El mismo poema


A veces siento que una y otra vez
escribo el mismo poema.

¿Y si siempre decimos lo mismo con distintas palabras?
Como si hubiéramos nacido para decir una sola cosa...

Seguimos describiendo el camino de la misma manera,
pasamos por las mismas esquinas,
admiramos las mismas piedras.

Yo escucho las mismas voces,
y corto las mismas flores.

Regreso siempre al mismo punto...
Solo recuerdo los mismos momentos...
y no me quejo.

La niña diosa


Como todos los atardeceres, la niña diosa fue encendiendo una a una las estrellas. Pero esa noche, distraída, jugando con las luciérnagas, olvidó encender una.
Los hombres, que miraban el cielo, notaron el suceso y ahora lo informaban alarmados al resto de la humanidad, haciendo extrañas conjeturas.
Dios padre tuvo que retar a la niña, aunque no quisiera. Ella debía ser muy cuidadosa, porque los hombres solían hacer enormes escándalos, por más trivial que fuera el incidente en el cielo.

Amarillo



"Es una hermosa camisa color maíz".
O "mirá esa remera color limón".
En todo el diálogo que tuve con una fabricante de ropa, ella ni una sola vez nombró al amarillo. Encontraba otras alternativas que consideraba más ¿elegantes? más... ¿descriptivas?, dando innecesarias vueltas.
No adivino aún cuál es el problema con el amarillo. No me parece mal encontrar una palabra para describir los matices de un color, pero que por esos matices se descarte el color es ridículo. No entiendo por qué alguien debe dar vueltas para no pronunciar una palabra, o no utilizarla cuando es necesario hacerlo, como si hubiera algo malo en ella.




(No puedo parar de escuchar esta canción. Hay altas posibilidades de que todo esto sea una excusa para postearla)

Suerte

Solo le faltaba la escalera para ganar la generala.
Dijo:
- Vas a ver que sale servida.

Sacudió el cubilete, riéndose con la arrogancia de quien tiene toda la suerte del mundo a su favor, dejó caer los dados con suavidad y ahí estaba: escalera servida.

¿Qué es más poderosa, la suerte o la casualidad?

Un golpeteo menos del cubilete, un poco de fuerza más, un giro de la muñeca, y los dados hubieran caído de otra forma.

¿Leyes físicas, geométricas, matemáticas se ponen en juego para que me destrocen en la generala?

¿O es la suerte otra ley más en el universo, una que creemos arbitraria y caótica, pero no lo es?

El desierto y la lluvia

Aquí, en el desierto, nada es más cercano que la lluvia. Pensamos en ella, hablamos de ella...
Nada está más presente ni es más real. Vivimos para ansiarla, para extrañarla.
Porque vivimos con lo que no tenemos. Vivimos con las ausencias.

Frutos


Buscamos en el bosque un fruto específico. Pero en ese bosque no crece el árbol que da esos frutos. Entonces nos enojamos con el bosque entero.
Lo tachamos en nuestro mapa y no queremos visitarlo más.
Queremos hasta olvidar que el bosque existe.
No vemos más los árboles llenos de muchos frutos distintos, porque no encontramos ese, el único que creíamos que nos gustaba.
No es culpa del bosque entonces, viajero.
Solo tenés un gusto demasiado limitado.

Explicaciones


Para explicar algo complicado o prácticamente inexplicable solo debemos tironear los jirones de la explicación más cercana, darle un par de cachetazos, sacudirle el polvo sobrante acumulado después de tanto tiempo sin usarla (o no, podemos usar una explicación nueva, pero las mejores explicaciones para explicar lo practicamente inexplicable son las que en su momento no nos sirvieron y quedaron ahí, y las buscamos ya medio desesperados, rezando para que nos sirvan) y simplemente, extenderla sobre la mesa, arrugando apenas las partes menos creíbles para que no se vean claramente.

Que quede claro que una explicación tironeada no es una explicación falsa. Es... es... bueno, eso, una explicación tironeada, pero válida. Depende del que pide la explicación creerla o no. Pero eso es otro tema.

Ahora, ¿cómo explicar lo fácilmente explicable, lo sobreentendido, lo obvio? Si debemos tomarnos el tiempo en explicar lo que se sobreentiende, algo está fallando.

Porque va más allá de que algo sea o no lógico. Lo ilógico puede ser obvio según el contexto. ¿Qué busca quién pide explicaciones de algo obvio?

Y entonces creo que hay que tener cuidado con sobreexplicar las cosas obvias, porque lo sobreexplicado puede transformarse en algo inexplicable debido al uso desmedido de una explicación pedida pero innecesaria.

Como las palabras. Cuando se las usa demasiado, hasta pierden sentido.

Dialogo escuchado por ahí.


Caminaba delante de mi. Yo iba a hacer compras al supermercado, temprano en la mañana del domingo (bueno, bastante temprano, serían las nueve y media; como no me gusta comprar cuando hay mucha gente, si tengo que hacer compras un domingo, cosa que evito casi siempre, soy capaz de levantarme un poco antes, ¡inclusive un domingo!, solo para salir medio dormida a la calle, y llegar al supermercado antes de que se amontone la gente en las góndolas).

Ella no sé a donde iría. Quizá fuera como yo, una histérica evitando multitudes. Era una linda mañana. La calle estaba solitaria. Ella no debía tener más de cincuenta años, usaba un bastón pero caminaba bastante rápido y llevaba de la correa un pequeño perrito blanco, no sé que raza, es un detalle que no me importa, pero bueno, como para que se den una idea, de esos peluditos que caminan tan rápido que apenas se les ven las patitas. Mientras caminaba, ella decía:

"Esto no puede ser, ¿cuántas veces tengo que decirte que hay que mirar a los dos lados de la calle antes de cruzar? No podés lanzarte así nomás en las esquinas, tené cuidado, es una vergüenza, ya no sos un bebé".

Me pareció tan divertida la forma en que ella le hablaba a su perrito que ni bien llegué a casa, le conté esta anécdota a Pancha, mi perra. También le pareció muy divertida.

El camino equivocado


En la bifurcación de los caminos, unas personas le advirtieron que ese, el que estaba por tomar, no era el camino correcto. El, con un poco de arrogancia y bastante indiferencia, navegó en sus recuerdos, y se convenció de que sí lo era. Hacía años desde la última vez que lo había recorrido, pero ignorando los consejos, avanzó seguro internándose en el bosque.

Hay ciertos tramos en que todos los caminos se parecen. Es justamente el tramo necesario para que perderse sea un enorme disgusto. Para cuando notamos que el que transitamos no es el camino correcto, regresar al punto en el que nos equivocamos es una distancia tan larga y es tanto el tiempo que nos llevaría, que creemos que nos conviene buscar uno alternativo.

El lo comprendió, casi sorprendido. Se había equivocado. Se detuvo y miró a su alrededor, quejándose furioso. No había nadie cerca. Era el típico sendero de tierra apisonada que se transformaba en pantano cuando llovía y que excepto en épocas de mucha sequía siempre tenía traicioneros charcos, protegidos por los altos árboles. El camino era tan parecido a cualquier otro, que en realidad fue por instinto que supo que se había perdido.

Quizás más adelante hubiera otro camino, pensó. Uno que lo llevara en forma directa al lugar al que debía ir. Un sendero lateral, un atajo... ¿Cómo saberlo? ¿O debía retroceder y tomar el correcto, ese cuya única ventaja con respecto a este camino, era que él lo conocía previamente? De algún modo deseaba seguir adelante en esa misma ruta y buscaba excusas que lo convencieran de no regresar.

El error tiene la seducción de lo inesperado. Nadie planea equivocarse. Nadie organiza su vida para cometer un error, a menos que creamos que eso, de algún modo, será para nosotros más valioso que la acción correcta o adecuada y en tal caso, ¿es esa acción un error?. El, por ejemplo, se consoló pensando que de otro modo no hubiera llegado a ese lugar que ahora, que lo miraba detenidamente, era bellísimo.

Lentamente la furia comenzaba a disiparse y podía admirar el lugar. Los árboles, el mismo camino, los aromas, todo estaba dibujado en forma tan elegante, tan delicada y a su vez, tan salvaje, que por un instante olvidó totalmente que estaba transitando un camino equivocado. El lugar era perfecto, con esa fraternal perfección cercana, que podemos asir sin demasiadas pretenciones, sin futuros reclamos. Una perfección real y posible, en nada parecida a esa falsa perfección celestial que desde chicos nos enseñan a admirar.

Y a su vez, él sabía que lo que estaba viendo, lo había visto mil veces antes, sin notarlo. Por algo había dejado de lado los consejos habituales, y ahora sentía que el error era un milagro que lo liberaba de la obligación del camino correcto, de la obligación de llegar a la meta, transformándose el camino en sí mismo en el objetivo a alcanzar, el camino incorrecto tranformándose bajo sus pies en el símbolo de una nueva vida.