Olvidos.


Primero olvidó un número de teléfono.
Después otros.
Luego las direcciones.

Olvidó las fechas de cumpleaños. Las del vencimiento de las facturas.
Olvidó la cita con el médico. Algunos trámites, que de todos modos odiaba hacer.
Olvidó los nombres de quienes no le interesaban primero, de los amigos después.
Olvidó ponerle azúcar al café. Olvidó que no le gustaba amargo.
Olvidó los sabores de helado favoritos.

Olvidó el pasado.


Olvidó los momentos que no recordaba, pero que cada tanto deberían surgir en su memoria, empujados por un perfume, o una palabra.

Porque olvidó los perfumes y palabras.

Olvidó lo leído.

Cuando olvidó los días de lluvia se preocupó un poco, pero no tanto como cuando olvidó la música que había escuchado aquella mañana de lluvia.

Y entonces olvidó que había olvidado.


El castigo


Había cometido un error.
No sabía cual, pero sería castigada.

Sonó el teléfono en un horario en el que no debía sonar. Ella supo por la voz de él que estaba enojado. No sabía por qué.

Repasó las horas del día. ¿En qué se había equivocado? ¿De qué forma lo había desilusionado?

¿Lo habría herido ella, con alguna de sus acciones tontas? Porque ella era tonta y merecía el castigo, por ser tonta, por actuar impulsivamente, por no comprender hasta que punto sus acciones lo lastimaban a él, que solo quería lo mejor para ella.

Como siempre, pensó en huir, pero retrasar el castigo era peor. El se enojaría aún más si le pedía ayuda a alguien, o si contaba el más mínimo detalle de su relación buscando consejo. Lo mejor era intentar que él la perdonara.

¿Cuál sería la causa esta vez? ¿La misma de siempre, su proverbial tontería, u otra cosa que ella aún ni siquiera adivinaba?

De alguna forma ella ya no era más ella. El se lo mostraba todo el tiempo. Le pertenecía a él. Ya no había acciones que pudiera realizar en las que él no estuviera implicado. Escoger su ropa, sus amigos, sus tiempos, ya no era posible, porque todo lo que ella hiciera de algún modo podía ensuciar el nombre de él. En algún recodo del camino, había perdido su identidad. Como si no existiera. Ya no podía tomar decisiones personales, porque no era una persona. Era demasiado tonta además, como para decidir algo correctamente. No tenía nombre. No tenía rostro. Solo existía para complacerlo.

Complacerlo se había transformado en una actividad que hacía veinticuatro horas al día. Adivinaba lo que deseaba él que ella dijera, y lo decía, anulaba sus propios deseos, convencida de que de esa forma el castigo no llegaría.

Pero el castigo siempre llegaba. Como un ejército enemigo, él iba tomando cada centímetro de ella. Iba adueñándose de cada espacio de sí misma que ella abandonaba, batiéndose en una retirada inconsciente, buscando esconder en su interior un último lugar que le perteneciera. Y era ese espacio el que él deseaba, donde ella escondía los gustos que no compartían, los deseos que él no aprobaba, los inocentes secretos que la mantenían viva.

Una vez más escondería los moretones con mucho maquillaje, inventaría excusas, aceptaría disculpas. Porque de todos modos ya la habían convencido de que ella era la culpable.

La mudanza.


Sabía que el hogar lo llevaba con ella, que nada quedaría en esas paredes, de los años vividos en el minúsculo departamento alquilado. Otras personas lo llenarían con su música, con su vida, con sus locuras y deseos.

Ella se iba. La hija jugaba con la muñeca que se había salvado de mudarse en la caja de los juguetes. Esa, la preferida, viajaría en el regazo de su dueña.

No hacían falta muchos pasos para recorrer totalmente las dos habitaciones, ya vacías. Solo quedaban, cerca de la puerta, unas cajas que los hombres de la mudanza arrojarían en cualquier momento dentro del camión, como si fueran los restos de una vida rota.

A la mujer no le gustaba la nostalgia. Ella comprendía el valor del día presente. Sin embargo, no podía mirar la ventana angosta y alta, con la reja blanca, sin ver a su hija esforzándose en ponerse de pie para intentar ver el perro que ladraba en la vereda, o cualquier cosa que llamara su atención. En ese pequeño comedor la niña había dado sus primeros pasos. En un lugar al que jamás volverían. ¿Había quedado marcado el diminuto pie en la alfombra verde y gastada?

Eso son los fantasmas, pensó ella, recorriendo una y otra vez el lugar, sin atreverse a decidir que esa era la última vez que lo hacía. Los recuerdos son tan reales que pueden golpearnos con una fuerza que ningún puño tendría.

En un rato, armaría su hogar en otro lado. Esa misma noche dormiría en su propia cama, en otro dormitorio. La niña daría muchos más pasos marcando caminos en otras casas, en otras calles.

Solo los muebles debían seguro mostrar las heridas de la mudanza. Ella no debía hacerlo. Con un poco de suerte, nada sería irreparable. Un raspón en la madera, algunos platos rotos, algunas cosas perdidas para siempre. Nada importante.

El hogar seguiría con ella.

La mujer y las palomas

.

Cada día, a las seis de la tarde, mientras esperaba en la parada de colectivos ubicada en una de las esquinas de la plaza, veía a la mujer que alimentaba a las palomas.

Con una seriedad sonriente, ella pasaba entre la gente que se apuraba para llegar a sus casas, balanceando una bolsa de plástico de supermercado, llena de migas y pedazos de pan.

(Esa escena, que se repite en todas las plazas de todo el mundo, era única en ese instante, como una obra representada para divertirme esos minutos, mientras buscaba las monedas, dejando pasar un colectivo demasiado lleno y arrepintiéndome a los diez minutos al notar que el siguiente se demoraba demasiado, lo que provocaría que viniera aún más lleno).

La mujer usaba un batón viejo, y en invierno un llamativo saco de lana color verde. Las piernas hinchadas y con varices violáceas, no le impedían caminar rápido arrojando equitativamente las migas entre todas las comensales. Inclusive retaba a las que le parecía que comían demás, robándole a las más lentas. Había algo de maternal e inocente en ese afán de notar si alguna paloma se quedaba con hambre.

Una tarde me acerqué a ella. Un viaje en un colectivo repleto había reducido un paquete de galletitas en mi cartera al alimento ideal para las palomas. Se lo ofrecí y ella agradeció contenta. Charlamos un momento y antes de despedirnos, me dijo con un marcado acento italiano:

- ¿Qué comerían las palomas antes de que nosotros hiciéramos suficiente cantidad de miguitas como para alimentarlas? ¿Qué van a comer cuando yo me vaya? ¿Ves esas dos? Si yo no les dejo la comida cerca, los gorriones se la roban...

Y se fue, diciéndome que me cuidara. Las palomas, tan grises como el asfalto y el cielo nublado, nos rodearon como un telón de arrullos y aleteos.

Caminar bajo la lluvia



Las ráfagas de viento volvían el refugio inútil, y al paraguas más aún. Desde chica, le habían enseñado que no debía mojarse con la lluvia. La voz de su madre y de su abuela, gritaban desde el pasado augurando resfríos y pulmonías.

Mirando a su alrededor, notó que nadie caminaba bajo la lluvia. Todas las madres y todas las abuelas habían entregado durante siglos esa enseñanza imprescindible. Bajo los precarios refugios (o sea, los toldos de los comercios) se agolpaban otros sorprendidos por el cambiante clima del otoño.

Eran las nueve de la mañana y muchos, quizá la mayoría, mostraban en sus rostros las expresiones de quienes se dirigían a sus puestos de trabajo, o a realizar trámites.

El chaparrón se había desencadenado inesperadamente. Los que no habían conseguido un buen puesto bajo los toldos, quedando apenas expuestos a las traicioneras gotas, tapaban con sus brazos las carteras, maletines o carpetas. Ella, en otro momento, los hubiera considerado poco previsores, porque siempre tenía su pequeño paraguas en el fondo del gran bolso en el que llevaba todo lo que pudiera necesitar. Su madre le había enseñado a ser previsora. Pero con ese viento, previsores e imprudentes se veían en igualdad de condiciones, porque el paraguas de nada servía, y ella lo tenía cerrado en su mano, y se apretaba bien contra la pared, sosteniendo firme el bolso y defendiendo la preciada posesión de su espacio frente a los otros refugiados en el mismo toldo.

Cuando somos niños, hacemos muchas preguntas. Ella recordaba que hacía muchas preguntas cuando era pequeña: ¿qué pasaría si el sol un día no salía? ¿Qué pasaría si en vez de agua le echaba a las plantas fanta naranja? ¿qué pasaría si teñía de verde a su gato? ¿qué pasaría si en vez de dormir de noche dormían de día y los chicos iban al colegio a la madrugada? Recordaba que su madre le decía que ella era inteligente, y que debía aprender a no hacer preguntas tontas.

Y lo había aprendido, claro. Ya no hacía preguntas tontas. Ni hacía tonterías. Hacía listas, en cambio, para organizar las horas de trabajo y también para su vida familiar, porque su madre decía que una vida organizada era la clave del éxito.

Caminar bajo la lluvia no estaba en ninguna lista. Extendió la mano y sintió las gotas resbalando por la piel. Unos chicos con uniformes escolares, pasaron corriendo. Reían y saltaban los charcos, divirtiéndose bajo el agua. Eran los únicos que no tenían el mal humor en sus rostros. Indudablemente sus madres y abuelas y profesores los retarían por la ropa mojada. Seguramente se resfriarían y tendrían dolor de garganta...

Ella rió al verlos. La edad los disculpaba.

¿Qué pasaría si ella caminara bajo la lluvia? preguntó en su mente, la niña entonces, cruzándose de brazos. Sola había decidido que su gato era lindo así de marrón y que no hacía falta teñirlo de verde. Sola se había dado cuenta de que el colegio estaba cerrado de noche, sola se había convencido de que el sol saldría por que sino se aburriría escondido en el horizonte... pero por más que pensara no descubría que pasaría si caminaba sin apuro, por decisión propia, bajo la lluvia.

Porque había caminado otras veces, alguna cuadra, corriendo molesta porque se le mojaba la ropa, pero nunca había intentado disfrutarlo.

¿Qué pasaría si...?

Y dejando atrás las recomendaciones, las listas, las organizadas horas, le entregó el paraguas a una anciana que peleaba con su perrito, que había visto interrumpido su matutino paseo y cuya madre canina indudablemente no le había advertido los riesgos de caminar bajo la lluvia (insistía con cortos ladridos en continuar paseando), riesgos que ahora la señora le enumeraba como hablando con un niño.

Y ella entonces, ya sin el molesto paraguas, sonriéndoles a quienes se quedaban esperando al sol que los rescatara, como quien se entrega a un amante, con esa confianza que olvida los titubeos, escapó al refugio opresor, y se ofreció a los brazos de la lluvia.


(Habrán notado que en la foto que ilustra el texto, la persona utiliza un paraguas para caminar bajo la lluvia... simplemente ignoren el paraguas. Esa foto ya estaba guardada y no encuentro otra que me guste. Muchas gracias)

A ambos lados de un muro...


En el mercado, en las calles, susurrando por el miedo, decían que los enemigos eran monstruos o demonios.

Decían que violaban a todas las mujeres, que mataban a la mayoría de los hombres, que esclavizaban a todos a los que no asesinaban.

El pueblo, escondido tras las altas paredes, rezaba y temblaba mientras los ejércitos se preparaban para defenderlos.

Desde el atardecer, los "monstruos" , simples hombres agotados por el viaje desde el horizonte, veían como las sombras de las nubes recorrían la planicie, y leves teñían con manchas oscuras los muros que ellos deberían derrumbar para complacer a su rey.

Les habían dicho que los habitantes de la ciudad eran monstruos, escondidos, esperando la oportunidad para llegarse hasta el horizonte y violar a sus mujeres, matar a sus familias y esclavizar a quienes no mataran...

Y siguen malcriando a mi blog







Siguen llegando regalos a mi blog. En esta ocasión son el premio amigo de oro y blog de oro, que me otorgó Tashano y el premio Dardo, que me entregó Libelularias. A ambas muchísimas gracias.

Es fácil ver cuales son los blogs que me gustan: Están ahí, bien a la vista, en el blogroll. A todos ellos (a quienes ya no los hayan recibido), les entrego estos regalos.

De a poquito pasaré a informarles a cada uno de este premio. Espero que lo disfruten.

Análisis matutino de una escena juguetona


Alguna vez, alguien nos invitó a jugar. La pregunta es conocida, la escuchamos muchas veces en el patio de una escuela, en la esquina de casa; una sola palabra, dicha de prisa, con ansias, a veces ya corriendo sin tiempo para perder: ¿jugás?

Muchos juegos terminaron apenas un rato más tarde, cuando alguien se enojó y dijo: "no juego más" y se alejó ofendido, para retornar al día siguiente sin recores.

Amistades y romances terminaron por un juego mal jugado, o uno con reglas confusas.

Pero hoy se me ocurrió que hay una posibilidad más: hay juegos a los que nunca le pusimos un punto final.

Lamentablemente tengo una gran habilidad para desvariar, y ocupar tiempo que podría utilizar en cosas más productivas, pensando en, bueno, este tipo de cosas, pero hoy al menos sé en que momento comenzó mi desvarío: fue por algo que vi y oí de mañana temprano, en el tren.

Cerca de mí, una pareja organizaba el resto de su día. En esta actitud normal, (con un tono algo elevado de voz para mi gusto), había algo extra, que fue lo que me hizo analizar el tema de los juegos: él, durante todo el trayecto, la trató a ella como a una nena.

Entre otras cosas, le dijo que mirara a los dos lados de la calle al cruzar, le repitió veinte veces como llegar al lugar a donde ella iba, le preguntó si tenía frío, calor...

Sorprendentemente, ella seguía el juego muy complacida: le decía "sí, papi" (y besos, besos, besos).

Ella le acomodaba la corbata, él la abrazaba (besos,besos,besos).

Y todo el tiempo él en su actitud de papi y ella en su actitud de nena (supongo que cada tanto ella se transforma en una nena mala y disfrutarán aún más de su jugueteo). A esa hora de la mañana, aún con sueño, todo el vagón parecía entre divertido y fastidiado. Era evidente que esos dos deseaban que compartiéramos su amor.

Me encantan los juegos y creo que cada uno puede jugar a lo que quiera, en donde quiera, con quien quiera. Los juegos pueden ser agresivos, tontos, peligrosos, divertidos. Personas adultas y responsables pueden hacer lo que deseen, desde agarrarse a latigazos, hasta disfrazarse de mono y banana y ser felices, que contarían (de necesitarlo), con todo mi apoyo. Pero, la finalidad del juego ¿no es entre otras cosas, cortar un poco con la realidad diaria? ¿no debe ser un recreo, aún más disfrutable por no ser parte de la rutina? ¿No pierde su valor al extenderlo a toda hora, a transformarlo en un disfraz que utilizamos veinticuatro horas diarias?

El o ella no deben recordar en que momento uno le propuso al otro jugar: tácito o no, ese momento existe. Desbordados por la novedad, continuaron jugando. Con miedo de perder esos momentos, olvidaron que un punto no siempre es un punto final, al contrario, le da lógica a la frase y permite que retomemos la idea con más firmeza, con más calma.

Necesitamos las bocanadas de aire para recuperar el aliento.

¿ Alguno de los dos dirá alguna vez el lapidario "no juego más"?

¿O se reconciliarán compartiendo unos sugus?

Puentes

Alzaste muros.

Yo tendí un puente.

Lo iluminé con fuego y luna.

Cerré los miedos.

Abrí las ventanas a la noche.

Rocé paredes de piedra

con dedos de caramelo.


No sé si será suficiente,

para mantener viva a la noche,

con sus ventanas cansadas

con su tiempo soñado,

con su rocío y escarcha...


Pero el viento sopla suave,

sobre la piedra del puente.

Juegos: ángeles


Un sonido cristalino la despertó. Tardó un poco en reconocer en donde estaba. Giró y vio a Jorge aún dormido.

Se levantó de la cama con cuidado, para no despertarlo. El sonido aún continuaba, cristalino, pequeños golpeteos agradables, pero molestos en su repetición. Además, ese sonido le recordaba algo, pero no sabía que...

Ella salió del dormitorio. Avanzó lentamente por ese corto pasillo desconocido, descendió por la escalera que los pasos de la otra habían marcado años atrás. Todo estaba marcado por la otra presencia. Jorge le había dicho que hacía años que no visitaban esa casa en la costa, porque a ella, a su esposa, no le gustaba el mar. Le había hablado de vacaciones allí cuando los niños eran chiquitos, pero ahora preferían otros sitios...

Dos días completos con él. Dos días, con sus noches, con sus ratos aburridos, con sus recovecos, con los perfumes que los componen, el del mar y el del café y el del helado de dulce de leche...

Nunca habían pasado juntos más que algunas horas. Nunca habían desayunado juntos. Los encuentros nunca terminaban a la mañana. Se habían emborrachado una noche, habían jugado a muchos juegos, pero nunca habían pasado tanto tiempos juntos.

El sonido continuaba. Carmen salió al jardín. El llamador de ángeles, sacudido por el viento, cantaba.

Y entonces recordó la casa de su abuela. Junto a la ventana del dormitorio había un llamador de ángeles. Que tontería, que jugada retorcida de la memoria. La niña mirando embelesada la piedras de un extraño color violeta transparente chocando empujadas por el viento y la mujer enroscada en una historia que hubiera avergonzado a su abuela mirando el adorno metálico que brillaba al sol de la mañana.

Hacía tantos años que la familia de Jorge no iba a esa casa que él estaba seguro de que no había peligro en caer allí con otra mujer. Nadie lo conocía. Se lo había dicho la noche antes, con la inocencia de quien tiene en claro las actitudes que toma en la vida. Pero esas dos palabras "otra mujer" a ella la habían golpeado, aunque no lo mostró. No le preocupaban las otras que él podría haber llevado otros fines de semana, otros veranos, en que la casa no estuviera alquilada. Le preocupaba esa única otra (la esposa) que lo tenía siempre. ¿Sospecharía? ¿No le importaría? ¿Tendría ella su propia vida, sus propios juegos?

Jorge salió al jardín, y la abrazó, proponiéndole salir a desayunar "por ahí". Miró lo que ella miraba.

- ¿Te despertó esa porquería? Lo compró mi mujer... A ella le gusta esas cosas... Es un... No sé, llama a las hadas, o a los duendes, ni idea...

- A los ángeles - dijo Carmen.

- Espero que no vengan. ¿Crees en estas tonterías?

- Es un adorno bonito. No creo que nadie crea en esas cosas. Mi abuela decía que llamaba a los ángeles y espantaba a los demonios. No sé si lo creería en serio...

- Adorno bonito, pero molesto. Esta noche recordame que lo descuelgue.

- No, no hace falta...

El Viejo Tormenta



Cada mañana, el viejo tormenta, como lo llamaban en el pueblo, despertaba en su humilde casa, solo desde hacía varios años, y se estiraba sin levantarse de su cama, para correr la deshilachada cortina que cubría la ventana sin persianas, y miraba el cielo.

Claro que eso no era suficiente. Veía apenas un mosaico de cielo. Eso no alcanzaba para su arte.

Cebándose mates salía a la vereda y allí sí, frente a la puerta casi siempre abierta de su casa, observaba el cielo en su inmensidad, nube a nube, de derecha a izquierda, desde el este al oeste, de norte a sur. Luego apreciaba el movimiento de las ramas de los árboles, las oscilaciones de la veleta en el techo de la casa del vecino de enfrente, estudiaba la marcha de las hormigas, las distintivas actitudes de los perros y gatos hasta que al fin, el primero que acertaba a pasar por la puerta, generalmente alguna vecina con la bolsa de pan, o el cartero o cualquiera mínimamente conocido, recibía el pronóstico del clima, quisiera o no. Porque, qué sabían esos de la televisión, agregaba el viejo tormenta, olisqueando el aire.

En todo evento que sucediera en el pueblo, casamientos, bautismos, cumpleaños, peñas o simples reuniones de amigos, él se aparecía, con su viejo gorro, y auguraba terribles tormentas. Estuvieran o no dispuestos a oírlo, los encargados de los festejos debían escuchar como el granizo, los vientos y la lluvia iban a aguar la reunión organizada con esmero. Nadie se asustaba, porque el viejo tormenta jamás acertaba. Lo aceptaban con buen humor y era extraño estar aireando manteles y acomodando platos y que él no estuviera lamentando que el clima no fuera a acompañar la celebración.

Una sola tarde, durante la fiesta de bautismo del nieto de la costurera, la tormenta pronosticada acertó a cruzar el pueblo en la hora prevista.

El viento arrancó algunas ramas. Un rayo cayó en el pararrayos de la iglesia asustando a algunas mujeres (y a algunos hombres también, pero lo ocultaron). Cuando la lluvia bajó su intensidad, los niños escaparon para jugar a la pelota, bajo los reproches de sus madres que deberían luego lavar la ropa. Dos de ellos se resfriaron y uno resbaló en el barro y se raspó el codo. Todos se ensuciaron.

Nada más.

Desde ese día, el viejo tormenta entraba al bar y a la iglesia con una sonrisa de enigmática sabiduría. No alardeó por su acierto. No hacía falta.

Gracias por el regalito


Quiero agradecer el regalito de mi amiga Tashano. Como tengo que pasarlo a otros blogs amigos pero soy muy indecisa y sé que igualmente, todas mis seguidoras lo merecen, lo dejo acá para que todas las mujeres lo disfruten.

Gracias de nuevo amiga.