Juegos

Cuando nos encontramos solos, realmente solos (lo que sucede poco en las ciudades, claro) podemos jugar a que somos los últimos habitantes del mundo.

No importa cuán terrible sea: nadie va a vivir el fin del mundo. En una de esas paradojas tan bonitas que se dan, cada uno vivirá su propia muerte, no la del mundo.

Así que es factible que alguien sea el último, y quizás tenga un ratito para disfrutar del planeta para él solo.

Yo forzaría la cerradura de una librería y me quedaría leyendo, esperando...
Y primero quizás forzaría la cerradura de una chocolatería...

Tiempo



Todos corren, todos se apuran...
Juegan carreras para ganarle segundos al semáforo.
Se cuelan en las colas de los supermercados.
No se sientan a almorzar, creen que así comen más rápido.

La sociedad no mira con buenos ojos a quienes andan despacio. Vagos. Atorrantes. No tienen aspiraciones. No son ambiciosos. Desperdician la vida mirando pajaritos, sentados en un banco de una plaza...

Los jefes gritan horrorizados cuando creen que un empleado pierde el tiempo (¡yo no tengo tiempo! hay que decirles, ¿cómo voy a perder lo que no tengo?)

El tiempo no nos pertenece. El tiempo es subjetivo. El tiempo se nos ríe en la cara.

El tiempo es oro, dicen... ¿Y a quién podemos comprárselo? ¿Cómo lo envasan? ¿Lo atan con cintas? ¿Le ponen un moño?

Punto final


Intentó escapar del odio, pero no pudo. Más allá de ese sentimiento, no existía nada. Despertaba, trabajaba, comía, paseaba, existía exclusivamente dentro de su odio.
Dentro del insomnio agobiante de su ira, decidió acabar con su sufrimiento de la única manera que le pareció definitiva: hacer desaparecer la causa de su odio.
Debía recorrer un largo camino, pero no le importó la distancia, porque más allá del camino físico, él sentía que hacía demasiado tiempo que se dirigía irrevocablemente hacia ese fin. Como si estuviera escribiendo esa larga oración desde hacía mucho tiempo, y la necesidad de ponerle el punto final fuera la cruz que arrastraba.
Sin despedirse de nadie, en una decisión que para todos sería sorpresiva (porque había ocultado su odio detrás de lo que los demás creían sencillamente una forma de ser adusta), inició el largo viaje.
No miró paisajes. No descubrió belleza en el camino. No observó amaneceres, ni atardeceres. No se permitió amar a nadie. Repetía en su mente las infinitas variaciones que podrían producirse en el encuentro con su enemigo. ¿El lucharía? ¿Cómo sería esa primera mirada entre los dos después de tanto tiempo? ¿Cómo respondería a su inesperada aparición? ¿Estaría solo? Practicaba las palabras que iba a decirle, pero nunca llegaba al final, porque esas últimas eran las que más les costaban. Era demasiado orgulloso como para reconocer que dudaba lo que haría. "Esto se acaba ahora, en este lugar, en este escondite que buscaste escapando de mí. Nunca te dije que te odiaba, y sin embargo, vi en tus ojos esa última vez que nos vimos, que sabías que yo te odiaba."
La humilde casa estaba al final de un camino arbolado. Lejos de las ciudades, lejos del mar, lejos de la nieve, lejos del ruido, lejos de todo. Su enemigo estaba escondiéndose, sabiendo que algún día él lo buscaría. ¿Sería este el lugar más pacífico, más solitario del mundo?
Se dijo que de todos modos, cualquier lugar era bueno para poner el punto final a toda esa historia.
Los ojos del enemigo mostraron miedo, mientras corría a alzar a un niño y le gritaba a una mujer que se lo llevara lejos. El era la causa de ese terror. La causa de los gritos de piedad de la mujer, la causa del llanto del niño. El y su odio que los ahogaba, mientras intentaba explicarle a su enemigo que el camino terminaba allí, en ese lugar, ese día.
- Desde hace mucho ambos sabemos que debíamos terminar con esto - dijo. - El odio es insoportable.
El enemigo dijo:
- Somos hermanos. Yo preferí olvidarlo todo... Te lo dije, te pedí que dejáramos atrás nuestras diferencias...
- Fue fácil para vos- lo interrumpió. - Yo soy quien está en deuda. Nunca hiciste nada malo. Saber que más allá del horizonte hay un inocente a quien le debemos todo, que debería odiarnos y no nos odia es insoportable. No puedo más. Llegué a mi límite. Vengo a pedirte perdón. Vengo a rogar tu perdón.
Y mientras lo decía, la paz del lugar fue más evidente, y vio el paisaje, y los árboles y dejó de ver a su enemigo, para ver a su hermano.

Impresión: amanecer


Hay días que terminan al amanecer, en tardías horas, mientras la gente despierta temprano, ansiosos por comenzar su día, ignorando que hay otros ansiosos de terminarlo.

Islas

Como toda niña, deshojó margaritas, contando los pétalos sin interés en el número. Pero las margaritas del mundo se agotaron sin darle una respuesta.
Entonces deshojó palabras, y luego letra tras letra. Deshojó años, meses, días, horas. Deshojó tormentas y tardes soleadas. Deshojó el espacio, arrojando estrellas frente a sus pies. Esperó al otoño para deshojar al viento de sus hojas secas. Esperó el verano para deshojar largas tardes en la playa. Deshojó su propio cuerpo de las ropas. Y así, desnuda, se encontró sentada en el viejo banco, con la respuesta en sus manos.

Dudas viajeras



Para perderse, creo yo, se debe tener un punto de salida y uno de llegada establecidos, algo mínimamente decidido. Una sospecha de meta. Un camino correcto como para poder tomar otro equivocado.

¿Cómo puede alguien perderse si no sabe a dónde quiere llegar?

Si alguien no sabe a donde va, ¿puede perderse?

Hacia el sur


Decían que hacia el sur, yendo por el camino principal, a unos veinte pasos después de la última cerca, la de la casa del viejo Ignacio, escondido entre las rocas, en la ladera escarpada de la montaña a cuya sombra dormitaba el pueblo, había un francotirador, que le disparaba a cualquiera que cruzara el camino.
Era una vieja leyenda, que no sabían cuándo había nacido, porque nadie iba hacia el sur. Los más viejos juraban que cuando eran niños, alguien (no se ponían de acuerdo en quien) había muerto por el ataque del francotirador. Pocos se animaron a remarcar que de ser ciertos los recuerdos, el francotirador debía estar muerto, o ser tan anciano que sería imposible que pudiera cargar su rifle. ¿Para qué discutir con los venerables ancianos? De todos modos, el sur era salvaje y estaba habitado, decían, por gente extraña. No hacía falta ir hacia ese extraño sur, protegido por un francotirador eterno, escondido en la montaña. No hacía falta, y los ojos (a escondidas) se desviaban, ansiando ver esa misteriosa y fascinante tierra. Pero no podían ir, porque por algo nacen las leyendas.

Sombras


Y la sombra se queda atrasada, con sus alas de ángel, recostada sobre la piedra, demasiado fría, oscura y lustrosa, pendiente de la mañana, del sol que no alcanza a calentar las agujas de las horas, el tic tac de los pasos intentando alejarnos, como si la sombra no nos perteneciera, como si fuera un monstruo ansiando nuestra compañía.