La fiera


Ambos podían olerse. La fiera y el cazador se observaron, entre las ramas del bosque, esperando el momento justo.

La fiera había robado ganado del pueblo cercano. Tenía hambre. Sus crías tenían hambre. Antes, había otros animales para comer; pero el pueblo crecía y acaparaba el territorio de caza, y las presas, y el ganado, con un hambre voraz que el exceso de comida al que se entregaba no alcanzaba a disminuir. Cuánto más comía, más hambre tenía. La fiera no lo entendía. Alguna vez había intentado pensar en ello, en las mesas siempre llenas de comidas, en la injusticia de su vagar con la panza vacía, pero el hambre sincera no le permitió pensar demasiado. Había olvidado, de hecho, que podía pensar, reduciéndose toda su vida, cada día de su vida, a desear la comida y a conseguirla.

Atacó al fácil ganado una y otra vez y los hombres del pueblo se indignaron y temieron. Unos pocos propusieron devolverle a la fiera territorio de caza, pero la mayoría se enfureció. Si le daban algo, pronto reclamaría más. Ellos, que sí tenían la panza llena, no querían pensar demasiado. La existencia misma de la fiera los llenaba de temor, porque había muchas fieras con hambre. Ellos sabían que les habían quitado la comida de la boca y una fiera con hambre era peligrosa.

Llamaron entonces al mejor cazador y le pidieron que la matara. Señalaron a los niños y a las mujeres y dijeron que la fiera los amenazaba. Les era más fácil mandar a matar diciendo que la víctima (que no querían ver como víctima) era diferente, que merecía morir, que era culpable, cruel, sucia y maloliente y que era cuestión de tiempo que los matara a ellos. Al cazador las excusas no le importaban, porque sabía que eran mentira y de todos modos, él mataba a quién le dijeran, mientras le pagaran, pero aceptó oírlas, porque entendió que las excusas eran dichas para el pueblo mismo y formaba parte de su rol de cazador el fingir creer esas mentiras.

El pueblo esperó ansioso el regreso del cazador. Al ordenar esa muerte acorralaban a la fiera y si no moría, su guerra se volvería aún más salvaje ya que sabría que no había vía de escape. La fiera solo podía matar para no morir.

El cazador jamás volvió.

Ahora todas las sombras escondían a la fiera doblemente traicionada.

Jamás volverían a dormir tranquilos.

15 comentarios:

  1. Ese es el problema que se produce por quitarle la comida de la boca y una fiera con hambre o el derecho al sustento a una persona. En tu cuento no vuelven a dormir tranquilos, en otros crece "la sensación de inseguridad".

    Tu hermoso relato Marcela me hizo recordar a la noticia de hoy de Santa Fé de ese imbécil que recomendó quemar a los habitantes de una villa como si fueran ratas.

    Besos

    ResponderEliminar
  2. Supervivencia, estrategia y hambre… el animal político no mide su ferocidad ni cuando de sus objetivos dependen vidas ajenas.
    D.

    ResponderEliminar
  3. En parte, Lux, me inspiré en esa espantosa, horrible, detestable declaración del político de Santa Fé, al escribir este cuento. Estaba tan furiosa que escribía un cuento o salía a gritar a la calle.

    La otra vez, Daniel, veía un documental sobre el "animal político" y mostraban a los dulces chimpancés moliendo a golpes a un chimpancé de otra familia que se había metido en su territorio. ¿La violencia esta en nuestra naturaleza social? ¿No hay otra forma, será posible??

    Besos y gracias a ambos.

    ResponderEliminar
  4. Yo creo que, lamentablemente, la violencia sí está en nuestra naturaleza (aunque también podemos ser capaces de grandes actos de amor). Somos una especie egoísta que siempre trata de dominar y explotar para su provecho a las otras especies y a su entorno.
    Besosss.

    ResponderEliminar
  5. Las traiciones tienen eso. A veces es mejor hacer un pacto tácito con la "fiera", y que cada uno se mantenga en su lugar. Además, tu texto esconde un trasfondo interesante : )
    Un beso

    ResponderEliminar
  6. Eso pasa cuando se le quita la comida a las fieras, nunca se sabe cuándo atacarán.

    Muy buen cuento, me gustó mucho, como todos tus escritos.

    Besos.

    ResponderEliminar
  7. Buen texto, el hombre muchas, sino en más de un oportunidad es más animal que el propio animal.

    ResponderEliminar
  8. Antes de matar a la fiera, conviene que la gente le coja miedo, mejor aún si se la demoniza, para que nadie tenga la tentación de querer entenderla, de ponerse en su lugar. Así se salvaguarda la conciencia y se puede vivir, de nuevo, tranquilo.
    Tu relato me remueve muchas cosas, algunas de ellas han salido en las historias de mi blog, o saldrán un día u otro. Cuán cierot es a quello de "homo homini lupus".
    Un beso, Marcela

    ResponderEliminar
  9. En el capitalismo tardío, el que ya arrasa continentes (Africa, como tal, está condenado a la desaparición) los que todo lo poseen, en desmedro de los mucho que nada tienen, son propietarios, también, de un sentimiento básico: el temor.

    La catástrofe financiera y política del neoliberalismo produce una postración subjetiva y una actualización del terror "a un "aluvión zoológico" que aprovechando la "crisis" viniera a expropiarle las pertenencias a la "gente decente" (Volnovich dixit).

    Quizás en esto pueda encontrarse una punta a la abundancia de la melancolía, si se entiende a ésta como la revuelta contra la muerte, la vejez o el imposible control de un semejante. El sufrimiento se relaciona más con perder el reinado que con la pérdida del otro.

    En nuestra cultura se aprende a calmar la angustia (que, por otra parte, no se registra) poseyendo: dinero, objetos, persona, talento, prestigio, sustancias, etc. El único remedio ofrecido a la subjetividad es el apoderamiento.
    "El capitalismo fabrica vidas poseídas. Los poseídos, sin embargo, no se sienten infectados por ese poder, sino sujetos libres. A los innumerables pobres y excluidos, restos sociales que casi no cuentan, se los llama des poseídos" (Percia dixit).

    Tan diferente a la angustia, el deseo y el amor, tal como Freud los conceptualiza.

    (Aclaraciones:
    1) No pierdo de vista que se trata de un texto que apunta a mi lengua.

    2) "Unos pocos propusieron devolverle a la fiera territorio de caza". Algo así como "tírenle un hueso a estos así se calman y nosotros podemos seguir ¿disfrutando?". ¿Tan gil es el populacho? ¿Eso crees?)

    ResponderEliminar
  10. anónimo: obviamente estoy de acuerdo en todo lo que decís. Con respecto a devolver el territorio de caza a la fiera, en mi cuento intentó ser una metáfora sobre devolverles la posibilidad de trabajar, en su tierra, en lo que ya les pertenecía. No un hueso, nunca un hueso (un hueso hubiera sido, por ejemplo, darles ganado). Leyendo mis cuentos notarás que no creo que el "populacho" sea gil ni mucho menos. Al contrario. Solo fue una metáfora, quizá no muy clara, como todas mis metáforas.
    El resto de tu comentario, sin palabras. Totalmente de acuerdo.


    Muchas gracias a todos los comentarios.

    ResponderEliminar
  11. Bueno, ahora respondo al comentario de Daniel (daalla): Tu blog es una constante fuente de inspiración para mis cuentos. Anónimo, de paso, te recomiendo ese blog, creo que te gustaría (es el blog Fuselados de Torrellas). A todos se los recomiendo. Es un blog excelente.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  12. Julia, Oscar, Mariela, Patricia: No me olvido de ustedes. Muchas gracias por sus apreciaciones y opiniones. A veces tengo tiempo de responder, pero últimamente muchas veces tengo que robar el tiempo a otras cosas, y prefiero pasar directamente por sus blogs, pero me molesta responder algunos comentarios y otros no así que: muchísimas gracias a todos por leer mis cuentos y comentar.

    Besos.

    ResponderEliminar
  13. Una historia como la vida misma.

    No avanzaremos un solo paso si no llegamos cada uno a controlar esa fiera que tenemos dentro.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  14. ¿Y si de repente el cazador se fue a otro lugar y le dio oportunidad a la fiera?
    Tanto que pensar.

    Besos preciosa.

    ResponderEliminar
  15. El hombre lobo del hombre necesita una fiera que lo amedrente.
    Un saludo Marcela!

    ResponderEliminar