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viernes

Universos robados

Alguien, alguna vez, robó un hermoso universo, lleno de palabras elegantes y cálidas y buscó un lugar adecuado en donde poder disfrutarlo.
No era tarea fácil. Los universos robados son inestables y suelen escapar, o repentinamente disolverse en el aire. Había que encontrar un sitio que lo convenciera de desplegar toda su magia, sus nubes y charcos, sus brisas y relámpagos y que lo hiciera sentirse en casa con tanta fuerza que la idea de irse desapareciera.
Después de mucho pensar lo dejó en el jardín. Durante días lo regó y protegió y tuvo paciencia.
Una mañana escuchó un extraño golpeteo creciente en los cristales de las ventanas. Al mirar hacia afuera vio un enorme océano. No había orillas. No había islas. Sólo enormes olas que crecían.

¿Quién crea los universos, tantas veces ajenos a los deseos? ¿Quién crea los mundos: el que lo delinea o quien está intentando habitarlo?

Me ha sido dado un universo: no se como será, pero no puedo evitar el dudar si soy quien lo transforma, o todos sus colores ya fueron pintados antes de que yo llegara...

¿Me pertenecerá alguna vez mi pequeño universo?

domingo

Inconcluso


He sido fantasma durante tanto tiempo pero aún me preocupa caer, como si pudiera ser herido. ¿Hay sangre en mis venas no existentes? No puedo verla, pero creo que está allí, latiendo, esperando aún a ser derramada.
Necesito un aliento específico en mis labios que no respiran.
Imagino volver a sentir el peso de ser. Estar vivo pesa y no saber si se lo está, aún más. Para superar la incertidumbre me siento en el banco de una plaza, junto a alguien que no me ve, que no me escucha, y le cuento mis secretos. Ese no oírme no es tan distinto a lo que sucedía antes, cuando sí tenía una voz audible.
Me aferro a los recuerdos de ese tiempo, como el último recurso antes de ahogarme. Ser un fantasma y temerle al océano desconocido de existir sin recuerdos podría parecer extraño, pero no lo es. No quiero dejar de ser quien era cuando estaba vivo. No quiero dejar de ser. Imagino mi propia existencia como un ser que no quiere contar sus secretos a los oídos sordos y temo serlo algún día.
 Detesto el no sentir calor o frío. Recuerdo unos labios y veo el viento. Y relato una historia que ya no se si es la mía, o la de otro. No sé si me importa. La pertenencia o no de lo vivido es la gran duda de la existencia. Me gustaría habitar, durante un tiempo más, esas horas ajenas que es la historia propia. Tuve que abandonarla para saber que todos los días, con sus soles y suspiros, con sus problemas y jardines, son prestados y exigidos de vuelta.
Hay, sin embargo, una historia de amor que extraño y que sentí mía durante mucho tiempo. Sé que es a ese sentimiento al que me aferro. Sé que es una piel la que busco en las calles que no me ven. Es esa única historia la que relato a los oídos sordos de mis compañeros desconocidos en los bancos de las plazas. Me he transformado en esas frases que se repiten, en un intento por, ya no revivirme a mí mismo, sino a esa única historia de amor. No recuerdo el final. Quizá no lo tuvo. Todo amor inconcluso nos transforma en fantasmas. Habito una ciudad de amores que se lloran. Es mi lugar. Es mi nueva historia.

viernes

El puente



Hay un puente que lleva a un camino que no va a ningún lado, sobre un río que cae en una cascada infinita.
Y yo lo amo. Amo el puente sin sentido que es sólo por ser, sin metas, sin intenciones, sin objetivos.
Se lo recorre sabiendo que no tiene un fin glorioso. Se lo recorre por amor a su belleza, porque es hermoso y cruza un río hermoso, e inclusive la cascada infinita es hermosa.
Hay quienes dijeron que el puente sí tenía un destino y hablaron de una estrella, de una nube. El puente es indiferente a esos mitos. Pero quienes lo recorren pueden inventar historias sobre él. Y quizá ese es el horizonte del puente.

El pasillo



Desde pequeña le temía al largo pasillo de su casa. Alguna vez se había roto la lamparita que lo iluminaba, pero como el techo era muy alto, y la abuela le temía a las escaleras y a que entraran desconocidos a reparar los desperfectos cotidianos, el pasillo había quedado a oscuras y no importaba la hora, ni si había sol o estaba nublado: ese lugar siempre estaba en penumbras.
Entonces ella corría desde la cocina hasta los dormitorios, temiéndole a algo  indefinido, a un peligro irreal o real que siempre acechaba. Estaba allí, en esa soledad absoluta de pisos de madera crujientes y paredes con cuadros antiguos que nadie jamás apreciaría porque no había luz para iluminarlos.
¿Cómo hacer desaparecer la soledad?, se preguntaba ella. La voz de la abuela cantando tangos en el jardín o en la cocina no era suficiente. ¿Cómo hacer para que ese simple corredor que unía las habitaciones de la casa no fuera tan sobrecogedor?
Y ahí fue que nació el fantasma. Esa entidad, con su sola existencia, alejaba la soledad. Un fantasma habitando el pasillo solucionaba todos sus problemas. Ya no debía correr por él para escapar del peligro que la soledad escondía, porque ésta ya no existía.
Quizá la abuela se sorprendió del cambio de actitud de la niña. Creyó que estaba creciendo. La nieta no quiso hablar del fantasma, y prefirió que la razón de su nuevo coraje quedara en el misterio. A ver si la abuela le temía a los fantasmas.

martes

Monstruo desnudo


Alguna vez amó a un fantasma. El fantasma habitaba a un hombre y debía aceptar eso.
Ella amaba al fantasma. Era extraño, pero no siempre podía encontrarlo. Suponía que a veces se escondía muy profundo, en una ciudad que no tenía calles con nombre.
En un momento de lucidez ella tropezó con la idea de que el fantasma no existía. Existía el hombre, pero no era habitado por ningún ser más que él mismo.
¿Y si ella lo había creado? Se vio a sí misma como a un doctor Frankenstein dando vida a un monstruo con las partes de otros fantasmas que le agradaban. Grave error que la hacía feliz de a ratos y muy infeliz cada vez más seguido.
Podemos vestir a alguien con los detalles que nos gustan y podemos abrazar al monstruo falso. Podemos convencernos de que es el fantasma quien reina, pero la verdad siempre arroja a un costado todos los detalles falsos con los que nos vestimos y vestimos a los otros, porque el amor se da exclusivamente entre monstruos verdaderos y desnudos.

jueves

Naufragio


Hemos naufragado con elegancia: no hubo demasiadas sacudidas que anunciaran este fin: fue algo lento, suave. Que ironía naufragar en un mar en calma.
Y ahora flotamos aferrados a los restos del barco. ¿Cómo de algo tan grande, se pasó a pedazos tan pequeños?
Es un diminuto mundo flotante en el que ahora reinamos: un mundo habitado con despojos. No es cálido, no es confortable, pero es nuestro y tiene lo más importante en él, nuestro pasado.
Quizás nunca fuimos tan nosotros como ahora, que simplemente flotamos. Nunca nada fue tan nuestro, como ahora que lo sujetamos para no perdernos. Somos estas pequeñas olas del mar en calma que nos hizo naufragar. Somos el mar, y los restos y aún somos nosotros.

domingo

El triciclo



Solo los niños saben que se puede recorrer el mundo entero en un pequeño triciclo, que no le tema a las baldosas sueltas de una vereda desconocida.


Desconocidos


-No te asustes, no es común para mí detener mujeres en la calle y decirles que no es casualidad que nos encontremos en esta esquina, por la que hace años que paso todos los días, y es siempre un punto más en esta red en la que los desconocidos nos cruzamos, solos, rodeados de gente pero solos. La soledad es saber que los que están a nuestro alrededor no son importantes; por eso podemos estar solos en nuestro propio hogar, y mucho más lo estamos en una esquina anónima, rodeados de anónimos, anónimos también nosotros, hasta que sucede el milagro de ver a otro, verlo realmente, reconocerlo como yo te reconocí. ¿Debería quedarme callado en favor de las costumbres, dejarte ir, perderte en este océano? Somos seres pequeños, y no tememos decir palabras trágicas y horribles como guerra y muerte, pero podemos pasar toda una vida sin decir la palabra amor. Decir te amo por primera vez nos paraliza, nos hace temblar más que cualquier otra frase. No te acordás, porque aún no estabas ahí, pero nos amamos muchas veces.


foto: "El beso del hotel de Ville" Robert Doisneau

lunes

Un sol y una luna


Un sol y una luna habitan dos mundos, separados por un abismo, por un muro, por calles sin señales, por arroyos, mares y océanos con islas volcánicas, por galaxias ardientes y por tormentas de nieve sobre colinas y montañas... Igual que todos los seres de este y cualquier otro barrio...


domingo

La mujer sola (II)


Desde niña quería ser una mariposa. Lloró cuando su madre le dijo que las mariposas vivían solo días. "¿Todas morirán pronto?"

Aleteaba con las manos, corría por el patio sacudiéndolas, buscando que al menos ellas recordaran las alas brillantes y naranjas, que conservaran los sueños de volar intactos. Ella no lo sabía, pero mientras fuera niña, la muerte sería algo fatal e irremediable, pero lejano. Todos los días asomarían mariposas a su jardín: otras, pero no lo sabría, entonces todas las mariposas podían ser la misma ante sus ojos y su afecto.

 Al crecer, las mariposas morirían o se irían una a una y cada partida sería irremediable, y las mariposas que llegaran no podrían suplir a las anteriores, y cada desaparición sería peor, más dolorosa, más cruel e increíblemente, a pesar de ya no ser niños, más incomprensible. 

viernes

La mujer sola (I)


Ella llegó sola, y se instaló en la vieja casa, que repentinamente, después de tantos años abandonada, tuvo sus ventanas abiertas y música suave sonando.

Ella era extraña: al menos para el estilo de vida del pueblo. Todos suponían que en las grandes ciudades grises habría mujeres viviendo solas, tocando el piano dulcemente a solas y saliendo a pasear solas al atardecer. No allí. No de ese modo. Doña Inés, la panadera, que había quedado viuda, vivía sola, pero en la misma cuadra vivía su hija, yerno y nietos. Doña Carmen también vivía sola, en las afueras del pueblo, recordó alguien cuando discutían el tema en la esquina de la plaza, pero... mejor no hablar de ella dijeron las otras mujeres, algo ofuscadas y evitando mirar a los pocos hombres ahí presentes que fingieron indiferencia.

La recién llegada no buscaba charla en el almacén, ni aminoraba el paso cuando alguna de las vecinas intentaba alcanzarla en la calle durante los paseos que daba. Ni las tácticas disimuladas de los más discretos, ni los saludos a los gritos de los más osados, conseguían romper la barrera que ella ponía frente a la curiosidad de los demás. Respondía los saludos, con un gesto mínimo, un leve cabeceo, una sonrisa transparente, un apurar de sus pasos. Hacía falta tener ganas de ser saludado para sentir que eso había sucedido. Eran saludos que venían desde muy lejos, como si ella, ahí nomás, a unos pasos, realmente estuviera a kilómetros de distancia.



El ángel

No creí que tuviera que usar palabras para explicar lo que solo para mí es entendible, no porque sea demasiado complicado, sino porque solo yo veo mi mundo a través de mis ojos, y los otros ven nada más que el resultado de mis decisiones, no cada piedra del camino, no cada lluvia que me ha mojado. No ven nada de lo que ha delineado sobre mí los rasgos que hoy tengo.

No desprecio tu regalo, padre, al contrario. Lo rechazo porque amo demasiado mi propia mirada, y mi propia forma de ser.

No hay más explicación, padre, que la obvia: corté mis alas porque pesaban mucho, y no me permitían volar como a mí me gusta.

La noche y los monstruos


Todos hemos vagado a través de la noche, a través de las cuadras más oscuras, buscando solo un rincón en donde descansar y la noche nos acepta a todos, con brazos comprensivos, pensaba él, mientras se hundía en esa misma noche, aún oyendo los gritos y lamentos que la puerta cerrada de un golpe no podía alejar.

Todo puede transformarse en recuerdos, del mismo modo que todo podría ser olvidado. Sin embargo, él sabía que ese llanto nunca se borraría de su mente, porque todas las lágrimas seguían allí, en su cabeza, y aparecían ni bien despertaba, y poblaban sus sueños de las formas más dolorosas posibles.

Y el dolor en la mano con la que la había golpeado era mayor ahora que la ira desaparecía y solo quedaba la culpa. Y se preguntaba por qué continuaba haciéndolo, y se preguntaba por qué ella lo perdonaba.

La noche todo lo entiende, pensaba él, mirando la oscuridad sin estrellas.

Y, mientras regresaba en busca de ese perdón tantas veces otorgado (pero solo durante un instante de lucidez que se borraría demasiado rápido), él comprendió que la noche no lo entendía ni lo aceptaba, solo estaba acostumbrada y resignada a ver a los monstruos caminar por sus calles oscuras.

miércoles

El pavo real

Otros pavos, alardeaban con más habilidad de sus bellas plumas, seduciendo al mundo entero, pero él no podía. Las sacudía torpemente, extrañando el tiempo en el que no estaban allí, cuando podía disimularse en la inmensidad del bosque.

Pero ahora llega ese tiempo en el que solo queda esperar el otoño, cuando las plumas caen, y se riegan en la tierra húmeda, para que los hombres las recojan deslumbrados por el brillo y la belleza y él fuera libre de ser solo un ave humilde y hermosa, una más, en el bosque.


jueves

Piedra


De entre todos los monstruos que habitan el barrio, hay uno especial. No es un monstruo agresivo. Es feo, eso sí, como debe ser todo monstruo que se precie de serlo.

Desde hace mucho tiempo, durante todo el día, no se mueve ni un centímetro del lugar en el que se sienta a la mañana, mirando hacia el oeste, con ojos perdidos en el horizonte. No los desvía nunca. Su rostro tampoco muestra ningún sentimiento ni deseo. Parece de piedra. Quizás lo sea, nunca me animé a tocarlo.

Pero es esa petrificada actitud de observar un punto perdido en el espacio, la que me movió a confesarle cada detalle de mi vida. Muchos días me senté a su lado y le conté mis pensamientos, mis dudas, mis temores. El jamás me dio a entender que estuviera oyéndome o que le interesara nada de lo que digo. Nunca me miró.

De a poco, muchos acudieron al sitio en donde mi monstruo observaba la nada con su rostro de piedra, y también relataron sus problemas, le pidieron ayuda (que jamás fue concedida) o inclusive confesaron frente a él los más crueles errores cometidos.

Al ver eso, me alejé. Prefería la soledad que ya no teníamos, esa soledad en la que yo hablaba y él no oía.

Sin embargo, a veces, lo extraño, y desde lejos, ya sin acercarme porque los otros construyeron a su alrededor un templo para protegerlo, intento adivinar que es lo que él mira en el oeste del horizonte, y de nuevo me siento cerca.

lunes

El hombre devorado


Cruzaba la calle, evitando autos y evitando peatones (como pensaba que era la única forma posible de andar tranquilo por el mundo), cuando el ser lo alcanzó y comenzó a devorarlo. Lo atacó sin decir una sola palabra, la forma más despiadada de atacar. Uno espera que quien lo devora, diga algo, que explique su acción. No fue el caso. Él fue derribado de un golpe, sorpresivamente, obligado a caer en el asfalto, junto al cordón de la vereda. Se escuchaban las bocinas de los automóviles pero no sonaban en su defensa: simplemente expresaban el rechazo a que el tránsito fuera interrumpido por algo tan nimio como un hombre siendo devorado. Unos pocos peatones detuvieron apenas el paso para observar, frunciendo el entrecejo con curiosidad y algo de asco. Comentaron entre ellos lo que veían y seguro lo comentarían en sus casas, ni bien entraran en el hogar cálido y fueran recibidos con un beso sedoso: "Vimos a un hombre ser devorado, en el medio de la calle". Que terrible, dirían, que mundo en el que vivimos, que espanto. "¿Cómo describirían su muerte?", se alcanzó a preguntar el hombre, antes de que el ser comiera su cabeza.

El final de la escalera



Hace ya mucho tiempo que subo esta escalera. Durante los primeros días no era extraño porque aún recordaba a donde quería llegar. Ahora lo olvidé, así que subo porque es lo que debo hacer. A veces estoy tan cansada que me arrastro por los escalones y los subo por inercia. Pero no puedo detenerme. No sería justo. Alguien debe esperarme en el sitio al que voy. Es obvio, sino, ¿por qué subiría? Ya olvidé quien es, pero eso no es excusa para abandonar mi tarea.
Cada tanto me empujan y caigo. No me quejo, pero me molesta cuando en la caída resbalo algunos escalones y debo volver a subirlos. Hacer dos veces lo mismo, sobre todo en una acción tan repetitiva como subir por una escalera, es muy molesto.
Me gustaría saber cuánto falta para llegar. Me gustaría en algún momento ver el final del recorrido. Pero supongo que eso es pedirle demasiado a algo tan inerte como una escalera. Dudo mucho que ella sepa cuál es el final de sí misma, ni si existe ese final que todos creen estar buscando. Yo no sé cual es mi final. Yo no sé si el final de la escalera existe.

miércoles

Romance perfecto



Ella dijo que soñaba con él, mientras barría las hojas secas del patio. Sabía que iba a llegar algún día.
Me pregunto si lo habrá reconocido cuando sus caminos se cruzaron. Probablemente no: lo que soñamos y lo que vemos cuando el sueño se hace realidad, no es igual. Y las similitudes debemos ir encontrándolas, o tallándolas en la vida real.
Quizás, más adelante, ella habrá sabido que lo reconoció al verlo, porque muchas veces necesitamos tiempo para comprender que sabemos algo.
Ella dijo que no fue amor a primera vista. Y no creía en el amor a primera vista.
El sí decía que había sido amor a primera vista. Pero creía en el amor a primera vista.
Así que podríamos decir que fue un romance perfecto.

martes

El ídolo real


Frente a los ojos atónitos y las bocas abiertas de los fieles devotos, León, usando una simple piedra como martillo, rompió con poco elegantes pero minuciosos golpes la estatua del ídolo. Las dos piedras chocaban haciendo sonar una extraña música que hacía volar por los aires astillas y pedazos de un ojo, de un ala, de un diente divino. Los presentes estaban horrorizados, observando como su Dios iba cambiando de forma con cada mazazo, pero nadie se atrevía a intervenir en el ataque porque la estatua se encontraba en el sector prohibido para los fieles, así que fueron los tres sacerdotes solos quienes consiguieron sostener al atacante, no antes de que la imagen quedara seriamente dañada. León era conocido como el más leal de los seguidores del Dios y la actitud sorprendió e indignó a todos. Mientras lo arrastraban fuera del templo, él gritaba:
- Para que algo sea real debe poder romperse...

miércoles

El puente


Si bien nadie lo decía, porque era evidente que alguien lo había construido, todos sentían que el puente siempre había estado allí. Algunos abuelos recordaban viejas historias sobre el pueblo antes del puente, pero como no eran interesantes, nunca las contaban.

Cada tanto una cuadrilla de trabajadores llegaba y reparaba los daños del tiempo. Se iban en su lenta camioneta, cruzando el puente recién reparado, y perdiéndose en una nube de polvo en el horizonte.

El puente no era particularmente bello, ni largo. Los niños lo cruzaban corriendo, porque parecía muy firme y no infundía temor. Era útil, natural en el paisaje por su persistencia en estar allí y nadie le daba importancia.

Como siempre pasa, fue durante una fuerte tormenta que lo que parecía irrompible, se rompió. Al calmarse los fuertes vientos y cesar la lluvia, en el pueblo contaron a los habitantes para estar seguros de que el derrumbe no había arrastrado a alguien con él. Todos estaban a salvo, y se festejó la noticia. Después, los habitantes se acercaron tímidos al borde del puente que ya no existía y por primera vez notaron, en forma consciente y absoluta, el abismo.