El Viejo Tormenta



Cada mañana, el viejo tormenta, como lo llamaban en el pueblo, despertaba en su humilde casa, solo desde hacía varios años, y se estiraba sin levantarse de su cama, para correr la deshilachada cortina que cubría la ventana sin persianas, y miraba el cielo.

Claro que eso no era suficiente. Veía apenas un mosaico de cielo. Eso no alcanzaba para su arte.

Cebándose mates salía a la vereda y allí sí, frente a la puerta casi siempre abierta de su casa, observaba el cielo en su inmensidad, nube a nube, de derecha a izquierda, desde el este al oeste, de norte a sur. Luego apreciaba el movimiento de las ramas de los árboles, las oscilaciones de la veleta en el techo de la casa del vecino de enfrente, estudiaba la marcha de las hormigas, las distintivas actitudes de los perros y gatos hasta que al fin, el primero que acertaba a pasar por la puerta, generalmente alguna vecina con la bolsa de pan, o el cartero o cualquiera mínimamente conocido, recibía el pronóstico del clima, quisiera o no. Porque, qué sabían esos de la televisión, agregaba el viejo tormenta, olisqueando el aire.

En todo evento que sucediera en el pueblo, casamientos, bautismos, cumpleaños, peñas o simples reuniones de amigos, él se aparecía, con su viejo gorro, y auguraba terribles tormentas. Estuvieran o no dispuestos a oírlo, los encargados de los festejos debían escuchar como el granizo, los vientos y la lluvia iban a aguar la reunión organizada con esmero. Nadie se asustaba, porque el viejo tormenta jamás acertaba. Lo aceptaban con buen humor y era extraño estar aireando manteles y acomodando platos y que él no estuviera lamentando que el clima no fuera a acompañar la celebración.

Una sola tarde, durante la fiesta de bautismo del nieto de la costurera, la tormenta pronosticada acertó a cruzar el pueblo en la hora prevista.

El viento arrancó algunas ramas. Un rayo cayó en el pararrayos de la iglesia asustando a algunas mujeres (y a algunos hombres también, pero lo ocultaron). Cuando la lluvia bajó su intensidad, los niños escaparon para jugar a la pelota, bajo los reproches de sus madres que deberían luego lavar la ropa. Dos de ellos se resfriaron y uno resbaló en el barro y se raspó el codo. Todos se ensuciaron.

Nada más.

Desde ese día, el viejo tormenta entraba al bar y a la iglesia con una sonrisa de enigmática sabiduría. No alardeó por su acierto. No hacía falta.

11 comentarios:

  1. Me encantó, esperaba leer que le pegaba siempre pero veo que era todo lo contrario, muy buen remate me gustó mucho.
    Besos

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  2. No, el pobre viejo Tormenta no acertaba... (¿Igual que casi todos los pronósticos que escuchamos todos los días?). Gracias Lux. Un beso.

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  3. que curioso, hoy seguro también acertaba, muy lindo relato,
    saludos

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  4. Delicioso y breve, se antoja otro. Saludos.

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  5. Marcela, tengo el premio DARDO para vos. Puedes retirarlo en mi blog. Allí también están las reglas.

    Felicitaciones.

    Besos.

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  6. Por un perro que maté... jajaja. Que disfrute el viejo tormenta.

    Un beso

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  7. sonoio: me parece que si hoy pronostica una tormenta, le acierta, aunque, quien sabe...

    Al: Gracias y bienvenido.

    Marta: Muchas gracias. Un beso grande.

    Oscar: El disfrutaba pronosticando el clima. Acertar era lo de menos.

    Mariela: Ahí está el secreto. Alguna vez se le iba a dar...

    Besos para todos.

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  8. Hemosisimo.
    Sencillo, con aire de pueblo, de anecdota de otros tiempos.
    No se si será que vengo del pueblo que me llegó tanto. Me parecio muy lindo, con esa ternura sobria de los pueblos, que se vuelve mas tierna despues, en el recuerdo.

    Besos

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  9. Encantador relato. Y sobre todo, una actitud muy contenida, la del viejo tormenta, al no hacer alarde... quizá pensó, con razón, que si decía algo le recordarían todos sus errores pasados. Besitos, marcela.

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  10. Muy, pero muy linda historia Marcela, bien dice el refrán que mas sabe el diablo por viejo que por diablo.

    Beso grande para vos, me encantan tus escritos.

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