
Ya hacía demasiado tiempo que él adoraba a ese ídolo y no era tarea fácil. Los preceptos y normas a cumplir eran muchos; la mayoría, verdaderas estupideces sin sentido, que solo servían para complacer los caprichos del dios.
Pero no se podía discutir con él. No se podía mostrar dudas en la adoración. Esta debía ser constante, absoluta. Ni siquiera bastaba con sentir la adoración, también debía ser mostrada claramente.
El sabía, por ejemplo, que el ídolo no siempre tenía la razón. Una vez intentó decírselo, esperando que de ese modo, la relación adorado-adorador, fuera más justa. Tartamudeó frente al altar que había alzado para complacerlo, pero antes de que terminara de explicarse, fue obligado, a modo de castigo (castigo que no debía ser visto así, sino como una justa muestra de devoción) a sacrificar algunos pequeños placeres, que en realidad al ídolo no le gustaban, porque no lo tenían como centro a él mismo.
Muchas veces, planeó escapar. Muchas veces, llegó a romper adrede los complejo rituales, las normas más estúpidas, buscando demostrarse que podía sobrevivir sin su dios. Atacaba entonces el orgullo del adorado, desviaba el camino intentando ver un mundo sin él, andaba calles y calles, convenciéndose de que estaba mejor sin él.
Pero regresaba siempre, vencido por el espanto de las calles oscuras y solitarias y por la certeza de que era él quien había elegido al ídolo y no al revés, y siempre, de rodillas, asustado por la posibilidad de perderlo, suplicaba perdón, avergonzado de pecados que no lo eran, y sintiendo culpa por acciones que no lo hacían realmente culpable.
Y el Amor, fingiendo una piedad que no sentía, orgulloso una vez más de su poder, daba un perdón absoluto, y se dejaba adorar, una vez más.






