
En los más apasionados momentos de su romance, ellos habían jurado que el mundo se desmoronaría antes de que dejaran de amarse. Tal era su amor, tal su pasión: realmente creían que el sol y las estrellas se apagarían, la luna caería sobre la tierra, el mundo dejaría de girar pero su amor, no se desvanecería.
Hasta que un día, simplemente, el amor no continuó ardiendo y ellos se separaron. No importaba quien tomó la decisión, ni las causas por las que esa decisión debió tomarse: ese romance, como tantos antes, como tantos después, fue eterno dentro de la ajustada realidad del universo de los romances, en donde lo eterno puede durar días y lo infinito terminar con un mensaje de texto.
Y quizás, ellos habían olvidado sus juramentos y convicciones, porque al mirar a través de la ventana, no se sorprendieron de que el mundo aún estuviera allí, indiferente al final de un amor, y a pesar de tantas promesas.








