Destinos



Hay sólo tres destinos a los que es posible huir: la cima de la montaña, el desierto o el pantano. Por qué se elije uno u otro es motivo de muchas discusiones entre académicos y gente común. ¿Será algún recuerdo escondido, un resquicio de infancia que nos hace correr a la cima? ¿Un deseo oculto de sombra y frío el que nos hace ansiar el pantano? ¿El perfume del desierto nos llama porque somos arena más que otra cosa?
Entre el ser y el deseo se esconde el abismo de no saber que elegiremos, porque hasta que no huyamos no podemos saberlo. Podemos amar los tres destinos, pero sólo uno será nuestro refugio. No es extraño planear escapar con la mirada en un horizonte específico y a mitad de camino dar media vuelta y dirigirnos hacia otro, porque es ese el que nos llama.
Hay belleza en el frío y húmedo pantano, en el seco y dorado desierto, en la pedregosa y alta montaña. Percibimos toda la belleza, pero sólo le pertenecemos y nos pertenece una de ellas. ¿Por qué? Nadie lo sabe.

Opuestos



Hemos abierto puertas, sólo para no verlas cerradas.
Debería cruzar los límites de los mundos,
desde el mundo seguro hacia la página en blanco.
Un cielo tranquilo anuncia que toda tormenta es cercana.
Ese es el misterio de las puertas abiertas,
de los cielos despejados,
de los límites no cruzados y las páginas en blanco.
Lo opuesto está escondido en uno mismo,
en la puerta abierta opuesta a la cerrada,
el cielo limpio y el nublado,
la página escrita, la página en blanco,
el límite cruzado y el temido.
Permíteme ser mi yo opuesto,
todos honestos, todos sinceros y únicos,
(¿cuál seré yo? ¿cuál mi opuesto?)
sólo en los ratos necesarios
para que ser yo no me agobie.

Inconcluso


He sido fantasma durante tanto tiempo pero aún me preocupa caer, como si pudiera ser herido. ¿Hay sangre en mis venas no existentes? No puedo verla, pero creo que está allí, latiendo, esperando aún a ser derramada.
Necesito un aliento específico en mis labios que no respiran.
Imagino volver a sentir el peso de ser. Estar vivo pesa y no saber si se lo está, aún más. Para superar la incertidumbre me siento en el banco de una plaza, junto a alguien que no me ve, que no me escucha, y le cuento mis secretos. Ese no oírme no es tan distinto a lo que sucedía antes, cuando sí tenía una voz audible.
Me aferro a los recuerdos de ese tiempo, como el último recurso antes de ahogarme. Ser un fantasma y temerle al océano desconocido de existir sin recuerdos podría parecer extraño, pero no lo es. No quiero dejar de ser quien era cuando estaba vivo. No quiero dejar de ser. Imagino mi propia existencia como un ser que no quiere contar sus secretos a los oídos sordos y temo serlo algún día.
 Detesto el no sentir calor o frío. Recuerdo unos labios y veo el viento. Y relato una historia que ya no se si es la mía, o la de otro. No sé si me importa. La pertenencia o no de lo vivido es la gran duda de la existencia. Me gustaría habitar, durante un tiempo más, esas horas ajenas que es la historia propia. Tuve que abandonarla para saber que todos los días, con sus soles y suspiros, con sus problemas y jardines, son prestados y exigidos de vuelta.
Hay, sin embargo, una historia de amor que extraño y que sentí mía durante mucho tiempo. Sé que es a ese sentimiento al que me aferro. Sé que es una piel la que busco en las calles que no me ven. Es esa única historia la que relato a los oídos sordos de mis compañeros desconocidos en los bancos de las plazas. Me he transformado en esas frases que se repiten, en un intento por, ya no revivirme a mí mismo, sino a esa única historia de amor. No recuerdo el final. Quizá no lo tuvo. Todo amor inconcluso nos transforma en fantasmas. Habito una ciudad de amores que se lloran. Es mi lugar. Es mi nueva historia.