Elogio al fracaso


Cuando escribió su obra maestra "Elogio al fracaso" y tuvo un éxito rotundo, el autor, que había mantenido con persistente tenacidad su rol de "artista serio" por el constante evadir el triunfo, se encerró en su mansión (la que compró con la fortuna que ganó con "Elogio al fracaso") para no escuchar los halagos de los críticos que hablaban extasiados de la calidad literaria de la obra y se dedicó a encontrar una forma de explicarse a sí mismo la ironía del destino.

Momentos


Es una plaza con viejas hamacas rotas. El arco de caños en donde cuelgan, con apariencia de abandonadas, es de color verde sucio, con zonas descascaradas en donde se ve el óxido carcomiéndolo. Las cadenas, gruesas y también oxidadas, sirven de juego a chicos que las escalan gritando.

Algunas mujeres acortan distancia entre sus hogares y el supermercado, cruzando los senderos grises, o directamente, los caminos de tierra formados por la insistencia de los pasos que se negaron a usar las veredas. Dos mujeres caminan juntas. Hablan fuerte y se ríen. Una dice: "Por suerte ayer discutí con mi marido, así que hoy me hago la ofendida y no cocino".

Una sola pareja se besa en un banco. Eso es extraño, casi todos los bancos suelen estar ocupados por parejas encerradas en sus mundos. Hoy no. Una chica corre, acompañada por su perrito. Otra pasea empujando el cochecito de su bebé.

Es la hora en que las horas ya pesan en los hombros. No necesariamente es cansancio. Es otra sensación. Creo que tiene más que ver con el agobio de no poder escapar a seguir cumpliendo el ciclo.

El día se toma el tiempo necesario para irse. Incluso lo piensa dos veces. Por momentos parece cambiar de idea y los rayos del sol recobran la fuerza de las horas previas, pero es solo un instante, una resistencia inútil, porque entonces se siente la brisa del atardecer y las madres corren a los niños que escapan, sospechando que el horario de juegos termina. Y se escucha: "Cinco minutos y vamos a casa". Los juegos se aceleran, empujados por el cielo que se oscurece y los niños fingen no oír, ni a las madres, ni al día que se despide, finalmente, con la sencilla suavidad que agradezco siempre.

Alfil


Estaba orgulloso de su coraje a la hora de enfrentar la partida. Miraba el tablero con tranquila arrogancia. El sabía qué hacer. No le temía a los oponentes, porque era astuto y cada paso que daba estaba previamente analizado, y mentalmente adelantaba sus propias futuras jugadas y las del otro también, con confianza y optimismo.
No siempre ganaba (es ridículo desear eso), pero hasta en las derrotas podía disfrutar del juego. Le gustaba ser un alfil, tan pequeño, tan poderoso.
Y mientras la mano (que se obligaba a ignorar), lo hacía volar sobre el tablero de un escaque a otro, seguía felicitándose por escoger esa casilla, para continuar dichoso convenciéndose de que era él quien dominaba el juego.

Mundo amado


Cuando uno ama, ama el mundo completo del otro.
Ama los dos soles de contradictorios atardeceres, las cuatro lunas, las planicies y las infranqueables montañas. Ama el mágico lago escondido del que no se nos informa el camino, los bosques perfumados y los volcanes que explotan en los momentos menos pensados.
Ama, inclusive, los imponentes monumentos, las estatuas, las inevitables creaciones de quienes habitaron ese mundo en el pasado.
¿Por qué entonces, un tiempo más tarde, deseamos modificar tanto ese mundo? No hablo de pequeños detalles que lo mejoran, un camino, un huerto, un rosal en la entrada... ¿por qué destruir ciudades o talar antiguos árboles que probablemente nunca más crezcan?

La fiera


Ambos podían olerse. La fiera y el cazador se observaron, entre las ramas del bosque, esperando el momento justo.

La fiera había robado ganado del pueblo cercano. Tenía hambre. Sus crías tenían hambre. Antes, había otros animales para comer; pero el pueblo crecía y acaparaba el territorio de caza, y las presas, y el ganado, con un hambre voraz que el exceso de comida al que se entregaba no alcanzaba a disminuir. Cuánto más comía, más hambre tenía. La fiera no lo entendía. Alguna vez había intentado pensar en ello, en las mesas siempre llenas de comidas, en la injusticia de su vagar con la panza vacía, pero el hambre sincera no le permitió pensar demasiado. Había olvidado, de hecho, que podía pensar, reduciéndose toda su vida, cada día de su vida, a desear la comida y a conseguirla.

Atacó al fácil ganado una y otra vez y los hombres del pueblo se indignaron y temieron. Unos pocos propusieron devolverle a la fiera territorio de caza, pero la mayoría se enfureció. Si le daban algo, pronto reclamaría más. Ellos, que sí tenían la panza llena, no querían pensar demasiado. La existencia misma de la fiera los llenaba de temor, porque había muchas fieras con hambre. Ellos sabían que les habían quitado la comida de la boca y una fiera con hambre era peligrosa.

Llamaron entonces al mejor cazador y le pidieron que la matara. Señalaron a los niños y a las mujeres y dijeron que la fiera los amenazaba. Les era más fácil mandar a matar diciendo que la víctima (que no querían ver como víctima) era diferente, que merecía morir, que era culpable, cruel, sucia y maloliente y que era cuestión de tiempo que los matara a ellos. Al cazador las excusas no le importaban, porque sabía que eran mentira y de todos modos, él mataba a quién le dijeran, mientras le pagaran, pero aceptó oírlas, porque entendió que las excusas eran dichas para el pueblo mismo y formaba parte de su rol de cazador el fingir creer esas mentiras.

El pueblo esperó ansioso el regreso del cazador. Al ordenar esa muerte acorralaban a la fiera y si no moría, su guerra se volvería aún más salvaje ya que sabría que no había vía de escape. La fiera solo podía matar para no morir.

El cazador jamás volvió.

Ahora todas las sombras escondían a la fiera doblemente traicionada.

Jamás volverían a dormir tranquilos.