El castigo


Había cometido un error.
No sabía cual, pero sería castigada.

Sonó el teléfono en un horario en el que no debía sonar. Ella supo por la voz de él que estaba enojado. No sabía por qué.

Repasó las horas del día. ¿En qué se había equivocado? ¿De qué forma lo había desilusionado?

¿Lo habría herido ella, con alguna de sus acciones tontas? Porque ella era tonta y merecía el castigo, por ser tonta, por actuar impulsivamente, por no comprender hasta que punto sus acciones lo lastimaban a él, que solo quería lo mejor para ella.

Como siempre, pensó en huir, pero retrasar el castigo era peor. El se enojaría aún más si le pedía ayuda a alguien, o si contaba el más mínimo detalle de su relación buscando consejo. Lo mejor era intentar que él la perdonara.

¿Cuál sería la causa esta vez? ¿La misma de siempre, su proverbial tontería, u otra cosa que ella aún ni siquiera adivinaba?

De alguna forma ella ya no era más ella. El se lo mostraba todo el tiempo. Le pertenecía a él. Ya no había acciones que pudiera realizar en las que él no estuviera implicado. Escoger su ropa, sus amigos, sus tiempos, ya no era posible, porque todo lo que ella hiciera de algún modo podía ensuciar el nombre de él. En algún recodo del camino, había perdido su identidad. Como si no existiera. Ya no podía tomar decisiones personales, porque no era una persona. Era demasiado tonta además, como para decidir algo correctamente. No tenía nombre. No tenía rostro. Solo existía para complacerlo.

Complacerlo se había transformado en una actividad que hacía veinticuatro horas al día. Adivinaba lo que deseaba él que ella dijera, y lo decía, anulaba sus propios deseos, convencida de que de esa forma el castigo no llegaría.

Pero el castigo siempre llegaba. Como un ejército enemigo, él iba tomando cada centímetro de ella. Iba adueñándose de cada espacio de sí misma que ella abandonaba, batiéndose en una retirada inconsciente, buscando esconder en su interior un último lugar que le perteneciera. Y era ese espacio el que él deseaba, donde ella escondía los gustos que no compartían, los deseos que él no aprobaba, los inocentes secretos que la mantenían viva.

Una vez más escondería los moretones con mucho maquillaje, inventaría excusas, aceptaría disculpas. Porque de todos modos ya la habían convencido de que ella era la culpable.

3 comentarios:

  1. uff!
    marcela
    que terrible
    que decir
    dudo, uno puede ser sin quererlo
    el castigador
    besos

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  2. Marcela, este relato es una dura realidad en algunas mujeres.
    Tiene que ser terrible vivir así y encima sentirse culpable.

    Sin duda es un tema muy delicado.

    Un besito y feliz fin de semana preciosa

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  3. Gracias Ariel y Carmen.
    Este cuento habla de los abusos en general. Siempre se ve más a la mujer abusada, por una cuestión de fuerza física, pero hay muchas mujeres abusadoras.
    Sí que es un tema difícil.
    Besos.

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