El fin de un romance



En los más apasionados momentos de su romance, ellos habían jurado que el mundo se desmoronaría antes de que dejaran de amarse. Tal era su amor, tal su pasión: realmente creían que el sol y las estrellas se apagarían, la luna caería sobre la tierra, el mundo dejaría de girar pero su amor, no se desvanecería.

Hasta que un día, simplemente, el amor no continuó ardiendo y ellos se separaron. No importaba quien tomó la decisión, ni las causas por las que esa decisión debió tomarse: ese romance, como tantos antes, como tantos después, fue eterno dentro de la ajustada realidad del universo de los romances, en donde lo eterno puede durar días y lo infinito terminar con un mensaje de texto.

Y quizás, ellos habían olvidado sus juramentos y convicciones, porque al mirar a través de la ventana, no se sorprendieron de que el mundo aún estuviera allí, indiferente al final de un amor, y a pesar de tantas promesas.

Fe


Como siempre fue una persona muy católica, después de su tercer divorcio, decidió que debía retirarse de este mundo que no comprende a las personas de fe (de paso, dejando atrás deudas e hijos) y se fue a vivir con un sacerdote.

Nocturno


Aún es de noche. No quiero mirar la hora. Aún es de noche. Puedo oírla, afuera, asomándose entre las rendijas de mi persiana.

Porque la noche puede oírse. Hay un silencio nocturno, que se escucha. No existe el silencio, vuelvo a pensar (no quiero mirar la hora, aún tiene que ser de noche). Hay sonidos tenues que se disfrazan y nos convencen de que eso es el silencio.

El universo conspira para decidir que amanezca. Es tenaz. Siempre gana. Enciende luces, sacude los nidos, arma el rompecabezas del día con una rapidez sorprendente. De repente, el cielo cambió de color, como si la noche hubiera sido solo un sueño. La noche es más lenta en llegar, más discreta. El día irrumpe en el mundo. Por eso prefiero la suavidad del atardecer en vez de la explosión del amanecer.

En este lugar, de esta isla pequeña, intento aferrar los despojos del naufragio que ya es la noche.

Orillas


Vivir en la orilla de las cosas es inevitable.
La vida es algo con cosas formadas solo por bordes.

Caminamos por la ribera del día,
y después, por el filo de la noche.

La vida entera es una orilla: vivimos intentando no caer...
Hasta que caemos.

Hogar



Hace frío en alguna habitación,
y las ventanas se cierran al otoño.

Alguien diseñó perfectamente,
las paredes y las puertas
talladas por los mejores ebanistas.

Un perfecto pasillo
une las habitaciones, todas frías.

Debería haber soñado
un hogar más pequeño
en donde el calor del sol alcance
a tocar nuestras pieles dormidas.

Pero los rayos apenas rozan las tenues cortinas,
en las grandes ventanas como ojos ciegos.

Debería haber dibujado un hogar,
no una casa perfecta con habitaciones frías.

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Olvidos I

El árbol era joven, pero lo había olvidado, porque se sentía viejo, y creía que por ser viejo, debía olvidar.

Cuando recuerde que él tiene derecho a ser joven, a pesar de sus muchos años, y a pesar de haber visto a tantos hombres nacer y morir, olvidará sus olvidos, para sentirse joven de nuevo.

Más sobre el tiempo

Por ahora, solo necesito tiempo.

Tiempo para desperezarme.

Tiempo para encontrar más tiempo para quejarme de no tener tiempo.

Tiempo para esperar la llegada de tiempos mejores.

Para aprovechar, y para desperdiciar, si tengo ganas.

Dejarlo pasar. Dejar de rogar: "apurate, que no tenemos tiempo".

Guardarlo en cajitas, adentro de cajones, para abrir en caso de emergencia, cuando es mucho más importante para mí hacer algo postergable antes que lo impostergable.

Tenerlo, para poder retrocederlo. Para regresar a ese día perfecto y descubrir que solo es perfecto en nuestro recuerdo. Y que no importe.

Aunque sea, tiempo para armar, como rompecabezas con minutos robados a una hora, y minutos robados a otra...

Tiempo para sentir que no lo estoy perdiendo...

El mercado


Cuando llegamos al mercado, nos damos cuenta de que hemos olvidado lo que íbamos a buscar. Igualmente, caminamos seguros, porque sentimos que titubear frente a todos esos desconocidos sería una derrota; en realidad solo esperamos que eso que olvidamos regrese a nuestra memoria. Siempre nos pasa, como si el mercado necesitara que olvidemos para entrar en él. Que estemos en blanco, para que escriba en nuestras páginas lo que a él le conviene.

Nuestros ojos se encandilan con todo lo ofrecido. Mientras recorremos los pasillos, entre los puestos ordenados, esquivando a los vendedores que ofrecen con voces seductoras sus productos, nos convencemos de que además de lo que olvidamos, necesitamos muchas más cosas.

Al ver las manzanas, inmediatamente recordamos que es eso lo que buscábamos. Pero, frente a nosotros los duraznos se ven deliciosos. Más allá hay nueces, y el perfume de las naranjas nos hace retroceder hasta el vendedor que acaricia la piel de esas frutas mientras nos dice que la vida no es igual si no las compramos.

Y más allá hay telas tan coloridas, más allá baratijas que brillan y tintinean. Todo podría ser nuestro, reclama ser nuestro, como si nos esperara solo a nosotros. Y los demás compradores parecen acumular lo que debería pertenecernos.

¿Queremos manzanas, naranjas, un pañuelo de seda? Es todo o nada, nos decimos, y lo creemos: ¿cómo no podemos tenerlo todo, nos agobia la certeza de la nada?

Hay algo obsceno y cruel en el hecho de que dejándonos vencer por el mercado sintamos esa falsa hambre, que aunque lo compremos todo, no podremos saciar.

En voz baja


Yo soy, siempre soy, quieras o no quieras.

Yo estoy, siempre estaré, no importa lo que creas.

Y me despierto, a pesar de tanto que luchaste para que siguiera dormida.

Entonces veo y comprendo que es mi derecho decidir no solo que es o no pecado, sino si existe o no el pecado. Es mi derecho aprender los límites de mis dedos. Es mi derecho equivocarme para aprender la universal sabiduría del respeto. Es mi derecho decidir a quien seguiré o quien será, de desear tener uno, mi maestro.

Dejame amar a Dios... O no. Si me equivoco, en todo caso, acepto enfrentar su ira, a mi modo. No creas que es tu deber salvarme. Por favor, no me salves.

Dejame ser. Entregarme o no. Escuchar o no. Herirme y sanar.

Y es, sobre todo, mi derecho, decirte que creo que estás equivocado. Discutir lo que creo errado por más poderoso que sea quien se equivoca.

Se valiente. Mirame a los ojos. Compartamos conocimientos. Si respeto tus plumas llamativas, los libros que amas, los relatos de antiguas batallas que te dan tanto orgullo... ¿Por qué no aceptar dar un paseo, conmigo, por mis jardines, por mis estantes llenos de libros pacíficos, por la orilla de un mar que no ahoga?

Si te animas a escuchar, hay voces que hablan en voz muy baja: voces de hombres y mujeres escondidos. No creo que te animes a escucharlos, pero quizás, más adelante, en muchos años, cuando dejes de ser (entre otras cosas...) tan cobarde.

Recuerdos de las nubes.


Mi memoria es una esfera.

Rota, gira, se desliza.

Se escapa.

Ahora recuerdo que mañana
estaré recordando el ayer.

Ahora recuerdo que no fui
lo que ansiaré ser mañana.

Busqué las esquinas de la memoria,
porque allí están esas calles
que recorrí antes de recordarlas.

Recuerdo una nube.

Es lo más lejano en el horizonte visible.

Recuerdo que no puedo respirar
y recuerdo que la nube es leve
y flota,
y vuela.

¿Podría alguna vez volar como esa nube?

Ahora recuerdo que eso no será posible.

¿Me recordará esa nube?
¿Me recordará mirándola?
¿Habrá lamentado estar rebosante de aire
y verme mirarla, desde el suelo?