La casa en sueños


Sueño con una casa. Al despertar la recuerdo con detalle. No sé si podría recordar con tanto detalle la casa que habito en la realidad. Recuerdo rajaduras en las paredes y los nudos de la madera en las vigas del techo. Recuerdo una cortina blanca, una tela de araña en un rincón y un cuadro azul colgado en la pared. Hay perfume a rosas y a chocolate. Escucho la música de un piano detrás de una puerta entornada. Sé que conozco esa casa desconocida. En el sueño intento ver a través de la ventana sabiendo que quizás así podría regresar a ella, reconociendo los alrededores. Debo ver el camino para recorrerlo de nuevo, definitivamente. Hay un pueblo, una ciudad, un mundo que la esconde de mis ojos despiertos. Sospecho que alguien me espera allí. La niebla habitual me impide ver el paisaje. No sé en donde está. Creo que está perdida para siempre, y la extraño.

Vida con pájaros



Cuando tenga que irme,
arrastraré los jirones
de algunos cuentos conmigo.

Porque no tengo demasiado equipaje:
nunca tuve los bolsillos pesados.
Eso es algo que me gusta:
que no haya monedas escondidas
en rincones tenebrosos.

Tengo recuerdos de aves sin jaulas
y de nieve esperada que nunca llega.

Y piedras con musgo, y césped.

Por eso me gusta esta tierra de pétalos
en la que no hay que dar órdenes:
tierra de iguales mirándose a los ojos.

Pájaros, volando libres.


foto: Francis Capote, Pájaros en Aguilar de la frontera.

El paraíso perdido


La mujer extendió hacia Adán la perfumada fruta. El, indignado, rechazó la propuesta y fue a denunciar a la tentadora, obediente, a Dios. Eva fue echada del paraíso, con sonar de trompetas y un baile en el cielo, porque ella, la mujer débil seducida por la serpiente, había sido vencida. Adán, orgulloso de ser el hijo perfecto, recibió todo el afecto de su creador.

Las condiciones afuera del Paraíso eran difíciles. Eva murió, sola, al poco tiempo. Un par de años más tarde también murió Adán, triste, cansado, extrañando algo que no podía saber bien que era, porque intuía que jamás lo había tenido, pero ansiándolo igual, con un hambre y una sed absolutas.

La serpiente, esa tarde, encontró a Dios observando el bellísimo y solitario paraíso.
- Tengo que empezar con esto de la humanidad de nuevo - dijo el Creador, pensativo.
- Sí - respondió la serpiente. -No importa de que árbol coman, no los separemos esta vez, a ver qué pasa.

pintura: Wenzel Peter (Karlsbad 1745 - Rome 1829) Adam and Eve in the Garden of Eden
oil on canvas cm. 336 x 247

¿Cómo estás?

No hay obra de teatro más representada que la que se actúa cada día cuando los otros, los que nos cruzamos por el camino, preguntan: ¿cómo estás?. Todos saben que esa (casi siempre), es una pregunta de cortesía, una que se deja flotando en el aire y que es dicha sin saberlo, sin detenerse, mirando hacia otro lado, sin sacar la vista de la pantalla del celular, o de la esquina en la que tiene que doblar el colectivo que debemos tomar. Se dice con una sonrisa pálida, alzando apenas la mano en un saludo distraído. Se le pregunta a alguien como está, y unos minutos después ya no se recuerda haberlo visto. Y todos lo saben, pensaba Alberto, así que todos responden con la misma falsa cortesía.

Alberto era extraordinariamente sincero y se sentía muy molesto ante las mentiras que debía repetir, al encontrarse con los compañeros de oficina, algún vecino, el carnicero, el diariero, el cartero...

Todo bien, gracias y ¿vos?

Y la obra se cerraba con un "Genial, saludos a la familia."

Alberto sentía que se ponía la máscara de la sonrisa, salía al escenario y repetía el protocolario guión. A veces pensaba en cómo reaccionaría el público si se quitara la máscara y dijera: "mi trabajo es un desastre, mi matrimonio se desmorona, mis hijos son la vergüenza del barrio... Nada está bien. El escenario está lleno de moho y seguimos maquillándonos para sonreírle al mundo."

E imaginaba los rostros espantados, las excusas incómodas que se sucederían para escapar a su presencia.

La otra posibilidad era amoldar su vida a la respuesta. Obligarse a estar bien. Que la felicidad fuera una meta, como tantas otras metas conquistables.

Amoldar el escenario, y la obra y escribir el guión a gusto.

Durante unos días jugueteó con la idea.

"¿Cómo estás?"

"Tratando de ser feliz", respondía Alberto.

Y como el escenario cotidiano es el que nos define, esa respuesta, siempre podría ser verdad.


foto: Hiroshi Sugimoto

Juegos (6)




Si subimos a la calesita, si nos hamacamos un rato, si en el arenero construimos un castillo algo endeble que desaparecerá bajo las pisadas de los otros, es evidente que estamos jugando, aunque nunca lo hayamos puesto en palabras... Ya se, ya se, las palabras hacen falta. Pero se enredaron en las ramas del árbol que resiste el frío.

¿Era más fácil antes, cuando la pregunta estaba allí, tan clara? ("¿jugás?" sin dudas ni temores, todos iguales trepándonos al tobogán).

Quizás era así porque todos los riesgos se reducían a una rodilla raspada en una mala caída...

Ahora las heridas pueden ser más profundas... O creemos eso y en realidad, nada es peor que una rodilla raspada.

Hay nubes invernales en la plaza. Recuerdo un día de sol, recuerdo un verano.

"¿Jugás?" y cinco minutos después, compartíamos la plaza y caramelos. Todo debería ser así de simple, siempre...

Alas


Esos pájaros que predicen el futuro,
me dicen que no vendrás.

¿Cómo lo hacen?

Pasan cerca y se van lejos,
con sus alas de susurros,
susurrando todos los presagios.

Y los pájaros hablan con la niebla,
preguntando su destino,
porque los susurros de las alas
no ven el propio horizonte.

Ellos no saben hacia donde vuelan,
pero saben que no vendrás.

foto: Sombras en la niebla. Pájaros volando sobre un vertedero en Kosovo Polje. Damir Sajolj)

Diario de una mujer a la que nunca le pasa nada: Romance (5)



Hay días (muy pocos) en los que quiero mudarme a las páginas de un libro de Jane Austin o Charlotte Brontë.

Si alguien que me conoce escuchara esto, probablemente se sorprendería. Tengo fama de no ser una persona muy romántica y me he burlado de algunas descripciones de los romances anhelados por muchos, del mismo modo que he hecho conocer mi opinión negativa sobre la mayoría de las comedias románticas o telenovelas, en las que a mi gusto se destroza la visión del amor en una sucesión de escenas tontas. Y el amor puede ser muchas cosas, pero nunca puede ser tonto.

Todo este pensar y repensar el amor, comenzó cuando me di cuenta de que no podía calcular cuantas veces leí Orgullo y Prejuicio (ni cuantas veces vi la película Orgullo y Prejuicio) o Jane Eyre (libro, películas, miniseries...) y me pregunté si eso me transformaba, aunque yo no quisiera, en alguien romántico. ¿La cantidad de libros leídos de Jane Austin o Charlote Brontë impacta en el índice de romanticismo de quien los lee? ¿Alguien que no es romántico puede disfrutar de Cumbres Borrascosas? Es más, ¿puede alguien autodenominarse romántico si no leyó al menos un libro de las dos autoras nombradas?

Lo más increíble de todo este desvarío es que no creo que me sintiera demasiado impresionada en la vida real por uno de esos caballeros que habitan la literatura (excepto Mr Rochester, él está fuera de toda discusión) y gestos exageradamente románticos nunca han sido esperados por mí de parte de mi hombre ideal. Me gustaría ir a París para conocer el Louvre, por ejemplo, pero la idea de la propuesta de matrimonio en la Torre Eiffel o cualquier otro sitio de esa ciudad símbolo del amor, me resulta absurda. Y en realidad, no tengo que ir tan lejos como París para descartar de mi vida imágenes que nos enseñaron desde siempre a reconocer como románticas: nunca escribí mi nombre y el de mi amor en medio de un corazón en el tronco de un árbol, por ejemplo, ni hice el amor rodeada de flores y velas, ni en la playa a la luz de la luna, y no es algo que me moleste, al contrario, porque toda esa iconografía es, a mi gusto, falsa.

Porque el gesto romántico, debe ser eso, un gesto, algo personal, no prefabricado, ni heredado o impuesto. ¿Hay algo menos romántico que San Valentín? ¿Recibir un regalo ese día específico es lo que las mujeres esperan? ¿Qué hay de romántico en festejar un aniversario? La rosa única e inesperada es romántica, no el ramo en un cumpleaños. Todo lo otro es agradable, en el mejor de los casos, pero se hace porque se debe hacer, porque sino el romance parece inexistente, cuando en realidad, el romance comienza a existir en el impulso inevitable, no en la copia.

Afortunadamente, estos breves diálogos prueban el nivel de romanticismo de mi vida cotidiana cuando cierro las tapas de los libros:

yo: Creo que somos almas gemelas.
él: No son ni primas lejanas nuestras almas.

yo: Tengo suerte de tenerte.
él: Pero la suerte de todos siempre cambia.

Algunos días, sin embargo, me gustaría mudarme a las páginas de un libro de Jane Austin o Charlotte Brontë.




Diario de una mujer a la que nunca le pasa nada: la mujer en París (4)



Cada mañana ella abre los ojos, y se siente feliz de amanecer en su París natal.

Si el clima es bueno, desayuna con la enfermera que la cuida de noche, en el pequeño balcón de su departamento. Le gusta ver los gatos que viven en el techo de la casa del vecino, y a las palomas en los aleros del edificio de enfrente.

Cerca de las diez llega Mariel, su hija. La enfermera le da un beso y se va.
Mariel ya llevó a los niños al colegio y pasa a buscarla para salir al paseo matutino. Caminan un par de cuadras en un ejercicio recomendado por el médico y que ambas disfrutan.

La anciana mira a su alrededor y nota que París se ve un poco diferente. Cree entender que ella recuerda a la ciudad de antaño y que esos jóvenes que hablan de una forma apenas comprensible, y que esas calles solo parecidas a las que recorrió en su juventud, son diferentes por el paso del tiempo y por como han envejecido sus ojos.

Un día la hija me contó esta historia, mientras la anciana miraba a su alrededor sonriente, como siempre, vistiendo a Buenos Aires de París a su antojo. Ella había olvidado Buenos Aires y mentalmente había regresado a París.

No olvidó los nombres de los nietos, ni las fechas de cumpleaños. No olvidó su edad, ni los horarios de los remedios. Olvidó, sin embargo, que treinta años de su vida, los había pasado en Buenos Aires.

Hablaba de Buenos Aires en pasado, como si hubiera estado de visita muchos años antes. La recordaba con ternura y hablaba de París en presente, como si nunca se hubiera ido. Olvidó el castellano y se comunicaba en francés con su familia, con el almacenero, con el médico... Su hija debía acompañarla a todos lados, y traducir discretamente, para que ella no notara que la gente la miraba confundida.

Cuando me ve a la mañana en la puerta del negocio, ella, en su paseo diario con cortos pasos acompañados por el golpeteo del bastón, me saluda en ese cristalino francés del que yo apenas entiendo una que otra palabra. Un día, avergonzada de saludarla solo con una sonrisa y un "buen día" que probablemente se negaba a entender, le dije "Bon Jour", con mi espantoso acento conseguido en las dos horas por semana de francés en la secundaria. A ella, sin embargo, le brillaron los ojos.

Y después de comentar que que lindo clima había (me lo dijo su hija) se fue, en su paseo por las calles de París, en las orillas del Río de la Plata.

Hojas de Roble


La sibila escribió en hojas de roble sus augurios.

Y los entregó al viento para que llegaran en el orden que los dioses deseaban a quienes esperaban conocer su suerte.

Era la mejor forma de que los presagios fueran realmente precisos. Dejar que el azar hiciera su tarea.

¿Para qué desear ver el futuro si no le creemos al viento?


Los recuerdos más lejanos (3)

Una de mis preguntas predilectas (cuándo comienzo a tener confianza con alguien, lo que generalmente es después de un tiempo respetable), es cuál es el recuerdo más lejano que se tiene. No se por qué me interesa esa sombra que dibuja un momento que no sucedió exactamente así como se lo recuerda, pero que está ahí, que se sabe que existió.

Acostada en mi cama, con el insistente sonido del nebulizador (formando palabras o frases que se repetían una y otra vez), yo miraba a través de la ventana, el cielo y ,sobre todo, la nubes. Les buscaba formas. Jugaba con ellas. Me preguntaba a dónde irían y por qué se iban. Ese es el recuerdo más lejano que tengo: el asma, y las nubes empujadas por el viento.

¿Por qué recordamos lo que recordamos? No es casualidad que un momento quede grabado y otro no. Los recuerdos son un rompecabezas incompleto de nuestro pasado. Recordamos un aburrido viaje, y apenas la estadía. Recordamos el despertar del día de nuestro cumpleaños y un regalo específico, pero la fiesta largamente planeada se nos escapa.

Los recuerdos que elegimos inconscientemente recordar, nos definen. Arman (¿adrede?) con ciertos momentos y otros no, el incompleto rompecabezas de nuestro pasado.