
Cuando las nubes cubrieron el cielo, toda la tierra pareció suspirar, con ansiedad.
Los niños jugaban a la danza de la lluvia, como el maestro había dicho que los indios hacían para conseguir el favor de los dioses y hacer llover. Claro que solo había hablado del baile, en general, como un vago concepto, una excentricidad salvaje y nada más, así que ellos imitaron los dibujos de una revista que el tío de Carlitos le había traído de la ciudad. En ella, unos vaqueros (que eran como gauchos, dijo el maestro cuando la había hojeado una mañana en la escuelita) peleaban con indios con plumas en la cabeza.
Los niños hicieron entonces, una ronda en el campo, que empezaba a resquebrajarse en la sequía, y bailaron, alzando las rodillas y los brazos hasta, tentados de la risa, caer al suelo transpirados, olvidando el calor y que el río era un hilo de agua, en el que se bañarían agradeciendo la pasajera frescura como un regalo del cielo.
Las mujeres, negras de polvo y sudor, conversaron agotadas, secando con el dorso de la mano las frentes transpiradas. Hablaron de los planes de abandonar el pueblo, asustadas por la delgadez de los niños y la sordera de los poderosos.
Todos vieron a los niños bailando. Algunos los retaron, porque perdían el tiempo, en vez de ayudar a fingir que se trabajaba en las cosechas. Muchos adultos insistían en continuar con su trabajo, aún sabiendo que nada crecería en esa tierra.
Pero ellos continuaron con su baile. A medida que los días pasaban, y la tierra se resquebrajaba más y más, y el hilo de agua inevitablemente se secaba, el baile comenzó a transformarse. En algún momento, los niños ya no danzaron, usaron los movimientos para olvidar la sequía. Pedían agua, pero también pedían llenar las horas, y olvidar el hambre, y luego correr a beber sedientos el agua sucia del riacho.
Cuando las nubes ocultaron el cielo, los niños no lo vieron, dando vueltas con los brazos como aspas, y los adultos tampoco, viendolos bailar. Pero cuando las primeras gotas tocaron las grietas sedientas, niños y adultos miraron al cielo y agradecieron que los dioses de los indios, aún recordaran el viejo pacto de hacer llover, cuando los hombres bailaban en su honor.








