Naufragio


Hemos naufragado con elegancia: no hubo demasiadas sacudidas que anunciaran este fin: fue algo lento, suave. Que ironía naufragar en un mar en calma.
Y ahora flotamos aferrados a los restos del barco. ¿Cómo de algo tan grande, se pasó a pedazos tan pequeños?
Es un diminuto mundo flotante en el que ahora reinamos: un mundo habitado con despojos. No es cálido, no es confortable, pero es nuestro y tiene lo más importante en él, nuestro pasado.
Quizás nunca fuimos tan nosotros como ahora, que simplemente flotamos. Nunca nada fue tan nuestro, como ahora que lo sujetamos para no perdernos. Somos estas pequeñas olas del mar en calma que nos hizo naufragar. Somos el mar, y los restos y aún somos nosotros.

Otoño


Se encienden una a una,
las hojas doradas del otoño.
El oro se gasta en las veredas
en lánguidas carreras con el viento.

Habíamos perdido la belleza
de este encender y apagar colores.

Lugares que antes no mirábamos
de repente brillan.
Como todo lo olvidado,
al resurgir renace y es nuevo
y olvidó su olvido.

Apagamos ahora el verde,
sin falsas melancolías.



Memoria en sepia

El misterio de eso que no olvidamos, pero que la memoria decora con nostalgia. Uno recuerda la belleza de la casa, más grande, más bella de lo que era. Y los pobres ladrillos toscos se pintan con un elegante sinónimo de calidez y la vieja puerta deja de rechinar para nunca cerrarse ante un amigo, esas enredaderas que tanto costaba podar se ven siempre verdes...

Dos bellezas luchando entre sí: la de lo lejano, irrecuperable o simplemente intocable, o la realidad aún más bella pero coloreada en sepia.