Diario de una mujer a la que nunca le pasa nada (2)


"Que caro que está todo", dice la mujer junto a mí, hurgando en busca de ofertas en la góndola del supermercado. Supongo que espera una respuesta. Pienso que muchos hablan esperando que los otros les hablen, del mismo modo que dan esperando recibir (¿si se espera recibir a cambio de dar, sigue siendo dar o es un simple intercambio de cosas? ¿dar solo para recibir no es una actividad comercial?) y aman esperando ser amados. La desconocida, que sigue con su búsqueda de alimentos, comenta una o dos cosas más, casi sin notar que empujo el changuito hacia otro sector con compradores menos locuaces.

De vuelta hacia casa, veo un hombre con un ramo de rosas. Debería ser una escena romántica, pero no lo es. El hombre camina con el ramo cabeza para abajo, mirando la pantallita de su teléfono celular. Tiene el ceño fruncido. Los pimpollos, muy rojos, se sacuden rítmicamente con cada paso. El papel brillante que los envuelve está arrugado y brilla al sol. ¿El ramo fue rechazado? ¿Es un regalo que será entregado sin interés real por la destinataria? Es un triste destino el de esas pobres rosas.

Sigo pensando que una sola flor es mejor regalo que un ramo.

Diario de una mujer a la que nunca le pasa nada (1)


Hoy me levanté temprano. Diría demasiado temprano, pero como todo esto de los horarios, de lo temprano o de lo tardío es tan subjetivo, solo diré que fue temprano (¿temprano con respecto a qué horario? ¿Temprano para qué? ¿Tarde por qué?). De modo que es relativamente temprano. Un poco temprano. Apenas temprano.
Como quedarme despierta en la cama me parece sinónimo de perder el tiempo, me levanté y preparé café. Un café cargado, que me engañe con su falsa sensación de dar energía. No soy vieja, y necesito sentirme joven. Pero como esto de la vejez y de la juventud es tan subjetivo, solo diré que no soy vieja. Al menos no a esta hora de la mañana. No con una taza de café tan cargado. Y menos aún si hay galletitas dulces sabor vainilla.
Debería organizar mi día. Nunca tengo tiempo para nada.

pintura: Kofetarica, de Ivana Kobilca

Accesorios


Al despertar, ella se sumergió en el ropero de los planes diarios, buscando vestir alguno que no fuera una obligación. Buscaba, al menos, un accesorio que no estuviera tejido con los deberes ineludibles del día. Algo placentero. Algo aparentemente inútil.

Que la gente le preguntara por la calle:
"¿Para qué llevás ese innecesario accesorio? Vas a perder el tiempo con él. Después de un rato va a pesarte, y vas a tener que arrastrarlo el resto del día colgando en el brazo".

Y sentirse bien consigo misma, porque a ella no le importaran esas críticas.


Agustín y el tiempo.


Agustín usó todo el tiempo de su vida en una frenética lucha para detener el tiempo.

Ya anciano, solo, cansado, y sin nada de tiempo, asumió no solo su fracaso, sino también lo absurdo de su vida.

Cínicamente, Agustín decidió dedicar sus últimos días a esperar un milagro que le diera más tiempo para luchar contra el tiempo.

Obviamente, el milagro no llegó.

El fotógrafo


No recordaba exactamente cuándo había sido, pero en algún momento, él había decidido ser fotógrafo. Lo había decidido como quien escoge, un día, vestirse con un disfraz que le queda cómodo.

Siempre había intuido que la verdadera felicidad se hallaba al encontrar la belleza en todas sus formas. Como fotógrafo, creía haber tenido éxito, encontrando el perfume visible de las cosas. Amigos, conocidos e inclusive desconocidos habían dado elogios (¿auténticos?) de las imágenes que él había retratado. Debería ser feliz, entonces, exitoso y rodeado de gente que lo admiraba.

Pero entonces, pensó que ser feliz, en una vida como la suya, era la única opción posible. Y eso comenzó a molestarle. La felicidad era un peso, que se notaba en sus pulidas y brillantes fotografías. ¿En dónde estaba la realidad que el artista debe mostrar? Hasta el rostro de un anciano cubierto de lágrimas era admirado por su belleza en vez de apenar a quienes lo veían.

Comenzó a deformar las imágenes, con lentes y confusos enfoques, para que nadie reconociera en esos colores y brillos e incomprensibles formas el tacho de basura de la cocina de mamá, o un rincón desordenado de su propio taller. Buscó la fealdad, en un desesperado intento de destruir su obra bella, creando otra que los demás no pudieran ignorar, escondida detrás de la hermosura.

Y el mundo elogió sus fotos. El las observaba, incrédulo. Poseían la más cruel de las bellezas: la inesperada, la sorpresiva.

¿Sería la belleza invencible?

Se consoló pensando que todo se derrumba alguna vez. Es lo lógico. Ninguna estructura, hasta la más firme, se mantendrá en pie eternamente. Todo se derrumbará en su momento. Él mismo se derrumbaría, las calles fotografiadas, las formas y sus colores...

Debía esperar, solo esperar y ver si en los escombros amontonados aún se conservaba la belleza previa al derrumbe.

El tomaría esas fotos también, y por fin podría quitarse el disfraz de fotógrafo.

foto: Muerte de un miliciano, Robert Capa

Génesis


En las primeras frases de la Biblia, Dios, es bastante agradable.
Me gusta, por ejemplo, imaginarlo, con las manos y las rodillas manchadas con tierra, modelando al primer hombre. Podría creer ciegamente en un Dios con las manos manchadas de tierra. Me pregunto por qué no desarrollaron más esa gran imagen, reducida a una frase tan corta ("Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente") . Había una gran historia ahí, para convencernos de creer en ese Dios, que imagino inclinado, delineando detalles en esa obra de arte que sería su hijo, y lo veo concentrado en su tarea, ansioso de ver sonreír al ser inanimado, que aún forma parte de la tierra y que por la gracia de su omnipotencia se pondría de pie, respiraría, amaría y agradecería el afecto con que fue creado. Imagino los momentos previos al insuflar la vida, lo imagino limpiándose las manos en la túnica blanca, que dejaría de ser inmaculada y a ese Dios amable, no le importaría. Me gusta imaginarlo soplando en la nariz del hombre la vida, como un beso sagrado. Me gusta que no eligiera piedras preciosas para crear a sus hijos, ni oro, ni nada frío: eligió barro, tierra, lo más común, lo más valioso.
Pero, ese Dios que se leía tan sabio, se vuelve bastante intratable con el correr de las páginas. Prohíbe frutos, castiga a sus hijos, pide sacrificios, elige pueblos, condena a otros... Y esas historias crueles sí están desarrolladas, y llenas de sangre y muerte e injusticias.
Me gusta ese primer Dios, que modela el barro.

Renacer

Renacemos porque la savia
se niega a morir.

Porque las hojas nuevas insisten
en saberse vivas.

Renacemos porque duele más no hacerlo.

Renacemos porque no podemos evitarlo.

Más allá de decisiones tomadas
después de largas horas de análisis,
el instinto de revivir triunfa.

Porque puede parecer más lógico
dejarse estar en el cálido sol,
simplemente siendo algo
que no florece...

Pero es más sabio estar locos,
para insistir
en nacer al absurdo de nuevo.

El miedo

No estaba seguro a que le temía, pero debía temerle. Era algo oscuro. Probablemente frío. O muy caliente. Algo que se movía, o se quedaba quieto. Algo informe. Algo tangible. A veces, intangible.

Estaba allí, pero no era exactamente visible. Eso hacía crecer el miedo. Porque todos repetían que eso, tan temible, estaba allí. No importaba que no se viera. Todos lo decían. Lo señalaban, inclusive, aunque, para ser honestos, no todos señalaban hacia el mismo lado y a veces, en el mismo momento, unos señalaban al este, otros hacia arriba, algunos cruzando los brazos señalaban a dos lados opuestos...

Ante tanta confusión, la única opción lógica era protegerse. Alzar paredes. Poner rejas. Darle un rostro al enemigo era lo aconsejable y organizarse para matarlo primero, antes de que los matara a ellos, tan buena gente.

El alzó las trampas, y repartió las armas. Y se transformó en algo a lo que sí debía temerse.