El enemigo reflejado

Frente a él, el reflejo se secó los ojos y y lo observó con la malsana calma que toda víctima debe poseer para serlo.

Observó a su enemigo, mirándolo.

Ya no importaban la causas, ni decían excusas.

El enemigo lo había alcanzado.

Esa mañana ya no fue como las otras. Quizás la noche anterior no había sido como las otras.

Toda noche tiene escondida en las sombras la paciencia para esperar a la mañana.

Toda mañana espera la noche. Ese es el juego.

Sus noches y días habían perdido esa paciencia en algún lado.

Y él enemigo saltó sobre él, devorándolo.

La imagen continuó impasible en el espejo, hasta que también fue devorada.

El enemigo

El enemigo está allí. Puedo verlo, aunque nadie mas lo hace.
Cada uno ve exclusivamente a su enemigo.
Se sienta, a un costado, cuando estamos quietos.
Camina unos pasos detrás, con su humilde desprecio,
cuando nos movemos.

El enemigo está allí.
A fuerza de verlo, le perdemos el miedo.

Lunes, 9:30

Ya podría ser jueves, pero no, es Lunes... Un lunes nuevito y lustroso.
Hoy la mañana terminó a las ocho, cuando no llegó el tren y yo tuve que aceptar que, calculando los complejos recovecos de mi existencia del día de la fecha, sí estaba atrasada.

Sin embargo, la radio Amadeus pasaba música barroca (no Bach, pero similar, olvidé el nombre del compositor) y durante varios minutos, me divertí adivinando si lo que veía en el horizonte eran árboles tras la niebla, o unas nubes hermosas. Eran árboles, simplemente, dibujando hermosas nubes con las hojas en el cielo. Los ojos nos engañan, pero no por maldad, sino para hacernos jugar un rato, para sorprendernos, para divertirnos un lunes mientras esperamos un tren que no llega.

Presagios y rituales.

Los presagios se suceden, a veces tan rápido que ni el más experimentado augur tiene tiempo para analizarlos. No están allí para predecir el futuro, simplemente, están allí. Símbolos buenos y malos, dejados olvidados por los dioses del destino.


Con el paso del tiempo, vamos adivinando que cosas significan algo y qué para nosotros. Me dan mala suerte los despertadores,(mi abuela tenía un despertador viejo que adoraba, y no me creía que era causa de mucha de la mala suerte de mi infancia. Mi vida cambió cuando no desperté más con ese sonido estridente en el dormitorio de ella).
Ver un animal muerto, perder algo que apreciamos o necesitamos, la visita de alguien molesto, presenciar una pelea callejera (uno de los peores presagios que puedo tener) ¿quién duda que son signos que nos gritan que tengamos cuidado? Pero hay otros más arbitrarios, menos evidentes, que a fuerza de manifestarse, no pueden ignorarse, y abarcan muchos aspectos, varían de día en día, no necesariamente se repiten y no necesariamente significan algo específico. Hay un hombre, que entra al negocio algunas mañanas y no solo me da mala suerte, sino que él lo sabe. No sé cómo, yo no se lo dije, eso daría aún más mala suerte (uno no tiene que reconocer en voz alta que tiene mala suerte). Quizás es uno de esos tipos que concientemente contagian la mala suerte, y daba ternura ver lo contento que estaba con su tarea. No es su culpa que tengamos ese problema. Sin embargo, lo solucioné de una manera sorprendente: comencé a recibirlo casi con alegría. Eso fue muy confuso para él, hasta que perdió la confianza en sí mismo, y ahora casi nunca viene, creyendo que soy inmune a su influjo.
A veces los días dependen de eso, de la inesperada sorpresa esperada. Suponer lo que vendrá, y sorprendernos al recibirlo. Que no sea ni más ni menos que lo esperado. Y que de serlo, igual sea bueno. Cuando el mundo fue creado, Dios lo consideró bueno, (ni excelente ni sublime). Bueno debería alcanzar en cualquier día.

Un día


Solo un día. Toda la vida, en un día. Abrir los ojos y verlo, y amarlo, porque ese es el día. Aceptarlo, con sus resbalones y sus largos minutos, dejarlo ir, aferrarlo, apuñalarlo.

Cuento: "El miedo"

Cuando se secó la mejilla con el dorso de la mano, él se sorprendió al verlo enrojecido por la sangre. Durante unos momentos, la acción pareció detenerse, mientras ese líquido que manaba de una herida que no sentía, goteaba lentamente por la muñeca sucia.
Pero no había tiempo para admirar la belleza secreta que esconden nuestras venas, (roja, brillante, cálida... El soldado pensó que los sabios decían que era el líquido vital, pero el verla así, en su mano, le recordaba a la muerte) la batalla continuaba a su alrededor, y muerto un enemigo, otro se acercaba, tan asustado como él, y como él, aferrándose a un valor conseguido a los gritos, conseguido con una fingida crueldad, que buscaba aterrar a los otros, para que se retiraran, para poder detenerse, y lamerse las heridas, como aquel gato en la granja de su padre.
Una vez, el soldado había ido al teatro. Las máscaras y las voces le habían dado risa al principio. Una máscara de sangre cubría su propio rostro, y mientras golpeaba con su espada a un enemigo pensó que él actuaba muy bien su rol, y que los dioses admiraban esa obra. El rey había encomendado a su dios predilecto el día, y la victoria al padre de los dioses. Los sacrificios habían sido aceptados y el vidente había augurado la victoria. Todo era correcto, los deseos del rey, el augur del vidente, y su máscara de sangre: una obra perfectamente actuada, para grandeza del rey y de los dioses.
Estaba débil, y mareado. Las órdenes del general llegaron apagadas a sus oídos. Los tambores sonaron. El soldado trastabilló con un cuerpo y cayó. Era uno de los suyos, un hoplita que moría con lágrimas en las mejillas. Los cascos de un caballo pasaron demasiado cerca de su cabeza. Durante un instante cerró los ojos, agotado, apoyado en el hombro del moribundo. Se decía que había soldados cobardes que se escondían bajo los cuerpos, esperando que la batalla pasara. El soldado se levantó, aferrándose a su escudo con la estrella dorada en el frente. Atacó al azar, gritando con furia, avergonzado de ese segundo de debilidad. Uno de "ellos" (los salvajes enemigos) respondió con furia a su ataque. Se trenzaron durante un largo rato, iguales en fuerza, en cansancio, en habilidad. Ambos peleaban por un rey, y no tenían verdaderas razones para odiarse. Alguien le había dicho al macedonio que los persas eran bárbaros salvajes. Alguien le había dicho al persa exactamente lo mismo de los griegos.
Los dos preferirían estar en sus casas. Los dos no culpaban a nadie por estar asesinándose junto a un río que era devorado por un mar incomprensible. Los dos extrañaban a sus familias. El macedonio cayó y el persa alzó su espalda. Un compañero(un ateniense, de esos que apenas le dirigían las miradas, obligados a seguir al jefe de la Liga) lo asesinó por la espalda. Hubo apenas un gesto entre los dos. El macedonio iba a decir gracias, pero no había tiempo para la cortesía. Había perdido su ubicación. No encontraba su fila. Una voz gritó "reúnanse, reúnanse" un aullido en la maraña de sonidos metálicos y cascos y relinchos y gritos de dolor.
El soldado buscó algo que lo guiara con la mirada. Escuchó el sonido del agua. Otro soldado corrió cerca suyo. "El rey está muerto" gritó, y su voz temblaba. El soldado cayó de rodillas. El miedo pareció subir por sus sandalias, ir creciendo, como una enredadera, envolviéndolo con sus ramas hasta ahogarlo. Volvió a secarse las mejillas, confundido. Esta vez sí era sudor, y lágrimas. Se dejó caer sobre la tierra fangosa del margen del río. Esperó, un instante, la espada persa que se clavaría indiferente en su pecho, rematándolo. No volvería a su casa. No vería a su madre. Su padre no le contaría esas historias que recordaba de memoria, historias de héroes de antaño, sentados en el tranquilo campo, vigilando a las cabras. Al despedirlo, años atrás, él le había rogado que recordara cada detalle de la gesta del hijo del gran Filippo, rey al que había idolatrado, para que se lo contara a su regreso. Era un deseo real, pero también era una forma de obligar al regreso. El debía volver a contar las vivencias del tiempo que habían estado separados. El no podría contárselas. Quizás le quedaría a su padre la emoción de recibir la noticia de la muerte de su hijo, en la misma batalla en donde moría el rey.
La caballería tomó el campo de batalla. Entre sangre y lágrimas, el soldado vió al caballo del rey, y al jinete, con el casco con el penacho. Los soldados debían buscarlo con la mirada cuando perdieran sus estandartes. El soldado, a pesar de la situación, se echó a reír. Un milagro más del joven dios. Se esforzó para ponerse de pie. Los caballos cruzaron el río, haciendo huir al enemigo.

Misterios de la mente.

En la entrada anterior escribí una sola palabra. Cuando leí la entrada, ya publicada en el blog, me pareció que la palabra llueve estaba mal escrita. Más leía, más rara me parecía la palabra. Hasta que ni siquiera supe qué significaba. Entonces, salí a la vereda, y me acordé.

Llueve.

Llueve, llueve, llueve, llueve.
Llueve.
Llueve, llueve.
_ ¿Llueve?
_ Llueve.
Llueve, llueve, llueve, llueve, llueve, llueve, llueve, llueve, llueve, llueve, llueve, llueve, llueve.
Llueve, llueve,llueve.
Llueve.

Cosas que me gustan

Algunas mañanas. Algunas tardes. Algunas noches. Los cines en los horarios en que hay poca gente. En los cines sentarme en la última hilera de asientos entre Gus y Flor. Gus y Flor. Mi negocio, la mayor parte de los días. Ang Lee. Cuando tengo las manos mojadas sacudirlas cerca de la cara de mi perra Pancha y verla reaccionar como si se iniciara un terremoto. Amasar pan. Caminar por la playa. El café. Ver una multitud y no tener que acercarme. Ver una multitud y poder correr para otro lado. Ver una multitud y desde lejos preguntarme por qué se agolpan en un solo pedacito de tierra. Los libros. Los libros. Los libros. Las bibliotecas llenas de libros. Los libros nuevos. Los libros viejos. El olor de los libros nuevos. El olor de los libros viejos. Los libros sobre Alejandro Magno. La historia de Alejandro Magno. Convencerme de que Shakespeare hablaba como escribía. La revista National Geographic. Los canales de documentales. Vincent y sus cielos. Su hermano Theo. Los trenes vacíos. Dormirme en el micro hacia la costa y despertarme y oler el mar. El lemon pie. Los elefantes. Los animales en general, pero sobre todo, los elefantes. Mirar partidos de fútbol con Gus, (especialmente si juega Boca). El tenis de Roger Federer. El té Earl Grey. El pan dulce. Algunos vinos (Gus sabe cuales). La música. Mozart. Hacer zapping aburrida y encontrar algo que jamás se me ocurriría ver y quedarme una hora enganchada (como competencias de patinaje sobre hielo). Roberto Flores. Los jazmines. Mi gato Pompeyo que perdió un diente. La historia de los trescientos espartanos en Termópilas, que no debe haber sido exactamente así pero no importa. Radiohead. Las calles con adoquines. Las gotitas de lluvia en las ventanas que escriben algo y no lo entiendo. El rey Arturo y sus caballeros. Los religiosos tolerantes. Jesús, antes de la iglesia católica. La idea de que entender a dios es imposible, al menos por ahora. La idea de que en la diversidad de la verdad hay más posibilidades de sabiduría que en una sola verdad. Frank Zappa. Tom Waits. El perfume de los pinos. Mi almohada. Los sms que me manda Flor cuando se queda a comer en el colegio y solo me dice que me quiere. Mi sillón rojo. Las comidas que hace Gus los domingos. Las excusas que hasta yo misma me creo cuando me invitan a lugares a donde no quiero ir. El sonido de la llave de Gus cuando llega.
Se puede sentir a la tormenta acercándose. Se la siente en la piel. Todo se siente en la piel: las cosas malas que van a pasar, que son inevitables y las cosas buenas, que son tan intangibles, se sienten en la piel.
Fantasmas, todas las mañanas. Caminando por las calles, al mismo tiempo que todos nosotros. Apretados entre los pasajeros de los colectivos, bostezando y desperezándose.

Angeles en las esquinas, mirando pasar a los que se apuran, a los que llegan tarde al trabajo, a los aburridos desde la mañana.

Somos perdedores.

Perdimos el paraíso unos días después de haber sido creados. Lo tenemos en la sangre, en la historia.

Creamos reinos, e imperios. Y los perdimos.

La única certeza al nacer es que perderemos la vida algún día.

Las naciones más poderosas solo saben que tarde o temprano, perderán su poder. Luchan, para alejar lo inevitable.

Hay una poesía hermosa en ese detalle: no importa nuestra fuerza, nuestra sabiduría, nuestro coraje o nuestro poder: vamos a perder algún día, igualados en la derrota. Y en ese momento, solo los humildes saldrán ganando.