El ídolo


Ya hacía demasiado tiempo que él adoraba a ese ídolo y no era tarea fácil. Los preceptos y normas a cumplir eran muchos; la mayoría, verdaderas estupideces sin sentido, que solo servían para complacer los caprichos del dios.

Pero no se podía discutir con él. No se podía mostrar dudas en la adoración. Esta debía ser constante, absoluta. Ni siquiera bastaba con sentir la adoración, también debía ser mostrada claramente.

El sabía, por ejemplo, que el ídolo no siempre tenía la razón. Una vez intentó decírselo, esperando que de ese modo, la relación adorado-adorador, fuera más justa. Tartamudeó frente al altar que había alzado para complacerlo, pero antes de que terminara de explicarse, fue obligado, a modo de castigo (castigo que no debía ser visto así, sino como una justa muestra de devoción) a sacrificar algunos pequeños placeres, que en realidad al ídolo no le gustaban, porque no lo tenían como centro a él mismo.

Muchas veces, planeó escapar. Muchas veces, llegó a romper adrede los complejo rituales, las normas más estúpidas, buscando demostrarse que podía sobrevivir sin su dios. Atacaba entonces el orgullo del adorado, desviaba el camino intentando ver un mundo sin él, andaba calles y calles, convenciéndose de que estaba mejor sin él.

Pero regresaba siempre, vencido por el espanto de las calles oscuras y solitarias y por la certeza de que era él quien había elegido al ídolo y no al revés, y siempre, de rodillas, asustado por la posibilidad de perderlo, suplicaba perdón, avergonzado de pecados que no lo eran, y sintiendo culpa por acciones que no lo hacían realmente culpable.

Y el Amor, fingiendo una piedad que no sentía, orgulloso una vez más de su poder, daba un perdón absoluto, y se dejaba adorar, una vez más.

El punto atractor

foto: alex


Allá, ¿ves?
Ahí queremos llegar. A ese preciso lugar. Tenemos calculado el tiempo que tardaremos, las fuerzas necesarias para alcanzarlo, los obligatorios rodeos. Porque desde acá el camino se ve recto, derechito, fácil, pero los rodeos son necesarios, por razones tan vanas como las anécdotas posteriores sobre como se superaron los inesperados escollos, hasta para cosas vitales como levantar la autoestima y sentir orgullo de nuestro coraje.
¿Qué sería de nosotros y del camino si lo recorriéramos tan derecho como es? No, no; las irregularidades deben existir. Me niego a andar un camino sin recovecos.
Hacia allí vamos. A ese punto lejano. A ese paisaje que aún no vemos, y sin embargo, nos atrae. No sabemos por qué. No importa por que. Es un punto atractor. Es imposible evitar correr hacia allí. Es nuestro, y punto.

Islas

fotografo: johannrela


Mientras me estancaba en el molinete del subte, por querer pasar muy rápido con una valija demasiado grande, y un atento caballero intentaba ayudarme, y una mujer se tropezaba con el maletín que el atento caballero dejó en el piso para auxiliar a la rubia tonta con problemas para calcular mentalmente tamaños y espacios, y uno de los chicos de seguridad de la estación ayudaba a la mujer caída a ponerse de pie y me decía que la próxima vez que se me ocurriera pasar con una valijota por el molinete le avisara, que tenía que ir por otro lado, y la gente se agolpaba en los molinetes mirando apenas la escena, como si fuera una obra montada para su diversión, y yo pedía disculpas al guarda, al atento caballero, a la señora que se frotaba la rodilla, al público usuario, y sujetaba firme a la causante de todo el caos, que rodó, algo maltratada, del otro lado del molinete, pensaba, para superar el mal rato, en una de mis islas, en alguna plaza de viento susurrante, niños jugando, y corazones dibujados en la madera, con sabor a chocolate y dulce de leche.

Llanto

(Pablo Picasso. "Mujer llorando" 1937)


Ella era de lágrima fácil.
Lloraba de tristeza y de alegría.
Lloraba emocionada, y lloraba enojada.
Lo increíble es que no había sido una niña llorona.
Tampoco había sido una niña risueña.
Desarrolló la risa y la lágrima.
Aprendió la risa y la lágrima.
Creció risas y lágrimas.
Se transformó en risa y lágrima.
Fue risa y lágrima.
Que no son opuestos.
Y pueden mezclarse. Reír mientras se llora de pena.
Llorar mientras se ríe de alegría.
Llorar risas.
Reír lágrimas.

Vías muertas (cuento que empecé a escribir y no me sale el final, así que le di uno medio abrupto, porque los cuentos deben tener un final, no?)

foto de Maddie leigh


Durante días, la gente del pueblo esperó el tren. Nunca se había atrasado tanto. Parados en la humilde estación, miraron a la derecha, luego a la izquierda, las solitarias vías, conjeturaron accidentes, hablaron de reorganización de la línea (que hacía bastante falta, opinaba la mayoría). Los de humor más negro hicieron chistes diciendo que eran el último pueblo habitado del mundo después de una epidemia (las mujeres mayores se enojaron, porque no hay que andar tentando al diablo con esas bromas). Los de peor carácter le gritaron al encargado de la estación (cuyas tareas consistían en vender los boletos y barrer el andén, pero que hacía meses reclamaba la reparación del único teléfono que lo comunicaba con otras estaciones). Otros se quejaron al cielo mismo, con grandes ademanes y luego comenzaron a escribir una carta a las autoridades del municipio, la provincia y el país, que sería archivada junto al centenar de cartas con diferentes quejas que jamás se enviarían. Por último, todos decidieron enviar a alguien al pueblo vecino, que sí tenía un teléfono que funcionaba, para ver si ellos sabían que había pasado con el tren.
Carlos y Pablo, se ofrecieron para emprender el corto viaje, caminando por las vías muertas (después de un par de días sin que pasara ningún tren, el pueblo ya comenzó a llamarlas de ese modo). Llevaban galletas que doña Franca les horneó, agua y muchas recomendaciones. Don Tito caminó un kilómetro con ellos rogándoles que averiguaran sobre las mercaderías que debían llegar para su almacén en el maldito tren desaparecido.
No era un viaje largo y ese día primaveral era un placer hacerlo. No querían retrasarse, pero era imposible ignorar los frutales de los costados de las vías, la sombra de los árboles para tomar una siesta después de almorzar, la belleza del paisaje, que era el de siempre, pero que parecía más notable, solo porque no podían detenerse más que unos minutos robados a la importante misión de descubrir que había pasado con el tren.
Pero antes de llegar al pueblo vecino, vieron un tren en la distancia. Había sido solo un retraso, un poco más largo que lo habitual. Ya no había tarea que cumplir. Debían regresar. Pero no deseaban hacerlo.
Entonces, siguieron caminando, al costado de las vías, que no eran vías muertas, tuvieron divertidas aventuras, conocieron a dos hermosas muchachas, se casaron, tuvieron muchos hijitos y fueron muy felices.

Rendirse


Cada tanto quería rendirse. Alzar los brazos, gritar, "me rindo" y esperar a que milagrosamente todo volviera a su lugar... Aunque nada nunca hubiera estado en el lugar correcto. Pero ella había notado que, después de chocarnos varias veces con la punta de la mesita ratona, cuando pasamos sin tiempo como para acomodarla, terminamos pateándola unos cm más allá, que tampoco es el lugar correcto como para que quede definitivamente ubicada, pero al menos, no molesta. Eso era lo que quería que sucediera, cuando alzara los brazos y le gritara al universo "me rindo", que las cosas volvieran al caótico lugar en el que se habían acomodado un tiempo antes, sin que ella hubiera decidido nada, y dejaran de interponerse en su camino, como reclamando ese imposible, que era que justo ella les encontrara un lugar correcto y definitivo.

Una vida en minicuentos

Dijo que no era romántica (le sonaba tan romántico decir eso).
Le dijo que no importaba si él llamaba al día siguiente, que mejor si no lo hacía, porque a ella no le importaban esas cosas. Lo decía sonriendo, con una de sus enormes y tranquilas sonrisas.
Dijo que no esperaba los gestos que otras mujeres reclamarían. En realidad, quería convencerse a sí misma, pero interiormente, justo en ese momento antes de dormir, cuando no controlamos nuestros pensamientos, sabía que si él no le mostraba afecto, se le rompería el corazón.
Fingiendo cierta indiferencia, sentía que controlaba algo, y todo lo que le molestaba era decisión propia. Dijo que no hacían falta mensajitos de texto, ni mails. Dijo que se verían cuando él tuviera tiempo. Se acostumbró a responder con la frase: "cuando quieras" y la decía casi con orgullo. Dijo que comprendía su situación, que entendía lo de los hijos, el pasado, el trabajo, las obligaciones, los tiempos, las mentiras, los espacios personales, el deseo, los posibles e imposibles, las luces y sombras de una vida ya organizada. Hay que sumar, no restar, se dijo a sí misma. Y esa actitud era su escudo contra el dolor, la hacía sentirse segura. Pero no lo estaba.

Abismo


Solo la seducían las profundas aguas del caos.
Ella, que huía de los peligros; sentimentalmente, solo disfrutaba sentándose al borde mismo del abismo.
Ella decía que cuando amamos, de decidirlo, podríamos volar, pero nadie quiere hacerlo, porque en realidad, amando, no hay nada mejor que dejarse caer.
¿Cuál es el problema entonces, con caminar al borde del acantilado?
Y ni siquiera los dolorosos moretones que se hacía con cada caída, conseguían convencerla de que no podía volar.