La huerta


Hace un par de años, decidimos con mi marido hacer en el patio de mi casa una pequeña huerta.

Empujados por el estímulo de la novedad, investigamos algo del tema, y confiando en la mundialmente famosa tierra de la Pampa Húmeda, en la que se tira una semilla y crece una planta, pusimos mano a la obra. Nos imaginábamos felices saliendo de la casa para escoger los frutos con los que prepararíamos las ensaladas.

Preparamos el terreno. Desmalezamos. Compramos el abono adecuado. Organizamos las plantitas como lo recomendaba una revista especializada, y nos dedicamos a esperar los frutos de nuestra labor.

Algunos tomates llegaron a crecer, pero antes de que tuvieran un tamaño respetable, una fuerte tormenta con granizo los destrozó sin piedad. El resto de nuestro verde experimento, fue un fracaso que sucumbió a la lluvia desmedida, a la sequía, a las hormigas, babosas y demás insectos que decidieron mudarse cuando se corrió la voz en su mundo de que mi patio estaba lleno de pequeños e inocentes brotes y a mi perra, que además de carne y alimento seco, siente un gran aprecio por los morrones aún verdes y los comía directamente de la planta (el cerquito que hicimos alrededor de la huerta también fue un fracaso).

Para ser honesta, crecieron bien las hierbas aromáticas. Eso sí fue un triunfo. En mi patio la menta, por ejemplo, aburrida de estar en un rincón específico,crece en cualquier lado, entre las baldosas, entre las piedritas de un camino, se trepa a las macetas de otras plantas y cuando pasamos y la rozamos apenas, se puede sentir el perfume (esa es una de las cosas lindas de mi patio).

A lo que voy es que hace un par de semanas, una planta comenzó a crecer rápidamente, como una de esas plantas de habichuelas mágicas de los dibujitos animados. Desde la ventana del living la podemos ver: enormes hojas verde oscuro y muchas y hermosas flores amarillas que al caer dejan ver las calabacitas verde claro.

"No vamos a poder salir de la casa" sentencia la familia completa cada mañana. Pero por curiosidad (y vagancia) la dejamos crecer...

Ahora tengo calabazas en el patio de mi casa. No sé como llegaron allí. Con la cortadora de pasto, sin querer, corté media planta, pero siguió creciendo. Mi perra debe creer que es la venganza de los morrones que asesinó hace un par de años, porque las calabazas le obstaculizan el paso para sus carreras diarias sin razón alguna.

Y ahora los dejo, porque tengo que averiguar en google cuando es la temporada correcta para cosechar calabazas. Esto de tener una huerta es un trabajo de tiempo completo...

Citas


Habían hablado del clima durante un rato, de lo vacía que estaba la ciudad en verano, de las vacaciones que tardaban en llegar.

Después se quedaron en silencio.

Ella revolvió el café, con lentos círculos que dibujaron ondas en el oscuro lienzo.

No le molestaba ese silencio.

Porque a su alrededor el típico bullicio del café era como un escenario de sonidos, sobre el que debía desarrollarse su propio diálogo. Se preguntó como sería estar con él en el silencio pálido de los domingos a la tarde. El de las calles recorridas por el viento y a lo lejos, música, o el relato de un partido de fútbol.

Muchas veces lo había pensado: el silencio, en las ciudades, en el campo, es una convención social. Como si nos pusiéramos de acuerdo en coincidir en hasta que cierto nivel de sonido, puede ser considerado silencio.

¡Que silencioso está todo! pensamos, y el viento agita las ramas de los árboles, y los autos se escuchan a una cuadra, en la avenida, pero corremos a prender la radio, o la televisión, para espantar al silencio, sinónimo de soledad, de incomunicación.

Y ella notó que él sí percibía incómodo el silencio entre ambos. Miraba hacia la vereda, jugaba con el encendedor que había dejado apoyado sobre la mesa.

¿Cómo explicarle que no hay mayor muestra de intimidad entre dos personas que poder estar así, tranquilos, en silencio?

Se lo dijo, entonces, eligiendo las palabras, y estudiando la reacción de él.

Lo vio asentir, algo sorprendido. El dijo que era extraño, una mujer que hablara poco. Ambos rieron, viendo como el malestar se disipaba.

Ella dijo que de todos modos, no la malinterpretara, que también le gustaba escucharlo. El hablaba con calma. A ella no le gustaba la gente que sobreactuaba los diálogos, ni que hablaba en tono muy fuerte. El estuvo de acuerdo, tampoco le gustaba eso.

Y cuando se quedaron nuevamente en silencio, ambos sonreían.

La creación


Con ternura, (como se debe tratar a quien aún no nació, a quien recién se asoma a la idea de nacer) él apoyó el lápiz sobre la hoja en blanco.

La primera línea fue firme. Sabía hacia dónde iba.

Tenía en su mente cada detalle del dibujo. Sin embargo, como todo artista, sabía que la obra podía modificarse en el transcurso de la ejecución, porque nada debe ser estático en ningún destino.

Dejó la mano libre. Los ángulos, las líneas curvas, se sucedían, formando majestuosas imágenes o no. La majestuosidad es solo una opinión...

Cada trazo era un mundo y el mundo estaba en cada trazo. Cada decisión que tomaba abría infinitos caminos. El dibujo se llenaba de colores, de brillo, de movimiento.

El no buscaba la perfección, porque la belleza, lo que es agradable a nuestros ojos, lo que nos complementa, lo que nos abriga y alimenta, no necesita ser perfecto.

¿Por qué se modificaría un solo átomo de algo bello?

Si él buscaba algo, era compleja sencillez. Simples líneas demarcando el más arduo dibujo.

Pero los personajes dentro de la obra, no podían apreciarlo.

Actores moviéndose en el escenario, sin poder ver el edificio en el que estaba el teatro. Intuyéndolo, sin embargo, sabiéndolo ahí afuera.

Como personajes en las hojas de una novela, sin poder leer más líneas que las que les tocan.

Por eso el tiempo, y la distancia son tan importantes, pensó él y se alejó del dibujo, mientras pensaba que sí, que era bueno...




Nuestros monstruos




La creación de monstruos es una de las actividades que más disfrutamos. Siempre me fascinó Frankenstein, porque ese libro explica claramente los riesgos de crear un monstruo y desatenderlo.

Crear monstruos es casi un vicio; no he conocido a nadie que se resista al placer de tener un par en sus casas (o muchos inclusive), diseñados por ellos con detalles que los satisfacen personalmente.

Yo tengo varios monstruos, algunos que permanecen en mi hogar, esperándome, y otros que me acompañan en las distintas actividades diarias.

Hay que tener en claro un par de normas, que hacen que la creación de monstruos no se vuelva un problema. Muchas veces somos como los chicos, que piden mascotas con insistencia, y luego se niegan a cuidarlas. Los monstruos necesitan atenciones y cuidados, que debemos proporcionarles, como responsables que somos de su bienestar.

¿Qué tanto espacio tenemos en nuestras casas? Si creamos monstruos gigantes, se chocarán entre ellos, le quitaran espacio a nuestros perros, gatos y plantas, provocando un caos innecesario. Ellos necesitan desplazarse y disfrutan mucho de los rincones en donde esconderse, para luego saltar frente a nosotros y asustarnos. No sería justo que les quitáramos una de las pocas alegrías que tienen, siendo que ellos nos dan tanto. Debemos ser considerados, dejando rincones sin mobiliario, destinándolos exclusivamente para su sano esparcimiento.

Otro detalle que es muy importante: ¿Somos conscientes de que no podemos asustar a otros con nuestros monstruos personales? Eso no es posible. No podemos asustarnos con los monstruos de los demás, por más cercanos que seamos. Científicos de prestigiosas universidades han estudiado las relaciones de gemelos idénticos con sus monstruos, descubriendo que ni siquiera ellos los comparten.

Observemos a los niños: ellos los ponen en el armario, o bajo la cama. Si uno esconde su monstruo en el galpón, su hermano seguirá asustándose al acostarse en su cama, porque es allí en donde puso el propio. Esta ley, por lo tanto, no puede ser rota de ninguna forma: cada uno enfrenta a sus propios monstruos. Como mucho, los demás, enfrentamos a quienes no saben manejarlos.

Por ejemplo: ignorar a los monstruos es muy peligroso. Es difícil que estos se enojen (no es imposible) pero sí se entristecen. Tener un monstruo lloriqueando por la casa, babeando (no siempre recordamos diseñar sus labios y dientes de forma adecuada, así que es muy común que babeen) es un espectáculo lamentable. Jugar con ellos, charlar, compartir aunque no más sea unos pocos momentos al día, puede prevenir que entristezcan y enfermen. O que escapen. Hay muchos monstruos sueltos, que serían dóciles si sus creadores no hubieran negado su existencia.

Debemos evitar que se aburran también. Uno de mis monstruos, uno precioso, con escamas, cinco patas y una larga lengua rosadita, suele aburrirse muy fácil, y se queda mirándome con sus ojos torcidos, preguntándome doscientas veces por hora "¿y ahora que hacemos?" hasta que no me queda otra que salir a jugar con él.

Porque son nuestros monstruos. Una vez que les damos forma, sea cual sea la razón por la que los creamos, allí se quedarán. No confrontemos con nuestro espejo intentando hasta negar su existencia (la peor herejía). No intentemos escapar de ellos adoptando un elegante aire ofendido. Nosotros creamos nuestros monstruos. Y nos están mirando.

(foto: Joshua Hoffine)


El recuerdo.



No importaba el resto de los recuerdos.
Ese, solo ese, debía ser conservado.

Primero lo encerró en un cajón, con llave, para que nadie pudiera tocarlo. Pero temía que se sofocara en la oscuridad, así que lo sacó y abrazó, pidiéndole perdón.

Allí estaba el calor del último encuentro, derritiendo la nieve. Aún los perfumes permanecían juntos.

Pensó entonces en guardarlo (ese, ese único recuerdo, los demás no importaban) en un bolsillo. Podría ser el del sacón azul, el que llevaba siempre, para tenerlo todo el tiempo a su lado.

Pero temió perderlo. Muchas veces debía correr para alcanzar un colectivo, o bajar junto a una multitud la empinada escalera al subterráneo. ¿Y si se le caía? ¿Y si la indiferente multitud pisoteaba su pobre recuerdo mientras ella intentaba recuperarlo? ¿Y si no notaba que se le había caído? Imaginaba con dolor al recuerdo andando solo entre desconocidos, que no podrían apreciarlo, porque era solo un momento, una sola imagen, titilando en el tiempo, enfrentando el viento y la nieve, el aliento de él sobre las puntas de sus fríos dedos, una sonrisa, una caricia, y la sensación de aún estar abrazados bajo las tibias frazadas...

Un recuerdo es algo valioso. Pensó atarlo a su muñeca. Pensó en dejarlo bajo su almohada...

Pero ninguna de esas posibilidades le parecía segura.

Solo podía hacer una cosa.

Abrió decidida la ventana. Una ráfaga de viento se enredó a su recuerdo. No hay ningún lugar más seguro para esconder algo, que el viento.

Atahualpa


"Siempre he pensado que nada es mejor que viajar a caballo, pues el camino se compone de infinitas llegadas. Se llega a un cruce, a una flor, a un árbol, a la sombra de la nube sobre la arena del camino; se llega al arroyo, al tope de la sierra, a la piedra extraña. Pareciera que el camino va inventando sorpresas para goce del alma del viajero." (Don Atahualpa)












En los actos de las fechas patrias, en el colegio, siempre queríamos cantar "Luna Tucumana" (nosotras le decíamos lunita tucumana).

Nos vestíamos como "chinitas" y cantábamos esas palabras misteriosas que le hablaban a una luna más cercana que la que brillaba sobre la Capital Federal.

No sabíamos quien era Atahualpa Yupanqui.

No sabíamos por qué nos gustaba tanto esa canción...

Tuvimos que crecer para entenderlo...

El reloj y el mar

Ni bien entró a la casa, desde la que se apreciaba el mar, a través de los límpidos ventanales, el artista vio la nota, que parecía ofender con la garabateada letra de su esposa, la elegancia de la mesa de estilo de la sala. La leyó con el ceño fruncido, furioso, pero no sorprendido. Lo que decía, ya lo sabía, aunque hasta ese momento había creído que ella nunca se atrevería a decírselo: lo abandonaba, lo insultaba y, finalmente, le decía que su obra, desde hacía muchos años, era una inmensa mentira.

Furioso, el artista hizo un bollo con la nota, y lo arrojó al piso, seguido por un florero de cristal regalo de... alguien, no recordaba quien ni le importaba, y de un cenicero comprado en algún país del tercer mundo que estaba de moda visitar.

Entonces vio el reloj en su muñeca. Ella se lo había regalado. Era una belleza suiza, costosa y elegante. Se lo quitó y lo arrojó al piso, pateándolo con fuerza. El reloj ni se inmutó. Vencido, lo alzó del piso y salió de la casa.

Cruzó corriendo la playa de arena blanca, frente a un grupo de caminantes, y dos sorprendidos paparazzis que solían esperar que llegara borracho de alguna fiesta, y arrojó el reloj con fuerza hacia las blanquísimas olas.

Luego, regresó a la mansión y se emborrachó.

Un par de días más tarde un amigo lo llamó para felicitarlo por su nueva obra. Confundido, el artista fue a su estudio, en donde algunos conocidos lo recibieron con aplausos mientras le mostraban la foto en la que se lo veía con el rostro desencajado arrojando el reloj al mar.

Un crítico decía en la más prestigiosa revista de arte:

"El eterno mar engulliendo el tiempo, tragando con su voraz boca infinita las convenciones de los hombres. Una vez más, el artista demuestra su pasión por romper los límites del arte, innovando hasta el punto de involucrar a los paparazzis en sus creaciones, haciéndolos tomar la foto del momento creador. La vieja duda queda de este modo respondida: la creación es el arte en sí. La obra es la creación".

El artista aceptó los halagos, los aplausos, las notas que los medios se apresuraron a hacerle. Intentó convencerse de que el arte ya fluía de sus dedos, creando obras maestras solo con actuar impulsivamente.

Pensó en sus últimas obras, creadas todas en momentos de ira, de borrachera, buscando exclusivamente impresionar... Recordó con nostalgia la verdad de su arte, la dedicación, las metas, las cosas que deseaba decir realmente, no los inventos de un crítico obsecuente...

Le contó sus dudas al dueño de las galerías en las que solía exponer.

Atónito, el amigo sacudió la cabeza.

- ¿No habrás tirado a la basura la nota, no? Ese bollito, vale una fortuna...

Encuentro

Todas las mañanas, la esperaba en la estación del tren. Ella no lo tomaba siempre en el mismo horario. A veces uno antes, o uno después.

El se levantaba un poco antes, para estar a tiempo para verla llegar. Era un invierno frío y los guantes color violeta que ella usaba aferraban muchas carpetas. Debía ir a la facultad. A veces, con un equilibrio envidiable, buscaba en su bolso negro un fibrón color rosa flúo y subrayaba en los apuntes lo que a él le parecían largos resúmenes interminables.

El intentaba ponerse cerca, leer lo que ella leía, intentar de algún modo entrar en ese universo que admiraba en silencio. ¿Quién era ella? ¿Por qué siempre parecía tan seria, con los auriculares en sus oídos, a veces cabeceando música para él silenciosa?

Semanas y semanas observándola. ¿Jamás conocería el sonido de su voz? ¿Cómo era posible? Si estaban a unos pasos de distancia... Un abismo los separaba, un universo, muros y caminos sin señales. El bajaba primero, e imaginaba el resto del viaje de ella. Ella bajaría del tren y se internaría en calles que él no vería, interactuaría con gente que él no conocería, sentiría sabores, perfumes, que a él le estaban prohibidos, simplemente porque su timidez le impedía dar un salto.

Una mañana se animó. Escribió su número de teléfono en un papel cuadriculado que arrancó de la carpeta de matemática. Era hora de darle un buen uso, pensó. Se acercó y por primera vez, ella lo miró. Tenía dieciocho años. El tenía quince. Ella sonrió, sorprendida. El dijo: "sos hermosa" y le dió el papel. Ella agradeció y se sonrojó. Hablaron un momento. Ella estudiaba Ciencias de la Comunicación. El estaba en tercer año del Nacional de Adrogué. Ella perdió el número de teléfono ese mismo día. El la siguió observando un tiempo más y después, la olvidó.


Ver


Le gustaba mirar.

No como práctica sexual; a ella le gustaba simplemente, ver, cualquier cosa que fuera mínimamente prohibida para ella, aunque fuera porque las leyes del decoro le indicaban que eso no debería ser observado por sus ojos.

Cuando pasaba frente a una ventana abierta, que quedaba a la altura de su vista, no podía menos que echar un vistazo al interior.

Si veía, por ejemplo, la cocina de una casa en la que nunca entraría, intentaba retener en su memoria el color del mantel de plástico de la mesa, el desorden de una alacena con las puertas entreabiertas.


Todas esas vidas, toda esa gente que casi seguro jamás conocería, vivía ajena a su existencia. Gente que vivía cerca de ella, que no la conocía, que no tenían interés en conocerla.

Era un juego. Un pasatiempo.

Los observaba en los colectivos, y se preguntaba como serían, que les gustaría, que intereses, que romances, que enfermedades tendrían.

Entonces intentaba adivinar algo, retorciendo el cuello para leer el título del libro que leía esa chica, y se ponía contenta si ella lo había leído, como si esa coincidencia las acercara.

¿Serían parecidos a ella? ¿diferentes? ¿El hombre adusto del maletín? ¿La chica con la hebilla roja? ¿El chico de los auriculares?

Claro que tenía a sus favoritos para observar.

Le gustaba mirar, particularmente, a un vecino de la planta baja, el del patiecito del pulmón del edificio.

El salía poco al patio, pero a través de una ventana que daba a ese patio y que quedaba en un ángulo adecuado con la ventana de su dormitorio, lo veía con sus amigos y con su novia...

Bueno, lo que no veía, o veía parcialmente, se lo imaginaba.

Ese era su favorito, pero era agradable saber que todos ellos, los más agradables y los que no lo eran tanto, estaban ahí afuera, viviendo sus vidas, leyendo diarios y desayunando a la mañana, corriendo al trabajo, sonriendo, amándose, odiándose, cortándose el cabello, dejándolo crecer, gritando, cantando, cogiendo, hablando, fumando, bañándose, gastando sus sueldos, ahorrando, peleando, reconciliándose.

Ahí nomás, a unos pasos, haciendolo todo, para que ella, pudiera verlos.

El fantasma de la casa de mi abuela


Recuerdo el frío de las baldosas, de pie, esa noche, en el pasillo en la casa de mi abuela, mi casa también en realidad, claro, pero la llamamos la casa de la abuela, como si toda esa frase fuera una sola palabra que representara el chalet venido a menos, en el que todo arreglo desaparece en el aspecto entre antiguo y descuidado de la construcción...

El pasillo (que con el tiempo fue acortándose, porque en mi infancia parecía más largo), no se veía igual a otras noches cuando desperté, de pie en él, e intenté adivinar en donde estaba, aprovechando las luces de la calle que se colaban por la persiana del comedor, formando un dibujo lineal en la pared. Por qué no estaba en mi cama, por qué estaba allí, sintiendo el frío de las baldosas en los pies descalzos, solo dios sabía. Quise llamar a mi abuela, que dormía en una habitación cercana, pero no me salían las palabras.

Nora, una de mis mejores amigas, y compañera de banco en el colegio, me había dicho que en mi casa había fantasmas.

La última vez que había estado de visita, juraba que había visto como una naranja saltaba de la frutera y se deslizaba hasta el piso de la cocina, movida por la obvia acción inteligente de un ser fantasmal. No había otra opción lógica. La vieja casa debía estar construida sobre un cementerio indio, o, quien sabe, los anteriores dueños habían muerto en forma violenta y sus espíritus enfurecidos decidían atacar, arrojando naranjas al piso.

A los siete años, suena lógico.

Y cuando desperté en el pasillo (después me enteraría de lo que era el sonambulismo y todo eso) inmediatamente, mientras buscaba con las manos la pared protectora, pensé en el fantasma.

Cuando uno se acuesta en su cama, sabe que despertará en ella. Despertar de pie, en otro lado, es la sensación más confusa y extraña que recuerdo. Afortunadamente, se repitió pocas veces en mi vida, pero lo recuerdo con una sonrisa, aunque en ese momento, mientras esperaba que el fantasma apareciera frente a mí, aún entredormida (porque no estaba completamente despierta), mezclándose las imágenes del sueño, con la del fantasma esperado y las luces de la calle, solo quise escapar. En vez de regresar a mi cama, fui hasta la puerta de calle e intenté abrirla. Eso despertó a mi abuela.

Al día siguiente mi aventura nocturna fue motivo de consulta con el médico.

No recuerdo que se dijo, pero mi abuela escondió las llaves desde esa noche, y aún así, con las llaves fuera de mi alcance, convencida de que tendría que ir a buscarme a la calle en camisón, cosa que no pensaba hacer, porque que los vecinos la vieran en camisón corriendo a su nieta sonámbula era mucho más de lo que su dignidad podía soportar, durmió vestida, hasta que mi madre se enteró y la convenció (pelea mediante) de que mi problema había sido un episodio aislado.

Nora sentenció que el fantasma me había despertado con algún motivo sobrenatural y varios años más tarde, relataba lo sucedido como la irrefutable prueba de la existencia de fantasmas en la casa de mi abuela.

Araña



Pareció flotar en el aire: leve, sutil. hermosa.

Descendió desde el alto techo de madera oscura y se posó en el libro abierto, con sus largas patas que parecían demasiado finas como para llevarla a ningún lado.

Navegó entre letras, sin titubear, como decidida a conquistar ese mundo de papel y palabras que en realidad no sabía que existía.

Quizá con sus patas, trazó en la resbaladiza página, con un lenguaje milenario, la historia de todas las arañas, desde aquella primera que tejió sus telas, muchísimo antes de que los ojos humanos pudieran verla.

El se había dormido, la cabeza apoyada sobre la mesa, junto al libro abierto.

Había visto las telas de araña, como pegajosas obras de arte decorando la casa. Inclusive había visto a la artista, arrogante e indiferente.

No le temía a las arañas y con algo de indolencia la vio crecer e incursionar en los rincones de su casa, como si ella fuera la dueña, y él solo el insecto que había llegado allí quien sabe como.

El podría haberla matado. Un simple zapatazo o un golpe certero con un diario enrollado habían matado a tantas otras. El podría haber sido dios y verdugo para la mínima araña. Pero no lo hizo. Se dijo a sí mismo que había otras cosas que hacer.

Respondiendo a la misma naturaleza que los impulsaba, víctima y verdugo, una vez más, simplemente, cambiaron de rol, cuando ella inyectó el veneno en la mano dormida, y después de la silenciosa condena, regresó a su tela, con la satisfacción interna de la tarea cumplida.

La separación




No miró hacia atrás.

Ella sabía que él la miraba a través de la ventana del primer piso, lo intuía allí, de pie, aún en el tibio dormitorio y deseaba girar y mirarlo por sobre el hombro, pero no lo hacía.

¿Qué vería, de hacerlo?

Una sombra, un dibujo empañado de un abrazo, de unas caricias.

La pasión continuaba en ese frío abandono, en esa esquina en la que se perdía, entre gente que no la vería a ella y que no lo vería a él.

No decían la palabra amor. Nunca. Habían llegado a convencerse de que hay edades para cada cosa. Se podía hablar de amor a los quince, a los veinte. Después, al menos para ellos, hubiera parecido ser solo una excusa para disminuir la culpa de sentirse obligados a caer en los brazos del otro.

La libertad de amar se pierde pronto y se pasa a ser esclavos de las distintas poses tomadas para recorrer la vida.

Ellos habían decidido no amarse, conservar la cordura, jamás bajar el escudo.

Y así y todo, ella no se atrevía a mirar hacia atrás, para verlo mirarla. ¿Esa mirada, estiraba de una forma inconsciente para él, el momento de la separación?

¿Lamentaba él verla partir?

Y ella deseaba que así fuera. Que él, como ella, estuviera contando las horas para el próximo encuentro.

Todas esas no planteadas preguntas, todas las palabras no pronunciadas eran aún más reales en su impalpable presencia.

El amor reducido a una condición de acto físico, de triste polvo solitario, es aún más peligroso que el inocente polvo elevado a la condición de amor. Podemos superar y hasta reír de haber creído amar a alguien que solo nos calentaba. Es un error muy común y hasta placentero, porque le da otro sabor a lo que sería sino una noche más, pero ¿podemos reír de no habernos animado a reconocer el amor?

Brillo


La oscuridad me había dicho,
que solo vería lo que brillaba.

Sin embargo, al abrir la ventana,
vi sin ver el horizonte en la madrugada.

Vi el viento en los árboles cabizbajos,
y al rocío suspendido en el aire.

Las estrellas seguían en el cielo,
opacadas por nubes rojas como el tiempo.

Y no las vi, porque yo no era ellas.

Yo era horizonte y madrugada,
viento frío y árbol cabizbajo.

Y no brillaba.