De mañana

Podía fingir que todas las vidas eran suyas. Cerraba con llave la puerta del negocio (por seguridad, decía ella, pero en realidad le encantaba aislarse en esa isla en medio del caos de la ciudad) y frente a los espejos, en los que las mujeres hacían muecas y gestos y bailecitos admirando la caída, el vuelo, los frunces de los vestidos, ella observaba pasar las horas y se disfrazaba con otras personalidades. La mentira era un lujo extraordinario que ella disfrutaba al utilizar. Podía bajar la vista, y al alzarla ser otra persona. Podía mentir. Dios era piadoso. Ella podía mentir. Se miente todos los días. Si ella podía fingir que le importaba si los vestidos hacían ver o no gordas a las clientas, ella podía mentirlo todo, sin sonrojarse. Si podía mentir atención ante las anécdotas de la dueña, ella podía actuarlo todo. Frente a un público inconsciente del rol que cumplía, ella bailaba y cantaba en su escenario, entrelazando historias y redes.

Las mañanas eran tranquilas. Ninguna clienta salía a comprar a la mañana. Quién sabe que estarían haciendo ellas a esa hora, pero Cristina rogaba que siguieran haciéndolo. A las once llamaba por teléfono a su mamá. Hablaban casi una hora, escudada detrás de los llamados a una amiga en Europa de Teresa, que abultaban tanto la cuenta telefónica que era imposible que sus propias licencias telefónicas fueran notadas.

Nunca se probaba los vestidos. No le gustaban. Le parecían tan falsamente bellos como los labios y mejillas con colágeno y botox; las tinturas que las clientas usaban y abusaban (todas tan parecidas, hinchadas, delgadas). La belleza era medida (en cm y en años), empaquetada, vendida. Todas mentían (¿por qué ella evitaría hacerlo, cuando se sentía tan cómoda haciéndolo?) su edad, las notas y habilidades de sus hijos, la importancia de sus maridos dentro de la sociedad, todos los temas eran buenos para fabricar mentiras con volados, frunces y mucho brillo.

2 comentarios:

  1. Querida Mar. Ya sé que la curiosidad mató al gato, o quizá por el cuento decir que mintió al gato. Tengo la esperanza que en cualquiera de los dos casos el gato muriera sabio. Así que vine a leer algo tuyo. Me gusta como escribes. Y disfruté mucho la obsesión circular de Cristina.

    Gracias por incluirme en tu bitácora. Por supuesto eres más que correspondida desde ya.
    Vendré seguido a visitarte. Encontrarte ha sido una grata sorpresa.
    Un saludo y un beso

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  2. Gracias El R por tu comentario y espero tus visitas. Yo no me perderé ni una sola de tus entradas, porque me encanta tu forma de escribir (Y yo no soy Cristina, sí soy sincera!) Un beso, desde Buenos Aires.

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