
"Que caro que está todo", dice la mujer junto a mí, hurgando en busca de ofertas en la góndola del supermercado. Supongo que espera una respuesta. Pienso que muchos hablan esperando que los otros les hablen, del mismo modo que dan esperando recibir (¿si se espera recibir a cambio de dar, sigue siendo dar o es un simple intercambio de cosas? ¿dar solo para recibir no es una actividad comercial?) y aman esperando ser amados. La desconocida, que sigue con su búsqueda de alimentos, comenta una o dos cosas más, casi sin notar que empujo el changuito hacia otro sector con compradores menos locuaces.
De vuelta hacia casa, veo un hombre con un ramo de rosas. Debería ser una escena romántica, pero no lo es. El hombre camina con el ramo cabeza para abajo, mirando la pantallita de su teléfono celular. Tiene el ceño fruncido. Los pimpollos, muy rojos, se sacuden rítmicamente con cada paso. El papel brillante que los envuelve está arrugado y brilla al sol. ¿El ramo fue rechazado? ¿Es un regalo que será entregado sin interés real por la destinataria? Es un triste destino el de esas pobres rosas.
Sigo pensando que una sola flor es mejor regalo que un ramo.





