Había una vez...


Todos los cuentos, buenos o malos, para niños o para adultos, todos, deberían empezar con la frase: "Había una vez..."
Porque en esas tres palabras, ya está encerrado el futuro de la historia. No estoy por contarte algo que la prima de la hermana de mi vecina le contó (respetables historias nacen de esos chismeríos, ojo) pero si digo: "había una vez", ya sentimos que algo hubo alguna vez, tan real, tan colorido (una bruja en un bosque, una ardilla que hablaba, un rey de los gigantes, una sirena despeinada, un país de chocolate), que mereció ser recordado por siglos y siglos, hasta transformarse en lo más real y absoluto del mundo: un cuento.
Por ejemplo, ¿por qué no contar cuentos con príncipes modernos, esos que hay en cada esquina, utilizando el "había una vez"? "Había una vez un almacenero, que todas las mañanas abría su negocio, recibía a los proveedores, limpiaba las alacenas silbando bajito sus tangos favoritos, atendía a los clientes con una sonrisa brillante y era querido por todos y cada uno de los vecinos del barrio, que sabían que al recurrir a él conseguirían, de necesitarlo, no solo que les fiara las compras hasta que los problemas económicos se solucionaran, sin recibir de su parte nada más que comprensión y nunca una queja o un reclamo, sino también un hombro amigo, una broma que alegrara un día gris y un oído siempre atento". Y allí ya tenemos al innegable héroe de una historia, que merecerá encontrar a su princesa y al genio en la lámpara, y que vencerá a los dragones modernos con la justicia de la mano. "Había una vez" y un héroe, nada más hace falta para encontrar el cuento de cada esquina.

Las presas


El había quedado inmóvil después de la caída, tirado en el piso, cómodo quizá por ausencia de dolor, consciente, sin embargo, de que sus piernas estaban en una posición antinatural, y que varias heridas sangraban sin que pudiera sentirlo.
Los demás estaban muertos. El estaba vivo. El monstruo lo miró sin interés y volvió a su rincón. ¿Era la imposibilidad de huir lo que hacía que el monstruo no se interesara en matarlo? ¿Al no poder huir ya no era una presa valiosa? Era un pedazo de carne, demasiado herido, sin sensibilidad, asustado, una nada absoluta que ya ni gritaba rogando piedad.

Despertó al oír voces. Otros llegaban. Escuchó exclamaciones. Lo habían visto. En un extraño idioma, voces preocupadas intentaban rescatarlo del horror. Una mujer le sonreía. No entendía las palabras pero evidentemente estaban felices de encontrarlo. Hacían gestos pidiéndole paciencia. El gritó que el monstruo seguía allí. No lo entendieron. Lloró, y la mujer le acarició el rostro, mientras todos recorrían el lugar buscando a otros sobrevivientes de lo que creían un extraño accidente. No hay nadie más, gritó él y les rogó que huyeran, que lo dejaran allí, que ya estaba muerto. Nadie entendió. Faltaba poco tiempo para que lo sacaran de allí, adivinó que decían, intentando darle ánimos, pero él no podía señalar hacia el escondite para mostrarles que no había tiempo, que estaban todos sentenciados, porque solo él veía al monstruo, que ya sonreía relamiéndose, y que se agazapaba, para atacar de nuevo.

(pintura: "Saturno devorando a sus hijos" Francisco de Goya")

Desierto


No fuimos hechos para observar el desierto. El viento arrastra la arena hasta los ojos. El sol brilla con demasiada intensidad. Sin embargo, ansiamos verlo. Nos tapamos los ojos con las manos, y como chicos, observamos entre los dedos. No vale mirarlo de noche, porque el desierto real arde bajo el sol. De noche, el desierto es frío como cualquier ciudad del mundo.

Tiempo escondido


¿Qué hacer ahora con tantas horas perdidas?
Las escondo en un cajón de hielo, atadas con una cinta roja.
Mientras tanto, busco inútilmente a tu fantasma. Sé que lo vi bailando un tango, en un sueño de esos que en la mañana intentamos deshilvanar, para poder entenderlos.
Y entonces comprendí que tu fantasma formaba parte de ese tiempo escondido en el cajón de hielo.

Anne Marie: caso 1


Estudios recientes de la universidad de Michigan, en colaboración con expertos de la Molecular Biology school de Cucamonga, avalan la controvertida afirmación del Doctor Joseph Henry Pendleton II, quien en el año 1867 dijo que el complejo proceso de extrañar a un amor perdido, es motivado y profundizado por tantas causas y factores, que es imposible curarlo. Es útil en este momento recordar que el doctor Joseph es hijo del laureado Joseph Henry Pendleton I, descubridor del acelere del corazón al ver a la persona amada y autor de la magistral obra en ocho volúmenes, "Yo descubrí el acelere del corazón al ver a la persona amada", fragmentos de la cual publicaremos en próximas entregas.
La afirmación del Doctor Joseph hijo, fue dicha después de dos años de un intenso tratamiento a una de sus jóvenes pacientes, a la que solo llamaremos Anne Marie. Ella fue obligada a abandonar a su amante cuando el padre arregló un ventajoso matrimonio con un anciano magistrado, costumbre muy normal en su época. Pero Anne Marie no soportó con estoicismo esa separación, y sufrió desde el primer día de su matrimonio, violentos accesos de llanto, que podían iniciarse en lugares tan inadecuados como la Opera de París al oír un aria, o en medio de un día campestre al ver a una mariposa posada en una flor, o simplemente al oír golpear las gotas de lluvia los cristales de la ventana. Luego de esos accesos de llanto, ella corría a encerrarse en su dormitorio, y escribía compulsivamente horribles poemas de amor dedicados a ese tal Pierre, a quien no podía dejar de extrañar.
El doctor Joseph, utilizó primero sedantes para dominar a la paciente, luego aislamiento en el campo. Después, todo lo contrario: recetó mucha cafeína y frecuentes salidas con actividad social, para que distrayéndose, Anne Marie lograra borrar de su mente al amante perdido. Ninguna de las dos técnicas funcionó.
Ya acorralado por la furia del esposo magistrado, harto de costear los altos honorarios del médico (el esposo aclaró desde el principio que deseaba solamente que su esposa extrañara en silencio al muerto de hambre, como llamaba a Pierre, sin llorar, ni hipar, ni recitar a viva voz los espantosos sonetos), que el Doctor le preguntó a Anne Marie que era lo que debía desaparecer de su entorno para que la melancolía desapareciera también, por falta de estímulo. Ella respondió que debían desaparecer los amaneceres, los atardeceres, la luna y las estrellas, la música de violines, los colibríes, los bombones, el brillo del sol en las hojas verdes, y sobre todo, el recuerdo de una tarde, sentada en un banco de una plaza, y quizá después, si todo eso desapareciera, ella, dejaría de extrañar a Pierre.
Fue entonces que el Doctor Joseph redactó la breve publicación, en una revista de ciencia, en la que contaba sobre su paciente Anne Marie y que finalizaba con la afirmación que tanto se ha repetido, en revistas de ciencia y en escritos insignificantes e indignos que hasta hicieron mofa de su sabiduría, ahora, finalmente avalada por científicos de su nivel:
"Es imposible, porque todo nos lo recuerda, dejar de extrañar a un amor perdido".

El árbol


Desde la ventana veía el árbol. Los colores se escondían en la niebla. O se habían ido, dejando al mundo abandonado en gris.
Las ramas hablaban entre ellas y suspiraban amando al viento, que las había desnudado sin ternura.
El árbol, habitaba la ventana. La llenaba. La completaba. Le daba un sentido.
El mismo que en verano brillaba en verde, ahora dormitaba en su almohada de invierno.