Alegría


Nunca busqué cascabeles en las nubes,
ni que el viento traiga felicidad de regalo.

No espero esa alegría festiva,
que ensucia con colores llamativos las alas de los gorriones.

La felicidad que busco debe ser tranquila,
con pétalos tibios como respuestas a todas las preguntas.

Una suave brisa,
una delicada llovizna,
algo intocable y terso,
que entre en la palma de la mano,
y que no pese.

Hay algo doloroso en algunas carcajadas,
como felicidad sobreactuada para ocultar tristeza.

Gritos ocultando el silencio,
luces temiéndole a las sombras.
Y yo no oculto silencios, ni le temo a las sombras.

Por eso quiero felicidad de gorriones pequeños.


La bruja


Muchas veces, no hay que ser adivino para conocer el futuro. Simplemente la vida se desliza hacia un punto en particular y no puede detenerse. La mujer lo sabe. Ella, sin embargo, juega. Aún juega. Dice: puedo detener el tiempo. E inmediatamente las hojas de los árboles del bosque parecen ignorar la brisa y quedan inmóviles, y los pájaros detienen su aletear en el cielo, y el gato negro que salvó cuando alguien (temiéndole a la mala suerte) arrojó al río, se queda estático, mirándola con sus enormes ojos amarillos.

La cabaña de la mujer es cálida, solitaria, y limpia, en medio del bosque, junto al camino que se dirige al pueblo que decidió que ella era una bruja.

La mujer acaricia la cabeza del gato inmóvil y canta sin razón para hacerlo.

Una amiga, en secreto, le avisó esa tarde que debía escapar, que en las calles sucias del pueblo se organizaba su muerte. Eso era ridículo, pensó ella. Los había curado con las hierbas que recolectaba en el bosque, había ayudado a parir a las mujeres, ¿por qué la odiarían? No le hacía mal a nadie, al contrario.

Días atrás había discutido con el sacerdote, que le preguntó de donde sacaba tantos conocimientos, que él mismo no tenía. Ella había señalado al bosque y había hablado de su madre y de su abuela. Había hablado de libros ajados y había dicho que el bosque era en sí mismo un libro abierto. Pero esa explicación no había convencido al hombre, que había dicho que los libros guardaban solo mentiras y que una mujer con conocimientos era doblemente pecaminosa. Finalmente se había alejado murmurando oraciones para protegerse del diablo.

La mujer decide entonces soltar el tiempo, que había aferrado con su magia, y vio que ya había llegado la noche.

Entre los árboles, como estrellas caídas, el fuego de las teas del pueblo acercándose, iluminaba el bosque.


Pintura: Mujer de blanco en el bosque, Vincent Van Gogh (1882)

Acariciables


Todo bien con los perros guardianes, esos que hacen una religión personal de chumbarle a todo el mundo, de gruñir y andar por la vida demostrando que son machos alfa: sin embargo, mis favoritos son los perros acariciables. Esos canes babosos y confianzudos, que no importa si uno es conocido o desconocido, te empujan pidiendo mimos y jamás, ni por error, van a sospechar que alguien es un enemigo a quien es su deber informarle que está por cruzar el límite de la propiedad. No, los machos alfa no son mis predilectos.

Cuenta mi madre, que cuando yo era muy pequeña (iba aun muy cómoda en mi cochecito de bebé por las calles de Buenos Aires, así de pequeña) ella debía tener cuidado, porque al ver un perrito, era capaz de tirarme de cabeza intentando acariciarlo. Inclusive, hubo un día, en el que intentando convencer a un perro algo hostil de que estábamos predestinados a ser amigos, y decidí acercarlo a mi cochecito sujetándolo de la cola, casi pierdo mi pequeño bracito de un mordisco. Fue solo un susto, y mi madre pensó que sería beneficioso para que yo dejara de considerar a todos los perros que me cruzara en la calle como entes acariciables.

Pero no fue así. Ya crecí pero sigo sintiendo la misma necesidad de hacerle mimos a todos los perros con los que me cruzo. Lo única diferencia es que antes intento adivinar si son o no amigables. Por suerte, la mayoría, lo son.

Detalles

El mundo está lleno de detalles que no vemos.

Porque no tenemos ni tiempo, ni interés, ni atención suficiente para observar a un universo demasiado infinito.

Además, honestamente, sería ridículo andar mirando los detalles mínimos del mundo. Sería terrible ir tropezándonos por la calle más de lo que hacemos, por mirar una esquina chiquitita y oscura que de repente notamos escondida en un rincón.

Pero, cada tanto, podríamos descubrir el óxido que forma dibujos interesantes en una vieja puerta.

O la línea quebrada del asfalto, como una escritura misteriosa.

O una chimenea, que siempre estuvo ahí, pero en un momento surge, y realmente está ahí, y es austeramente bonita.

Futuro


El quería conocer su futuro. Lo torturaba esa ignorancia sobre el mañana. Las cartas, la borra del café, y extrañas runas se contradecían en sus visiones, preocupándolo aún más. Hasta que una adivina dijo que veía para él un claro futuro: una línea recta hacia lo desconocido. Al fin podía seguir andando, sabiendo que se escondía en la niebla.

Amor como lluvia


No hay palabra más traicionera que la palabra amor.

Ocultos en las letras del silencio,
ardiendo, esperamos el milagro.

Uno más de los milagros,
que no existen.

Entonces hay que ahogar la lengua en miel
y pronunciar amor en silencio.

Decir amor como quien dice lluvia.

Decirlo en gotas que encierran
universos dentro de ellas.

Juntarlo en el cuenco de las manos
y beberlo en un solo sorbo
de lluvia fría.

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Perdidos


Cuando navegamos, abrazaremos las olas
para que no se resistan a nuestros brazos.

Si la espuma se ahoga, tendremos que salvarla,
atarla a nuestro bote y llevarla hasta la orilla.

Salvaremos sirenas
y gotas extraviadas
y gaviotas que no distingan
el mar del cielo.

Y antes de desembarcar recordaremos liberarlos,
a las olas, a la espuma, a las sirenas, a las gaviotas,
para que vuelvan al mar,
porque nosotros ansiábamos salvarlos,
pero ellos no estaban perdidos.