domingo 31 de mayo de 2009

Respuestas

pintura: Noviembre, Jeremie Iordanoff


Quizá olvidaba poner los signos de pregunta, pero todo el tiempo miraba a su alrededor, buscando respuestas.
A veces encontraba algunas, llenas de polvo en un rincón de la casa. Eran respuestas viejas, que por alguna razón ella no había usado, creyéndolas erróneas o inútiles, a pesar de ser ciertas. Convenía entonces lavarlas bien, y luego tenderlas al sol, para airearlas y dejarlas que respiren al viento. Esto es posible con las respuestas dóciles, esas que se dejan acariciar y alzar, y que incluso se duermen un rato en nuestra falda. No todas son así.

Una vez, barriendo bajo la cama, ella encontró una respuesta dormida, enroscada como un gatito suave. Quien sabe cuanto tiempo habría estado allí (todos sabemos que hasta los más prolijos olvidan barrer seguido bajo la cama). Con suavidad intentó despertarla. Primero la respuesta se quejó, con un dulce y lastimero bostezo, pero luego intentó morderla y finalmente saltó por la ventana. Ella tuvo que perseguirla, frente a los vecinos que boquiabiertos la vieron pasar corriendo, con la escoba, que en el apuro olvidó soltar. Unos minutos más tarde, aún con su escoba y con la respuesta ya bien sujeta de la mano, regresó y saludó como si nada extraño pasara. Los vecinos devolvieron el saludo con su desaprobación habitual, y la miraron de reojo mientras entraba a su casa.

Sin embargo, a ella no le gustaba pensarse como una coleccionista de respuestas. A veces, a las recién halladas, las guardaba en los libros, que para su gusto, no deben estar acomodados impecables en una señorial biblioteca. Deben estar ajados de tan leídos. Así le gustaban las respuestas también: ajadas, gastadas de tanto girarlas, retorcerlas, limpiarlas, ensuciarlas...

Todo para que esa búsqueda, todos esos hallazgos, la empujaran a seguir buscando, sin deseo de acopio, sino para aumentar las ganas de saber qué otra respuesta, puede esconderse bajo nuestra cama.

miércoles 27 de mayo de 2009

¿Te acordás...?


¿Te acordás...? ¿Te acordás de esa mañana... cuándo fuimos a tomar mate a la playa y vimos las huellas de las patitas de las gaviotas en la arena? ¿Te acordás que prometimos ir a sacarles fotos a las gaviotas mas temprano a la mañana siguiente? Dijimos: de paso vemos amanecer, ¿te acordás? Supongo que es algo que se debe hacer, ¿no es cierto? ¿ver todos los veranos, aunque sea una vez, el amanecer en la playa? Pero nosotros siempre nos quedamos dormidos, y lo más temprano que fuimos, fue a desayunar, alrededor de las diez de la mañana, con el mate y el termo y facturas, y esa mañana fue que vimos las huellas... ¿te acordás?
Aparentemente, las gaviotas, le escapan a las multitudes (como yo lo hago también), y pasean por la arena cuando el sol recién sale y después se van a... ¿sus nidos? ¿un mundo paralelo sin tanta gente? ¿se quedan volando por ahí, comiendo pececitos? No sé a dónde irán, pero cuando la playa está llena de gente, muy cada tanto vemos alguna asomarse aburrida y nunca nos da tiempo para fotografiarla, ¿te acordás que planeamos ir a fotografiarlas bien temprano, cuando estaban dejando sus huellitas en la arena, no tengo ni idea de para qué, porque después las fotos de las vacaciones las miramos una sola vez, pero te acordás que lo dijimos?
¿Te acordás? Bueno, acabo de recordar que no fuimos.

domingo 24 de mayo de 2009

El viajero


El viajero dijo:
- Me mira con pena, ¿lo sabe? Pero no es el azar quien empuja mis pasos. No sé a donde voy, pero doblar en cada esquina, es mi decisión.
El viajero, como yo, el que vive en un continuo viaje, es un ser solitario. Hay que quedarse en un punto para tener compañía. Cuando otro viajero me acompaña, es una simple coincidencia. Durante un tiempo, somos dos soledades en el camino. Alguna vez escuché esa frase, y me quedó grabada en la memoria. Quizás siempre es así. Quizás todos somos soledades buscando otras soledades. El viajero se sabe solo. Avanza solo. Se detiene el tiempo exacto para extrañar el movimiento y lo hace solo. Hoy, por ejemplo, me detuve. El horizonte está más lejos que nunca. Los árboles no charlan con el viento. Las aves están durmiendo, mientras la oscuridad aumenta. Es bueno cada tanto, encontrar a alguien con quien charlar. Yo, el orgulloso de no tener raíces. Yo, que me niego a aceptar un techo y una silla como objetos necesarios y que sin embargo agradezco en esta ocasión, que tan generosamente me han sido ofrecidos. Yo, que tengo a mis botas y a mi guitarra como todo lujo... Y usted, que me escucha con tanta atención... No sienta pena. Es solo un rato en el que me siento cansado. Mañana, no estaré aquí. Mañana, volveré al camino...

domingo 17 de mayo de 2009

Niebla

Posted by Picasa


La niebla cubrió el mundo.
La gente se escondió en sus casas, asustada, aceptando las órdenes de las autoridades que aseguraron informar lo antes posible sobre que tan peligroso era ese nuevo fenómeno.
Los días pasaban sin novedades. Los ojos comenzaron a acostumbrarse al nuevo color del mundo. Algunas puertas se abrieron tímidamente. De a poco, aburridas, hambrientas, cansadas, las personas se atrevieron a asomarse, a reunirse en las esquinas, primero con pañuelos cubriendo narices y bocas, luego, animándose a respirar la nueva realidad.
La niebla seguía allí, con ese perfume a algunas mañanas húmedas de otoño. El sol era un círculo perfecto en el cielo.
Las plantas, más pálidas por la menor cantidad de luz que recibían, luchaban por sobrevivir.
Alguien habló de cielos muy azules.
Alguien describió con melancolía las estrellas.
Muchos reanudaron su vida, olvidándolo todo.

(la fotografía tiene un año aproximadamente, y fue tomada cuando el humo de la quema de pastizales invadió Buenos Aires).

martes 12 de mayo de 2009

Momentos




Un hombre pasa gritando solo. ¿O no? Lleva un teléfono celular en su mano. Esa es su compañía. Grita: "¡Si sabés que es una hija de puta! ¡Lo sabés!".

¿De quién estará hablando? ¿Con quién?

Se percibe el perfume a café que sale del bar, el humo de los caños de escape, una mezcla de aromas confusos, como son confusos los sonidos, como es confuso el reflejo del sol de la tarde en las vidrieras y las frías sombras de los edificios.

Las bocinas me ensordecen.

Dicen que hay un piquete a dos cuadras. Gente quejándose en el piquete, gente quejándose del piquete.

El hombre con el celular, cruza por la mitad de la calle, a pesar de que el semáforo está en verde, dándole el paso a los autos detenidos en una aburrida fila, como riéndose de ellos. El hombre los esquiva, sin alejar el teléfono del oído.

Algunos autos avanzan y un chofer saca la cabeza por la ventanilla e insulta al que cruza frente al suyo, tan imprudentemente, impidiéndole el paso. El se detiene frente al automóvil y golpea el vidrio con la mano invitando al chofer a pelear.

"¡Bajate, si sos macho!", le grita.

Guarda el celular en el bolsillo. La situación es perfecta, el momento, casi dibujado por esos dos que acariciaban a solas su ira.

El chofer desciende, gritando aún más fuerte, porque hay que ser obstinado y tener buenos pulmones para hacerse oír en medio de todo ese caos.

viernes 8 de mayo de 2009

El lago

Echó su secreto al lago.

Lo vio sumergirse en la parte más honda, y durante un largo rato se quedó observando las olitas que navegaban hasta la orilla.

Sentía que el secreto aún ardía en sus manos. El agua dulce y fresca del lago, reflejando el cielo, no conseguiría apagarlo.

Esa misma noche despertó asustado. Por un momento pensó que alguien nadando en el lago lo había encontrado, pero eso era imposible: nadie nadaba en ese lugar escondido junto al que había alzado su casa.

Los tontos creerían que él lo había lanzado al lago para esconderlo. Pero los secretos siempre están escondidos, aunque los llevemos de la mano. Cuando dejan de estarlo, desaparecen. De modo que no era esa la finalidad de su decisión: solo deseaba protegerlo, darle un lugar seguro, casi un hogar sumergido en las aguas que reflejaban el cielo.

Un día sintió en su piel que el secreto tenía frío. El invierno llegó temprano ese año. Desde la orilla, él observó las aguas. La nieve se fundía suavemente en el lago. Nadó ignorando el frío que le hacía doler los músculos como miles de puñales, sabiendo que no era su piel la que dolía, sino la del secreto. El frío los aferró a ambos y él tuvo que pelear para escapar del lago.

Abrazado llevó el secreto a la orilla. "Te extrañé" susurró en el oído de los restos casi congelados de su pasado.