Fantasmas.

No les importa asustarnos, no es ese su rol. Nos asustan porque nosotros sabemos lo que representan. Nos conocen tanto que extienden la mano y nos sostienen antes de que tropecemos. Nos necesitan enteros, para que purguemos los pecados que cada día ellos nos recuerdan.

Los tropezamos en cualquier momento. Quizás nos siguen, disfrazándose, o escondiéndose. Es muy probable que siempre estén cerca. Es probable que sepan a donde vamos antes de que decidamos hacerlo. Nosotros los creamos, diseñándolos con una precisión milimétrica. Dibujamos sus labios, sus frentes, sus escuálidas manos con dedos que usarán para enredar en nuestro cabello.

Nuestros fantasmas no nos odian. Como todos, a veces se aburren y juegan a reflejarse en los espejos, a despertarnos en las noches, a confundirnos y hacernos doblar en esquinas equivocadas.

Nos asustan porque ellos son nosotros, los nosotros que abandonamos, los que perdimos, los que matamos.

Sueños

El Guía nunca había mentido. No había necesitado hacerlo. ¿Por qué mentir cuándo no hay nada que ocultar, ni nada que fingir?

La tribu confiaba en él y nadie dudó de sus palabras. La hechicera había muerto. La muerte era natural, tanto como las hojas secas de otoño y el hambre y el frío en el invierno. El Guía había preparado solo el cuerpo, y lo había enterrado en una simple tumba al pie de la colina. El, como líder natural de la tribu estaba capacitado para hacerlo. Nadie ponía en duda la integridad del Guía, ni sus motivos.

Esa confianza, que le daba margen para actuar tranquilo, también lo avergonzaba. El sabía que ella, probablemente merecía mucho más morir que los que habían muerto bajo su daga ritual, pero saber ciertas cosas no hace que sea más fácil digerirlas. Varias noches soñó con la anciana. El arrugado rostro no tenía miedo, como no lo había tenido cuando él había regresado a asesinarla. "Entre el dios y tu hijo, elegiste a tu hijo, ¿podrá él detener las nevadas, las lluvias y los vientos? ¿Podrá derrotar a la noche?" Y el Guía despertaba, transpirado y agitado, casi llorando de miedo, por él mismo y por la gente, que dormía tranquila en sus cabañas. Pero entonces, se arrastraba unos pasos hasta donde dormía el niño, y realmente, la noche parecía desvanecerse, cuando se inclinaba y le besaba la frente.

El despertar

Parpadeó apenas, cuando un rayo de sol se deslizó en la caverna, y como un cálido dedo, rozó sus cansados ojos de anciana. Ella apenas movió la cabeza, esquivando la luz y con las manos cubiertas de ocre y aceite, siguió dibujando su sueño en las paredes frías y rugosas.
La tribu comenzaba un nuevo día. Una de las mujeres se asomó apenas y dejó un pan junto a la entrada. Como muchos, temía a ese templo natural, escogido por el dios y reconocido por la hechicera. Ella había notado la exactitud de las visitas del sol y las minuciosas sombras que dibujaba en las paredes. La anciana desvió apenas su atención de la tarea que llevaba a cabo, y gritó, llamando a la mujer que ya bajaba con cuidado la pedregosa colina.
- Que venga El - dijo. Y sin más, se levantó, sintiendo el molesto dolor de las articulaciones. Caminó con algo de dificultad hasta los carbones que quedaban cerca de la piedra lisa de los sacrificios, y los movió, soplando luego para reavivar la llama. Arrojó algunas semillas y las bayas cuyo aroma calmaba los dolores y aumentaba su percepción de los deseos de los dioses.
El Guía se detuvo en la entrada. Casi todos en la tribu, recibían un nombre cuando su rol en ella ya era evidente. El era el Guía. Los demás le preguntaban que hacer cuando tenían dudas. El había encontrado el paso en el río y había organizado las tareas de modo tal que nadie trabajaba de más ni recibía menos alimentos. Todos confiaban en él. Menos la anciana.
La hechicera giró para verlo, cubierto con la piel y con un cuchillo colgando descuidado del cinto. Le hizo un gesto, señalándolo, y él se disculpó y lo dejó a un costado antes de dar un par de pasos más hacia el centro de la caverna.
- Tuve un sueño -dijo ella.
- Espero que sea un buen presagio -susurró él poco convencido. Los sueños nunca eran benéficos.
- Lo es.
- Me alegro.
- Nuestra gente pasará bien el invierno. Los bebés nacerán sanos y fuertes. No escaseará el alimento.
El Guía sonrió. Sus dientes asomaron en medio de la abundante barba oscura. Se pasó los dedos de uñas manchadas por el cabello trenzado y enredado.
- Es un alivio saber que los dioses están de nuestro lado. El último invierno...
- Debemos ponerlos de nuestro lado. El Gran Dios me pidió un sacrificio... - lo interrumpió la hechicera.
El Guía bajó la cabeza.
- Cazaremos más animales.
- No es esa la sangre que desean.
- Le daremos la mitad de lo que recolectemos.
- Tus miedos solo enfurecen al Gran Dios. ¿Acaso él se olvida de nacer alguna mañana? ¿Acaso él se niega a morir todas las noches?
El Guía se frotó los ojos, y luego tosió un poco, evitando como siempre mirarla.
- ¿Qué quiere el Dios? - preguntó. Siempre la misma respuesta, que él detestaba, pensó. Pero esta vez, la hechicera y su dios, fueron por más.
- Me pidió a tu hijo.
- No - dijo el Guía, con voz seca.
- ¿Por qué no?- exclamó la hechicera.- Siempre te molestó que los hijos de los demás murieran, pero nunca dijiste no. Lloraste y consolaste a las madres y padres, pero nunca dijiste no. ¿Condenarías a toda tu gente por salvar al cordero que debe darse en sacrificio, solo porque tiene tu sangre? ¿Crees que tu hijo es demasiado para el Dios? El fue elegido, como antes lo fueron hijos de otros.
Era verdad. Debería haberlo detenido antes. O debería continuar ahora. El era solo un hombre, contra un dios contradictorio que le daba alimento y se alimentaba de sangre. La noche anterior su hijo se había dormido en sus brazos, y él lo había acunado con una ternura que solo ese pequeño ser despertaba en él. Pero el dios los gobernaba, los protegía, los ayudaba a escapar de las fieras, a soportar la nieve y las tormentas. Era verdad. El había visto morir a otros, y se había quejado de lo caro que costaba la protección del dios, pero no lo había detenido. Cabizbajo salió de la caverna. La hechicera sonrió, y susurró: "Esta noche".
La madre y el hijo jugaban con uno de los perros que seguían a la tribu a donde fueran. El Guía los miró con vergonzosas lágrimas en los ojos. El debía ser fuerte para soportar lo que vendría. Con calma alzó el cuchillo que había arrojado en la entrada y regresó a la caverna.

El loco

Una vez, hace ya bastante tiempo, me quedé mirando a un loco en el tren. Hablaba solo, o mejor dicho, los demás veíamos que no había nadie a su lado. El estaba particularmente feliz con su interlocutor y reía y gesticulaba.

Una mujer alejó a su hija, y le dijo que no lo mirara. Que el pobrecito estaba enfermo.

A veces creo que lo más terrible de la locura deben ser los momentos de lucidez. Mi loco del tren no tenía conciencia de los otros pasajeros mirándolo. Estaba muy contento con su charla con el pasajero imaginario. El más renombrado psiquiatra no debe poder abrir esa puerta, porque un abismo lo separa de su paciente. Están en dos mundos distintos. No hablan el mismo idioma. (Leí en algún lado que Nietzche tenía conciencia de su locura. ¿Lo habrá sufrido? ¿Lo habrá creído un crepúsculo personal?)

Bajé del tren y él siguió, sonriente y charlatán. Recé para que no despertara. Se veía tan cómodo en su traje de loco.

Mi abuelo, al que no conocí, tuvo algún tipo de locura antes de morir. Digo algún tipo porque en mi familia no se habla mucho del tema. Las referencias que me quedaron de él hablan de un hombre inteligente y bueno, al que todos quisieron. Mi madre, aún hoy, llora cuando habla de su padre.

Creo que mi parentela es afortunada de que no se use más el recurso de las antiguas familias de encerrar a los locos en el altillo. O de que no tengamos altillo. Si tuviéramos, quizás... Somos tradicionalistas.

Lo único que sí recuerdo, es una anécdota que una tía abuela me contó. El había estado inconsciente durante largos días antes de morir. El día inevitable llegó y el médico dijo que debían darle la extrema unción (sí, eran católicos apostólicos romanos, y debería haberlo escrito con mayúsculas). Llamaron al sacerdote amigo, que debe haber llegado con sus óleos y quien sabe que más, (mi catolicismo se durmió en alguna misa en el colegio de monjas y aún no despertó). El ritual debe haberse realizado según lo acostumbrado pero, cuando estaba terminando, el sacerdote escuchó que mi abuelo, mi casi muerto abuelo, mi abuelo el que estuvo loco durante los últimos años de su vida y en coma las últimas semanas, dijo "Amén".

Yo creo que es mentira. Que inventaron un amen en favor de mi abuela, para que mi mamá se sintiera reconfortada, para que las hermanas de mi abuelo (más católicas que el Papa), tuvieran una hermosa anécdota en las reuniones de la iglesia. Y sobre todo, para que de algún modo, el bueno de Luis, hubiera recuperado la cordura un instante antes de morir. Que no haya muerto como un loco.

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De mañana

Podía fingir que todas las vidas eran suyas. Cerraba con llave la puerta del negocio (por seguridad, decía ella, pero en realidad le encantaba aislarse en esa isla en medio del caos de la ciudad) y frente a los espejos, en los que las mujeres hacían muecas y gestos y bailecitos admirando la caída, el vuelo, los frunces de los vestidos, ella observaba pasar las horas y se disfrazaba con otras personalidades. La mentira era un lujo extraordinario que ella disfrutaba al utilizar. Podía bajar la vista, y al alzarla ser otra persona. Podía mentir. Dios era piadoso. Ella podía mentir. Se miente todos los días. Si ella podía fingir que le importaba si los vestidos hacían ver o no gordas a las clientas, ella podía mentirlo todo, sin sonrojarse. Si podía mentir atención ante las anécdotas de la dueña, ella podía actuarlo todo. Frente a un público inconsciente del rol que cumplía, ella bailaba y cantaba en su escenario, entrelazando historias y redes.

Las mañanas eran tranquilas. Ninguna clienta salía a comprar a la mañana. Quién sabe que estarían haciendo ellas a esa hora, pero Cristina rogaba que siguieran haciéndolo. A las once llamaba por teléfono a su mamá. Hablaban casi una hora, escudada detrás de los llamados a una amiga en Europa de Teresa, que abultaban tanto la cuenta telefónica que era imposible que sus propias licencias telefónicas fueran notadas.

Nunca se probaba los vestidos. No le gustaban. Le parecían tan falsamente bellos como los labios y mejillas con colágeno y botox; las tinturas que las clientas usaban y abusaban (todas tan parecidas, hinchadas, delgadas). La belleza era medida (en cm y en años), empaquetada, vendida. Todas mentían (¿por qué ella evitaría hacerlo, cuando se sentía tan cómoda haciéndolo?) su edad, las notas y habilidades de sus hijos, la importancia de sus maridos dentro de la sociedad, todos los temas eran buenos para fabricar mentiras con volados, frunces y mucho brillo.