
Entre los que danzaban, agitando al viento las coloridas telas de los disfraces, ella lo vio.
En realidad lo que vio fue la máscara que coronaba el elegante disfraz. Una más, entre tantas. Una más, perdiéndose en un océano de máscaras.
El (¿o su máscara?), sonreía, entre los perfumes que arrojaban los que festejaban el carnaval en las calles de la antigua Venecia.
Avanzando entre la gente que parecía olvidarlo todo esas noches, excepto el festejo y la locura, ella sentía las manos que sujetaban su vestido, invitándola a bailar, invitándola a unirse a ese tiempo encontrado en medio de la vida para dejar atrás las preocupaciones. Como un tiempo fuera del tiempo, un tiempo en el que podemos no ser más nosotros mismos. Se unió al baile, entonces, echando una última mirada a esa máscara sonriente, perdiéndose luego en ese océano de voces, perfumes, sudor y música.
Mirando a su alrededor, ella se preguntó qué le impedía adivinar quién era quién había escogido cada disfraz. ¿Nuestras elecciones no nos muestran a los otros? ¿El lugar que escogemos para escondernos, la máscara que elegimos, lo que decidimos mostrar no está describiendo de algún modo lo que no mostramos?
¿No elegimos las máscaras, mostrando con nuestra elección una parte de quienes somos?
Allí, detrás de lo que se mostraba, claro, como la luna del carnaval, estaba lo que se ocultaba, asomado en los ojos espigados de la elegante máscara.





