
Cada mañana ella abre los ojos, y se siente feliz de amanecer en su París natal.
Si el clima es bueno, desayuna con la enfermera que la cuida de noche, en el pequeño balcón de su departamento. Le gusta ver los gatos que viven en el techo de la casa del vecino, y a las palomas en los aleros del edificio de enfrente.
Cerca de las diez llega Mariel, su hija. La enfermera le da un beso y se va.
Mariel ya llevó a los niños al colegio y pasa a buscarla para salir al paseo matutino. Caminan un par de cuadras en un ejercicio recomendado por el médico y que ambas disfrutan.
La anciana mira a su alrededor y nota que París se ve un poco diferente. Cree entender que ella recuerda a la ciudad de antaño y que esos jóvenes que hablan de una forma apenas comprensible, y que esas calles solo parecidas a las que recorrió en su juventud, son diferentes por el paso del tiempo y por como han envejecido sus ojos.
Un día la hija me contó esta historia, mientras la anciana miraba a su alrededor sonriente, como siempre, vistiendo a Buenos Aires de París a su antojo. Ella había olvidado Buenos Aires y mentalmente había regresado a París.
No olvidó los nombres de los nietos, ni las fechas de cumpleaños. No olvidó su edad, ni los horarios de los remedios. Olvidó, sin embargo, que treinta años de su vida, los había pasado en Buenos Aires.
Hablaba de Buenos Aires en pasado, como si hubiera estado de visita muchos años antes. La recordaba con ternura y hablaba de París en presente, como si nunca se hubiera ido. Olvidó el castellano y se comunicaba en francés con su familia, con el almacenero, con el médico... Su hija debía acompañarla a todos lados, y traducir discretamente, para que ella no notara que la gente la miraba confundida.
Cuando me ve a la mañana en la puerta del negocio, ella, en su paseo diario con cortos pasos acompañados por el golpeteo del bastón, me saluda en ese cristalino francés del que yo apenas entiendo una que otra palabra. Un día, avergonzada de saludarla solo con una sonrisa y un "buen día" que probablemente se negaba a entender, le dije "Bon Jour", con mi espantoso acento conseguido en las dos horas por semana de francés en la secundaria. A ella, sin embargo, le brillaron los ojos.
Y después de comentar que que lindo clima había (me lo dijo su hija) se fue, en su paseo por las calles de París, en las orillas del Río de la Plata.