Un sol y una luna


Un sol y una luna habitan dos mundos, separados por un abismo, por un muro, por calles sin señales, por arroyos, mares y océanos con islas volcánicas, por galaxias ardientes y por tormentas de nieve sobre colinas y montañas... Igual que todos los seres de este y cualquier otro barrio...


Ventana con nubes


El misterio del cielo abarcado en una ventana,
una ventana pequeña como los ojos del hielo.
Hay una oscura soledad del otro lado,
en ese mundo que extraña no tener ventanas.

Yo no sé si podré ser la misma,
después del diluvio inevitable,
que quedará encerrado
en el mismo marco que nos encierra.


Foto: Doralisa

Ruinas



He decidido lo que quiero hacer
desde hoy en adelante.
Haré ruinas en las veredas,
altas ruinas de ladrillos con moho,
y haré ruinas con flores secas
y con libros ajados.
Todo serán ruinas
de esas que se visitan
con respeto y admiración,
no por la obra de los hombres,
sino por el trabajo del tiempo.
Y verán las ruinas de palabras oxidadas,
y sabrán que el tiempo y yo nos aliamos,
para desaparecer al fin,
detrás de unas simples ruinas,
perdidas en el mundo.

Aves


Quiero darle alas a las lágrimas.
Serían hermosas aves de cristal,
o de hielo.
Volarían en el frío de la noche,
bajo la luz de la luna.
Como debe ser:
las lágrimas evitan el sol.
Aves solitarias, a oscuras
deshaciéndose cuando amanece.

La mujer sola (II)


Desde niña quería ser una mariposa. Lloró cuando su madre le dijo que las mariposas vivían solo días. "¿Todas morirán pronto?"

Aleteaba con las manos, corría por el patio sacudiéndolas, buscando que al menos ellas recordaran las alas brillantes y naranjas, que conservaran los sueños de volar intactos. Ella no lo sabía, pero mientras fuera niña, la muerte sería algo fatal e irremediable, pero lejano. Todos los días asomarían mariposas a su jardín: otras, pero no lo sabría, entonces todas las mariposas podían ser la misma ante sus ojos y su afecto.

 Al crecer, las mariposas morirían o se irían una a una y cada partida sería irremediable, y las mariposas que llegaran no podrían suplir a las anteriores, y cada desaparición sería peor, más dolorosa, más cruel e increíblemente, a pesar de ya no ser niños, más incomprensible. 

La mujer sola (I)


Ella llegó sola, y se instaló en la vieja casa, que repentinamente, después de tantos años abandonada, tuvo sus ventanas abiertas y música suave sonando.

Ella era extraña: al menos para el estilo de vida del pueblo. Todos suponían que en las grandes ciudades grises habría mujeres viviendo solas, tocando el piano dulcemente a solas y saliendo a pasear solas al atardecer. No allí. No de ese modo. Doña Inés, la panadera, que había quedado viuda, vivía sola, pero en la misma cuadra vivía su hija, yerno y nietos. Doña Carmen también vivía sola, en las afueras del pueblo, recordó alguien cuando discutían el tema en la esquina de la plaza, pero... mejor no hablar de ella dijeron las otras mujeres, algo ofuscadas y evitando mirar a los pocos hombres ahí presentes que fingieron indiferencia.

La recién llegada no buscaba charla en el almacén, ni aminoraba el paso cuando alguna de las vecinas intentaba alcanzarla en la calle durante los paseos que daba. Ni las tácticas disimuladas de los más discretos, ni los saludos a los gritos de los más osados, conseguían romper la barrera que ella ponía frente a la curiosidad de los demás. Respondía los saludos, con un gesto mínimo, un leve cabeceo, una sonrisa transparente, un apurar de sus pasos. Hacía falta tener ganas de ser saludado para sentir que eso había sucedido. Eran saludos que venían desde muy lejos, como si ella, ahí nomás, a unos pasos, realmente estuviera a kilómetros de distancia.