Ocultos

Ocultarse es un arte. No basta con esconderse en un recoveco del mundo. O huir a tierras lejanas. Los que se ocultan lo saben bien, porque desde el principio de los tiempos lo vienen haciendo.
Se hereda ese don, o ese gusto (puede ser, como todas, una decisión arbitraria que no guarda relación con ningún temor o pecado) y se va perfeccionando con años y años de ocultamiento.
Uno se esconde en una selva, otros prefieren desiertos con piedras desgastadas por la arena, otros escogen ciudades grises. Algunos se ocultan en sus casas, otros en oficinas llenas de papeles, alguno en un patio de césped recién cortado. Las posibilidades son muchas y pueden ser escogidas según la edad y el humor.
Yo me he ocultado en varios sitios, algunos efectivos, otros, no tanto. Pero sigo prefiriendo para esconderme esas islas a la vista de todos, que nadie mira.

Noche estrellada


Toca con tus dedos de escultor la noche,
y dale forma.
Libera de estrellas rotas el cielo,
que amanece demasiado tarde.

Porque ya no hay tiempo
para recuperar el tiempo perdido.
Pero podemos esculpir hoy,
las figuras de noches pasadas.

Podemos creer que las estrellas
realmente son eternas.
¿A quién podría molestarle
un sueño tan inocente?

¿Quién podría adueñarse
del tiempo que brillan las estrellas?
Dibujemos lo que queramos
en las ruinas de la noche.


La actriz vieja


Era vieja. Y ya no podía hacer nada para ocultarlo, porque no se trataba de arrugas o tetas caídas, sino de algo más profundo, algo irreparable.

No estaba vieja. No se sentía vieja. Era vieja. Hay una gran diferencia entre estar algo y ser algo. Uno puede pasar rápidamente de un estado a otro. Los estados son siempre momentáneos. Uno puede sentirse diferente, por ejemplo, después de una noche de sueño reparador, pero uno no puede dejar de ser lo que es. Podemos, por supuesto, transformarnos en algo nuevo, gracias a la infinita maleabilidad con la que se nos ha conformado, pero todo lo que llegamos a ser lo mantendremos con nosotros, como una base para construir encima nuestro nuevo ser. Al llegar a ser vieja, eso se mantendría para siempre. Sería una vieja agradable, una vieja simpática, una vieja de mierda. Una vieja bien conservada, una vieja hermosa, una vieja que no muestra la edad: pero sería vieja.

Desde hacía un tiempo, al subir al escenario, notaba que todo la reflejaba, como si el mundo entero estuviera formado de espejos. Y la imagen devuelta en esos reflejos, era la de una anciana. No, anciana no, se corregía a sí misma. La palabra anciano tiene algo que nos hace pensar en sabiduría, conocimiento, como de ruinas escondidas y olvidadas en una frondosa jungla. Ella no se sentía sabia, solo vieja. Repararía los daños físicos con bisturí y costosas cremas. Iría más horas al gimnasio. Iniciaría dietas reparadoras... Pero allí estaría la vieja asomándose por cualquier grieta.

Arrastrando el peso de la decrepitud por las escaleras que la llevarían al escenario, llamó por teléfono celular a su cirujano plástico. Después al psicólogo. Por último a su madre. Debía recordarle que no pensaba festejar su cumpleaños número treinta.

La muerte prohibida


Todos le tememos, en mayor o menor medida a la muerte. ¿Qué clase de seres no temerían el perder lo conocido, lo cercano, las luces habituales, las sombras amigas y hasta los imprevistos pero lógicos encuentros en las esquinas?

Fue esa la razón por la cual Edgardo se alegró al principio, al comprender que no podía morir.

En realidad, él suponía que no era inmortal, porque cuando se lastimaba sangraba y tardaba en cicatrizar como todo el mundo: indudablemente era mortal, pero después de varios intentos de suicidios fallidos, comprendió que la muerte, para él, al menos en esos momentos, le estaba prohibida.

Se arrojó desde el balcón del departamento de su abuela, en un quinto piso, y las ramas de un árbol detuvieron la caída transformándola en un ridículo gag, como de comedia física. Solo se quebró una pierna. El caso tuvo cierta cobertura periodística. Algunos quizás aún lo recuerdan. El dijo que se había caído y le creyeron.

Unos días más tarde decidió arrojarse bajo un tren. Un accidente varias estaciones antes, detuvo el servicio tantas horas que Edgardo se aburrió de esperar y regresó a su casa, resignándose a continuar viviendo un tiempo más. El arma con la que decidió acabar con su existencia se negó a funcionar y después de un largo rato intentando repararla la arrojó a la basura furioso.

Analizando el tema del sangrado, pensó que cortarse las venas era una forma factible de conseguir su objetivo, pero un familiar lo encontró en medio del asunto y fue internado en un hospital, para ser atendido por un reconocido psiquiatra. Fue en ese tiempo de reclusión que él comprendió que no era lógico que todo intento de suicidio por una razón u otra fallara, había algo interesante de analizar en eso, pero no con el psiquiatra, sino solo, en las largas noches aburridas del hospital, rodeado de los locos que comprendían lentamente, como él mismo (un normal loco más), que la vida no era tan simple como los no locos la creían. Honestamente, de tanto intentar morir, Edgardo hasta había olvidado las razones para desear matarse. Quizá no fueran tan importantes, después de todo.

Esa idea de inmortalidad falsa le dio ánimos un tiempo. El psiquiatra atribuyó a su tratamiento el optimismo que súbitamente inundó a su paciente, pero Edgardo sabía que no había tenido nada que ver, era solo el entusiasmo de buscar una explicación a lo que le sucedía.

Como un experimento, al salir del hospital, Edgardo cruzaba mal las calles y los autos se detenían chocando inclusive entre ellos pero sin rozarlo. Las macetas que caían de los balcones rompían las leyes físicas para desviarse de su curso y no impactarle en la cabeza. Era fascinante vivir de ese modo.

Pero con el paso del tiempo, el optimismo se desvaneció y la muerte pasó a ser un trofeo inalcanzable. Aunque no la deseemos, la posibilidad de la muerte, debe existir. Debe ser posible morir.

Edgardo se preguntaba: ¿por qué el destino conspiraba para impedir que cruzara esa barrera? ¿Qué maleficio lo ataba al mundo? Los demás morían con tanta facilidad: ancianos, niños, hombres, mujeres, muchos lamentando ese suceso, llorando, gimiendo, todos mostrando lo frágil que era la existencia humana, lo fácil que se cerraba la puerta de la vida pero no para él.

Estaba atado al mundo. Estaba empantanado en el mundo.

¿Y si había un Dios mirándolo, y lo estaba castigando por los intentos de suicidio, por el desprecio velado al regalo de la vida? Era ridículo ir a rezar para que le devolvieran la posibilidad de morir y al mismo tiempo jurarle a Dios o a quien fuera que no se la quitaría, que esperaría pacientemente el momento señalado por el destino.

Y así, entonces, siguió Edgardo viviendo (¿era eso lo que deseaba al final, era su falsa inmortalidad la excusa para no morir, para atarse a la vida?), preguntándose si alguna vez, de casualidad, aunque fuera, moriría al fin.

Momentos: el teléfono celular



Ella vestía una pollera azul y una camisa blanca, típico uniforme de alguna oficina. Llevaba el cabello atado en una prolija colita y estaba maquillada con esmero.

Caminaba por el andén con lánguida elegancia, mirando a su alrededor con ansiedad y preocupación.

De repente, encontró lo que buscaba: alzó la mano, se quitó los anteojos oscuros, y sin esperar a que el hombre se acercara lo suficiente, gritó, demasiado enojada como para notar que no estaban solos, o demasiado enojada como para que le importara:

- ¿Se puede saber por qué no atendés el teléfono? ¿En dónde estabas, hijo de puta?

El joven se detuvo, probablemente él sí consciente de que todo el andén usaba la escena montada para amenizar la espera matutina del tren, e intentó defenderse del ataque alzando el celular, como un pequeño escudo, o como el símbolo del problema entre ambos y tartamudeó:

- Lo que pasa es que estaba desayunando... Y el teléfono estaba en la mochila... Y se trabó el cierre... Y yo quería abrirla pero no podía, no podía...

Mientras tomaba el tren, yo pensaba: ¿Cómo hubiera sido escrita la primera línea de Rayuela en estas épocas del celular? "¿Atendería su teléfono la Maga?"

Amor lejano


Su amor parecía soportarlo todo.
La guerra los había separado, y sin embargo, el amor se hacía cada vez más fuerte.
Las mareas, el viento, la lluvia, los enemigos monstruosos que se interponían le daban más valor. Lo intensificaban.

Huyendo de la muerte, él pensaba en ella, y soñaba con estar a su lado. Ella brillaba en su memoria, perfecta y suave. No había otro paraíso.

Esperándolo, ella pensaba en él, y soñaba con su regreso. El era perfecto en su valor, en su amor detallado en las cartas aladas, que cruzaban distancias inabarcables solo para unir a los amantes.

Hasta el infierno tiene un final y ese lo tuvo. Llegó la paz y ellos finalmente se reencontraron.
Durante días festejaron la victoria de amarse.

Pero la verdad es que también los festejos tienen un final. Y un día, tan parecido a los otros (pero infinitamente distinto), ellos comprendieron, asustados, que por primera vez debían mirarse a la cara.

Cosas perdidas


La billetera, dos veces. Una vez creo que se cayó en el tren (o alguien con mucha habilidad decidió llevársela), la otra vez la dejé apoyada sobre un teléfono público. Esa segunda vez dentro de la billetera estaba mi documento de identidad y fotos y una pequeña misiva romántica, cuya pérdida me hizo sentir muy triste. Aunque más triste me hicieron sentir luego los trámites que tuve que hacer para conseguir el duplicado del documento (no hay nada más molesto que perder cosas que te obligan a realizar trámites para subsanar la pérdida, por ejemplo, y también me ha pasado, perder papeles, facturas, etc)

Tantos paraguas que ya no podría decir el número. Siempre creen que exagero, pero es cierta la anécdota que relato cuando alguien me recomienda llevar paraguas: cuando estaba en la secundaria, una monja se acercó a devolverme uno que acababa de encontrar (que no era mío en esa oportunidad), suponiendo que me pertenecía, por la cantidad de veces que había ido a retirar a secretaría los paraguas que olvidaba en distintos lugares del colegio. Es inútil que use paraguas, voy a perderlos, o el viento va a volarlos, o quien sabe que va a ocurrirles. Soy incompatible con los paraguas.

Un par de libros (ay, que dolor), un perfume (creo que lo dejé en un baño público). Olvidé los cosméticos en el baño del gimnasio (regresé casi de inmediato pero ya no estaba, sé quien se los llevó, pero preferí no acusarla).

Perdí las llaves de mi casa, al menos una vez. Esa vez lamenté la pérdida del llavero (me caía muy bien mi llavero).

Un sweter que me encantaba. Un par de bufandas. Guantes, siempre de a uno. Aros, la misma modalidad.

Perdí dos anillos la misma semana. Consideré eso un augurio, o algo así, porque los perdí en un lugar del que sabía que tenía que irme y no me decidía. No sé que tiene que ver, pero recuerdo haber pensado eso.

Y hasta ahora es solo un recuento de "cosas". Tangibles, tocables, palpables. He perdido poemas, cuentos, una novela completa cuando se me rompió una computadora (¿ustedes sabían que hay que hacer copias de los archivos de las computadoras? yo también, pero no lo hice). Igual no era buena.

He perdido la paciencia, el buen humor, la tranquilidad... Pero todo eso lo pierdo y me las arreglo para recuperarlo lo antes posible, así que... ¿lo pierdo realmente?

Se pierde el tiempo. Se pierden los ideales (¿se los cambia por algunos nuevos y relucientes?). Se pierde la memoria.

Amistades, amores... Hasta los enemigos se pierden: en la distancia, en el tiempo.

Se pierde el horizonte, la brújula. La fe.

Todo el tiempo estamos perdiendo cosas. Tendríamos que acostumbrarnos.

Más sobre el tiempo...



Por más que suene a frase de ancianos, debo decirla igual: tiempo, era el de antes. Antes duraba más, no se magullaba tanto, no se arruinaba por cualquier cosa, como todas las cosas nuevas fabricadas para romperse enseguida.
El tiempo, ahora, sencillamente, desaparece.
Sin ir más lejos, descubrí que "algo", probablemente uno de los monstruos de los que alguna vez he hablado, se come las horas del reloj de mi cocina, que es el único que funciona correctamente en mi casa.
Son las tres de la tarde, decido hacer algo, hago otra cosa que tenía pendiente, no tardo más de cinco minutos, vuelvo a mirar la hora, y son las cinco de la tarde... Me distraigo, siguiendo extrañas pisadas hacia el reloj, y alcanzo a ver la sombra brillante del monstruo que mastica las (para él) sabrosas horas. Justo las que yo necesitaba.
Ahora ya llego tarde a donde debía ir.
Mejor no hago nada.

El y ella


Todas las mañanas él la saludaba al cruzarla en la calle.
El elegante sombrero dibujaba un arco en el aire, dejando durante ese instante a la vista del mundo el cabello cortado con cuidado.
El extendía la mano y en ese precioso momento, ella sentía que aprisionaba con firmeza su pequeña mano desvalida y se sentía segura.
El hablaba. Decía: "¿Cómo está? Hermosa mañana" sin que esa frase dependiera del clima.Y sonreía. Ella imaginaba que la hermosa mañana dependía de ese encuentro.
Con la excusa de que iba al trabajo, él se alejaba rápidamente.
Se habían conocido una tarde. El fue el que dijo que se cruzaban casi todas las mañanas. Ella dijo que si, que era verdad. Habían cruzado el abismo de ser dos desconocidos y eso la emocionaba. Desde la mañana siguiente podrían saludarse, escudados en esa presentación oficial en la fiesta de un amigo de ambos.
Ella ya había imaginado una historia con él. Una casa, un jardín, hijos. Lo había imaginado en ese tiempo de silenciosos cruces en la calle. Lo había imaginado sin saber si él ya habitaba otro universo, con esposa, hijos y un gato. Lo había imaginado solamente porque él parecía tímido y bueno y porque cerraba los ojos con un gracioso gesto cuando el sol matutino traspasaba las ramas de los árboles.
Todas las mañanas ahora ella buscaba excusas para continuar el diálogo. Ir robándole más tiempo, más minutos, más respuestas. Seguir hablando del clima, de la primavera, de las nubes redondeadas y de los pajaritos en los árboles. Agregar temas, agregar excusas. Enumerar las actividades del día. Lamentar resfríos, recomendar remedios caseros.
Cada mañana despertaba una nueva esperanza.

Los lágalos


Cuando mi hija tenía dos años, apareció el primer lágalo en su vida. Lo encontramos una de esas mañanas en las que los monstruos se hacen visibles en los rincones del día. Estaba acurrucado en una esquina del techo, en la parte sombreada de la habitación. No sé si Flor se asustó en el primer momento en que lo vio, o si el lágalo dijo algo que la molestó, pero para cuando llegué después del primer grito a auxiliarla, ya estaba asustada.
- ¡Bicho, bicho, bicho!! - gritaba señalando al lágalo que fingió no escucharla, haciéndose el interesante y moviendo apenas una alita negra.
- Es un murciélago - dije. Como no me gusta la idea de que los niños le teman a algo tan natural como un murciélago (ni a nada impuesto por mí, ya tendría tiempo de asustarse sola de tantas cosas) me fingí tranquila mientras la sacaba a las corridas del dormitorio y cerraba la puerta. No era miedo. Sencillamente no comparto mi espacio vital y menos el de mi hija con murciélagos (pobres bichos, no tienen la culpa de ser tan feos y de contagiar la rabia y no sé cuantas enfermedades más)... Y también era un poco de miedo.
- ¿Qué es un lágalo? - preguntó Flor.
Yo tardé en responder. Debía aceptar la terrible realidad de que tenía una habitación menos en mi ya minúsculo departamento, al menos hasta que encontrara a alguien que convenciera al bicho, perdón, murciélago, perdón, lágalo, de que debía abandonar su nuevo refugio. La verdad, ya había decidido que si no conseguía a nadie para que hablara con la criatura sobre la mala idea de permanecer en mi hogar, le dejaría a él la habitación sin cobrarle alquiler ni nada. No parecía tener un peso el pobre murciélago.
Faltaban un par de horas para que mi caballero llegara del trabajo y como no me gustaba molestar a los vecinos por una tontería, decidí esperarlo y que él enfrentara al invasor. Flor se mostraba algo asustada pero también muy curiosa por el extraño visitante. Un rato más tarde recordó que su muñeco favorito había quedado en el sector prohibido (al menos por un rato), del departamento. ¿Comería el lágalo ositos de peluche?
Para divertirla (y para que no me pidiera que fuera a buscar al osito), le conté la verdadera historia de los lágalos. Le dije que no son feos porque sí. En realidad, hace muchos, muchísimos años, cuando aún había dragones y hadas en todas las esquinas, los lágalos eran impresionantemente bellos. Tanto, que nadie resistía el deseo de poseer uno. Todas las personas en la antigüedad querían un lágalo de mascota. Muchos los trataban bien, pero otros los ataban para no perderlos, los metían en pequeñas jaulas y hasta en cajas con agujeritos. Los reyes y reinas llegaban a tener cientos, todos en jaulas de oro, vestidos con pesados trajes con perlas. Los lágalos sufrían mucho y llegaron a detestar su belleza. Como son muy inteligentes también, fabricaron esos trajes negros que aún usan hoy en día (no, Flor, no, de ninguna manera podemos sacarle su disfraz, porque es su decisión usarlo y sería una falta de respeto intentar quitarselo) evitando que su belleza ciegue a las personas, haciendo que vuelvan a esclavizarlos, privándolos de, por ejemplo, hacer lo que más les gusta, que es volar tranquilamente y a veces dormir un rato en un rincón del techo del dormitorio de una pequeña niña.
Finalmente el portero se encargó del lágalo (no aguanté hasta el horario de llegada de mi marido, y no sé que método usó para reconquistar la habitación tomada, pero lo hizo rápidamente; también me dijo que varios departamentos habían sido invadidos y que pronto iban a venir unos expertos al edificio).
Mientras el portero se iba, mi hija le dijo que si se le había caído su disfraz, por más hermoso que fuera el lágalo, lo dejara irse igual, porque a ellos les gusta mucho volar libres. En voz baja tuve que contarle acerca del cuento que había inventado, y el hombre se debe haber ido más convencido que nunca de que yo era demasiado joven para educar a una niña.
Más adelante, seguí inventando para Flor cuentos con lágalos (los lágalos se transformaron en los héroes y caballeros de los cuentos que le inventaba) pero por suerte, lágalos de verdad, no volvimos a ver demasiado cerca.

Caminos dormidos


¿Cómo sobrevivimos a despertar todas las mañanas?

No somos los mismos los que enfrentamos los sueños que quienes somos despiertos.

No dominamos ningún mundo en realidad. Somos siempre barcos a la deriva, pero despiertos creemos que el timón nos obedece, y en sueños somos conscientes de los solos que estamos frente al océano.

Y cruzamos el puente entre ambos mundos, todas las mañanas y todas las noches. ¿Cómo lo hacemos? ¿Cuánta confianza tenemos en que todo lo que dejamos en ambos universos siga allí hasta que regresemos? ¿Cómo sobrevivimos a esa experiencia?

Dicen que la mejor prueba de confianza en otra persona es dormir a su lado. Somos vulnerables dormidos. Dejamos nuestras armas bajo la almohada. O junto a la cama, porque no podemos dormir armados.

Y a su vez, dormidos somos inalcanzables. Nadie puede tocar mis sueños. Son solo míos. Puedo relatarlos, describirlos, intentar entenderlos, pero nadie más puede verlos.

Cruzamos eternamente a solas esos caminos dormidos. Y despertamos y a veces sentimos alivio, pero muchas otras nostalgia por esas imágenes que se pierden ni bien abrimos los ojos.

Vencidos.


Hemos perdido. ¿Cómo sucedió? No lo sabemos, pero sí conocemos, no solo la derrota a la que fuimos sometidos, sino también los dolorosos castigos que se aproximan.
Intentando escapar buscamos las últimas excusas. Los vencedores no las aceptan. Buscamos entonces un vestido que nos disfrace como ellos, intentando pasar desapercibidos. En realidad, por fuera, somos parecidos. Nos repetimos esa verdad frente al espejo, maquillamos la derrota con una buena sombra para ojos y nos calzamos los tacos más altos.
Fingimos, dentro de lo posible, ser los otros. Pero la verdad asoma cuando más necesitamos que no nos vean. En sí, todo se reduce a eso, a que no nos vean.
De repente estamos rodeados. Ellos, que deben ocultar, en favor de su propia ideología vencedora la alegría de habernos vencido, aparentan ser felices de vernos. Dicen elegantes frases de bienvenida, fingen sorprenderse (gratamente, dicen) de que hayamos llegado, nos señalan, anunciándole a los otros nuestra presencia...
Nosotros, los solitarios, los huraños, los tímidos, subyugados entonces por la obligación de ser sociales, nos sentamos en un rincón, aclaramos que ni en pedo vamos a leer en voz alta, no, un poema corto tampoco, no, no hace falta que me presentes a nadie, estoy bien así, seguí con lo tuyo, andá tranquila, no tengo idea de quien es José, hola Pedro, que tal María, hola Ernesto, mucho gusto, sí, soy un poco tímida, bueno, está bien, soy muy tímida, no, no necesito ir al psicólogo por eso, estoy bien así, gracias, hasta luego...
E intentamos sobrevivir una reunión social más, para regresar casi indemnes a nuestra oscura torre.

El mismo poema


A veces siento que una y otra vez
escribo el mismo poema.

¿Y si siempre decimos lo mismo con distintas palabras?
Como si hubiéramos nacido para decir una sola cosa...

Seguimos describiendo el camino de la misma manera,
pasamos por las mismas esquinas,
admiramos las mismas piedras.

Yo escucho las mismas voces,
y corto las mismas flores.

Regreso siempre al mismo punto...
Solo recuerdo los mismos momentos...
y no me quejo.

La niña diosa


Como todos los atardeceres, la niña diosa fue encendiendo una a una las estrellas. Pero esa noche, distraída, jugando con las luciérnagas, olvidó encender una.
Los hombres, que miraban el cielo, notaron el suceso y ahora lo informaban alarmados al resto de la humanidad, haciendo extrañas conjeturas.
Dios padre tuvo que retar a la niña, aunque no quisiera. Ella debía ser muy cuidadosa, porque los hombres solían hacer enormes escándalos, por más trivial que fuera el incidente en el cielo.

Amarillo



"Es una hermosa camisa color maíz".
O "mirá esa remera color limón".
En todo el diálogo que tuve con una fabricante de ropa, ella ni una sola vez nombró al amarillo. Encontraba otras alternativas que consideraba más ¿elegantes? más... ¿descriptivas?, dando innecesarias vueltas.
No adivino aún cuál es el problema con el amarillo. No me parece mal encontrar una palabra para describir los matices de un color, pero que por esos matices se descarte el color es ridículo. No entiendo por qué alguien debe dar vueltas para no pronunciar una palabra, o no utilizarla cuando es necesario hacerlo, como si hubiera algo malo en ella.




(No puedo parar de escuchar esta canción. Hay altas posibilidades de que todo esto sea una excusa para postearla)

Suerte

Solo le faltaba la escalera para ganar la generala.
Dijo:
- Vas a ver que sale servida.

Sacudió el cubilete, riéndose con la arrogancia de quien tiene toda la suerte del mundo a su favor, dejó caer los dados con suavidad y ahí estaba: escalera servida.

¿Qué es más poderosa, la suerte o la casualidad?

Un golpeteo menos del cubilete, un poco de fuerza más, un giro de la muñeca, y los dados hubieran caído de otra forma.

¿Leyes físicas, geométricas, matemáticas se ponen en juego para que me destrocen en la generala?

¿O es la suerte otra ley más en el universo, una que creemos arbitraria y caótica, pero no lo es?

El desierto y la lluvia

Aquí, en el desierto, nada es más cercano que la lluvia. Pensamos en ella, hablamos de ella...
Nada está más presente ni es más real. Vivimos para ansiarla, para extrañarla.
Porque vivimos con lo que no tenemos. Vivimos con las ausencias.

Frutos


Buscamos en el bosque un fruto específico. Pero en ese bosque no crece el árbol que da esos frutos. Entonces nos enojamos con el bosque entero.
Lo tachamos en nuestro mapa y no queremos visitarlo más.
Queremos hasta olvidar que el bosque existe.
No vemos más los árboles llenos de muchos frutos distintos, porque no encontramos ese, el único que creíamos que nos gustaba.
No es culpa del bosque entonces, viajero.
Solo tenés un gusto demasiado limitado.

Explicaciones


Para explicar algo complicado o prácticamente inexplicable solo debemos tironear los jirones de la explicación más cercana, darle un par de cachetazos, sacudirle el polvo sobrante acumulado después de tanto tiempo sin usarla (o no, podemos usar una explicación nueva, pero las mejores explicaciones para explicar lo practicamente inexplicable son las que en su momento no nos sirvieron y quedaron ahí, y las buscamos ya medio desesperados, rezando para que nos sirvan) y simplemente, extenderla sobre la mesa, arrugando apenas las partes menos creíbles para que no se vean claramente.

Que quede claro que una explicación tironeada no es una explicación falsa. Es... es... bueno, eso, una explicación tironeada, pero válida. Depende del que pide la explicación creerla o no. Pero eso es otro tema.

Ahora, ¿cómo explicar lo fácilmente explicable, lo sobreentendido, lo obvio? Si debemos tomarnos el tiempo en explicar lo que se sobreentiende, algo está fallando.

Porque va más allá de que algo sea o no lógico. Lo ilógico puede ser obvio según el contexto. ¿Qué busca quién pide explicaciones de algo obvio?

Y entonces creo que hay que tener cuidado con sobreexplicar las cosas obvias, porque lo sobreexplicado puede transformarse en algo inexplicable debido al uso desmedido de una explicación pedida pero innecesaria.

Como las palabras. Cuando se las usa demasiado, hasta pierden sentido.

Dialogo escuchado por ahí.


Caminaba delante de mi. Yo iba a hacer compras al supermercado, temprano en la mañana del domingo (bueno, bastante temprano, serían las nueve y media; como no me gusta comprar cuando hay mucha gente, si tengo que hacer compras un domingo, cosa que evito casi siempre, soy capaz de levantarme un poco antes, ¡inclusive un domingo!, solo para salir medio dormida a la calle, y llegar al supermercado antes de que se amontone la gente en las góndolas).

Ella no sé a donde iría. Quizá fuera como yo, una histérica evitando multitudes. Era una linda mañana. La calle estaba solitaria. Ella no debía tener más de cincuenta años, usaba un bastón pero caminaba bastante rápido y llevaba de la correa un pequeño perrito blanco, no sé que raza, es un detalle que no me importa, pero bueno, como para que se den una idea, de esos peluditos que caminan tan rápido que apenas se les ven las patitas. Mientras caminaba, ella decía:

"Esto no puede ser, ¿cuántas veces tengo que decirte que hay que mirar a los dos lados de la calle antes de cruzar? No podés lanzarte así nomás en las esquinas, tené cuidado, es una vergüenza, ya no sos un bebé".

Me pareció tan divertida la forma en que ella le hablaba a su perrito que ni bien llegué a casa, le conté esta anécdota a Pancha, mi perra. También le pareció muy divertida.

El camino equivocado


En la bifurcación de los caminos, unas personas le advirtieron que ese, el que estaba por tomar, no era el camino correcto. El, con un poco de arrogancia y bastante indiferencia, navegó en sus recuerdos, y se convenció de que sí lo era. Hacía años desde la última vez que lo había recorrido, pero ignorando los consejos, avanzó seguro internándose en el bosque.

Hay ciertos tramos en que todos los caminos se parecen. Es justamente el tramo necesario para que perderse sea un enorme disgusto. Para cuando notamos que el que transitamos no es el camino correcto, regresar al punto en el que nos equivocamos es una distancia tan larga y es tanto el tiempo que nos llevaría, que creemos que nos conviene buscar uno alternativo.

El lo comprendió, casi sorprendido. Se había equivocado. Se detuvo y miró a su alrededor, quejándose furioso. No había nadie cerca. Era el típico sendero de tierra apisonada que se transformaba en pantano cuando llovía y que excepto en épocas de mucha sequía siempre tenía traicioneros charcos, protegidos por los altos árboles. El camino era tan parecido a cualquier otro, que en realidad fue por instinto que supo que se había perdido.

Quizás más adelante hubiera otro camino, pensó. Uno que lo llevara en forma directa al lugar al que debía ir. Un sendero lateral, un atajo... ¿Cómo saberlo? ¿O debía retroceder y tomar el correcto, ese cuya única ventaja con respecto a este camino, era que él lo conocía previamente? De algún modo deseaba seguir adelante en esa misma ruta y buscaba excusas que lo convencieran de no regresar.

El error tiene la seducción de lo inesperado. Nadie planea equivocarse. Nadie organiza su vida para cometer un error, a menos que creamos que eso, de algún modo, será para nosotros más valioso que la acción correcta o adecuada y en tal caso, ¿es esa acción un error?. El, por ejemplo, se consoló pensando que de otro modo no hubiera llegado a ese lugar que ahora, que lo miraba detenidamente, era bellísimo.

Lentamente la furia comenzaba a disiparse y podía admirar el lugar. Los árboles, el mismo camino, los aromas, todo estaba dibujado en forma tan elegante, tan delicada y a su vez, tan salvaje, que por un instante olvidó totalmente que estaba transitando un camino equivocado. El lugar era perfecto, con esa fraternal perfección cercana, que podemos asir sin demasiadas pretenciones, sin futuros reclamos. Una perfección real y posible, en nada parecida a esa falsa perfección celestial que desde chicos nos enseñan a admirar.

Y a su vez, él sabía que lo que estaba viendo, lo había visto mil veces antes, sin notarlo. Por algo había dejado de lado los consejos habituales, y ahora sentía que el error era un milagro que lo liberaba de la obligación del camino correcto, de la obligación de llegar a la meta, transformándose el camino en sí mismo en el objetivo a alcanzar, el camino incorrecto tranformándose bajo sus pies en el símbolo de una nueva vida.

Elogio al fracaso


Cuando escribió su obra maestra "Elogio al fracaso" y tuvo un éxito rotundo, el autor, que había mantenido con persistente tenacidad su rol de "artista serio" por el constante evadir el triunfo, se encerró en su mansión (la que compró con la fortuna que ganó con "Elogio al fracaso") para no escuchar los halagos de los críticos que hablaban extasiados de la calidad literaria de la obra y se dedicó a encontrar una forma de explicarse a sí mismo la ironía del destino.

Momentos


Es una plaza con viejas hamacas rotas. El arco de caños en donde cuelgan, con apariencia de abandonadas, es de color verde sucio, con zonas descascaradas en donde se ve el óxido carcomiéndolo. Las cadenas, gruesas y también oxidadas, sirven de juego a chicos que las escalan gritando.

Algunas mujeres acortan distancia entre sus hogares y el supermercado, cruzando los senderos grises, o directamente, los caminos de tierra formados por la insistencia de los pasos que se negaron a usar las veredas. Dos mujeres caminan juntas. Hablan fuerte y se ríen. Una dice: "Por suerte ayer discutí con mi marido, así que hoy me hago la ofendida y no cocino".

Una sola pareja se besa en un banco. Eso es extraño, casi todos los bancos suelen estar ocupados por parejas encerradas en sus mundos. Hoy no. Una chica corre, acompañada por su perrito. Otra pasea empujando el cochecito de su bebé.

Es la hora en que las horas ya pesan en los hombros. No necesariamente es cansancio. Es otra sensación. Creo que tiene más que ver con el agobio de no poder escapar a seguir cumpliendo el ciclo.

El día se toma el tiempo necesario para irse. Incluso lo piensa dos veces. Por momentos parece cambiar de idea y los rayos del sol recobran la fuerza de las horas previas, pero es solo un instante, una resistencia inútil, porque entonces se siente la brisa del atardecer y las madres corren a los niños que escapan, sospechando que el horario de juegos termina. Y se escucha: "Cinco minutos y vamos a casa". Los juegos se aceleran, empujados por el cielo que se oscurece y los niños fingen no oír, ni a las madres, ni al día que se despide, finalmente, con la sencilla suavidad que agradezco siempre.

Alfil


Estaba orgulloso de su coraje a la hora de enfrentar la partida. Miraba el tablero con tranquila arrogancia. El sabía qué hacer. No le temía a los oponentes, porque era astuto y cada paso que daba estaba previamente analizado, y mentalmente adelantaba sus propias futuras jugadas y las del otro también, con confianza y optimismo.
No siempre ganaba (es ridículo desear eso), pero hasta en las derrotas podía disfrutar del juego. Le gustaba ser un alfil, tan pequeño, tan poderoso.
Y mientras la mano (que se obligaba a ignorar), lo hacía volar sobre el tablero de un escaque a otro, seguía felicitándose por escoger esa casilla, para continuar dichoso convenciéndose de que era él quien dominaba el juego.

Mundo amado


Cuando uno ama, ama el mundo completo del otro.
Ama los dos soles de contradictorios atardeceres, las cuatro lunas, las planicies y las infranqueables montañas. Ama el mágico lago escondido del que no se nos informa el camino, los bosques perfumados y los volcanes que explotan en los momentos menos pensados.
Ama, inclusive, los imponentes monumentos, las estatuas, las inevitables creaciones de quienes habitaron ese mundo en el pasado.
¿Por qué entonces, un tiempo más tarde, deseamos modificar tanto ese mundo? No hablo de pequeños detalles que lo mejoran, un camino, un huerto, un rosal en la entrada... ¿por qué destruir ciudades o talar antiguos árboles que probablemente nunca más crezcan?

La fiera


Ambos podían olerse. La fiera y el cazador se observaron, entre las ramas del bosque, esperando el momento justo.

La fiera había robado ganado del pueblo cercano. Tenía hambre. Sus crías tenían hambre. Antes, había otros animales para comer; pero el pueblo crecía y acaparaba el territorio de caza, y las presas, y el ganado, con un hambre voraz que el exceso de comida al que se entregaba no alcanzaba a disminuir. Cuánto más comía, más hambre tenía. La fiera no lo entendía. Alguna vez había intentado pensar en ello, en las mesas siempre llenas de comidas, en la injusticia de su vagar con la panza vacía, pero el hambre sincera no le permitió pensar demasiado. Había olvidado, de hecho, que podía pensar, reduciéndose toda su vida, cada día de su vida, a desear la comida y a conseguirla.

Atacó al fácil ganado una y otra vez y los hombres del pueblo se indignaron y temieron. Unos pocos propusieron devolverle a la fiera territorio de caza, pero la mayoría se enfureció. Si le daban algo, pronto reclamaría más. Ellos, que sí tenían la panza llena, no querían pensar demasiado. La existencia misma de la fiera los llenaba de temor, porque había muchas fieras con hambre. Ellos sabían que les habían quitado la comida de la boca y una fiera con hambre era peligrosa.

Llamaron entonces al mejor cazador y le pidieron que la matara. Señalaron a los niños y a las mujeres y dijeron que la fiera los amenazaba. Les era más fácil mandar a matar diciendo que la víctima (que no querían ver como víctima) era diferente, que merecía morir, que era culpable, cruel, sucia y maloliente y que era cuestión de tiempo que los matara a ellos. Al cazador las excusas no le importaban, porque sabía que eran mentira y de todos modos, él mataba a quién le dijeran, mientras le pagaran, pero aceptó oírlas, porque entendió que las excusas eran dichas para el pueblo mismo y formaba parte de su rol de cazador el fingir creer esas mentiras.

El pueblo esperó ansioso el regreso del cazador. Al ordenar esa muerte acorralaban a la fiera y si no moría, su guerra se volvería aún más salvaje ya que sabría que no había vía de escape. La fiera solo podía matar para no morir.

El cazador jamás volvió.

Ahora todas las sombras escondían a la fiera doblemente traicionada.

Jamás volverían a dormir tranquilos.

Juegos

Cuando nos encontramos solos, realmente solos (lo que sucede poco en las ciudades, claro) podemos jugar a que somos los últimos habitantes del mundo.

No importa cuán terrible sea: nadie va a vivir el fin del mundo. En una de esas paradojas tan bonitas que se dan, cada uno vivirá su propia muerte, no la del mundo.

Así que es factible que alguien sea el último, y quizás tenga un ratito para disfrutar del planeta para él solo.

Yo forzaría la cerradura de una librería y me quedaría leyendo, esperando...
Y primero quizás forzaría la cerradura de una chocolatería...

Tiempo



Todos corren, todos se apuran...
Juegan carreras para ganarle segundos al semáforo.
Se cuelan en las colas de los supermercados.
No se sientan a almorzar, creen que así comen más rápido.

La sociedad no mira con buenos ojos a quienes andan despacio. Vagos. Atorrantes. No tienen aspiraciones. No son ambiciosos. Desperdician la vida mirando pajaritos, sentados en un banco de una plaza...

Los jefes gritan horrorizados cuando creen que un empleado pierde el tiempo (¡yo no tengo tiempo! hay que decirles, ¿cómo voy a perder lo que no tengo?)

El tiempo no nos pertenece. El tiempo es subjetivo. El tiempo se nos ríe en la cara.

El tiempo es oro, dicen... ¿Y a quién podemos comprárselo? ¿Cómo lo envasan? ¿Lo atan con cintas? ¿Le ponen un moño?

Punto final


Intentó escapar del odio, pero no pudo. Más allá de ese sentimiento, no existía nada. Despertaba, trabajaba, comía, paseaba, existía exclusivamente dentro de su odio.
Dentro del insomnio agobiante de su ira, decidió acabar con su sufrimiento de la única manera que le pareció definitiva: hacer desaparecer la causa de su odio.
Debía recorrer un largo camino, pero no le importó la distancia, porque más allá del camino físico, él sentía que hacía demasiado tiempo que se dirigía irrevocablemente hacia ese fin. Como si estuviera escribiendo esa larga oración desde hacía mucho tiempo, y la necesidad de ponerle el punto final fuera la cruz que arrastraba.
Sin despedirse de nadie, en una decisión que para todos sería sorpresiva (porque había ocultado su odio detrás de lo que los demás creían sencillamente una forma de ser adusta), inició el largo viaje.
No miró paisajes. No descubrió belleza en el camino. No observó amaneceres, ni atardeceres. No se permitió amar a nadie. Repetía en su mente las infinitas variaciones que podrían producirse en el encuentro con su enemigo. ¿El lucharía? ¿Cómo sería esa primera mirada entre los dos después de tanto tiempo? ¿Cómo respondería a su inesperada aparición? ¿Estaría solo? Practicaba las palabras que iba a decirle, pero nunca llegaba al final, porque esas últimas eran las que más les costaban. Era demasiado orgulloso como para reconocer que dudaba lo que haría. "Esto se acaba ahora, en este lugar, en este escondite que buscaste escapando de mí. Nunca te dije que te odiaba, y sin embargo, vi en tus ojos esa última vez que nos vimos, que sabías que yo te odiaba."
La humilde casa estaba al final de un camino arbolado. Lejos de las ciudades, lejos del mar, lejos de la nieve, lejos del ruido, lejos de todo. Su enemigo estaba escondiéndose, sabiendo que algún día él lo buscaría. ¿Sería este el lugar más pacífico, más solitario del mundo?
Se dijo que de todos modos, cualquier lugar era bueno para poner el punto final a toda esa historia.
Los ojos del enemigo mostraron miedo, mientras corría a alzar a un niño y le gritaba a una mujer que se lo llevara lejos. El era la causa de ese terror. La causa de los gritos de piedad de la mujer, la causa del llanto del niño. El y su odio que los ahogaba, mientras intentaba explicarle a su enemigo que el camino terminaba allí, en ese lugar, ese día.
- Desde hace mucho ambos sabemos que debíamos terminar con esto - dijo. - El odio es insoportable.
El enemigo dijo:
- Somos hermanos. Yo preferí olvidarlo todo... Te lo dije, te pedí que dejáramos atrás nuestras diferencias...
- Fue fácil para vos- lo interrumpió. - Yo soy quien está en deuda. Nunca hiciste nada malo. Saber que más allá del horizonte hay un inocente a quien le debemos todo, que debería odiarnos y no nos odia es insoportable. No puedo más. Llegué a mi límite. Vengo a pedirte perdón. Vengo a rogar tu perdón.
Y mientras lo decía, la paz del lugar fue más evidente, y vio el paisaje, y los árboles y dejó de ver a su enemigo, para ver a su hermano.

Impresión: amanecer


Hay días que terminan al amanecer, en tardías horas, mientras la gente despierta temprano, ansiosos por comenzar su día, ignorando que hay otros ansiosos de terminarlo.

Islas

Como toda niña, deshojó margaritas, contando los pétalos sin interés en el número. Pero las margaritas del mundo se agotaron sin darle una respuesta.
Entonces deshojó palabras, y luego letra tras letra. Deshojó años, meses, días, horas. Deshojó tormentas y tardes soleadas. Deshojó el espacio, arrojando estrellas frente a sus pies. Esperó al otoño para deshojar al viento de sus hojas secas. Esperó el verano para deshojar largas tardes en la playa. Deshojó su propio cuerpo de las ropas. Y así, desnuda, se encontró sentada en el viejo banco, con la respuesta en sus manos.

Dudas viajeras



Para perderse, creo yo, se debe tener un punto de salida y uno de llegada establecidos, algo mínimamente decidido. Una sospecha de meta. Un camino correcto como para poder tomar otro equivocado.

¿Cómo puede alguien perderse si no sabe a dónde quiere llegar?

Si alguien no sabe a donde va, ¿puede perderse?

Hacia el sur


Decían que hacia el sur, yendo por el camino principal, a unos veinte pasos después de la última cerca, la de la casa del viejo Ignacio, escondido entre las rocas, en la ladera escarpada de la montaña a cuya sombra dormitaba el pueblo, había un francotirador, que le disparaba a cualquiera que cruzara el camino.
Era una vieja leyenda, que no sabían cuándo había nacido, porque nadie iba hacia el sur. Los más viejos juraban que cuando eran niños, alguien (no se ponían de acuerdo en quien) había muerto por el ataque del francotirador. Pocos se animaron a remarcar que de ser ciertos los recuerdos, el francotirador debía estar muerto, o ser tan anciano que sería imposible que pudiera cargar su rifle. ¿Para qué discutir con los venerables ancianos? De todos modos, el sur era salvaje y estaba habitado, decían, por gente extraña. No hacía falta ir hacia ese extraño sur, protegido por un francotirador eterno, escondido en la montaña. No hacía falta, y los ojos (a escondidas) se desviaban, ansiando ver esa misteriosa y fascinante tierra. Pero no podían ir, porque por algo nacen las leyendas.

Sombras


Y la sombra se queda atrasada, con sus alas de ángel, recostada sobre la piedra, demasiado fría, oscura y lustrosa, pendiente de la mañana, del sol que no alcanza a calentar las agujas de las horas, el tic tac de los pasos intentando alejarnos, como si la sombra no nos perteneciera, como si fuera un monstruo ansiando nuestra compañía.

Había una vez...


Todos los cuentos, buenos o malos, para niños o para adultos, todos, deberían empezar con la frase: "Había una vez..."
Porque en esas tres palabras, ya está encerrado el futuro de la historia. No estoy por contarte algo que la prima de la hermana de mi vecina le contó (respetables historias nacen de esos chismeríos, ojo) pero si digo: "había una vez", ya sentimos que algo hubo alguna vez, tan real, tan colorido (una bruja en un bosque, una ardilla que hablaba, un rey de los gigantes, una sirena despeinada, un país de chocolate), que mereció ser recordado por siglos y siglos, hasta transformarse en lo más real y absoluto del mundo: un cuento.
Por ejemplo, ¿por qué no contar cuentos con príncipes modernos, esos que hay en cada esquina, utilizando el "había una vez"? "Había una vez un almacenero, que todas las mañanas abría su negocio, recibía a los proveedores, limpiaba las alacenas silbando bajito sus tangos favoritos, atendía a los clientes con una sonrisa brillante y era querido por todos y cada uno de los vecinos del barrio, que sabían que al recurrir a él conseguirían, de necesitarlo, no solo que les fiara las compras hasta que los problemas económicos se solucionaran, sin recibir de su parte nada más que comprensión y nunca una queja o un reclamo, sino también un hombro amigo, una broma que alegrara un día gris y un oído siempre atento". Y allí ya tenemos al innegable héroe de una historia, que merecerá encontrar a su princesa y al genio en la lámpara, y que vencerá a los dragones modernos con la justicia de la mano. "Había una vez" y un héroe, nada más hace falta para encontrar el cuento de cada esquina.

Las presas


El había quedado inmóvil después de la caída, tirado en el piso, cómodo quizá por ausencia de dolor, consciente, sin embargo, de que sus piernas estaban en una posición antinatural, y que varias heridas sangraban sin que pudiera sentirlo.
Los demás estaban muertos. El estaba vivo. El monstruo lo miró sin interés y volvió a su rincón. ¿Era la imposibilidad de huir lo que hacía que el monstruo no se interesara en matarlo? ¿Al no poder huir ya no era una presa valiosa? Era un pedazo de carne, demasiado herido, sin sensibilidad, asustado, una nada absoluta que ya ni gritaba rogando piedad.

Despertó al oír voces. Otros llegaban. Escuchó exclamaciones. Lo habían visto. En un extraño idioma, voces preocupadas intentaban rescatarlo del horror. Una mujer le sonreía. No entendía las palabras pero evidentemente estaban felices de encontrarlo. Hacían gestos pidiéndole paciencia. El gritó que el monstruo seguía allí. No lo entendieron. Lloró, y la mujer le acarició el rostro, mientras todos recorrían el lugar buscando a otros sobrevivientes de lo que creían un extraño accidente. No hay nadie más, gritó él y les rogó que huyeran, que lo dejaran allí, que ya estaba muerto. Nadie entendió. Faltaba poco tiempo para que lo sacaran de allí, adivinó que decían, intentando darle ánimos, pero él no podía señalar hacia el escondite para mostrarles que no había tiempo, que estaban todos sentenciados, porque solo él veía al monstruo, que ya sonreía relamiéndose, y que se agazapaba, para atacar de nuevo.

(pintura: "Saturno devorando a sus hijos" Francisco de Goya")

Desierto


No fuimos hechos para observar el desierto. El viento arrastra la arena hasta los ojos. El sol brilla con demasiada intensidad. Sin embargo, ansiamos verlo. Nos tapamos los ojos con las manos, y como chicos, observamos entre los dedos. No vale mirarlo de noche, porque el desierto real arde bajo el sol. De noche, el desierto es frío como cualquier ciudad del mundo.

Tiempo escondido


¿Qué hacer ahora con tantas horas perdidas?
Las escondo en un cajón de hielo, atadas con una cinta roja.
Mientras tanto, busco inútilmente a tu fantasma. Sé que lo vi bailando un tango, en un sueño de esos que en la mañana intentamos deshilvanar, para poder entenderlos.
Y entonces comprendí que tu fantasma formaba parte de ese tiempo escondido en el cajón de hielo.

Anne Marie: caso 1


Estudios recientes de la universidad de Michigan, en colaboración con expertos de la Molecular Biology school de Cucamonga, avalan la controvertida afirmación del Doctor Joseph Henry Pendleton II, quien en el año 1867 dijo que el complejo proceso de extrañar a un amor perdido, es motivado y profundizado por tantas causas y factores, que es imposible curarlo. Es útil en este momento recordar que el doctor Joseph es hijo del laureado Joseph Henry Pendleton I, descubridor del acelere del corazón al ver a la persona amada y autor de la magistral obra en ocho volúmenes, "Yo descubrí el acelere del corazón al ver a la persona amada", fragmentos de la cual publicaremos en próximas entregas.
La afirmación del Doctor Joseph hijo, fue dicha después de dos años de un intenso tratamiento a una de sus jóvenes pacientes, a la que solo llamaremos Anne Marie. Ella fue obligada a abandonar a su amante cuando el padre arregló un ventajoso matrimonio con un anciano magistrado, costumbre muy normal en su época. Pero Anne Marie no soportó con estoicismo esa separación, y sufrió desde el primer día de su matrimonio, violentos accesos de llanto, que podían iniciarse en lugares tan inadecuados como la Opera de París al oír un aria, o en medio de un día campestre al ver a una mariposa posada en una flor, o simplemente al oír golpear las gotas de lluvia los cristales de la ventana. Luego de esos accesos de llanto, ella corría a encerrarse en su dormitorio, y escribía compulsivamente horribles poemas de amor dedicados a ese tal Pierre, a quien no podía dejar de extrañar.
El doctor Joseph, utilizó primero sedantes para dominar a la paciente, luego aislamiento en el campo. Después, todo lo contrario: recetó mucha cafeína y frecuentes salidas con actividad social, para que distrayéndose, Anne Marie lograra borrar de su mente al amante perdido. Ninguna de las dos técnicas funcionó.
Ya acorralado por la furia del esposo magistrado, harto de costear los altos honorarios del médico (el esposo aclaró desde el principio que deseaba solamente que su esposa extrañara en silencio al muerto de hambre, como llamaba a Pierre, sin llorar, ni hipar, ni recitar a viva voz los espantosos sonetos), que el Doctor le preguntó a Anne Marie que era lo que debía desaparecer de su entorno para que la melancolía desapareciera también, por falta de estímulo. Ella respondió que debían desaparecer los amaneceres, los atardeceres, la luna y las estrellas, la música de violines, los colibríes, los bombones, el brillo del sol en las hojas verdes, y sobre todo, el recuerdo de una tarde, sentada en un banco de una plaza, y quizá después, si todo eso desapareciera, ella, dejaría de extrañar a Pierre.
Fue entonces que el Doctor Joseph redactó la breve publicación, en una revista de ciencia, en la que contaba sobre su paciente Anne Marie y que finalizaba con la afirmación que tanto se ha repetido, en revistas de ciencia y en escritos insignificantes e indignos que hasta hicieron mofa de su sabiduría, ahora, finalmente avalada por científicos de su nivel:
"Es imposible, porque todo nos lo recuerda, dejar de extrañar a un amor perdido".

El árbol


Desde la ventana veía el árbol. Los colores se escondían en la niebla. O se habían ido, dejando al mundo abandonado en gris.
Las ramas hablaban entre ellas y suspiraban amando al viento, que las había desnudado sin ternura.
El árbol, habitaba la ventana. La llenaba. La completaba. Le daba un sentido.
El mismo que en verano brillaba en verde, ahora dormitaba en su almohada de invierno.

El ídolo


Ya hacía demasiado tiempo que él adoraba a ese ídolo y no era tarea fácil. Los preceptos y normas a cumplir eran muchos; la mayoría, verdaderas estupideces sin sentido, que solo servían para complacer los caprichos del dios.

Pero no se podía discutir con él. No se podía mostrar dudas en la adoración. Esta debía ser constante, absoluta. Ni siquiera bastaba con sentir la adoración, también debía ser mostrada claramente.

El sabía, por ejemplo, que el ídolo no siempre tenía la razón. Una vez intentó decírselo, esperando que de ese modo, la relación adorado-adorador, fuera más justa. Tartamudeó frente al altar que había alzado para complacerlo, pero antes de que terminara de explicarse, fue obligado, a modo de castigo (castigo que no debía ser visto así, sino como una justa muestra de devoción) a sacrificar algunos pequeños placeres, que en realidad al ídolo no le gustaban, porque no lo tenían como centro a él mismo.

Muchas veces, planeó escapar. Muchas veces, llegó a romper adrede los complejo rituales, las normas más estúpidas, buscando demostrarse que podía sobrevivir sin su dios. Atacaba entonces el orgullo del adorado, desviaba el camino intentando ver un mundo sin él, andaba calles y calles, convenciéndose de que estaba mejor sin él.

Pero regresaba siempre, vencido por el espanto de las calles oscuras y solitarias y por la certeza de que era él quien había elegido al ídolo y no al revés, y siempre, de rodillas, asustado por la posibilidad de perderlo, suplicaba perdón, avergonzado de pecados que no lo eran, y sintiendo culpa por acciones que no lo hacían realmente culpable.

Y el Amor, fingiendo una piedad que no sentía, orgulloso una vez más de su poder, daba un perdón absoluto, y se dejaba adorar, una vez más.

El punto atractor

foto: alex


Allá, ¿ves?
Ahí queremos llegar. A ese preciso lugar. Tenemos calculado el tiempo que tardaremos, las fuerzas necesarias para alcanzarlo, los obligatorios rodeos. Porque desde acá el camino se ve recto, derechito, fácil, pero los rodeos son necesarios, por razones tan vanas como las anécdotas posteriores sobre como se superaron los inesperados escollos, hasta para cosas vitales como levantar la autoestima y sentir orgullo de nuestro coraje.
¿Qué sería de nosotros y del camino si lo recorriéramos tan derecho como es? No, no; las irregularidades deben existir. Me niego a andar un camino sin recovecos.
Hacia allí vamos. A ese punto lejano. A ese paisaje que aún no vemos, y sin embargo, nos atrae. No sabemos por qué. No importa por que. Es un punto atractor. Es imposible evitar correr hacia allí. Es nuestro, y punto.

Islas

fotografo: johannrela


Mientras me estancaba en el molinete del subte, por querer pasar muy rápido con una valija demasiado grande, y un atento caballero intentaba ayudarme, y una mujer se tropezaba con el maletín que el atento caballero dejó en el piso para auxiliar a la rubia tonta con problemas para calcular mentalmente tamaños y espacios, y uno de los chicos de seguridad de la estación ayudaba a la mujer caída a ponerse de pie y me decía que la próxima vez que se me ocurriera pasar con una valijota por el molinete le avisara, que tenía que ir por otro lado, y la gente se agolpaba en los molinetes mirando apenas la escena, como si fuera una obra montada para su diversión, y yo pedía disculpas al guarda, al atento caballero, a la señora que se frotaba la rodilla, al público usuario, y sujetaba firme a la causante de todo el caos, que rodó, algo maltratada, del otro lado del molinete, pensaba, para superar el mal rato, en una de mis islas, en alguna plaza de viento susurrante, niños jugando, y corazones dibujados en la madera, con sabor a chocolate y dulce de leche.

Llanto

(Pablo Picasso. "Mujer llorando" 1937)


Ella era de lágrima fácil.
Lloraba de tristeza y de alegría.
Lloraba emocionada, y lloraba enojada.
Lo increíble es que no había sido una niña llorona.
Tampoco había sido una niña risueña.
Desarrolló la risa y la lágrima.
Aprendió la risa y la lágrima.
Creció risas y lágrimas.
Se transformó en risa y lágrima.
Fue risa y lágrima.
Que no son opuestos.
Y pueden mezclarse. Reír mientras se llora de pena.
Llorar mientras se ríe de alegría.
Llorar risas.
Reír lágrimas.

Vías muertas (cuento que empecé a escribir y no me sale el final, así que le di uno medio abrupto, porque los cuentos deben tener un final, no?)

foto de Maddie leigh


Durante días, la gente del pueblo esperó el tren. Nunca se había atrasado tanto. Parados en la humilde estación, miraron a la derecha, luego a la izquierda, las solitarias vías, conjeturaron accidentes, hablaron de reorganización de la línea (que hacía bastante falta, opinaba la mayoría). Los de humor más negro hicieron chistes diciendo que eran el último pueblo habitado del mundo después de una epidemia (las mujeres mayores se enojaron, porque no hay que andar tentando al diablo con esas bromas). Los de peor carácter le gritaron al encargado de la estación (cuyas tareas consistían en vender los boletos y barrer el andén, pero que hacía meses reclamaba la reparación del único teléfono que lo comunicaba con otras estaciones). Otros se quejaron al cielo mismo, con grandes ademanes y luego comenzaron a escribir una carta a las autoridades del municipio, la provincia y el país, que sería archivada junto al centenar de cartas con diferentes quejas que jamás se enviarían. Por último, todos decidieron enviar a alguien al pueblo vecino, que sí tenía un teléfono que funcionaba, para ver si ellos sabían que había pasado con el tren.
Carlos y Pablo, se ofrecieron para emprender el corto viaje, caminando por las vías muertas (después de un par de días sin que pasara ningún tren, el pueblo ya comenzó a llamarlas de ese modo). Llevaban galletas que doña Franca les horneó, agua y muchas recomendaciones. Don Tito caminó un kilómetro con ellos rogándoles que averiguaran sobre las mercaderías que debían llegar para su almacén en el maldito tren desaparecido.
No era un viaje largo y ese día primaveral era un placer hacerlo. No querían retrasarse, pero era imposible ignorar los frutales de los costados de las vías, la sombra de los árboles para tomar una siesta después de almorzar, la belleza del paisaje, que era el de siempre, pero que parecía más notable, solo porque no podían detenerse más que unos minutos robados a la importante misión de descubrir que había pasado con el tren.
Pero antes de llegar al pueblo vecino, vieron un tren en la distancia. Había sido solo un retraso, un poco más largo que lo habitual. Ya no había tarea que cumplir. Debían regresar. Pero no deseaban hacerlo.
Entonces, siguieron caminando, al costado de las vías, que no eran vías muertas, tuvieron divertidas aventuras, conocieron a dos hermosas muchachas, se casaron, tuvieron muchos hijitos y fueron muy felices.

Rendirse


Cada tanto quería rendirse. Alzar los brazos, gritar, "me rindo" y esperar a que milagrosamente todo volviera a su lugar... Aunque nada nunca hubiera estado en el lugar correcto. Pero ella había notado que, después de chocarnos varias veces con la punta de la mesita ratona, cuando pasamos sin tiempo como para acomodarla, terminamos pateándola unos cm más allá, que tampoco es el lugar correcto como para que quede definitivamente ubicada, pero al menos, no molesta. Eso era lo que quería que sucediera, cuando alzara los brazos y le gritara al universo "me rindo", que las cosas volvieran al caótico lugar en el que se habían acomodado un tiempo antes, sin que ella hubiera decidido nada, y dejaran de interponerse en su camino, como reclamando ese imposible, que era que justo ella les encontrara un lugar correcto y definitivo.

Una vida en minicuentos

Dijo que no era romántica (le sonaba tan romántico decir eso).
Le dijo que no importaba si él llamaba al día siguiente, que mejor si no lo hacía, porque a ella no le importaban esas cosas. Lo decía sonriendo, con una de sus enormes y tranquilas sonrisas.
Dijo que no esperaba los gestos que otras mujeres reclamarían. En realidad, quería convencerse a sí misma, pero interiormente, justo en ese momento antes de dormir, cuando no controlamos nuestros pensamientos, sabía que si él no le mostraba afecto, se le rompería el corazón.
Fingiendo cierta indiferencia, sentía que controlaba algo, y todo lo que le molestaba era decisión propia. Dijo que no hacían falta mensajitos de texto, ni mails. Dijo que se verían cuando él tuviera tiempo. Se acostumbró a responder con la frase: "cuando quieras" y la decía casi con orgullo. Dijo que comprendía su situación, que entendía lo de los hijos, el pasado, el trabajo, las obligaciones, los tiempos, las mentiras, los espacios personales, el deseo, los posibles e imposibles, las luces y sombras de una vida ya organizada. Hay que sumar, no restar, se dijo a sí misma. Y esa actitud era su escudo contra el dolor, la hacía sentirse segura. Pero no lo estaba.

Abismo


Solo la seducían las profundas aguas del caos.
Ella, que huía de los peligros; sentimentalmente, solo disfrutaba sentándose al borde mismo del abismo.
Ella decía que cuando amamos, de decidirlo, podríamos volar, pero nadie quiere hacerlo, porque en realidad, amando, no hay nada mejor que dejarse caer.
¿Cuál es el problema entonces, con caminar al borde del acantilado?
Y ni siquiera los dolorosos moretones que se hacía con cada caída, conseguían convencerla de que no podía volar.

Respuestas

pintura: Noviembre, Jeremie Iordanoff


Quizá olvidaba poner los signos de pregunta, pero todo el tiempo miraba a su alrededor, buscando respuestas.
A veces encontraba algunas, llenas de polvo en un rincón de la casa. Eran respuestas viejas, que por alguna razón ella no había usado, creyéndolas erróneas o inútiles, a pesar de ser ciertas. Convenía entonces lavarlas bien, y luego tenderlas al sol, para airearlas y dejarlas que respiren al viento. Esto es posible con las respuestas dóciles, esas que se dejan acariciar y alzar, y que incluso se duermen un rato en nuestra falda. No todas son así.

Una vez, barriendo bajo la cama, ella encontró una respuesta dormida, enroscada como un gatito suave. Quien sabe cuanto tiempo habría estado allí (todos sabemos que hasta los más prolijos olvidan barrer seguido bajo la cama). Con suavidad intentó despertarla. Primero la respuesta se quejó, con un dulce y lastimero bostezo, pero luego intentó morderla y finalmente saltó por la ventana. Ella tuvo que perseguirla, frente a los vecinos que boquiabiertos la vieron pasar corriendo, con la escoba, que en el apuro olvidó soltar. Unos minutos más tarde, aún con su escoba y con la respuesta ya bien sujeta de la mano, regresó y saludó como si nada extraño pasara. Los vecinos devolvieron el saludo con su desaprobación habitual, y la miraron de reojo mientras entraba a su casa.

Sin embargo, a ella no le gustaba pensarse como una coleccionista de respuestas. A veces, a las recién halladas, las guardaba en los libros, que para su gusto, no deben estar acomodados impecables en una señorial biblioteca. Deben estar ajados de tan leídos. Así le gustaban las respuestas también: ajadas, gastadas de tanto girarlas, retorcerlas, limpiarlas, ensuciarlas...

Todo para que esa búsqueda, todos esos hallazgos, la empujaran a seguir buscando, sin deseo de acopio, sino para aumentar las ganas de saber qué otra respuesta, puede esconderse bajo nuestra cama.

¿Te acordás...?


¿Te acordás...? ¿Te acordás de esa mañana... cuándo fuimos a tomar mate a la playa y vimos las huellas de las patitas de las gaviotas en la arena? ¿Te acordás que prometimos ir a sacarles fotos a las gaviotas mas temprano a la mañana siguiente? Dijimos: de paso vemos amanecer, ¿te acordás? Supongo que es algo que se debe hacer, ¿no es cierto? ¿ver todos los veranos, aunque sea una vez, el amanecer en la playa? Pero nosotros siempre nos quedamos dormidos, y lo más temprano que fuimos, fue a desayunar, alrededor de las diez de la mañana, con el mate y el termo y facturas, y esa mañana fue que vimos las huellas... ¿te acordás?
Aparentemente, las gaviotas, le escapan a las multitudes (como yo lo hago también), y pasean por la arena cuando el sol recién sale y después se van a... ¿sus nidos? ¿un mundo paralelo sin tanta gente? ¿se quedan volando por ahí, comiendo pececitos? No sé a dónde irán, pero cuando la playa está llena de gente, muy cada tanto vemos alguna asomarse aburrida y nunca nos da tiempo para fotografiarla, ¿te acordás que planeamos ir a fotografiarlas bien temprano, cuando estaban dejando sus huellitas en la arena, no tengo ni idea de para qué, porque después las fotos de las vacaciones las miramos una sola vez, pero te acordás que lo dijimos?
¿Te acordás? Bueno, acabo de recordar que no fuimos.