Respuestas

pintura: Noviembre, Jeremie Iordanoff


Quizá olvidaba poner los signos de pregunta, pero todo el tiempo miraba a su alrededor, buscando respuestas.
A veces encontraba algunas, llenas de polvo en un rincón de la casa. Eran respuestas viejas, que por alguna razón ella no había usado, creyéndolas erróneas o inútiles, a pesar de ser ciertas. Convenía entonces lavarlas bien, y luego tenderlas al sol, para airearlas y dejarlas que respiren al viento. Esto es posible con las respuestas dóciles, esas que se dejan acariciar y alzar, y que incluso se duermen un rato en nuestra falda. No todas son así.

Una vez, barriendo bajo la cama, ella encontró una respuesta dormida, enroscada como un gatito suave. Quien sabe cuanto tiempo habría estado allí (todos sabemos que hasta los más prolijos olvidan barrer seguido bajo la cama). Con suavidad intentó despertarla. Primero la respuesta se quejó, con un dulce y lastimero bostezo, pero luego intentó morderla y finalmente saltó por la ventana. Ella tuvo que perseguirla, frente a los vecinos que boquiabiertos la vieron pasar corriendo, con la escoba, que en el apuro olvidó soltar. Unos minutos más tarde, aún con su escoba y con la respuesta ya bien sujeta de la mano, regresó y saludó como si nada extraño pasara. Los vecinos devolvieron el saludo con su desaprobación habitual, y la miraron de reojo mientras entraba a su casa.

Sin embargo, a ella no le gustaba pensarse como una coleccionista de respuestas. A veces, a las recién halladas, las guardaba en los libros, que para su gusto, no deben estar acomodados impecables en una señorial biblioteca. Deben estar ajados de tan leídos. Así le gustaban las respuestas también: ajadas, gastadas de tanto girarlas, retorcerlas, limpiarlas, ensuciarlas...

Todo para que esa búsqueda, todos esos hallazgos, la empujaran a seguir buscando, sin deseo de acopio, sino para aumentar las ganas de saber qué otra respuesta, puede esconderse bajo nuestra cama.

¿Te acordás...?


¿Te acordás...? ¿Te acordás de esa mañana... cuándo fuimos a tomar mate a la playa y vimos las huellas de las patitas de las gaviotas en la arena? ¿Te acordás que prometimos ir a sacarles fotos a las gaviotas mas temprano a la mañana siguiente? Dijimos: de paso vemos amanecer, ¿te acordás? Supongo que es algo que se debe hacer, ¿no es cierto? ¿ver todos los veranos, aunque sea una vez, el amanecer en la playa? Pero nosotros siempre nos quedamos dormidos, y lo más temprano que fuimos, fue a desayunar, alrededor de las diez de la mañana, con el mate y el termo y facturas, y esa mañana fue que vimos las huellas... ¿te acordás?
Aparentemente, las gaviotas, le escapan a las multitudes (como yo lo hago también), y pasean por la arena cuando el sol recién sale y después se van a... ¿sus nidos? ¿un mundo paralelo sin tanta gente? ¿se quedan volando por ahí, comiendo pececitos? No sé a dónde irán, pero cuando la playa está llena de gente, muy cada tanto vemos alguna asomarse aburrida y nunca nos da tiempo para fotografiarla, ¿te acordás que planeamos ir a fotografiarlas bien temprano, cuando estaban dejando sus huellitas en la arena, no tengo ni idea de para qué, porque después las fotos de las vacaciones las miramos una sola vez, pero te acordás que lo dijimos?
¿Te acordás? Bueno, acabo de recordar que no fuimos.

El viajero


El viajero dijo:
- Me mira con pena, ¿lo sabe? Pero no es el azar quien empuja mis pasos. No sé a donde voy, pero doblar en cada esquina, es mi decisión.
El viajero, como yo, el que vive en un continuo viaje, es un ser solitario. Hay que quedarse en un punto para tener compañía. Cuando otro viajero me acompaña, es una simple coincidencia. Durante un tiempo, somos dos soledades en el camino. Alguna vez escuché esa frase, y me quedó grabada en la memoria. Quizás siempre es así. Quizás todos somos soledades buscando otras soledades. El viajero se sabe solo. Avanza solo. Se detiene el tiempo exacto para extrañar el movimiento y lo hace solo. Hoy, por ejemplo, me detuve. El horizonte está más lejos que nunca. Los árboles no charlan con el viento. Las aves están durmiendo, mientras la oscuridad aumenta. Es bueno cada tanto, encontrar a alguien con quien charlar. Yo, el orgulloso de no tener raíces. Yo, que me niego a aceptar un techo y una silla como objetos necesarios y que sin embargo agradezco en esta ocasión, que tan generosamente me han sido ofrecidos. Yo, que tengo a mis botas y a mi guitarra como todo lujo... Y usted, que me escucha con tanta atención... No sienta pena. Es solo un rato en el que me siento cansado. Mañana, no estaré aquí. Mañana, volveré al camino...

El derrumbe


Cuando el techo de la casa comenzó a caerse, el tío Juan lo apuntaló en sitios específicos y dijo que lo repararían pronto. El apuntalamiento fue tan bueno, que unos días más tarde, la familia había olvidado que el techo se venía abajo.
Los vidrios rotos de las ventanas hacía mucho que estaban cubiertos con plásticos que se inflaban con la fuerza del viento frío.
Las goteras dibujaban figuras de humedad en las paredes y charcos en el piso. Los niños jugaban a encontrarles una forma a esas figuras: un rostro, un animal, la cara del primo...
Llovía tanto que las plantas se pudrían en el jardín y la casa parecía rodeada por un pantano. Los zapatos se enchastraban en el lodo, la ropa siempre estaba sucia...
Sabían que debían irse, que estaban literalmente empantanados en ese lugar, en ese tiempo. Sabían que debían abandonar la casa de techo apuntalado, de paredes húmedas, de jardín inundado.
También sabían que ese mundo les pertenecía. Quizá hubiera lugares más soleados, casas con techos firmes, con ventanas de vidrios sanos... Mundos sin aristas, en los que las promesas se cumplieran. ¿Pero sería, de existir realmente, ese mundo un hogar? ¿tendría, ese mundo ideal, figuras para jugar en las paredes? ¿tendría posibilidad de apreciarse la habilidad del tío apuntalando el techo?
¿Cuándo es el momento de huir del derrumbe? ¿Cuánto se debe resistir? ¿Somos cobardes si nos quedamos o si huimos?
Mientras tanto, la casa se mantiene en pie y los niños siguen jugando.

Niebla

Posted by Picasa


La niebla cubrió el mundo.
La gente se escondió en sus casas, asustada, aceptando las órdenes de las autoridades que aseguraron informar lo antes posible sobre que tan peligroso era ese nuevo fenómeno.
Los días pasaban sin novedades. Los ojos comenzaron a acostumbrarse al nuevo color del mundo. Algunas puertas se abrieron tímidamente. De a poco, aburridas, hambrientas, cansadas, las personas se atrevieron a asomarse, a reunirse en las esquinas, primero con pañuelos cubriendo narices y bocas, luego, animándose a respirar la nueva realidad.
La niebla seguía allí, con ese perfume a algunas mañanas húmedas de otoño. El sol era un círculo perfecto en el cielo.
Las plantas, más pálidas por la menor cantidad de luz que recibían, luchaban por sobrevivir.
Alguien habló de cielos muy azules.
Alguien describió con melancolía las estrellas.
Muchos reanudaron su vida, olvidándolo todo.

(la fotografía tiene un año aproximadamente, y fue tomada cuando el humo de la quema de pastizales invadió Buenos Aires).

Momentos




Un hombre pasa gritando solo. ¿O no? Lleva un teléfono celular en su mano. Esa es su compañía. Grita: "¡Si sabés que es una hija de puta! ¡Lo sabés!".

¿De quién estará hablando? ¿Con quién?

Se percibe el perfume a café que sale del bar, el humo de los caños de escape, una mezcla de aromas confusos, como son confusos los sonidos, como es confuso el reflejo del sol de la tarde en las vidrieras y las frías sombras de los edificios.

Las bocinas me ensordecen.

Dicen que hay un piquete a dos cuadras. Gente quejándose en el piquete, gente quejándose del piquete.

El hombre con el celular, cruza por la mitad de la calle, a pesar de que el semáforo está en verde, dándole el paso a los autos detenidos en una aburrida fila, como riéndose de ellos. El hombre los esquiva, sin alejar el teléfono del oído.

Algunos autos avanzan y un chofer saca la cabeza por la ventanilla e insulta al que cruza frente al suyo, tan imprudentemente, impidiéndole el paso. El se detiene frente al automóvil y golpea el vidrio con la mano invitando al chofer a pelear.

"¡Bajate, si sos macho!", le grita.

Guarda el celular en el bolsillo. La situación es perfecta, el momento, casi dibujado por esos dos que acariciaban a solas su ira.

El chofer desciende, gritando aún más fuerte, porque hay que ser obstinado y tener buenos pulmones para hacerse oír en medio de todo ese caos.

Juegos mentales a la hora del café

Imaginemos a un hombre solo.
Para hacerlo más extremo, imaginemoslo realmente solo.
No sé, en medio de la Pampa húmeda, por ejemplo, en donde no hay nada mas que verde de un horizonte al otro. Quizás, muy a lo lejos, unos pocos árboles; quizás, mas lejos, alguna vaquita, pero nada mas.

Solito con su alma el hombre.

Tiene los ojos cerrados. De pie, con los ojos cerrados. Respira profundamente. Piensa.

Piensa que no hay ruidos, ni bocinazos. El viento y sus suspiros. No hay gritos, ni reproches.

Quizás recuerda cosas que aprendió. A alguien a quien desearía volver a ver. ¿Es él mismo?

¿Así, aislado, quién es el hombre?

Me gusta imaginar que piensa. No tiene obligaciones. No tiene que pensar que se vence la boleta de la luz o el teléfono. No tiene que pensar en las quejas de su jefe.

¿Meditará en cosas profundas?
¿Planeará un asesinato?
¿Intentará recordar la letra de una canción?
¿O pensará que cuernos está haciendo ahí solo en medio de la Pampa?

El lago

Echó su secreto al lago.

Lo vio sumergirse en la parte más honda, y durante un largo rato se quedó observando las olitas que navegaban hasta la orilla.

Sentía que el secreto aún ardía en sus manos. El agua dulce y fresca del lago, reflejando el cielo, no conseguiría apagarlo.

Esa misma noche despertó asustado. Por un momento pensó que alguien nadando en el lago lo había encontrado, pero eso era imposible: nadie nadaba en ese lugar escondido junto al que había alzado su casa.

Los tontos creerían que él lo había lanzado al lago para esconderlo. Pero los secretos siempre están escondidos, aunque los llevemos de la mano. Cuando dejan de estarlo, desaparecen. De modo que no era esa la finalidad de su decisión: solo deseaba protegerlo, darle un lugar seguro, casi un hogar sumergido en las aguas que reflejaban el cielo.

Un día sintió en su piel que el secreto tenía frío. El invierno llegó temprano ese año. Desde la orilla, él observó las aguas. La nieve se fundía suavemente en el lago. Nadó ignorando el frío que le hacía doler los músculos como miles de puñales, sabiendo que no era su piel la que dolía, sino la del secreto. El frío los aferró a ambos y él tuvo que pelear para escapar del lago.

Abrazado llevó el secreto a la orilla. "Te extrañé" susurró en el oído de los restos casi congelados de su pasado.

Laberinto



Como una broma a su destino, había pensado dormir, hasta el final. Obviamente, le fue imposible conciliar ni un minuto de sueño. En cambio, ansioso caminó por la casa en penumbras. Se vio a sí mismo como un león enjaulado, chocando los barrotes con la insistencia de quien pierde el aliento.

Imaginó el futuro, intentando ver todas las variantes posibles de las consecuencias de su decisión de la mañana. En algunas el final no estaba tan cerca.

Delineó movidas, jugadas, escapes, como un ajedrecista calculando las piezas que podía arriesgar o hasta perder en favor de un sorpresivo jaque futuro.

Sus sentidos parecían agudizarse. Oía los ruidos de la calle con mayor claridad que nunca. Veía los colores vibrando en la penumbra de la casa, y todo parecía más sabroso en su paladar de hombre muerto.

Dos veces se preparó para salir a la calle e intentar una vergonzosa huida. Las dos veces lo detuvo la vergüenza.

Una frase le latía en la memoria, un verso de un poema: "... es de hierro tu destino, como tu juez". Sabía que lo había leído, u oído en algún lado. Nunca había sido un lector fervoroso, al contrario, estaba seguro de no haber leído nunca un libro completo. ¿De dónde salía entonces ese verso en su memoria? ¿Quién lo había escrito? ¿Por qué lo recordaba?

"...es de hierro tu destino, como tu juez"

Miró a través de la ventana, la calle dolorosamente solitaria. Todos saben que se muere a solas. La vereda cubierta de hojas secas lo hizo extrañar la primavera, pero supo que de ver flores afuera de su casa, extrañaría el otoño, porque lo que lamentaba no era lo que no tenía en ese momento, sino lo que ya no tendría nunca más...

"...es de hierro tu destino, como tu juez" , repitió obsecivamente.

El disparo lo hizo caer, pero no estaba muerto. Se dijo a sí mismo que no estaba muerto y sintió deseos de reír. Se puso de pie, dio dos pasos, tropezó con una silla y cayó de nuevo, llevándose la mano hacia la herida. Se arrastró hacia un costado, casi por instinto, sin pensar en escapar. Siguió arrastrándose, para saberse vivo, para sentir el dolor que le recordaba que estaba vivo. Pensó en un laberinto, en el que pudiera esconderse. Un laberinto en el que nadie, ni amigos, ni enemigos, pudieran encontrarlo.

Y entonces, recordó el poema completo.