Piedra


De entre todos los monstruos que habitan el barrio, hay uno especial. No es un monstruo agresivo. Es feo, eso sí, como debe ser todo monstruo que se precie de serlo.

Desde hace mucho tiempo, durante todo el día, no se mueve ni un centímetro del lugar en el que se sienta a la mañana, mirando hacia el oeste, con ojos perdidos en el horizonte. No los desvía nunca. Su rostro tampoco muestra ningún sentimiento ni deseo. Parece de piedra. Quizás lo sea, nunca me animé a tocarlo.

Pero es esa petrificada actitud de observar un punto perdido en el espacio, la que me movió a confesarle cada detalle de mi vida. Muchos días me senté a su lado y le conté mis pensamientos, mis dudas, mis temores. El jamás me dio a entender que estuviera oyéndome o que le interesara nada de lo que digo. Nunca me miró.

De a poco, muchos acudieron al sitio en donde mi monstruo observaba la nada con su rostro de piedra, y también relataron sus problemas, le pidieron ayuda (que jamás fue concedida) o inclusive confesaron frente a él los más crueles errores cometidos.

Al ver eso, me alejé. Prefería la soledad que ya no teníamos, esa soledad en la que yo hablaba y él no oía.

Sin embargo, a veces, lo extraño, y desde lejos, ya sin acercarme porque los otros construyeron a su alrededor un templo para protegerlo, intento adivinar que es lo que él mira en el oeste del horizonte, y de nuevo me siento cerca.

Noche en palabras


Quise hacer perfecta una noche.
Y lo conseguí solo con palabras.

Somos las palabras con que curamos las heridas.

Soy la que mira a Buenos Aires
a través de la ventana.

Y todas las noches fueron y son
esa única noche que dibujé
en el silencio de letras atrapadas.

Seré la que sepa que ninguna noche es eterna.
Y la que siempre lo dice con palabras.

La tormenta


Creí escapar de la tormenta.
Pero hoy vi hojas secas
y cansadas del calor cobrar vida,
en un usual milagro cotidiano.

Y la dura caricia del viento,
arremolinándose en las esquinas,
bailando con papeles y bolsas vacías.

Amo esa magia, ese vivir sin vida,
ese estar tan atado al viento...

¿De dónde nace el temor a la tormenta?
¿De dónde nace el temor a lo inevitable?

Se escuchan risas disfrazadas
de suspiros y ráfagas de lluvia.
Ya no me engañan.
Entiendo el idioma de la gota y de la brisa.
La tormenta se burla sin disimulo,
de quienes creen posible
escapar al viento.

El hombre devorado


Cruzaba la calle, evitando autos y evitando peatones (como pensaba que era la única forma posible de andar tranquilo por el mundo), cuando el ser lo alcanzó y comenzó a devorarlo. Lo atacó sin decir una sola palabra, la forma más despiadada de atacar. Uno espera que quien lo devora, diga algo, que explique su acción. No fue el caso. Él fue derribado de un golpe, sorpresivamente, obligado a caer en el asfalto, junto al cordón de la vereda. Se escuchaban las bocinas de los automóviles pero no sonaban en su defensa: simplemente expresaban el rechazo a que el tránsito fuera interrumpido por algo tan nimio como un hombre siendo devorado. Unos pocos peatones detuvieron apenas el paso para observar, frunciendo el entrecejo con curiosidad y algo de asco. Comentaron entre ellos lo que veían y seguro lo comentarían en sus casas, ni bien entraran en el hogar cálido y fueran recibidos con un beso sedoso: "Vimos a un hombre ser devorado, en el medio de la calle". Que terrible, dirían, que mundo en el que vivimos, que espanto. "¿Cómo describirían su muerte?", se alcanzó a preguntar el hombre, antes de que el ser comiera su cabeza.