El puente



Hay un puente que lleva a un camino que no va a ningún lado, sobre un río que cae en una cascada infinita.
Y yo lo amo. Amo el puente sin sentido que es sólo por ser, sin metas, sin intenciones, sin objetivos.
Se lo recorre sabiendo que no tiene un fin glorioso. Se lo recorre por amor a su belleza, porque es hermoso y cruza un río hermoso, e inclusive la cascada infinita es hermosa.
Hay quienes dijeron que el puente sí tenía un destino y hablaron de una estrella, de una nube. El puente es indiferente a esos mitos. Pero quienes lo recorren pueden inventar historias sobre él. Y quizá ese es el horizonte del puente.

El pasillo



Desde pequeña le temía al largo pasillo de su casa. Alguna vez se había roto la lamparita que lo iluminaba, pero como el techo era muy alto, y la abuela le temía a las escaleras y a que entraran desconocidos a reparar los desperfectos cotidianos, el pasillo había quedado a oscuras y no importaba la hora, ni si había sol o estaba nublado: ese lugar siempre estaba en penumbras.
Entonces ella corría desde la cocina hasta los dormitorios, temiéndole a algo  indefinido, a un peligro irreal o real que siempre acechaba. Estaba allí, en esa soledad absoluta de pisos de madera crujientes y paredes con cuadros antiguos que nadie jamás apreciaría porque no había luz para iluminarlos.
¿Cómo hacer desaparecer la soledad?, se preguntaba ella. La voz de la abuela cantando tangos en el jardín o en la cocina no era suficiente. ¿Cómo hacer para que ese simple corredor que unía las habitaciones de la casa no fuera tan sobrecogedor?
Y ahí fue que nació el fantasma. Esa entidad, con su sola existencia, alejaba la soledad. Un fantasma habitando el pasillo solucionaba todos sus problemas. Ya no debía correr por él para escapar del peligro que la soledad escondía, porque ésta ya no existía.
Quizá la abuela se sorprendió del cambio de actitud de la niña. Creyó que estaba creciendo. La nieta no quiso hablar del fantasma, y prefirió que la razón de su nuevo coraje quedara en el misterio. A ver si la abuela le temía a los fantasmas.

Irse




Desaparecer en silencio es la mayor de las crueldades. El irse es dejar al otro con el peso de todas las dudas. No hay que explicar las razones por las que se desaparece, pero siempre hay que explicar por qué uno no se queda. Hay en ese irse súbito y callado un castigo insoportable, una negación absoluta de todo lo que el amor representa. La ausencia sin explicaciones es un peso que sólo debería tener que soportarse cuando es inevitable.

Azar




Mientras todos buscan el rutinario encuentro, nosotros seguimos confundiendo esquinas, sintiéndonos especiales por desencontrarnos.

En un horizonte de gente buscándose, y por lo tanto chocando e hiriéndose y hasta lamentando encuentros planeados, algunos dejamos la posibilidad de todo encuentro al único dios justo: el azar.

Rezarle al azar es inútil y bello. Todo milagro que otorga es arbitrario y por lo tanto sabio. No hay prejuicios en sus dones. No es corrompido por ceremonias, ni ofrendas ni plegarias suntuosas. Nada le importa. Sólo ser él, y arrojar sus bendiciones al viento. Si alguna de ellas alguna vez nos toca, agradeceremos en silencio. Y lo sospecharemos bueno.