
Intentó escapar del odio, pero no pudo. Más allá de ese sentimiento, no existía nada. Despertaba, trabajaba, comía, paseaba, existía exclusivamente dentro de su odio.
Dentro del insomnio agobiante de su ira, decidió acabar con su sufrimiento de la única manera que le pareció definitiva: hacer desaparecer la causa de su odio.
Debía recorrer un largo camino, pero no le importó la distancia, porque más allá del camino físico, él sentía que hacía demasiado tiempo que se dirigía irrevocablemente hacia ese fin. Como si estuviera escribiendo esa larga oración desde hacía mucho tiempo, y la necesidad de ponerle el punto final fuera la cruz que arrastraba.
Sin despedirse de nadie, en una decisión que para todos sería sorpresiva (porque había ocultado su odio detrás de lo que los demás creían sencillamente una forma de ser adusta), inició el largo viaje.
No miró paisajes. No descubrió belleza en el camino. No observó amaneceres, ni atardeceres. No se permitió amar a nadie. Repetía en su mente las infinitas variaciones que podrían producirse en el encuentro con su enemigo. ¿El lucharía? ¿Cómo sería esa primera mirada entre los dos después de tanto tiempo? ¿Cómo respondería a su inesperada aparición? ¿Estaría solo? Practicaba las palabras que iba a decirle, pero nunca llegaba al final, porque esas últimas eran las que más les costaban. Era demasiado orgulloso como para reconocer que dudaba lo que haría. "Esto se acaba ahora, en este lugar, en este escondite que buscaste escapando de mí. Nunca te dije que te odiaba, y sin embargo, vi en tus ojos esa última vez que nos vimos, que sabías que yo te odiaba."
La humilde casa estaba al final de un camino arbolado. Lejos de las ciudades, lejos del mar, lejos de la nieve, lejos del ruido, lejos de todo. Su enemigo estaba escondiéndose, sabiendo que algún día él lo buscaría. ¿Sería este el lugar más pacífico, más solitario del mundo?
Se dijo que de todos modos, cualquier lugar era bueno para poner el punto final a toda esa historia.
Los ojos del enemigo mostraron miedo, mientras corría a alzar a un niño y le gritaba a una mujer que se lo llevara lejos. El era la causa de ese terror. La causa de los gritos de piedad de la mujer, la causa del llanto del niño. El y su odio que los ahogaba, mientras intentaba explicarle a su enemigo que el camino terminaba allí, en ese lugar, ese día.
- Desde hace mucho ambos sabemos que debíamos terminar con esto - dijo. - El odio es insoportable.
El enemigo dijo:
- Somos hermanos. Yo preferí olvidarlo todo... Te lo dije, te pedí que dejáramos atrás nuestras diferencias...
- Fue fácil para vos- lo interrumpió. - Yo soy quien está en deuda. Nunca hiciste nada malo. Saber que más allá del horizonte hay un inocente a quien le debemos todo, que debería odiarnos y no nos odia es insoportable. No puedo más. Llegué a mi límite. Vengo a pedirte perdón. Vengo a rogar tu perdón.
Y mientras lo decía, la paz del lugar fue más evidente, y vio el paisaje, y los árboles y dejó de ver a su enemigo, para ver a su hermano.