La herida



Hay armas inesperadas
que dejan cicatrices:
atardeceres, amaneceres,
el perfume del café,
una fotografía,
las gotas que nos salpican
al pasar apurados por un charco,
el brillo de la luna,
un jazmín demasiado blanco,
un sol demasiado amarillo...

Acariciamos la cicatriz invisible,
con dedos temerosos.
La detestamos tanto,
que morimos si se desvanece.

No te atrevas a olvidarme,
dijo la lluvia la otra tarde.

Se ve el arma y se ve la herida.
El golpe queda escondido en el aire.



Un hombre en una estación



Posted by Picasa

Mientras viajaba a encontrarla, mientras recorría la distancia que poco tiempo antes parecía infranqueable, él pensaba en como disfrazar las palabras. No quería mentir, pero la mirada de ella, los labios que siempre sonreían, lo obligaban (sin saberlo), a darle a sus días una importancia que él sentía que no tenían. Le hubiera gustado ser un explorador lleno de anécdotas apasionantes, un artista con premios, una mente brillante de esas que dejan su marca en el mundo. Pero era un hombre más, uno más de los que llegan a la edad en la que saben, sin dudas, que no cumplieron la mayor parte de los sueños de la adolescencia y que ya no los cumplirían.¿Cómo decir frente a alguien como ella: soy solo otro hombre más, ni más ni menos, esperando un tren...? Pero en una estación atestada de gente, sin embargo, entre todos, quizás solo yo, pensaba y se lo diría, voy a ver a la mujer de mis sueños, esa que no creía que existiera. La haría reír, o le recitaría un poema. O mejor aún, haría las dos cosas.


La escoba

Posted by Picasa

¿Hay una bruja en mi barrio que no sabe estacionar?
¿Un ama de casa inició una huelga de escobas caídas?
¿El barrendero se cansó de que los árboles no respeten su trabajo y suelten las hojas justo después de su paso?

Más nubes



¿Las nubes son una cosa o son muchas? ¿Son solitarias o gregarias?
Son de agua, son de viento. Se ven macizas, pero son inasibles.

Miro a través de la ventana. Hoy no hay nubes. El cielo está hermoso, brillante, límpido, pero siento que le falta algo. Una nube, una sola, cambiando, siendo primero un conejito, después un barrilete, después solo un jirón blanco, permitiéndole al viento opinar sobre su forma, y aceptando su destino de cambiante nube.


Desde abajo

Es el atardecer. Un atardecer de invierno que no parece invierno.

Yo iba, sin mirar a mi alrededor, a un lugar más de los que se va sin pensar en hacerlo, simplemente repitiendo el ir de tantas veces. Pero el atardecer tiene la astucia para convencernos de mirar hacia el oeste. Tiene colores. Es de colores. Vive en colores.

Pasa un avión que dibuja una estela blanca en el cielo. Me fascinaba ver esos aviones cuando era niña. Pensaba que quería volar en uno de ellos. Ahora sé que no, que prefiero ver el cielo desde abajo, y tomar una foto innecesaria más con la pobre cámara del teléfono, para recordar este atardecer, solo porque pasó un avión de esos que hacía mucho que no veía.

¿Por qué me parece que hace tanto tiempo ya, desde la última vez que vi uno de esos aviones?

Me preocupa pensar que yo, que colecciono fotos de nubes, esté mirando poco para arriba.

Desde arriba


Quizás sea solo una idea, impuesta por el peso de tanto tiempo escuchando teorías algo paranoicas. O, a lo mejor, es la vieja educación religiosa asomando a través de la niebla de la lógica.

(Esa confusa e inevitable sensación de que nunca estamos realmente solos...)

Lo confieso, a veces siento que alguien me mira desde arriba.


Jaulas


A veces deseamos ser invisibles,
Ser de niebla.

Una sustancia etérea,
tenue, un perfume.
La humedad en la piel,
pero no la piel,
solo el calor transformado
en vapor translúcido.

Pero negar el cuerpo es ansiar
una vida sin sentir una caricia,
sin sentir la fuerza del abrazo,
el pinchazo profundo
del golpe de estar vivos.

Y no me atrevo a rechazar
el querer y complacer,
el acariciar la sombra
de la cicatriz, de la herida.

Somos inevitablemente la jaula y el ave.

La construcción inconclusa.


Era una casa pequeña, modesta, agradable. Un día, llegaron camiones con arena, ladrillos, bolsas de cal y cemento, que hábiles obreros comenzaron a apilar, no solo a los costados de la casa pequeña, construyendo habitaciones, sino también alzando un primer piso, con grandes ventanas y llamativos aleros.

La pequeña casa iba camino a transformarse en una mansión, que alguien diseñó primero en su mente (¿pensó grandes salones, jardines de invierno, recovecos y pasillos?) y ahora dibujaba en la realidad, en su propio hogar, con demasiada hambre.

Porque de un día para otro, los obreros desaparecieron, dejando su tarea inconclusa. El primer piso quedó sin techo, hay columnas que sostienen la nada y nuevas ventanas como simples bocas abiertas por las que se puede ver el cielo. Una montañita de arena tiene al menos la satisfacción de saber que niños juegan en ella, remedando una playa, una sierra, un mundo de juguete.

Hace años que la casa permanece así, inconclusa. Algo salió mal. Me pregunto que será. ¿Solo la economía traicionó a quien ansió esa casa enorme? La idea de la amplitud, del tamaño como sinónimo de éxito siempre me molestó, y ese lugar me hace pensar en ello, prejuzgando, obviamente, porque no conozco las intenciones de quien deseó que su casa fuera tan grande que ni siquiera pudo terminarla. A mí, que me gustan los rincones pequeños, me sorprende quien ansía una casa tan enorme.

Estos días dieron en televisión la tetralogía "El oro del Rin" de Richard Wagner. Siempre me resultó curioso pensar (a mi modo, poco serio) que Wotan, el rey de los dioses, se meta en tantos problemas para construir el inmenso Valhalla, que contrate a los gigantes, que se niegue a pagarles lo prometido, que tenga que robar el oro, solo por poseer un castillo inmenso. Definitivamente, eran Dioses que merecían el ocaso (cuando Wotan le pregunta a Loge, el dios del fuego, como conseguir el oro, Loge responde: "¡Robándolo! Se le roba al ladrón lo que el ladrón robó. ¿Acaso hay otra manera más simple de conseguir propiedades?")

En este caso, este "dios" barrial, no pudo terminar su castillo y quedó allí, triste estructura sin alma, mientras que antes era pequeña y hermosa. Algún día, seguramente alguien terminará la construcción. O derrumbará las paredes inconclusas y alzará otras. No hay Valhalla que evite eso.

Agua


Debo transformarme en agua.

Como el mar,
que desea ser solo una gota.

Fluir, una vez más.

Agotar las posibilidades de la lágrima.

Permitirle a la nube ser tormenta,
agua y viento, lluvia y cascada.

Y por fin, ser charco inmenso de tanto reflejar el cielo.

Los libros usados.




Una vez compré un libro usado que en las páginas del medio tenía arena. Como estábamos en marzo, imaginé que ese libro había viajado acompañando a alguien en sus vacaciones y el viento del mar había escondido parte de la playa, para que yo la encontrara en esas páginas. Pero quizás había estado en un arenero, mucho más cerca, en una plaza... O en una obra en construcción, quien sabe.

Otra vez encontré un pétalo. Y otra una receta de un médico (un antihistamínico, este no fue un hallazgo muy romántico).

Me gusta leer los nombres de los desconocidos dueños previos en las primeras páginas y las confusas anotaciones que se hacen al margen. Recuerdo signos de pregunta, admiración y aclaraciones. He visto hasta números de teléfono que alguien anotó apurado en un rincón en blanco y que espero haya pasado a una agenda adecuada antes de desprenderse del libro.

Recuerdo un libro al que su dueño anterior (casi, casi seguro que fue una mujer) se había tomado el trabajo de dibujar corazones rodeando todos los números de las páginas. Pequeños corazones de tinta azul en cada hoja (era un libro de Julia Prilutzky Farny).

Porque me gustan todos los libros, pero los usados tienen algo más, una historia extra, no solo la que cuentan, sino la que vivieron, las hojas algo ajadas, con los bordes doblados marcando momentos. Hasta es lindo encontrarlos, amontonados en rincones olvidados de las librerías, dejados de lado por las brillantes tapas de los nuevos y es un placer revolver en esos rincones oscuros y encontrar tesoros que quien sabe por qué, otra persona prefirió descartar.

Y en mis manos agradecidas, renacen.

Rosas y semillas


En el mundo hay rosas y semillas.
Las rosas saben que son rosas y habitan su mundo de pétalos sin preguntas.
Las semillas sospechan que deben transformarse en pan. Pero no saben cómo, ni por qué, ni si lo desean realmente.