para no ser cegados por ellas y de ese modo evitar equivocarnos), y estaba orgullosa de pensarme adulta y al mismo tiempo esconder en el bolsillo un chupetín de naranja.

No me arrepiento, sea como sea, el puente fue cruzado, encontré un mundo del otro lado y fue la decisión correcta. Ahora debo decidir, frente a otro puente. En la oscuridad busco a la niña, para que me ayude.

Miradas




En algunas noches de sueños intactos,
la oscuridad tiembla y sangra.

Y mis manos dibujan palabras
que nadie lee en la niebla.

Dejé mi alma junto al libro abierto,
en una página ajada de flores secas.

Y aún no encuentro las palabras justas,
para expresar lo no dicho.

Debería hablar de miradas, de esperas,
de noches y de flores secas.

De bosques no vistos, de pájaros azules,
de lluvias demasiado tenues.

Y no dije nada, y lo dije todo,
y ahora falta que veas mi mirada.

Torres y viento



Me gustan los mundos de torres añejas,
y de ladrillos gastados seducidos por el viento.

El mundo no debería tener puertas,
tan inseguras al estar cerradas.

Ni ventanas mirando a los ojos ausentes.

Sueños en pasado imperfecto.


El bar era oscuro y hacía calor. No sé cuanta gente habría a mi alrededor, sentados frente a diminutas mesas con vasos y tazas sobre ellas. Los veía a través de la niebla del humo de cigarros, o eso creía, porque ahora, que estoy despierta, pienso que quizás la niebla era solo parte de la puesta en escena del sueño. La lógica de los sueños y la de la realidad no es tan diferente, los diferentes son los materiales con los que trabajamos en el sueño y en la vida real. En el sueño no era extraña la niebla dentro del bar, pero tuve que estar despierta para saber que no era extraña. Yo solo estaba atenta a la música que sonaba. Duke Ellington, en el piano, vestido de blanco, con un sombrero blanco echado hacia atrás, tocaba la música más bella posible.
Pero entonces, la música comenzó a cambiar y de repente, reconocí Penny Lane. Miré a mi alrededor, esperando que alguien más notara que eso no era correcto. ¿Por qué estaba ese joven Duke Ellington tocando una canción de los Beatles? Pero nadie lo notó, obviamente. Muchas de las sombras detrás de la niebla, no parecían ni siquiera oír la música. Solo yo estaba despierta. El resto actuaba, pero parecían dormidos.
Me quedé sentada un rato más, escuchando la extraña versión de una canción sonando en un pasado en el que aún no existía, en un sueño que ocurría en el futuro, que era mi presente...


La multitud y la lluvia



Ayer había sol y pensé: mañana va a llover. La lluvia era inevitable.

En la primaria aprendimos que el 25 de Mayo de 1810 llovía. Después, ya más grande, leí que no era verdad, que solo estaba nublado. Yo sigo prefiriendo la imagen de la lluvia sobre las personas reunidas frente al Cabildo. Gente que en vez de quedarse en sus casas tomando chocolate caliente, salió a la calle a hacerse oír.

El tiempo actuando sobre la historia es muy extraño. Crea lluvias y después las borra. Lo más probable es que algún día un nuevo historiador diga que realmente llovió el 25 de Mayo.

Más adelante se van a escribir libros de historia sobre todas las lluvias que cayeron sobre gente en la calle. Más adelante intentarán explicar por que las personas se quedan bajo la lluvia gritando, llorando, rezando, cantando.

Más adelante, no importa lo que se diga. Hoy la lluvia y la multitud en la calle fueron verdad.

(foto tomada de acá)

Palabras


En esta orilla solitaria,
frente a un mar que se disfraza
de horizonte y de infinito,
tu voz deja caer palabras,
como gotas cálidas
que hacen retroceder
al engaño del hielo.


(pintura: "Monje a la orilla del mar" Caspar David Friedrich)

El puente


Si bien nadie lo decía, porque era evidente que alguien lo había construido, todos sentían que el puente siempre había estado allí. Algunos abuelos recordaban viejas historias sobre el pueblo antes del puente, pero como no eran interesantes, nunca las contaban.

Cada tanto una cuadrilla de trabajadores llegaba y reparaba los daños del tiempo. Se iban en su lenta camioneta, cruzando el puente recién reparado, y perdiéndose en una nube de polvo en el horizonte.

El puente no era particularmente bello, ni largo. Los niños lo cruzaban corriendo, porque parecía muy firme y no infundía temor. Era útil, natural en el paisaje por su persistencia en estar allí y nadie le daba importancia.

Como siempre pasa, fue durante una fuerte tormenta que lo que parecía irrompible, se rompió. Al calmarse los fuertes vientos y cesar la lluvia, en el pueblo contaron a los habitantes para estar seguros de que el derrumbe no había arrastrado a alguien con él. Todos estaban a salvo, y se festejó la noticia. Después, los habitantes se acercaron tímidos al borde del puente que ya no existía y por primera vez notaron, en forma consciente y absoluta, el abismo.

Infancia

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Pequeñas manos que olvidaron
la niñez en un rincón,
despierten para disfrazarse de alas.

La bruja, en el bosque encantado,
tiñó de gris al arco iris.
Pero ahora está distraída,
y toma un té entre las margaritas.

Busquemos los colores,
ignoremos la distancia,
pero necesito tus manos
disfrazadas de alas.

El arco iris merece brillar esta mañana.

El don


Esta mañana desperté y descubrí que tengo una nueva habilidad, o don, no se como llamarlo: siguiendo con mis dedos el contorno de las cosas, puedo borrarlas.

Borré mi taza de café. Me costó desdibujar las ondas de humo en el aire, pero lo conseguí después de un rato. Al terminar, descubrí que el perfume persiste. Borré los leños de la estufa: el fuego lo dejé calentando la habitación.

Borré las cortinas que no me permitían ver el jardín. Podría haberlas corrido, igual que todas las mañanas, pero como todo juguete nuevo, me emocionaba usarlo. También borré una mesa que me estorbaba el paso y la cama, porque no tenía ganas de tenderla. Ya veré en donde duermo esta noche.

Borré algunas hojas de un árbol en mi jardín. En forma aleatoria: una acá, otra por allá... las nervaduras, la superficie verde fresca y por último la savia interna. Solo unas pocas, porque de repente, se me ocurrió que si seguía borrando brotes podría borrar la primavera.

Me pregunto hasta donde llegará el poder de esta habilidad. ¿Y si no fuera un don? Eso me preocupa. Podría borrar solo cosas feas, pero... ¿cómo se si esas cosas malas no son necesarias para un futuro bueno?

Muchos pensamientos y dudas aparecen en mi cabeza. Confío bastante en mí misma, pero hay mañanas en las que no estoy de buen humor... ¿Y si no puedo controlarme y borro el sol? Si lo hago, ¿solo lo borraré ese día y un sol nuevo saldrá a la mañana siguiente? ¿Cómo saberlo? Me juro que nunca borraré el sol, por más malhumorada que me despierte. Tampoco la luna.

Quizás no debería borrar nada. Pienso en algo que parece absolutamente innecesario: esa manzana podrida, por ejemplo, puede alimentar a un gusano.

Es imposible que yo decida que debe ser borrado.

Esto no es un don. Solo es algo molesto y peligroso. Ojalá pudiera borrarlo.

El mundo medido

Han medido de manera precisa los contornos del rostro, cuerpo y alma. Los cálculos avalan sus decisiones, los números cierran: la mayoría no entra dentro de los límites de lo correcto. No necesitan oír los pensamientos, ni perder el tiempo discutiendo con alguien que no responde a las confusas normas que hacen (dicen ellos) a la sociedad un lugar mejor y seguro. Midieron el mundo y decidieron que fuera pequeño, hostil y frío. Midieron la normalidad y la decidieron diminuta.
Fuera de ese mundo hay un bosque inmenso. Nadie nos dijo que ese bosque está fuera de sus fronteras pero, ¿de qué forma podrían ellos hacer que algo tan grande entrara en su mundo pequeño? Se escucha el viento en las ramas de los árboles. Hay caminos que jamás fueron pisados. Debemos alejarnos de las herramientas con las que calculan si somos o no aptos. En el bosque nuestros colores ya no importan, o mejor dicho, son tan importantes que todos brillan. Todo es mejor ahora. No tenemos que pensar en venganzas. El castigo de los que calculan es permanecer en su mundo medido.


(La foto la saqué de una revista National Geographic dedicada a la segunda guerra mundial. Daría más detalles, pero después de escanear la imagen, no sé en donde guardé la revista. Cuando buscando otra cosa la encuentre, seguro va a pasar así, completo los datos)

El tiempo


El tiempo esculpió en la piedra,
un barco hundido,
un árbol seco,
una mano extendida,
un ave prehistórica,
un arcón vacío.

Las ocultas figuras en la piedra,
los secretos, las verdades,
todo lo oculto aparece
gracias al tiempo.

Y también es verdad lo opuesto:
el tesoro de los piratas,
no fue escondido en la tierra,
se escondió en el tiempo.
El faro no se hundió en el mar,
despareció en las horas
que dibujaron siglos.

El tiempo muestra y oculta,
como arena en el viento.


(foto: Annais)

El cuarto timbre


Al oír el sonido del primer timbre todos debían quedarse inmóviles en el lugar, sin importar lo molesta que fuera la situación en la que los encontrara. Se decía que este primer timbre y el tiempo que se mantenían quietos servía para reflexionar. Uno debía mirar sus manos, esas manos que de algún modo no habían hecho lo correcto y observar si estaban manchadas con tierra, pintura o chocolate, o si aún mantenían en ellas el perfume de alguien más. Analizar las manos durante ese instante marcado por el sonido del timbre, era una buena forma de comprender como se perdía el tiempo en vez de hacer lo ordenado. Hacer algo erróneo, decían, implicaba que lo que correcto no era hecho, transformando un pecado en dos.

Luego venía el segundo timbre, agudo, invasivo. Al oírlo, se debía correr hacia el lugar en el que se debía estar: la fila. Como un tercer timbre marcaría el momento en el que se verificaría la posición correcta de cada uno, no había tiempo que perder: todos se chocaban, caían al piso y se ponían de pie, desesperados por llegar, sangrando, tosiendo, secando lágrimas. Lo importante ahora era aparentar no haber salido de la fila, olvidar que se había vislumbrado en las manos sucias una realidad en la que los timbres no regían la vida.

Unos pocos creían que algún día sonaría un cuarto timbre, que los liberaría.




Estatua de sal



Me acurrucaré en mi nuevo
cuerpo de sal.

Orgullosa de haber mirado,
la ciudad juzgada y
castigada por ser libre.

Orgullosa
de mi nueva piel.

Todos huyen de Sodoma.

Con ojos atentos
yo me quedo,
sin desviar la mirada.

Leones


En el sendero de piedra había leones esperando.
Y estabas allí, y eras la presa.

¿Por qué Dios no te da alas en este sueño?

¿Entregarás tu corazón a los leones sin un grito?

Y hasta el final, besando las garras y las heridas,
mantendrás en pie la mentira de la calma.

Silencio



Y aquí estamos, los dos, en esta calle que tropezó de nuevo. En esta vereda que se cubrió de hojas. En este mundo que tembló de frío.

Estás hablando, apilando palabras como si no significaran nada, como si fueran cosas viejas esperando ser arrojadas a la basura. Yo sé que estoy cerrando los ojos para no verlas caer sobre las hojas secas, sobre la vereda que tropezó de nuevo, sobre el mundo que tembló de frío.

Te pedí un momento de silencio, para oír el perfume del café flotando en el día, como un último regalo.

Y me lo concediste.

Nombre escrito


Escribió su nombre en la arena,
en un cuaderno,
en la pared, escondido en un rincón,
en su piel y en su lengua.

En un espejo empañado,
en la nieve.

En la madera de un banco de una plaza,
arrancando astillas
que se clavaron en sus uñas.

En el viento, con palabras.

En las palabras arrojadas al viento.

En una estrella vista una noche,
y no encontrada la noche siguiente.

Lo escribió en el nombre amado, entrelazándolo,
para que fueran uno.

Porque escribiendo su nombre
sentía que besaba el infinito.

El horizonte


Vivimos en un mundo diminuto. Es tan pequeño que, por ejemplo, no tiene horizonte.

En realidad usamos esa palabra porque alguien, alguna vez, contó que existen otros mundos en los que hay espacio suficiente como para que haya horizontes, pero nosotros nunca los vimos.

Quien nos habló del horizonte lo describió como una línea larga que une el cielo con la tierra. Esa explicación nos hizo pensar mucho en el tema. Debatimos durante días la forma y utilidad de los horizontes, hasta que la tía dijo que debían ser como escalas por las que se puede trepar hasta las nubes. Ella siempre encuentra la forma de ver las cosas que no se ven. Le pedí que dibujara uno, porque yo sí necesito ver para entender. Ella accedió (como accede a todos mis pedidos) e hizo un dibujo con lápiz. Lo tengo guardado en el cajón de la mesa de luz y lo miro antes de ir a dormir. Tengo miedo de arruinarlo, porque me gusta seguir los trazos con los dedos e imaginar que subo a una nube. De hacerlo, llevaría a la tía conmigo.

Me gustaría que alguna vez en mi mundo, hubiera espacio como para tener al menos un horizonte.

La carta

Durante días la carta permaneció cerrada. Abrirla solo significaba confirmar lo que ella esperaba que fuera dicho y en ese momento prefería navegar por las conocidas aguas de la incertidumbre.

Pero bastaba cerrar los ojos para ver el sobre, debajo del jarrón con flores secas. No importaba que desviara la vista, o que no estuviera en la casa, la carta parecía seguirla.

La escondió en el libro favorito, pero le dio pena que esas páginas tantas veces leídas quedaran de algún modo mezcladas con la carta y finalmente la dejó en un cajón cualquiera, como si la oscuridad pudiera apagar esas palabras.

Pero eso no era posible. Una madrugada, en la que no podía dormir por el molesto silencio de la verdad encerrada en el cajón, se levantó y la leyó completa, sin derramar ni una lágrima.

Cabizbajos

Foto: Sadness de Diego SCL


Afuera, los seres se persiguen.
La ciudad se empuja a sí misma,
hacia algún horizonte que no mira.
Cabizbaja, se encierra,
en sus murallas de piedra.

Adentro, la mujer espera,
se pinta los labios con una sonrisa,
acuna a un niño, con alas de gaviota,
y cabizbaja se encierra
en sus murallas de piedra.

Reloj de sol


Como estaba nublado, decidió que el tiempo dejaría de existir hasta que el sol saliera e hiciera existir las sombras.

Cuentos antes de dormir.


De todas las leyendas de su gente, los niños preferían la de Atata Tiya una mujer caníbal que atrajo hasta su casa a un niño y a una niña con el deseo de comerlos, deseo que fue frustrado al ser engañada por ellos. Todas las noches, iluminados por la luz de las fogatas, los pequeños reclamaban la historia a los mayores y luego jugaban a que eran los valientes protagonistas y a recrear las aventuras por las que pasaron sus héroes, escapando de la caníbal.

Del otro lado del mar, otros niños, antes de ir a dormir, pedían que les contaran sobre los astutos Hansel y Gretel.

(Cuando escogemos a un enemigo, cuando vestimos al otro de enemigo, ¿no nos estamos transformando solo nosotros en enemigos? ¿Da miedo vernos reflejados en el otro?)

Cómo se hubieran divertido los chicos de ambos lados del mar, escuchando las diferentes versiones del cuento y jugando después todos juntos...




(La leyenda de Atata Tiya pertenece a la cultura de la tribu Wisrhain, de la que no encontré mucha información más que el tema de esa leyenda y que habitaban norteamérica. La foto es de unas niñas Cheyennes.)

(Esto fue publicado en el blog Historias susurradas por imágenes, y algunos lectores ya pueden haberlo leído. Voy a traer a este blog las pocas publicaciones que me gustaron de aquel, así que, paciencia a quienes ya lo leyeron )

(¡Cuántos paréntesis!)

La herida



Hay armas inesperadas
que dejan cicatrices:
atardeceres, amaneceres,
el perfume del café,
una fotografía,
las gotas que nos salpican
al pasar apurados por un charco,
el brillo de la luna,
un jazmín demasiado blanco,
un sol demasiado amarillo...

Acariciamos la cicatriz invisible,
con dedos temerosos.
La detestamos tanto,
que morimos si se desvanece.

No te atrevas a olvidarme,
dijo la lluvia la otra tarde.

Se ve el arma y se ve la herida.
El golpe queda escondido en el aire.



Un hombre en una estación



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Mientras viajaba a encontrarla, mientras recorría la distancia que poco tiempo antes parecía infranqueable, él pensaba en como disfrazar las palabras. No quería mentir, pero la mirada de ella, los labios que siempre sonreían, lo obligaban (sin saberlo), a darle a sus días una importancia que él sentía que no tenían. Le hubiera gustado ser un explorador lleno de anécdotas apasionantes, un artista con premios, una mente brillante de esas que dejan su marca en el mundo. Pero era un hombre más, uno más de los que llegan a la edad en la que saben, sin dudas, que no cumplieron la mayor parte de los sueños de la adolescencia y que ya no los cumplirían.¿Cómo decir frente a alguien como ella: soy solo otro hombre más, ni más ni menos, esperando un tren...? Pero en una estación atestada de gente, sin embargo, entre todos, quizás solo yo, pensaba y se lo diría, voy a ver a la mujer de mis sueños, esa que no creía que existiera. La haría reír, o le recitaría un poema. O mejor aún, haría las dos cosas.


La escoba

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¿Hay una bruja en mi barrio que no sabe estacionar?
¿Un ama de casa inició una huelga de escobas caídas?
¿El barrendero se cansó de que los árboles no respeten su trabajo y suelten las hojas justo después de su paso?

Más nubes



¿Las nubes son una cosa o son muchas? ¿Son solitarias o gregarias?
Son de agua, son de viento. Se ven macizas, pero son inasibles.

Miro a través de la ventana. Hoy no hay nubes. El cielo está hermoso, brillante, límpido, pero siento que le falta algo. Una nube, una sola, cambiando, siendo primero un conejito, después un barrilete, después solo un jirón blanco, permitiéndole al viento opinar sobre su forma, y aceptando su destino de cambiante nube.


Desde abajo

Es el atardecer. Un atardecer de invierno que no parece invierno.

Yo iba, sin mirar a mi alrededor, a un lugar más de los que se va sin pensar en hacerlo, simplemente repitiendo el ir de tantas veces. Pero el atardecer tiene la astucia para convencernos de mirar hacia el oeste. Tiene colores. Es de colores. Vive en colores.

Pasa un avión que dibuja una estela blanca en el cielo. Me fascinaba ver esos aviones cuando era niña. Pensaba que quería volar en uno de ellos. Ahora sé que no, que prefiero ver el cielo desde abajo, y tomar una foto innecesaria más con la pobre cámara del teléfono, para recordar este atardecer, solo porque pasó un avión de esos que hacía mucho que no veía.

¿Por qué me parece que hace tanto tiempo ya, desde la última vez que vi uno de esos aviones?

Me preocupa pensar que yo, que colecciono fotos de nubes, esté mirando poco para arriba.

Desde arriba


Quizás sea solo una idea, impuesta por el peso de tanto tiempo escuchando teorías algo paranoicas. O, a lo mejor, es la vieja educación religiosa asomando a través de la niebla de la lógica.

(Esa confusa e inevitable sensación de que nunca estamos realmente solos...)

Lo confieso, a veces siento que alguien me mira desde arriba.


Jaulas


A veces deseamos ser invisibles,
Ser de niebla.

Una sustancia etérea,
tenue, un perfume.
La humedad en la piel,
pero no la piel,
solo el calor transformado
en vapor translúcido.

Pero negar el cuerpo es ansiar
una vida sin sentir una caricia,
sin sentir la fuerza del abrazo,
el pinchazo profundo
del golpe de estar vivos.

Y no me atrevo a rechazar
el querer y complacer,
el acariciar la sombra
de la cicatriz, de la herida.

Somos inevitablemente la jaula y el ave.

La construcción inconclusa.


Era una casa pequeña, modesta, agradable. Un día, llegaron camiones con arena, ladrillos, bolsas de cal y cemento, que hábiles obreros comenzaron a apilar, no solo a los costados de la casa pequeña, construyendo habitaciones, sino también alzando un primer piso, con grandes ventanas y llamativos aleros.

La pequeña casa iba camino a transformarse en una mansión, que alguien diseñó primero en su mente (¿pensó grandes salones, jardines de invierno, recovecos y pasillos?) y ahora dibujaba en la realidad, en su propio hogar, con demasiada hambre.

Porque de un día para otro, los obreros desaparecieron, dejando su tarea inconclusa. El primer piso quedó sin techo, hay columnas que sostienen la nada y nuevas ventanas como simples bocas abiertas por las que se puede ver el cielo. Una montañita de arena tiene al menos la satisfacción de saber que niños juegan en ella, remedando una playa, una sierra, un mundo de juguete.

Hace años que la casa permanece así, inconclusa. Algo salió mal. Me pregunto que será. ¿Solo la economía traicionó a quien ansió esa casa enorme? La idea de la amplitud, del tamaño como sinónimo de éxito siempre me molestó, y ese lugar me hace pensar en ello, prejuzgando, obviamente, porque no conozco las intenciones de quien deseó que su casa fuera tan grande que ni siquiera pudo terminarla. A mí, que me gustan los rincones pequeños, me sorprende quien ansía una casa tan enorme.

Estos días dieron en televisión la tetralogía "El oro del Rin" de Richard Wagner. Siempre me resultó curioso pensar (a mi modo, poco serio) que Wotan, el rey de los dioses, se meta en tantos problemas para construir el inmenso Valhalla, que contrate a los gigantes, que se niegue a pagarles lo prometido, que tenga que robar el oro, solo por poseer un castillo inmenso. Definitivamente, eran Dioses que merecían el ocaso (cuando Wotan le pregunta a Loge, el dios del fuego, como conseguir el oro, Loge responde: "¡Robándolo! Se le roba al ladrón lo que el ladrón robó. ¿Acaso hay otra manera más simple de conseguir propiedades?")

En este caso, este "dios" barrial, no pudo terminar su castillo y quedó allí, triste estructura sin alma, mientras que antes era pequeña y hermosa. Algún día, seguramente alguien terminará la construcción. O derrumbará las paredes inconclusas y alzará otras. No hay Valhalla que evite eso.

Agua


Debo transformarme en agua.

Como el mar,
que desea ser solo una gota.

Fluir, una vez más.

Agotar las posibilidades de la lágrima.

Permitirle a la nube ser tormenta,
agua y viento, lluvia y cascada.

Y por fin, ser charco inmenso de tanto reflejar el cielo.

Los libros usados.




Una vez compré un libro usado que en las páginas del medio tenía arena. Como estábamos en marzo, imaginé que ese libro había viajado acompañando a alguien en sus vacaciones y el viento del mar había escondido parte de la playa, para que yo la encontrara en esas páginas. Pero quizás había estado en un arenero, mucho más cerca, en una plaza... O en una obra en construcción, quien sabe.

Otra vez encontré un pétalo. Y otra una receta de un médico (un antihistamínico, este no fue un hallazgo muy romántico).

Me gusta leer los nombres de los desconocidos dueños previos en las primeras páginas y las confusas anotaciones que se hacen al margen. Recuerdo signos de pregunta, admiración y aclaraciones. He visto hasta números de teléfono que alguien anotó apurado en un rincón en blanco y que espero haya pasado a una agenda adecuada antes de desprenderse del libro.

Recuerdo un libro al que su dueño anterior (casi, casi seguro que fue una mujer) se había tomado el trabajo de dibujar corazones rodeando todos los números de las páginas. Pequeños corazones de tinta azul en cada hoja (era un libro de Julia Prilutzky Farny).

Porque me gustan todos los libros, pero los usados tienen algo más, una historia extra, no solo la que cuentan, sino la que vivieron, las hojas algo ajadas, con los bordes doblados marcando momentos. Hasta es lindo encontrarlos, amontonados en rincones olvidados de las librerías, dejados de lado por las brillantes tapas de los nuevos y es un placer revolver en esos rincones oscuros y encontrar tesoros que quien sabe por qué, otra persona prefirió descartar.

Y en mis manos agradecidas, renacen.

Rosas y semillas


En el mundo hay rosas y semillas.
Las rosas saben que son rosas y habitan su mundo de pétalos sin preguntas.
Las semillas sospechan que deben transformarse en pan. Pero no saben cómo, ni por qué, ni si lo desean realmente.

La casa en sueños


Sueño con una casa. Al despertar la recuerdo con detalle. No sé si podría recordar con tanto detalle la casa que habito en la realidad. Recuerdo rajaduras en las paredes y los nudos de la madera en las vigas del techo. Recuerdo una cortina blanca, una tela de araña en un rincón y un cuadro azul colgado en la pared. Hay perfume a rosas y a chocolate. Escucho la música de un piano detrás de una puerta entornada. Sé que conozco esa casa desconocida. En el sueño intento ver a través de la ventana sabiendo que quizás así podría regresar a ella, reconociendo los alrededores. Debo ver el camino para recorrerlo de nuevo, definitivamente. Hay un pueblo, una ciudad, un mundo que la esconde de mis ojos despiertos. Sospecho que alguien me espera allí. La niebla habitual me impide ver el paisaje. No sé en donde está. Creo que está perdida para siempre, y la extraño.

Vida con pájaros



Cuando tenga que irme,
arrastraré los jirones
de algunos cuentos conmigo.

Porque no tengo demasiado equipaje:
nunca tuve los bolsillos pesados.
Eso es algo que me gusta:
que no haya monedas escondidas
en rincones tenebrosos.

Tengo recuerdos de aves sin jaulas
y de nieve esperada que nunca llega.

Y piedras con musgo, y césped.

Por eso me gusta esta tierra de pétalos
en la que no hay que dar órdenes:
tierra de iguales mirándose a los ojos.

Pájaros, volando libres.


foto: Francis Capote, Pájaros en Aguilar de la frontera.

El paraíso perdido


La mujer extendió hacia Adán la perfumada fruta. El, indignado, rechazó la propuesta y fue a denunciar a la tentadora, obediente, a Dios. Eva fue echada del paraíso, con sonar de trompetas y un baile en el cielo, porque ella, la mujer débil seducida por la serpiente, había sido vencida. Adán, orgulloso de ser el hijo perfecto, recibió todo el afecto de su creador.

Las condiciones afuera del Paraíso eran difíciles. Eva murió, sola, al poco tiempo. Un par de años más tarde también murió Adán, triste, cansado, extrañando algo que no podía saber bien que era, porque intuía que jamás lo había tenido, pero ansiándolo igual, con un hambre y una sed absolutas.

La serpiente, esa tarde, encontró a Dios observando el bellísimo y solitario paraíso.
- Tengo que empezar con esto de la humanidad de nuevo - dijo el Creador, pensativo.
- Sí - respondió la serpiente. -No importa de que árbol coman, no los separemos esta vez, a ver qué pasa.

pintura: Wenzel Peter (Karlsbad 1745 - Rome 1829) Adam and Eve in the Garden of Eden
oil on canvas cm. 336 x 247