
En la bifurcación de los caminos, unas personas le advirtieron que ese, el que estaba por tomar, no era el camino correcto. El, con un poco de arrogancia y bastante indiferencia, navegó en sus recuerdos, y se convenció de que sí lo era. Hacía años desde la última vez que lo había recorrido, pero ignorando los consejos, avanzó seguro internándose en el bosque.
Hay ciertos tramos en que todos los caminos se parecen. Es justamente el tramo necesario para que perderse sea un enorme disgusto. Para cuando notamos que el que transitamos no es el camino correcto, regresar al punto en el que nos equivocamos es una distancia tan larga y es tanto el tiempo que nos llevaría, que creemos que nos conviene buscar uno alternativo.
El lo comprendió, casi sorprendido. Se había equivocado. Se detuvo y miró a su alrededor, quejándose furioso. No había nadie cerca. Era el típico sendero de tierra apisonada que se transformaba en pantano cuando llovía y que excepto en épocas de mucha sequía siempre tenía traicioneros charcos, protegidos por los altos árboles. El camino era tan parecido a cualquier otro, que en realidad fue por instinto que supo que se había perdido.
Quizás más adelante hubiera otro camino, pensó. Uno que lo llevara en forma directa al lugar al que debía ir. Un sendero lateral, un atajo... ¿Cómo saberlo? ¿O debía retroceder y tomar el correcto, ese cuya única ventaja con respecto a este camino, era que él lo conocía previamente? De algún modo deseaba seguir adelante en esa misma ruta y buscaba excusas que lo convencieran de no regresar.
El error tiene la seducción de lo inesperado. Nadie planea equivocarse. Nadie organiza su vida para cometer un error, a menos que creamos que eso, de algún modo, será para nosotros más valioso que la acción correcta o adecuada y en tal caso, ¿es esa acción un error?. El, por ejemplo, se consoló pensando que de otro modo no hubiera llegado a ese lugar que ahora, que lo miraba detenidamente, era bellísimo.
Lentamente la furia comenzaba a disiparse y podía admirar el lugar. Los árboles, el mismo camino, los aromas, todo estaba dibujado en forma tan elegante, tan delicada y a su vez, tan salvaje, que por un instante olvidó totalmente que estaba transitando un camino equivocado. El lugar era perfecto, con esa fraternal perfección cercana, que podemos asir sin demasiadas pretenciones, sin futuros reclamos. Una perfección real y posible, en nada parecida a esa falsa perfección celestial que desde chicos nos enseñan a admirar.
Y a su vez, él sabía que lo que estaba viendo, lo había visto mil veces antes, sin notarlo. Por algo había dejado de lado los consejos habituales, y ahora sentía que el error era un milagro que lo liberaba de la obligación del camino correcto, de la obligación de llegar a la meta, transformándose el camino en sí mismo en el objetivo a alcanzar, el camino incorrecto tranformándose bajo sus pies en el símbolo de una nueva vida.