Miel




No le gustaba el sabor de la miel, (demasiado dulce, demasiado pegajosa). El repetía que le recordaba al remedio casero para la tos, con que su abuela lo perseguía de niño ni bien lo escuchaba toser un par de veces.

Ella, en cambio, amaba la miel. Todas las mañanas endulzaba el mate (¡oh, sacrilegio! pensaba él) con una cucharadita de miel. En tardes perfumadas horneaba galletas de miel, y una noche él había llegado al departamento que compartían para encontrar un enchastre meloso en la cocina, tras un frustrado intento de preparar unos caramelos.

Y ahora ella se había ido. Una discusión en la que le reclamaba el poco tiempo que le dedicaba (¡lo había acusado de tomar el mate amargo no por gusto, sino por no perder tiempo endulzándolo!) había terminado con ella abandonando el departamento, con su bolso, su dulzura siguiéndola, y él aún quejándose de que le daba todo el tiempo posible, y que ella lo estancaba en sus horas que olían a miel de caramelos malogrados y galletas que él, a su pesar, tuvo que reconocer que eran deliciosas...

Y ahora se había ido. Un frasco con miel quedó allí, abandonado por su dueña en manos del enemigo.

El preparó el mate, como lo hacía antes de ella (ahora había un antes y un después un su vida, un mojón, un punto y aparte), amargo, fuerte, mate de macho, como decía su abuelo. El frasco de miel estaba en el estante, junto a los cereales y un té saborizado de esos raros que ella compraba.

Casi con avidez hundió la cuchara en la dorada miel y endulzó su boca necesitando recuperar la dulzura, necesitando recuperar ese sabor que había dejado de ser odiado, solo porque ahora era sinónimo de ella.

8 comentarios:

  1. Muy poético y muy cierto pero ahora que se joda!

    Besos

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  2. Totalmente de acuerdo, Lux. ¡Que se joda!
    Besos.

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  3. Precioso... y aleccionador Siempre apreciamos lo que hemos perdido. Una lástima. Besitos, guapa.

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  4. Genial tu historia, Marcela. Envidio (sanamente, por supuesto) esa capacidad tuya de crear historias. Yo solo sé hablar de lo que me toca la fibra (la del cuerpo o la del alma, pero que sea tangible).

    Y, por cierto, no hay nada como perder los regalos que te da la vida para buscar en las manos las migajas de lo que un día fue abundancia. Humanos somos...

    Un gran abrazo, amiga.

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  5. Mala suerte, lo hubiera pensado antes. A mí la miel me encanta, y me gustaron la foto y el texto.

    Besos.

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  6. Isabel: Y lo sabemos, y siempre hacemos lo mismo.

    Suri: La verdad es que yo me pierdo en los momentos y en los detalles. No sé si sabría escribir de otra cosa. Gracias.

    Mariela: A mi me gusta mucho la miel también. Y sí, él lo hubiera pensado antes.

    Gracias y besos

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  7. No hay miel que pueda endulzar la amargura de la soledad.
    Muy buen relato Marce!
    Besos,

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  8. Claudia: Es cierto eso. Toda la miel del mundo no alcanza. Besos.

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