Leones


En el sendero de piedra había leones esperando.
Y estabas allí, y eras la presa.

¿Por qué Dios no te da alas en este sueño?

¿Entregarás tu corazón a los leones sin un grito?

Y hasta el final, besando las garras y las heridas,
mantendrás en pie la mentira de la calma.

Silencio



Y aquí estamos, los dos, en esta calle que tropezó de nuevo. En esta vereda que se cubrió de hojas. En este mundo que tembló de frío.

Estás hablando, apilando palabras como si no significaran nada, como si fueran cosas viejas esperando ser arrojadas a la basura. Yo sé que estoy cerrando los ojos para no verlas caer sobre las hojas secas, sobre la vereda que tropezó de nuevo, sobre el mundo que tembló de frío.

Te pedí un momento de silencio, para oír el perfume del café flotando en el día, como un último regalo.

Y me lo concediste.

Nombre escrito


Escribió su nombre en la arena,
en un cuaderno,
en la pared, escondido en un rincón,
en su piel y en su lengua.

En un espejo empañado,
en la nieve.

En la madera de un banco de una plaza,
arrancando astillas
que se clavaron en sus uñas.

En el viento, con palabras.

En las palabras arrojadas al viento.

En una estrella vista una noche,
y no encontrada la noche siguiente.

Lo escribió en el nombre amado, entrelazándolo,
para que fueran uno.

Porque escribiendo su nombre
sentía que besaba el infinito.

El horizonte


Vivimos en un mundo diminuto. Es tan pequeño que, por ejemplo, no tiene horizonte.

En realidad usamos esa palabra porque alguien, alguna vez, contó que existen otros mundos en los que hay espacio suficiente como para que haya horizontes, pero nosotros nunca los vimos.

Quien nos habló del horizonte lo describió como una línea larga que une el cielo con la tierra. Esa explicación nos hizo pensar mucho en el tema. Debatimos durante días la forma y utilidad de los horizontes, hasta que la tía dijo que debían ser como escalas por las que se puede trepar hasta las nubes. Ella siempre encuentra la forma de ver las cosas que no se ven. Le pedí que dibujara uno, porque yo sí necesito ver para entender. Ella accedió (como accede a todos mis pedidos) e hizo un dibujo con lápiz. Lo tengo guardado en el cajón de la mesa de luz y lo miro antes de ir a dormir. Tengo miedo de arruinarlo, porque me gusta seguir los trazos con los dedos e imaginar que subo a una nube. De hacerlo, llevaría a la tía conmigo.

Me gustaría que alguna vez en mi mundo, hubiera espacio como para tener al menos un horizonte.

La carta

Durante días la carta permaneció cerrada. Abrirla solo significaba confirmar lo que ella esperaba que fuera dicho y en ese momento prefería navegar por las conocidas aguas de la incertidumbre.

Pero bastaba cerrar los ojos para ver el sobre, debajo del jarrón con flores secas. No importaba que desviara la vista, o que no estuviera en la casa, la carta parecía seguirla.

La escondió en el libro favorito, pero le dio pena que esas páginas tantas veces leídas quedaran de algún modo mezcladas con la carta y finalmente la dejó en un cajón cualquiera, como si la oscuridad pudiera apagar esas palabras.

Pero eso no era posible. Una madrugada, en la que no podía dormir por el molesto silencio de la verdad encerrada en el cajón, se levantó y la leyó completa, sin derramar ni una lágrima.

Cabizbajos

Foto: Sadness de Diego SCL


Afuera, los seres se persiguen.
La ciudad se empuja a sí misma,
hacia algún horizonte que no mira.
Cabizbaja, se encierra,
en sus murallas de piedra.

Adentro, la mujer espera,
se pinta los labios con una sonrisa,
acuna a un niño, con alas de gaviota,
y cabizbaja se encierra
en sus murallas de piedra.

Reloj de sol


Como estaba nublado, decidió que el tiempo dejaría de existir hasta que el sol saliera e hiciera existir las sombras.

Cuentos antes de dormir.


De todas las leyendas de su gente, los niños preferían la de Atata Tiya una mujer caníbal que atrajo hasta su casa a un niño y a una niña con el deseo de comerlos, deseo que fue frustrado al ser engañada por ellos. Todas las noches, iluminados por la luz de las fogatas, los pequeños reclamaban la historia a los mayores y luego jugaban a que eran los valientes protagonistas y a recrear las aventuras por las que pasaron sus héroes, escapando de la caníbal.

Del otro lado del mar, otros niños, antes de ir a dormir, pedían que les contaran sobre los astutos Hansel y Gretel.

(Cuando escogemos a un enemigo, cuando vestimos al otro de enemigo, ¿no nos estamos transformando solo nosotros en enemigos? ¿Da miedo vernos reflejados en el otro?)

Cómo se hubieran divertido los chicos de ambos lados del mar, escuchando las diferentes versiones del cuento y jugando después todos juntos...




(La leyenda de Atata Tiya pertenece a la cultura de la tribu Wisrhain, de la que no encontré mucha información más que el tema de esa leyenda y que habitaban norteamérica. La foto es de unas niñas Cheyennes.)

(Esto fue publicado en el blog Historias susurradas por imágenes, y algunos lectores ya pueden haberlo leído. Voy a traer a este blog las pocas publicaciones que me gustaron de aquel, así que, paciencia a quienes ya lo leyeron )

(¡Cuántos paréntesis!)