Sueños en pasado imperfecto.


El bar era oscuro y hacía calor. No sé cuanta gente habría a mi alrededor, sentados frente a diminutas mesas con vasos y tazas sobre ellas. Los veía a través de la niebla del humo de cigarros, o eso creía, porque ahora, que estoy despierta, pienso que quizás la niebla era solo parte de la puesta en escena del sueño. La lógica de los sueños y la de la realidad no es tan diferente, los diferentes son los materiales con los que trabajamos en el sueño y en la vida real. En el sueño no era extraña la niebla dentro del bar, pero tuve que estar despierta para saber que no era extraña. Yo solo estaba atenta a la música que sonaba. Duke Ellington, en el piano, vestido de blanco, con un sombrero blanco echado hacia atrás, tocaba la música más bella posible.
Pero entonces, la música comenzó a cambiar y de repente, reconocí Penny Lane. Miré a mi alrededor, esperando que alguien más notara que eso no era correcto. ¿Por qué estaba ese joven Duke Ellington tocando una canción de los Beatles? Pero nadie lo notó, obviamente. Muchas de las sombras detrás de la niebla, no parecían ni siquiera oír la música. Solo yo estaba despierta. El resto actuaba, pero parecían dormidos.
Me quedé sentada un rato más, escuchando la extraña versión de una canción sonando en un pasado en el que aún no existía, en un sueño que ocurría en el futuro, que era mi presente...


La multitud y la lluvia



Ayer había sol y pensé: mañana va a llover. La lluvia era inevitable.

En la primaria aprendimos que el 25 de Mayo de 1810 llovía. Después, ya más grande, leí que no era verdad, que solo estaba nublado. Yo sigo prefiriendo la imagen de la lluvia sobre las personas reunidas frente al Cabildo. Gente que en vez de quedarse en sus casas tomando chocolate caliente, salió a la calle a hacerse oír.

El tiempo actuando sobre la historia es muy extraño. Crea lluvias y después las borra. Lo más probable es que algún día un nuevo historiador diga que realmente llovió el 25 de Mayo.

Más adelante se van a escribir libros de historia sobre todas las lluvias que cayeron sobre gente en la calle. Más adelante intentarán explicar por que las personas se quedan bajo la lluvia gritando, llorando, rezando, cantando.

Más adelante, no importa lo que se diga. Hoy la lluvia y la multitud en la calle fueron verdad.

(foto tomada de acá)

Palabras


En esta orilla solitaria,
frente a un mar que se disfraza
de horizonte y de infinito,
tu voz deja caer palabras,
como gotas cálidas
que hacen retroceder
al engaño del hielo.


(pintura: "Monje a la orilla del mar" Caspar David Friedrich)

El puente


Si bien nadie lo decía, porque era evidente que alguien lo había construido, todos sentían que el puente siempre había estado allí. Algunos abuelos recordaban viejas historias sobre el pueblo antes del puente, pero como no eran interesantes, nunca las contaban.

Cada tanto una cuadrilla de trabajadores llegaba y reparaba los daños del tiempo. Se iban en su lenta camioneta, cruzando el puente recién reparado, y perdiéndose en una nube de polvo en el horizonte.

El puente no era particularmente bello, ni largo. Los niños lo cruzaban corriendo, porque parecía muy firme y no infundía temor. Era útil, natural en el paisaje por su persistencia en estar allí y nadie le daba importancia.

Como siempre pasa, fue durante una fuerte tormenta que lo que parecía irrompible, se rompió. Al calmarse los fuertes vientos y cesar la lluvia, en el pueblo contaron a los habitantes para estar seguros de que el derrumbe no había arrastrado a alguien con él. Todos estaban a salvo, y se festejó la noticia. Después, los habitantes se acercaron tímidos al borde del puente que ya no existía y por primera vez notaron, en forma consciente y absoluta, el abismo.

Infancia

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Pequeñas manos que olvidaron
la niñez en un rincón,
despierten para disfrazarse de alas.

La bruja, en el bosque encantado,
tiñó de gris al arco iris.
Pero ahora está distraída,
y toma un té entre las margaritas.

Busquemos los colores,
ignoremos la distancia,
pero necesito tus manos
disfrazadas de alas.

El arco iris merece brillar esta mañana.

El don


Esta mañana desperté y descubrí que tengo una nueva habilidad, o don, no se como llamarlo: siguiendo con mis dedos el contorno de las cosas, puedo borrarlas.

Borré mi taza de café. Me costó desdibujar las ondas de humo en el aire, pero lo conseguí después de un rato. Al terminar, descubrí que el perfume persiste. Borré los leños de la estufa: el fuego lo dejé calentando la habitación.

Borré las cortinas que no me permitían ver el jardín. Podría haberlas corrido, igual que todas las mañanas, pero como todo juguete nuevo, me emocionaba usarlo. También borré una mesa que me estorbaba el paso y la cama, porque no tenía ganas de tenderla. Ya veré en donde duermo esta noche.

Borré algunas hojas de un árbol en mi jardín. En forma aleatoria: una acá, otra por allá... las nervaduras, la superficie verde fresca y por último la savia interna. Solo unas pocas, porque de repente, se me ocurrió que si seguía borrando brotes podría borrar la primavera.

Me pregunto hasta donde llegará el poder de esta habilidad. ¿Y si no fuera un don? Eso me preocupa. Podría borrar solo cosas feas, pero... ¿cómo se si esas cosas malas no son necesarias para un futuro bueno?

Muchos pensamientos y dudas aparecen en mi cabeza. Confío bastante en mí misma, pero hay mañanas en las que no estoy de buen humor... ¿Y si no puedo controlarme y borro el sol? Si lo hago, ¿solo lo borraré ese día y un sol nuevo saldrá a la mañana siguiente? ¿Cómo saberlo? Me juro que nunca borraré el sol, por más malhumorada que me despierte. Tampoco la luna.

Quizás no debería borrar nada. Pienso en algo que parece absolutamente innecesario: esa manzana podrida, por ejemplo, puede alimentar a un gusano.

Es imposible que yo decida que debe ser borrado.

Esto no es un don. Solo es algo molesto y peligroso. Ojalá pudiera borrarlo.

El mundo medido

Han medido de manera precisa los contornos del rostro, cuerpo y alma. Los cálculos avalan sus decisiones, los números cierran: la mayoría no entra dentro de los límites de lo correcto. No necesitan oír los pensamientos, ni perder el tiempo discutiendo con alguien que no responde a las confusas normas que hacen (dicen ellos) a la sociedad un lugar mejor y seguro. Midieron el mundo y decidieron que fuera pequeño, hostil y frío. Midieron la normalidad y la decidieron diminuta.
Fuera de ese mundo hay un bosque inmenso. Nadie nos dijo que ese bosque está fuera de sus fronteras pero, ¿de qué forma podrían ellos hacer que algo tan grande entrara en su mundo pequeño? Se escucha el viento en las ramas de los árboles. Hay caminos que jamás fueron pisados. Debemos alejarnos de las herramientas con las que calculan si somos o no aptos. En el bosque nuestros colores ya no importan, o mejor dicho, son tan importantes que todos brillan. Todo es mejor ahora. No tenemos que pensar en venganzas. El castigo de los que calculan es permanecer en su mundo medido.


(La foto la saqué de una revista National Geographic dedicada a la segunda guerra mundial. Daría más detalles, pero después de escanear la imagen, no sé en donde guardé la revista. Cuando buscando otra cosa la encuentre, seguro va a pasar así, completo los datos)

El tiempo


El tiempo esculpió en la piedra,
un barco hundido,
un árbol seco,
una mano extendida,
un ave prehistórica,
un arcón vacío.

Las ocultas figuras en la piedra,
los secretos, las verdades,
todo lo oculto aparece
gracias al tiempo.

Y también es verdad lo opuesto:
el tesoro de los piratas,
no fue escondido en la tierra,
se escondió en el tiempo.
El faro no se hundió en el mar,
despareció en las horas
que dibujaron siglos.

El tiempo muestra y oculta,
como arena en el viento.


(foto: Annais)

El cuarto timbre


Al oír el sonido del primer timbre todos debían quedarse inmóviles en el lugar, sin importar lo molesta que fuera la situación en la que los encontrara. Se decía que este primer timbre y el tiempo que se mantenían quietos servía para reflexionar. Uno debía mirar sus manos, esas manos que de algún modo no habían hecho lo correcto y observar si estaban manchadas con tierra, pintura o chocolate, o si aún mantenían en ellas el perfume de alguien más. Analizar las manos durante ese instante marcado por el sonido del timbre, era una buena forma de comprender como se perdía el tiempo en vez de hacer lo ordenado. Hacer algo erróneo, decían, implicaba que lo que correcto no era hecho, transformando un pecado en dos.

Luego venía el segundo timbre, agudo, invasivo. Al oírlo, se debía correr hacia el lugar en el que se debía estar: la fila. Como un tercer timbre marcaría el momento en el que se verificaría la posición correcta de cada uno, no había tiempo que perder: todos se chocaban, caían al piso y se ponían de pie, desesperados por llegar, sangrando, tosiendo, secando lágrimas. Lo importante ahora era aparentar no haber salido de la fila, olvidar que se había vislumbrado en las manos sucias una realidad en la que los timbres no regían la vida.

Unos pocos creían que algún día sonaría un cuarto timbre, que los liberaría.




Estatua de sal



Me acurrucaré en mi nuevo
cuerpo de sal.

Orgullosa de haber mirado,
la ciudad juzgada y
castigada por ser libre.

Orgullosa
de mi nueva piel.

Todos huyen de Sodoma.

Con ojos atentos
yo me quedo,
sin desviar la mirada.