
El barco se bamboleaba como una cáscara vacía en el inmenso océano que fingía no tener límites.
Esperaban el viento, que no llegaba.
Los días y las noches se sucedían igualmente calmas.
Los hombres recordaban las tormentas y el viento con la ansiedad con que se anhela la vida.
Pelearon, lloraron y rogaron.
Supersticiosos acusaron a dios y al demonio.
Ninguno de los dos respondió a las acusaciones, como si se hubieran puesto de acuerdo en abandonarlos.
Luego llegó el viento.
El barco navegó y los hombres olvidaron la pena, con la certeza de que pronto verían la tierra, y sabiendo en su interior que a los pocos días de caminarla, extrañarían el mar.





