Cosas


El acumulaba cosas con fervor casi religioso.

No era un hobbie, ni un pasatiempo. Podría llamárselo una pasión, pero una pasión implica un movimiento hacia algo, un deseo de complacerse.

Pero a él, acumular cosas no le daba alegría.

El necesitaba ver las cajas, muchas veces cerradas para siempre (porque detestaba usar las cosas, pensando que se podían romper), encimadas en forma prolija y lamentaba el tiempo que lo desgastaba todo, aún sin usarlo. El deseaba saberse poseedor de las cosas. Que nadie más las tuviera. Le gustaba el sentimiento de poseer, no la cosa en sí. No le importaba ni siquiera la necesidad inventada que complacía: solo le gustaba el tenerla.

Cada tanto, decidido a darle al fin un uso a algo, abría una caja y observaba el contenido. Pero las bolsas transparentes cerrando las distintas partes del producto, los tornillos que jamás armarían nada, las burbujitas de plástico del envoltorio, que jamás le darían la felicidad de explotarlas, lo convencían de que era mejor dejar todo así en esa inutilidad eterna.

¿Qué lógica absurda lo convenció de que debía tener para ser? ¿De qué pesadilla salió su obsesión? Hubiera acumulado mujeres de no ser que estas se negaban a permanecer intocables, como las cosas en sus cajas. Hubiera acumulado hijos de no ser que su posesión implicaba el mismo problema que las mujeres. Porque en su vida, todo, inclusive hijos, mujeres, amigos, solo eran más cosas. Cosas sin alma, solo valiosas por la posibilidad de ser poseídas.

Y se sentaba en medio de las cajas, de los objetos inanimados, y sentía que algo había logrado en la vida, y contaba las cosas, y las ordenaba de otra manera, ponía las que estaban a la derecha a la izquierda, y las de arriba abajo, y las cambiaba de cajón, y les pasaba un plumero por encima, porque eran suyas y él con sus cosas, hacía lo que quería.

Sobre trámites y mentitas



Tenía que hacer unos trámites, pero me es imposible ignorar el alerta naranja que los medios están informando hoy. Significa algo así como que los argentinos podemos morirnos un poco más de lo habitual por el calor.

Y es verdad, hace mucho calor (honestamente, ayer, antes de oír esa noticia, ya había decidido postergar esos trámites impostergables, pero la alerta está dándome la razón). Porque soy una ciudadana responsable (que posterga trámites impostergables).


No entiendo por qué decir que algo es un trámite, coloquialmente, significa que es fácil de hacer, como cuando dicen que algún partido de tenis para Federer es un trámite. Yo detesto hacerlos, pero generalmente los hago con un mínimo de quejas (trámites, en mi idioma, significa todo lo que me obligue a interactuar con empleados, tanto de empresas privadas como públicas, o, inclusive, con cajeros automáticos). Pero lo que más me molesta es cuando me dicen que tengo que hacer un trámite sí o sí, en una fecha y horario específicos. ¿Y si no puedo ir? ¿Y si me enfermo ese día? ¿Y si hay piquetes y no puedo llegar? ¿Y si se enferma Flor? ¿O tengo que llevar al gato al veterinario?

Entonces, cuando me dicen la fecha, comienzo con mis preguntas:

"¿Y si a la mañana no puedo, es muy incómodo para ustedes que pase a la tarde? ¿O a la mañana siguiente? ¿Y en qué horario hay menos gente?. Hasta soy tan caradura de hacerle jurar al empleado que de llegar a horario, van a atenderme exactamente en la hora establecida, mientras sigo preguntando todas las horas posibles, en varios días distintos, sabiendo que lo más probable es que vaya en el horario que me dieron primero, y que llegue tranquilamente veinte minutos antes.

Aprovecho esos minutos para observar a la gente. Los tranquilos, los nerviosos, los ansiosos, los chistosos, los charlatanes, los malhumorados. Muchas formas de enfrentar la misma situación. Variadas y hasta opuestas, consiguiendo generalmente el mismo objetivo.

Y de paso, les cuento algo que pasó en un señorial banco. ¿Vieron las pastillitas mentitas (foto ilustrativa, las que yo digo vienen en una cajita de cartón)? ¿Adivinen a quién, que escribe este blog, se le cayeron todos los caramelitos en medio de un silencioso banco? ¿Sabían que rebotan? ¿Y qué hacen un escándalo increíble?

La mujer indecisa y el vestido.


La mujer, en silencio, con mucha calma, observaba cada prenda colgada en los percheros del negocio. Era una actividad metódica, ordenada. Al principio solo deslizaba las perchas, observando la ropa por delante y por detrás. Después, quizás aburrida de esa modalidad, se atrevió a descolgarlas, estudiando de ese modo más de cerca los frunces, los volados, las costuras.

Varias veces la vendedora intentó iniciar un diálogo, preguntándose si ella, la clienta, necesitaba ayuda o solamente deseaba dejar pasar el tiempo. No era extraño que algunas personas aprovecharan el frío del aire acondicionado mientras esperaban a algún amigo que se retrasaba, o el turno en el médico en unos consultorios cercanos. Sin embargo, la mujer, de unos cuarenta años, con una sonrisa dulce evitó el diálogo y siguió con su minuciosa revisión de la mercadería.

Un vestido le resultaba particularmente atractivo. Lo apoyó sobre el cuerpo, mirándose en un espejo. No quiso entrar al probador a probárselo. Estaba indecisa. Sacó la billetera y comprobó que tenía el dinero suficiente para pagarlo. Comenzó a decir que llevaba esa prenda, pero después negó con la cabeza. Volvió a decir que sí lo llevaba, pero antes de pagar dijo que mejor no. La vendedora pensó, sin perder la sonrisa, que esta mujer en particular conseguiría romper el invicto de muchos años de atender a clientes sin ningún insulto.

Por fin, la mujer pidió disculpas y explicó:
- Sé que parezco una loca pero... No me compro ropa sola. Nunca. Siempre lo hago con mi mamá y está en el médico... Ni bien sale de la consulta vuelvo. A ella seguro le va a gustar como me queda... Necesito su opinión...

Y salió del local, mirando hacia atrás el vestido que por su indecisión se transformaba en el ideal de los vestidos, en algo inalcanzable. Quizás ella se sintiera bien de ese modo, dejando en las manos de su madre todas las decisiones, para que nada fuera su culpa. Ni siquiera un bello vestido, que como todas las cosas, un rato más tarde, pierde su encanto. Y lo no conseguido por la ausencia de la madre en un momento en particular, se transformaba en lo eternamente añorado, en lo perdido y nunca gastado. A medida que pasara el tiempo, el vestido sería cada vez más bello y siempre sería culpa de la madre el que no lo tuviera.

En todo caso, la vendedora colgó la prenda elegida y abandonada en su sitio, sospechando que esa mujer, no volvería.

Silencio


Este es un signo sencillo y fácil de percibir, entre toda la maraña de detalles difusos que marcan el final de una relación: si no podemos estar en silencio con esa otra persona, si hay "silencios incómodos", debemos alejarnos.
Es más, si estamos atentos, podemos usar este conocimiento para no iniciar relaciones que a la larga, resultarán fallidas.
Los silencios incómodos no deben existir. Las conversaciones incómodas son inevitables, inclusive entre quienes se aman, porque en las palabras siempre está la posibilidad de la mala interpretación . ¿Pero cómo va a haber silencios incómodos? ¿Qué puede haber de incómodo en el silencio?

Islas climatizadas

Winter Pictures, Images and Photos


Tantos avances de la ciencia, tanta inversión en tantas cosas inútiles... ¿Cuándo van a inventar los bancos de plaza climatizados? ¿Qué tan difícil puede ser?

Imaginen ir caminando por la calle, con 35 grados de temperatura, y de repente, ver nuestra isla nevada.

Y lo mismo en los más crudos inviernos: Islas soleadas con temperaturas veraniegas.

Porque somos humanos: en verano extrañamos el invierno y en invierno, ansiamos el calor. Y todos los veranos y todos los inviernos negamos lo dicho en la estación opuesta. Quizás así debamos ser para avanzar, inconformistas eternos, buscando lo que no tenemos y lo que al tener, despreciaremos, aburridos, desilusionados, volviendo a buscar lo perdido o lo dejado de lado para conseguir lo que ahora descubrimos que no queríamos tanto...

Las islas serían, entonces, un escape climático. Siempre son la excusa ideal para detenernos un instante, siempre son un recreo. Imaginen entonces estar todo el día maldiciendo el calor y poder descansar en una isla nevada. Solo cinco minutos, robados al trabajo, a las obligaciones, a la realidad. Y comeremos un helado en la isla nevada y un chocolate en la isla veraniega (porque las golosinas las compraremos, lógicamente, afuera de la isla, y serán acordes a la verdadera estación del año en la que estamos, no a la de la isla, pero no importa).

Porque no es lo mismo entrar a un café con calefacción o en un shopping con aire acondicionado. Tiene que ser así, en medio de la calle, libre, para todos, unido y aislado, en medio de la ciudad y fuera de ella por mérito propio. Como todas las islas. Allí, al alcance de la mano, e invisibles excepto para quienes las buscan.

El río

Cada mañana salimos en el bote a pescar.
El agua es fría y canta.
Yo no quito la vista de mi padre que nos guía. El sabe en donde encontrar los mejores peces.
Pero yo no sé si este es el futuro que quiero. No me atrevo a decirle a él, mi padre, tan sabio, tan serio, que miro con deseo el camino que me aleja de mi aldea.
Cuando la pesca es realmente muy buena, vamos a la ciudad, a venderla. Mi padre no disfruta de estos viajes. No le gusta la ciudad. Dice que la gente está perdida en la ciudad. Que caminan muy rápido para disimular que no saben a donde van. En cambio, en la aldea, todos están felices y tranquilos. Van hasta el río que les da la vida y vuelven a los brazos de los suyos. No hay confusión. No hay caminos equivocados.
Pero yo quiero ver muchos caminos. Y quiero verlos todos. Yo quiero perderme.
"Los que se van están huyendo", va a decir mi padre. Y yo no tengo de que huir. ¿Por qué debería huir del río, tan fresco y cristalino? ¿O de él tan bueno y sabio?
Sin embargo, el camino me aleja. Y una mañana, mientras todos van a cantar con el río, yo no iré con ellos.
Muy en el fondo de mí mismo, sé que todos los caminos regresan a mi aldea.

foto: africa en blanco y negro

Pesadilla en gris


Le pido disculpas por ser repetitiva, pero a pesar de todo lo hablado anteriormente, otra vez soñé lo mismo.
En mi sueño tengo que ir a algún lado. No importa a dónde. Eso nunca importa a pesar de que me siento obligada a ir a ese sitio. Quizás el que no importe ir a donde voy y que de todos modos vaya, y esté ansiosa por llegar a ese sitio sin importancia, aumenta el peso de la pesadilla en mis hombros. Es aún más pesadilla el que corra y me desespere en esa carrera absurda, no sé si me entiende...
Ahora que estoy despierta (porque estoy despierta, ¿no es cierto?) comprendo que debería notar que la ciudad por la que camino es un poco más gris que las ciudades normales. Por normales se entiende las ciudades de la vigilia.
Apuro el paso porque llego tarde a ese sitio que no importa. Algunas veces llueve. Las gotas se funden y desaparecen en el asfalto que arde. Como en las ciudades normales... las de la vigilia.
Algunas paredes muestran ladrillos rojos, como heridas gastadas. Todo el sueño es una herida gastada.
Me pregunto si esos seres que corren cerca de mi también están soñando. Pienso que sus carreras son absurdas y continúo con la mía.
Doblo en esquinas, tropiezo... Algunas veces tomo largos trenes que viajan uniendo grises estaciones, con bancos abandonados a su suerte (pobres, pobres bancos solitarios, ni una paloma en ellos, ni un gorrión, ni un perrito en ellos), con sombras perdidas en sus propias pesadillas.
Cuando estoy llegando al sitio que es el fin de mi viaje en sueños, comprendo que de algún modo estoy equivocada, o perdida, o algo cambió porque de ningún modo yo deseo llegar allí.
Y me quedo de pie, mirando el sitio al que debía ir, y la pesadilla se vuelve tranquila y espesa, como un charco sucio y cuando despierto me alegro de haber escapado, y me preparo para mi absurda carrera diaria.