Penélope


No hacía falta que Penélope destejiera lo tejido para engañar a los pretendientes y esperar a Odiseo. ¿Cómo sabe el otro cuál es el final de lo que estamos tejiendo?
Podemos tejer sin fin. Podemos seguir enhebrando lanas de colores, brillantes, opacas. Podemos decidir tejer una manta que cubra el mundo. Todo es cuestión de tiempo, de deseo, de ansias...
Igual, no quiero criticar a Penélope porque, la verdad, destejer también tiene su encanto...

Despertar


Me vestí como alzando pétalos caídos.
Emergí de las ruinas, pensando
que al despertar me arrojaría al río,
como si no importara el saber nadar.
Tanta piel, tan poca brisa,
tanta agua sin sed,
tanto jardín sin luciérnagas,
tantas palabras, tanto calor,
tanta seguridad de haber despertado
siendo demasiado yo esta mañana...

(pintura: El despertar de la criada. Eduardo Sívori)

El ángel

No creí que tuviera que usar palabras para explicar lo que solo para mí es entendible, no porque sea demasiado complicado, sino porque solo yo veo mi mundo a través de mis ojos, y los otros ven nada más que el resultado de mis decisiones, no cada piedra del camino, no cada lluvia que me ha mojado. No ven nada de lo que ha delineado sobre mí los rasgos que hoy tengo.

No desprecio tu regalo, padre, al contrario. Lo rechazo porque amo demasiado mi propia mirada, y mi propia forma de ser.

No hay más explicación, padre, que la obvia: corté mis alas porque pesaban mucho, y no me permitían volar como a mí me gusta.

La noche y los monstruos


Todos hemos vagado a través de la noche, a través de las cuadras más oscuras, buscando solo un rincón en donde descansar y la noche nos acepta a todos, con brazos comprensivos, pensaba él, mientras se hundía en esa misma noche, aún oyendo los gritos y lamentos que la puerta cerrada de un golpe no podía alejar.

Todo puede transformarse en recuerdos, del mismo modo que todo podría ser olvidado. Sin embargo, él sabía que ese llanto nunca se borraría de su mente, porque todas las lágrimas seguían allí, en su cabeza, y aparecían ni bien despertaba, y poblaban sus sueños de las formas más dolorosas posibles.

Y el dolor en la mano con la que la había golpeado era mayor ahora que la ira desaparecía y solo quedaba la culpa. Y se preguntaba por qué continuaba haciéndolo, y se preguntaba por qué ella lo perdonaba.

La noche todo lo entiende, pensaba él, mirando la oscuridad sin estrellas.

Y, mientras regresaba en busca de ese perdón tantas veces otorgado (pero solo durante un instante de lucidez que se borraría demasiado rápido), él comprendió que la noche no lo entendía ni lo aceptaba, solo estaba acostumbrada y resignada a ver a los monstruos caminar por sus calles oscuras.

El pavo real

Otros pavos, alardeaban con más habilidad de sus bellas plumas, seduciendo al mundo entero, pero él no podía. Las sacudía torpemente, extrañando el tiempo en el que no estaban allí, cuando podía disimularse en la inmensidad del bosque.

Pero ahora llega ese tiempo en el que solo queda esperar el otoño, cuando las plumas caen, y se riegan en la tierra húmeda, para que los hombres las recojan deslumbrados por el brillo y la belleza y él fuera libre de ser solo un ave humilde y hermosa, una más, en el bosque.